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La timidez del ‘asaltacamas’

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Lord Byron y Marianna Segati, la esposa de su casero
Lord Byron y Marianna Segati, la esposa de su casero

Lord Byron, el poeta romántico por excelencia, no era un ‘dandi’, ni un don Juan que iba enamorando a todas las mujeres saltando de cama en cama, ni un depredador sexual desbordado por las pasiones. Fue un poeta “introvertido y cercano que huía del disfraz”, como así se desprende de sus “Diarios”.

Unos “Diarios” que ahora recupera en español Galaxia Gutenberg, con traducción y notas de Lorenzo Luengo, quien explica que George Gordon, sexto lord Byron (1788-1824), fue “mucho más allá” de esa imagen y recuerda sus viajes por Europa o su muerte temprana en Grecia, a los 36 años, en la guerra para lograr la independencia del Imperio Otomano.

Leyendas vertidas sobre el autor de “Don Juan” o “El corsario”, que son fruto, a su juicio, de las lagunas que existen sobre el estudio de su persona y el romanticismo inglés.

“La literatura romántica ha pasado por muchos cambios, en la época victoriana se revisó el pasado de la literatura inglesa y Byron y (Percy Bysshe) Shelley fueron repudiados; este último se recuperó y Byron luego también gracias a la generación Beat que le reivindicó, con Allen Ginsberg o Kerouac, y también por el existencialismo francés”, explica Luengo.

Pero este vacío sobre el autor también se explica, según el editor, porque después apareció un tipo de crítica marxista contra la estirpe aristocrática inglesa alejada de las clases bajas, que en el siglo XX y XXI trajo enormes discrepancias y un vacío sobre este autor.

Luengo se lamenta de que en Europa pocas universidades se tomasen en serio el estudio de las obras del poeta. “Nos hemos quedado con el Byron vestido de pirata y escondido detrás del disfraz existe un autor universal y con obras grandes y magnas como el inacabado ‘Don Juan'”, sostiene.

“La personalidad de Byron se proyectó mucho más allá de un siglo, su forma de vida no solo contaminó a Baudelaire, Verlaine o Rimbaud en Francia, también a los ‘beat’ en Estados Unidos”, recalca.

“Byron generó una nueva imagen del escritor como espectáculo, mezcló obra con vida. Su magnetismo quedó debajo de su aura”, subraya.

Así, esta obra ayuda a conocer al escritor de diarios, no al poeta, “al hombre sentado en camisón ante su mesa, dice Lorenzo Luengo en la introducción del libro. Unos diarios, que por otra parte, nunca Byron pensó que se llegarían a publicar.

“Si esto lo hubiera empezado hace diez años, y lo hubiera seguido fielmente! ¡En fin! Demasiadas cosas hay ya que desearía no tener que recordar. Bien, he tenido lo mío de lo que se conoce como los placeres de esta vida, y he visto más del mundo europeo y asiático que buen uso he hecho de ello. Se dice que ‘la virtud no necesita recompensa’; la verdad es que debería estar bien pagada, por las molestias…”.. Así escribe Byron en una entrada de su Diario de Londres (14 de noviembre, de 1813-19 de abril, 1814).

Hedonista, valiente, y reacio a las convenciones sociales, de Byron también cuanta la leyenda que fue bisexual, cosa que niega Lorenzo Luengo.

“Amaba a las mujeres no era bisexual, sí se le conocieron relación con jóvenes de todos los sexos en sus viajes por Oriente y fue muy ingenuo y lo dejó traslucir, pero eso fue como rememorando la imagen de la Grecia clásica y los protegidos. Era muy viril y le gustaban las mujeres y los hombres fuertes pero no hasta el punto de tener relaciones sexuales”, aclara.

También sus “Diarios” revelan que solo tuvo una época dedica al dandismo. Fue dandi “poco tiempo”, en el sentido de que la moda era lo primero junto con la superficialidad, asegura el traductor.

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A la vida, a la muerte

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Violeta Parra se suicidó de un balazo en la sien en Santiago de Chile el 5 de febrero de 1967, poco después de componer 'Gracias a la vida', una de sus canciones más reconocidas
Violeta Parra se suicidó de un balazo en la sien en Santiago de Chile el 5 de febrero de 1967, poco después de componer ‘Gracias a la vida’, una de sus canciones más reconocidas

La poesía hace visible lo invisible, cura o mata, porque esa sensibilidad de los poetas para regalar al mundo experiencias radicales puede tener un coste caro y más si se es mujer. Violeta Parra, Alfonsina Storni o Alejandra Pizarnik son algunas de estas poetas que pusieron fin a su vida de forma trágica.

Y así lo muestra el libro, “Poetas suicidas y otras muertes extrañas” de Luzmaría Jiménez Faro, que publica Torremozas y que recoge la biografía de poetas de América Latina y España que tuvieron la presencia oscura de la muerte en sus vidas.

Edelmira Agustini, Eunice Odio, Julia de Burgos, Teresa Wilms, Carolina Coronado, Clementina Suárez y María Mercedes Carranza forman parte de este libro, que encabeza por Parra, Storni y Pizarnik.

“Cuando la palabra se vuelve desesperanza, cuando las horas se deshojan, cuando no se ve la luz al fondo del túnel, cuando se pierde la ilusión y nos rodea la indiferencia (…) aparece la necesidad de transgredir la frontera de la vida”, escribe en el prólogo del libro Jiménez Faro.

Suicidas o víctimas de una muerte trágica, estas mujeres inteligentes, creativas y con ciencia de género tuvieron una vida apasionante con amores y desamores al límite. Todas ellas forman hoy parte de la gran historia de la literatura, como dice Jiménez faro y todas ellas tienen en común que escriben en español.

Uno de los grandes ejemplos lo encarna la poeta y cantante chilena Violeta Parra (1917-1967) a la que Pablo Neruda bautizó “Santa de greda pura” y que en algún momento ya había dicho que “el día que no tenga un amor, me dejaré morir”, se quitó la vida de un tiro en la cabeza, poco después de escribir lo que sería su legado más importante “Gracias a la vida”.

Apasionada, la hermana del poeta Nicanor Parra, se casó con Luis Cereceda en 1938 con el que tuvo dos hijos, Violeta Isabel y Luis Ángel, y al que advirtió que nunca dejaría de cantar. Se separaron y en 1949 se volvió a casar con Luis Arce, ebanista, con el que tuvo dos hijas, Carmen Luisa y Rosita Clara. Pero tras separase y ya muy desilusionada le llegó un amor loco con un músico suizo, Gilbert Favre, 18 años más joven, del que se enamoró perdidamente.

Un amor que no fue nada fácil, con distancias y altibajos, pero que hace que Violeta pueda “volver a los diecisiete”, otra de su composiciones míticas. Aunque finalmente “el cansancio, las dudas, la nostalgia…” contribuyen a que su vida se vuelva oscura. Y así, el 5 de febrero en la “Carpa de la Reina”, el barrio de Santiago de Chile, aparcó su vida de un disparo en su pequeña habitación.

Otra amante de la palabra, defensora reivindicadora del universo femenino y suicida es Alfonsina Storni, que nació el 29 de mayo de 1892 en Suiza, aunque se trasladó a los cuatro años a Argentina. Mujer apasionada, y al final víctima de un cáncer de pecho, el 18 de octubre de 1938 tomó un trena con dirección al Mar de plata, se alojó en una pensión y a los pocos días, el 25, por la noche envuelta en un manto se entregó al mar.

Una muerte que se ha convertido en leyenda y en canción “Alfonsina y el mar” de Ariel Ramírez e interpretada por Mercedes Sosa.

Dos poetas simbólicas a las que se suman en el libro, la argentina Delfina Tiscorida (1966-1996, autora del poema “Quiero arrancar la muerte de vida” o la limeña Marta Kornblith (1959-1997), que se quito la vida tirándose de un quinto piso, autora de “La calle está llena/ y hay una mujer que en el fondo de su cuarto/llora sola”.

El libro que reproduce muchos poemas, encierra a estas poetas y a otras mucho menos conocidas y se completa con abundante material gráfico en un capítulo denominado “Ellas y el silencio”.

Poesía que escupe realidades

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César Vallejo, autor de "Los heraldos negros" y "Trilce, que" son celebrados clásicos de la vanguardia y la experimentación latinoamericana
César Vallejo, autor de “Los heraldos negros” y “Trilce, celebrados clásicos de la vanguardia y la experimentación latinoamericana

Bertold Brecht o Pablo Neruda, Mahmud Darwisch o Bei Dao, todos ellos muestran esa tendencia en la que la voz del poeta interviene en política de una u otra manera, desde la adhesión a una causa a la denuncia del horror.

“Niemals eine Atempause” (Nunca un respiro) es el título de la antología, publicada por la editorial Kiepenhauer&Witsch, que parte de la tesis de que en el siglo XX los poetas se vieron obligados ante los horrores cotidianos a dejar atrás la estética del arte por el arte, típica de la segunda mitad del siglo XIX.

Joachim Sartorius, compilador de la obra, admite en el prólogo que una antología de la poesía política del siglo XX hubiera sido distinta a la suya de haberla hecho un poeta de Singapur o de Buenos Aires.

Es por ello que al lector de lengua española no deberá extrañarle no encontrar nombres como el del Cesar Vallejo (“España aparta de mi este cáliz”) o el de Mario Benedetti.

El libro de Sartorius pone el acento en Europa y ante todo en Alemania, como demuestra que haya un capítulo dedicado a 1933, el año del advenimiento del nazismo, y otro a la llamada “hora cero” después de la guerra.

Pero, al margen de esas salvedades, Sartorius procura abarcar los conflictos políticos fundamentales del siglo XX.

El libro va desde el genocidio armenio perpetrado por el imperio otomano, hasta la preocupación por el cambio climático, pasando por la guerra civil española, las dos guerras mundiales, el auge del comunismo, la revolución cubana y los movimientos de liberación en el llamado tercer mundo, incluyendo a Latinoamérica.

Una de las corrientes que muestra la obra es la de la poesía pacifista basada en la condena del horror de la guerra, de la que uno de los mejores ejemplos es tal vez, “Nuestros jóvenes”, del británico Siegfried Sassoon.

En ese poema, Sassoon contrasta la glorificación de la guerra, atribuida a un obispo anónimo -a la que dedica la primera estrofa- con la denuncia de lo que realmente deja la guerra.

El obispo dice que cuando vuelvan “nuestros jóvenes no volverán a ser los mismos”, ya que “regresarán transformados tras una guerra justa”, pero uno de ellos replica: “Ninguno de nosotros es el mismo/ George perdió las dos piernas, Billy quedó ciego/ el pobre Jim murió de un tiro en el pulmón/y Bert tiene sífilis”.

En los capítulos dedicados a las dos guerras mundiales, Sartorius opta por dejar de lado a los poetas que las glorificaron, al igual que omite deliberadamente, lo advierte en el prólogo, a los poetas que pusieron su obra al servicio del nacionalsocialismo.

No ocurre lo mismo con la poesía relacionada con la Unión Soviética y el comunismo en general, puesto que en el libro conviven poetas disidentes que fueron perseguidos por el estalinismo con otros que, sobre todo al comienzo, glorificaron la utopía marxista-leninista, en la que veían una promesa para la humanidad.

Entre las glorificaciones de la Unión Soviética, cabe destacar la que hace el cubano Nicolás Guillén, que sería de algún modo uno de los poetas oficiales de la revolución cubana.

Un caso de ironía trágica es el de Vladimir Majakovski, que celebró el advenimiento de la revolución para luego caer en desgracia y terminar suicidándose dándole “la palabra al camarada Mauser”, según una frase que se le atribuye.

El prólogo arranca precisamente constatando la situación contradictoria que vivió la poesía, y el arte en general, frente a la utopía comunista.

La primera imagen es la del músico Hans Werner Henze que, según cuenta en su diario, durante una visita a Cuba, cuando un soldado de la revolución puso su ametralladora encima de su partitura, deseó que en esta última quedase una mancha de aceite.

Era el arte, dice Sartorius, que buscaba la bendición de la revolución. El idilio terminaría a más tardar, agrega, cuando Fidel Castro hace encarcelar al poeta Heberto Padilla e insulta a los intelectuales occidentales que se solidarizan con él.

Nubes surcantes en un cielo poético

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Rafael Pérez Estrada fue dibujante, escritor y un gran poeta, aunque no solía escribir en verso
Rafael Pérez Estrada fue dibujante, escritor y un gran poeta, aunque no solía escribir en verso

La antología poética titulada “Ángeles errantes”, del editor literario de la revista Litoral, el sevillano Antonio Lafarque, pone de manifiesto que las nubes, como el amor o la muerte, son uno de los temas universales de la poesía española.

Lafarque explica que para la selección definitiva de 51 poemas de otros tantos poetas que conforman esta antología, que lleva el subtítulo de “Las nubes en el cielo poético español”, llegó a reunir quinientos poemas de varios cientos de poetas del siglo XX español, además de Gustavo Adolfo Bécquer, único plenamente del XIX que ha sido seleccionado.

Si a esos poemas se les suman los que trataban central o tangencialmente la niebla o la bruma, el censo de la selección inicial se elevó a casi 900, sólo de poetas españoles, ya que la presencia de las nubes en la poesía hispanoamericana, según Lafarque, no es inferior a la española.

Precisamente, dedicados a la bruma o la niebla, sólo hay dos poemas en “Ángeles errantes”, firmados por Joan Margarit y Amalia Bautista.

El malagueño Rafael Pérez Estrada, aunque en prosa poética, ha sido el poeta que más ha frecuentado las nubes en su obra, seguido de otro andaluz, Juan Ramón Jiménez, y del vallisoletano Francisco Pino, quien sin embargo no fue finalmente seleccionado para la antología.

“La poesía también es un estado de ánimo -subraya Lafarque- y, si hoy volviera a hacer la antología, incluiría a Francisco Pino, con el que quizás fui injusto; Pino es un heterodoxo, pero un poeta personalísimo, que publicó con editoriales importantes como Visor e Hiperión”.

Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Emilio Prados y Luis Feria ocupan un segundo puesto en cuanto a frecuencia de las nubes en su poesía; y entre los poemas preferidos por el antólogo están el de Antonio Machado, “En abril, las aguas mil”, y el de Luis Cernuda, “Desdicha”.

La antología también incluye un poema inédito del almeriense Juan Pardo Vidal, cuyos dos primeros versos dicen: “Nube,/ cuatro letras de algodón”.

Lafarque atribuye el prestigio poético de las nubes a que “también son una metáfora del poema, y viceversa”, y ha asegurado que ambos son frágiles y que los poemas populares también “se van transmitiendo y se van alterando, como las nubes se van moviendo y cambiando de forma”.

“Ese carácter proteico de las nubes, que parpadeas y han cambiado de forma, es el más interesante”, ha añadido.

Cuando el malagueño Centro Cultural de la Generación del 27 le encargó a Lafarque una antología, este pensó en rendir homenaje a la colección “Cazador de nubes”, que ese propio centro edita, donde ha sido incluida “Ángeles errantes”, cuyos ejemplares, impresos en la misma imprenta de caracteres móviles que empleó el poeta Manuel Altolaguirre en la Imprenta Sur, no se destinan al mercado.

De esta colección se hacen ediciones cortas de 300 o 350 ejemplares numerados, que se reservan para el protocolo o los invitados del Centro de la Generación del 27.

Lafarque ofrece otra razón para su antología: “Desde la ventana de su habitación y el tejado de la Residencia de Estudiantes, Emilio Prados ‘cazaba’ nubes con un espejo de mano e intentaba reflejarlas sobre la pared”, por lo que su amigo Federico García Lorca lo definió en una dedicatoria como “Emilio Prados, cazador de nubes”.

Octavio Paz en clave hindú

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En India el poeta contrajo matrimonio con Tramini bajo su árbol de nim favorito; allí recibió en 1968 a escritores como Julio Cortázar, con quien bailó en el jardín tiznado de colores al ritmo enloquecido —y tan a menudo regado por las drogas— de las canciones de Holi, un festival hindú de derroche cromático que se celebra en plena primavera. Pero, sobre todo, allí escribió libros memorables y plantó la semilla de su poesía última.
En India el poeta contrajo matrimonio con Tramini bajo su árbol de nim favorito; allí recibió en 1968 a escritores como Julio Cortázar, con quien bailó en el jardín tiznado de colores al ritmo enloquecido —y tan a menudo regado por las drogas— de las canciones de Holi, un festival hindú de derroche cromático que se celebra en plena primavera. Pero, sobre todo, allí escribió libros memorables y plantó la semilla de su poesía última

Coloridos “collages” del mexicano Vicente Rojo acompañan a los poemas de “Ladera este” que Octavio Paz escribió durante los seis años que vivió en la India, de 1962 a 1968, en una cuidada reedición que recuerda el viaje interior que el escritor mexicano realizó durante su estancia en Nueva Delhi.

“Tenía interés personal en su época en la India y a la vez quería una obra completa pero breve”, explica el editor Pedro Tabernero, que encontró en “Ladera este” la mejor obra para rendir tributo al nobel de literatura 1990.

Publicada por primera vez en 1969, esta nueva edición, que saldrá a la venta este verano, contará con textos complementarios del académico de la lengua Juan Gil; el director del Instituto Cervantes de París, Juan Manuel Bonet; el escritor Juan Bonilla y el poeta Jacobo Cortines.

Será el octavo volumen de la colección Poetas y Ciudades, que el Grupo Pandora dedica a grandes poetas y las ciudades que amaban.

En el caso de Paz se ha elegido su relación con la India por la influencia que tuvo tanto en su vida como en su obra.

De los años pasados allí como embajador de México, Paz escribió tres obras: “Ladera este”, “El mono gramático” (1974) y “Vislumbres de la India” (1995).

Y Tabernero consiguió que la viuda del escritor, la francesa Marie-Jose Paz, le cediera los derechos para volver a editar “Ladera este”, con la estrecha colaboración de Vicente Rojo, un artista cuya obra está muy ligada a la literatura.

Creador de la portada de la primera edición de “Cien años de soledad”, Rojo diseñó las cubiertas de muchos de los libros de Gabriel García Márquez y de otros autores como José Emilio Pacheco, Elena Poniatiowska y Octavio Paz, con el que además colaboró en el proyecto “Discos visuales” (1968).

Su estrecha relación con Paz le llevó a aceptar el ofrecimiento de Tabernero de participar en la reedición de una de sus obras.

“Vicente Rojo y yo estuvimos tres años pensando qué obra hacer. La primera idea era un libro sobre México, pero habría que haber hecho una selección de partes de sus obras porque no hay una entera dedicada a su país”.

“Y un día me cogí las obras completas y leí sus libros sobre India, que son especialmente desconocidos en la obra de Paz, y que incluyen referencias artísticas, religiosas, mitológicas y de paisaje”, explica Tabernero.

De ahí surgió la idea de la India y optaron por “Ladera este” porque es el principal, el que tiene más referencias de localizaciones en la India, el que más sitúa los temas. Y además “las notas que hizo a la primera edición son muy clarificadoras”.

Cuando se decidió qué libro editar, Rojo comenzó a trabajar en las ilustraciones.

Un año de trabajo ha dado como resultado unos 40 “collages” que no solo ilustran, sino que complementan el libro con unos atractivos diseños que recuerdan a la India sin mostrarla directamente.

Flores, motivos naturales y formas geométricas se superponen en estos trabajos de líneas tan puras como los poemas de Paz.

Porque “no se trata de ilustrar un libro: es más dotar de imágenes a algo que no tiene, establecer un discurso enriquecedor, de modo que la ilustración no tiene por qué responder exactamente a lo que se está leyendo pero sí establecer un diálogo interesante”, explicó Tabernero.

Diálogo que protagoniza la colección Poetas y Ciudades, de la que ya se han editado “Poeta en Nueva York”, de Federico García Lorca; “Diario de un poeta recién casado”, de Juan Ramón Jiménez; “Sombra del Paraíso” de Vicente Aleixandre; “Fervor de Buenos Aires”, de Jorge Luis Borges; “Las piedras de Chile”, de Pablo Neruda; “El contemplado”, de Pedro Salinas, y “Ocnos”, de Luis Cernuda.

El nuevo volumen de Octavio Paz se presentará en Nueva Delhi, México y París, y para el año próximo está previsto que salga “Diario de Argónida”, de José Manuel Caballero Bonald, con estudio de Víctor García de la Concha, y dibujos de Manuel Fernández.

Pero será después de los poemas indios de Octavio Paz, que él mismo describió así: “Viajes en el espacio exterior y en el interior, realidades que vemos alternativamente con los ojos abiertos y con los ojos cerrados, paisajes nunca vistos y paisajes siempre vistos: la extrañeza de la India se fundió con mi propia extrañeza, es decir, con mi vida”.

Rosario Castellanos, el eterno femenino

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Rosario Castellanos transforma en literatura a la realidad de la exclusión (especialmente, la de las mujeres)
Rosario Castellanos transforma en literatura a la realidad de la exclusión (especialmente, la de las mujeres)

Rosario Castellanos fue una mujer hecha a sí misma, una escritora necesaria. Nació un 25 de mayo de 1925 y muy pronto destacó por sus versos. “Tuvo, desde su infancia, una conciencia clara de lo que significaba ser blanca frente a los indios y mujer frente a los hombres”, relata Amalia Bautista, poetisa española, en el prólogo de una de sus antologías.

Castellanos nació en Ciudad de México, pero pasó su infancia en la hacienda de sus padres en Comitán (Altos de Chiapas). Esta región congrega la mayor cantidad de población indígena mexicana. A los 22 años se quedó huérfana, sumando la muerte de su hermano años atrás. Estas dos circunstancias la marcaron profundamente. Donó su hacienda y se fue a la capital en busca de una vida mejor.

Se graduó en filosofía y letras por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en la que posteriormente ejercería como profesora. Gracias a una beca, cursó estudios de estética en Madrid. Compaginó la docencia con la escritura en el periódico Excélsior, uno de los diarios mexicanos más prestigiosos. Además, trabajó como promotora cultural para el Instituto de Ciencias y Artes de Tuxtla Guitiérrez y para el Instituto Nacional Indigenista. Castellanos fue nombrada embajadora de México en Jerusalén en 1971.

Aunque le quedaban muchas cosas por contar, su vida se apagó de forma prematura el 7 de agosto de 1974. La escritora estaba en la ducha y salió corriendo a contestar el teléfono, una lámpara se cruzó en su camino y falleció a causa de la descarga eléctrica que atravesó su cuerpo. Sus restos reposan en la Rotonda de las Personas Ilustres de Ciudad de México.

Rosario Castellanos escribió once poemarios, tres novelas, ensayos, libros de cuentos, relatos, obras de teatro, textos periodísticos… cultivó múltiples géneros, pero todos ellos con un punto en común: un marcado carácter político y la defensa de los derechos de las mujeres.

A través de obras de teatro como Tablero de damas (1952) y El eterno femenino (publicada póstumamente en 1975), fue reconocida como símbolo del feminismo latinoamericano, al revelarse como una de las iniciadoras de la defensa de los derechos de las mujeres, cita su perfil publicado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta).

A decir de la crítica especializada, Castellanos forma parte de un selecto grupo de escritoras mexicanas del siglo XX que incursionaron en diferentes géneros literarios, desde poesía, narrativa, teatro y ensayo, hasta textos periodísticos.

Todas sus obras se consideran autobiográficas, en mayor o menor medida. Su fallido matrimonio con el filósofo Ricardo Guerra, las infidelidades de este, sus diversos abortos y depresiones configuran el tema angular de sus escritos.

‘Balún Canán’ (1957) es su obra más conocida. Supuso una gran innovación en las letras iberoamericanas, ya que fue uno de los primeros casos de feminismo literario. Narra, a través de una niña sin identificar, la muerte de su hermano y su desamparo en un mundo controlado por hombres blancos.

‘Ciudad Real’, publicado en 1960, se define en la portada como ‘cuentos sobre la opresión a las culturas indígenas’. En él presenta las costumbres de diferentes tribus, así como las diversos ofensas que tienen que soportar estas minorías. El libro descubre los antecedentes del levantamiento zapatista de 1994.

Entre los temas que ahondó en su obra destacan la inadaptación del espíritu femenino en un mundo dominado por los hombres, la sumisión a la que se vio obligada desde la infancia por el hecho de ser mujer y la melancolía meditabunda. En Lívida luz (1960), la autora revela sus preocupaciones derivadas de la condición femenina en una sociedad machista.

Uno de sus últimos documentos publicados es ‘Mujer que sabe latín’ (1973). Haciendo un gran manejo de la ironía, Castellanos proclama: “La mujer no está preparada ni interesada en el pensamiento”. La autora no lo hace como una crítica, sino como una llamada de atención sobre la mujer, que durante siglos y siglos ha sido, y es, juzgada por cómo va vestida, cómo trabaja o cómo actúa.

Rosario Castellanos fue necesaria y continua siéndolo. Una escritora que, pese a una vida llena de luces y sombras, trató de iluminar el camino de las mujeres hacia la concienciación de si mismas en pro de una mayor libertad.

La bella flagelada de América

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Juana de Ibarbourou fue una mujer transgresora para la época porque ninguna mujer había escrito sobre el amor con la libertad con que lo hace ella. Es la primera que nombra su cuerpo, sus pechos, su piel, todos los elementos que hacen a la erótica
Juana de Ibarbourou fue una mujer transgresora para la época porque ninguna mujer había escrito sobre el amor con la libertad con que lo hace ella. Es la primera que nombra su cuerpo, sus pechos, su piel, todos los elementos que hacen a la erótica

La poeta uruguaya Juana de Ibarbourou fue una mujer “transgresora” en la literatura latinoamericana, con una obra que se vio marcada por la violencia de género, las drogas y un amor prohibido, según desvela el libro Al encuentro de las Tres Marías, del escritor Diego Fischer.

La “Juana de América”, como la bautizaron los universitarios y hombres de letras de Uruguay en 1929, es una de las principales figuras literarias de este país y adquiere una nueva dimensión con la biografía novelada de Fischer, que fue presentada hoy en Montevideo.

“Fue transgresora en el verso, fue transgresora en su forma de vivir y de dirigirse a un mundo literario dominado por hombres”, explica el autor en una entrevista sobre la mujer que fue primer Premio Nacional de Literatura de Uruguay, en 1959.

Al encuentro de las Tres Marías. Juana de Ibarbourou, más allá del mito (Editorial Santillana), recorre la trayectoria de esta poetisa, que nació en la villa de Melo el 8 de marzo de 1892, y murió el 15 de julio de 1979, en medio de una dictadura que le rindió honras fúnebres de ministro de Estado, pese a que ella siempre se opuso al oropel de los militares.

“Siempre le pido a los míos que cuando me muera, dejen a un lado las vanidades y me entierren simplemente en tierra, lo más a flor de tierra posible”, había dicho la poetisa en una carta al escritor español Miguel de Unamuno, uno de los primeros en alabar su ingenio.

Juana de Ibarbourou fue aplaudida por escritores nacionales, como Carlos Reyles y Juan Zorrilla de San Martín, y foráneos, como el chileno Pablo Neruda o los españoles Unamuno, Juan Ramón Jiménez, los hermanos Machado, Salvador de Madariaga y Federico García Lorca.

Cuando apenas empezaba con su primer poemario, Juana “le escribe a Unamuno, pero no sólo le escribe. Le envía tres libros y le pide que se los haga llegar a (Antonio) Machado y a Juan Ramón Jiménez. Tenía muy claro a dónde quería llegar”, asevera Fischer.

“Los principales admiradores de la poesía de Ibarbourou eran hombres. El nombramiento como “Juana de América” en el Palacio Legislativo parte de los estudiantes y al acto asisten los intelectuales más prominentes de la época”, dice Fischer.

De Ibarbourou se apellidaba en realidad Fernández Morales, pero tomó ese apellido de su marido, un militar, por quien sintió una gran pasión en los primeros años de matrimonio, que la reflejó en Las lenguas de diamante, su primer poemario, pero que se transformó después en tristeza y dolor.

Fischer recuerda que el gran éxito editorial de ese primer libro fue proporcional al escándalo que produjeron en la sociedad montevideana y porteña sus imágenes sobre el amor carnal y las figuras de los amantes.

“Ella habla del amor y de hacer el amor. Afirmaba que tanto sufre por una pasión el cuerpo como el alma. Esto suponía una evidente transgresión para una mujer, casada con un militar en 1919”, explica Fischer.

Su fama se extendió rápidamente y a ello ayudó su extremada belleza, que “supo manejar para lograr ser una poetisa consagrada” sin rozar los límites que le impuso un matrimonio infeliz, en el que el marido, como después el hijo, llegó a la violencia física.

Pero no todo es luminoso en esta biografía novelada. Se describe también la adicción por la morfina y otros narcóticos, de una mujer desesperada, con un matrimonio señalado por la indiferencia y con un hijo ludópata que se convertiría en una pesadilla.

Juana y Federico
Juana y Federico

El libro de Fischer se basa en una carta de Ibarbourou a la que tuvo acceso hace quince años en la que también se relata la pasión que la volvió a embargar cuando tenía 59 años y su belleza comenzaba a marchitarse.

“Fue su gran amor. Así lo dice también en sus versos”, señala Fischer sobre la relación que la poetisa mantuvo, ya muerto su esposo, con el médico argentino Eduardo de Robertis, de 38 años, apenas mayor que su hijo Julio César.

“En los años cincuenta, esa relación, siendo ella quien era, una mujer reconocida mundialmente, no podía ser aceptada pero, la cuenta en sus versos, sobre todo en Mensaje del escriba, donde el setenta por ciento de los versos está dedicado a él”, dice Fischer.

El escritor afirma que De Robertis logró apartarla de la droga, pero después, la tiranía de su hijo y la pérdida de ese postrer amor la volvieron a encadenar a una adicción, que, según ella, le permitía subir a “las tres Marías”, en referencia a las estrellas de la constelación de Orión, y evadir la adversidad, aunque fuera sólo unos instantes.