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El alma sensible que se impregnó del vacío

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En sus primeros años, conoció la guerra y la derrota: nació en Colonia, en 1938, y pasó la adolescencia en Berlín, en el sector controlado por los americanos. Y en sus últimos años, cuando llevaba una vida bohemia en Ibiza, conoció el otro lado del infierno: el olvido, la decadencia física, en gran medida causada por el consumo de heroína, del que a duras penas pudo desengancharse -su sueño, bien entrada en la madurez, era superar el bache de la droga y envejecer dignamente como una solemne dama ex-yonqui; murió en 1988, a los 49 años, sin conseguirlo-. Pero entre medias tocó el cielo de manera fugaz: la vida de Nico, si la observamos a partir de un veloz barrido de principio a fin, fue turbulenta y exultante, tuvo momentos de éxito y conoció el fracaso, el desprecio y el abandono. "He estado arriba, he estado abajo, los dos lugares están vacíos", llegó a decir, a modo de resumen de una trayectoria accidentada y a la vez estimulante
En sus primeros años, conoció la guerra y la derrota: nació en Colonia, en 1938, y pasó la adolescencia en Berlín, en el sector controlado por los americanos. Y en sus últimos años, cuando llevaba una vida bohemia en Ibiza, conoció el otro lado del infierno: el olvido, la decadencia física, en gran medida causada por el consumo de heroína, del que a duras penas pudo desengancharse -su sueño, bien entrada en la madurez, era superar el bache de la droga y envejecer dignamente como una solemne dama ex-yonqui; murió en 1988, a los 49 años, sin conseguirlo-. Pero entre medias tocó el cielo de manera fugaz: la vida de Nico, si la observamos a partir de un veloz barrido de principio a fin, fue turbulenta y exultante, tuvo momentos de éxito y conoció el fracaso, el desprecio y el abandono. “He estado arriba, he estado abajo, los dos lugares están vacíos”, llegó a decir, a modo de resumen de una trayectoria accidentada y a la vez estimulante

El 18 de julio de 1988 murió en Ibiza de un derrame cerebral Christa Päffgen, que con el sobrenombre de Nico ha pasado a la historia del pop por cantar y firmar junto al grupo el primer disco de The Velvet Underground, uno de los álbumes clave de la historia de la música popular del siglo pasado.

Los tres temas del “disco del plátano” que canta Nico son la cumbre de la vida artística de esta alemana que además de cantante fue modelo y que destacó sobre todo por relacionarse, con intensidad variada, con algunos de los más famosos creadores de su época, como Andy Wharhol, Lou Reed, Federico Fellini, Jim Morrison, Brian Jones y Alain Delon.

Nico, nacida en Colonia en 1938, frecuentaba Ibiza desde mediados de los 60. El 17 de julio de 1988 circulaba por una carretera de la isla en bicicleta junto a su hijo cuando se cayó y se golpeó la cabeza.

La llevaron al hospital, donde tardó en ser atendida y, al parecer, no fue diagnosticada con precisión. Al día siguiente falleció y la autopsia determinó que la muerte fue fruto de un derrame cerebral que, de acuerdo a la información facilitada entonces, propiciaron el intenso calor y el esfuerzo.

Desde la isla pitiusa se enviaron sus restos a Berlín, tras sendas escalas en Palma y Fráncfort, y en la hoy capital alemana descansan sus cenizas junto a las de su madre, Margaret Päfggen, viuda de un ferroviario que, según la biografía de la artista, murió en un campo de concentración nazi durante la Guerra Mundial.

Hasta llegar a Nueva York e involucrarse, ya casi con 30 años, en el círculo de Andy Warhol, que desde su Factory intentaba marcar el ritmo de la vanguardia de la ciudad, Christa trabajó como modista en el Berlín occidental y después como modelo y actriz.

Más allá de pequeñas producciones, Nico será recordada también por una fugaz aparición en 1959 en “La Doce Vita” de Fellini, aunque en el imaginario español de los 60 su prototípica belleza nórdica quedó fijada con los anuncios en prensa de la campaña del brandy “Centenario” de Terry. “Terry me va. Usted sí que sabe”, decía el lema.

Tras protagonizar en París una película de escaso impacto (“Strip-Tease”, 1963), la artista tuvo en Nueva York la oportunidad de iniciar una carrera como cantante gracias a que Warhol quiso apostar por su voz de contralto y, seguramente en mayor medida, por su atractivo físico para dar brillo al proyecto de rock de vanguardia que había decidido apadrinar: The Velvet Underground.

Así llegó a firmar junto al grupo “The Velvet Underground & Nico”, el disco que convirtió a la banda de Lou Reed, John Cale, Maureen Tucker y Sterling Morrison en referente de todo el pop experimental hecho desde entonces y a ella en musa del “underground” a partir de las tres canciones en las que tiene protagonismo.

Warhol apostaba por un proyecto musical con chica al frente: era lo que estaba de moda en aquel momento incipiente del boom hippie, y a Warhol no le fallaba su olfato para detectar el buen marketing -la Velvet fue inicialmente un fracaso comercial, pero su influencia en la historia del rock acabó siendo incomparable-. Los hombres fuertes de la banda, John Cale y Lou Reed, tuvieron sus dudas, pero admitieron a Nico para tocar la pandereta y cantar varias canciones, tres de las cuales -Femme Fatale, I’ll be Your Mirror y All Tomorrow’s Parties- acabaron entrando en el listado final del primer disco, titulado de manera democrática The Velvet Underground & Nico (1967).

En el segundo, White Light / White Heat (1968), ya no hubo rastro de Nico, que había preferido emprender su carrera en solitario con el gélido álbum Chelsea Girl -tomaba su título de una película de Warhol, y tanto Cale como Reed ayudaron en la composición-. Chelsea Girl apostaba por un tipo de folk algo mórbido, y en cierto modo ayudó a afianzar la idea de Nico como una musa oscura: su voz, grave y solemne, podría haber sido ideal en el pasado para poner en marcha una pieza escénica de Bertolt Brecht y Kurt Weill, era cercana al tono frío y crepuscular de Lotte Lenya, y en cuanto a la cronología del rock -en aquel momento florecía la psicodelia-, sin duda llegaba a destiempo. Como ocurrió con el primer disco de la Velvet, su impacto sería a posteriori: la dicción cruda y la instrumentación áspera sería una referencia para artistas posteriores como Patti Smith y para la siguiente generación del art-rock de Nueva York en los años 70.

Quiso despegar pronto, y en 1967 editó “Chelsea Girl”, un disco aclamado hoy por la crítica que contiene canciones de sus compañeros de “la Velvet” y de un entonces desconocido Jackson Browne.

Después, al hilo de la veta vanguardista del disco por el que pasará a la historia, la alemana lanzó una serie de álbumes en los que profundizó en esa línea ayudada por su peculiar voz grave, pero su carrera nunca superó los círculos minoritarios, algo a lo que contribuyó también una vida personal lastrada por las adicciones.

Tras protagonizar en París una película de escaso impacto (“Strip-Tease”, 1963), la artista tuvo en Nueva York la oportunidad de iniciar una carrera como cantante gracias a que Warhol quiso apostar por su voz de contralto y, seguramente en mayor medida, por su atractivo físico para dar brillo al proyecto de rock de vanguardia que había decidido apadrinar: The Velvet Underground.

Así llegó a firmar junto al grupo “The Velvet Underground & Nico”, el disco que convirtió a la banda de Lou Reed, John Cale, Maureen Tucker y Sterling Morrison en referente de todo el pop experimental hecho desde entonces y a ella en musa del “underground” a partir de las tres canciones en las que tiene protagonismo.

Quiso despegar pronto, y ese mismo 1967 editó “Chelsea Girl”, un disco aclamado hoy por la crítica que contiene canciones de sus compañeros de “la Velvet” y de un entonces desconocido Jackson Browne.

Después, al hilo de la veta vanguardista del disco por el que pasará a la historia, la alemana lanzó una serie de álbumes en los que profundizó en esa línea ayudada por su peculiar voz grave, pero su carrera nunca superó los círculos minoritarios, algo a lo que contribuyó también una vida personal lastrada por las adicciones.

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