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El flanco izquierdo de Neruda

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A diferencia de otros exponentes de la izquierda chilena, como Salvador Allende, Neruda nunca tuvo públicamente una crítica política hacia la URSS
A diferencia de otros exponentes de la izquierda chilena, como Salvador Allende, Neruda nunca tuvo públicamente una crítica política hacia la URSS

Mientras en Rusia los bolcheviques tomaban el Palacio de Invierno de Petrogrado, Ricardo Neftalí Reyes —quien pasó a la posteridad con el nombre de Pablo Neruda— tenía apenas 13 años y estaba publicando sus primeros artículos en prensa. Entre sus lecturas se encontraban, sin embargo, “los grandes novelistas rusos del siglo XIX y principios del XX”, explica Mario Amorós, autor de la biografía ‘Neruda: el príncipe de los poetas’.

Sin embargo, su acercamiento a los ideales de 1917 demoró un poco más. En su juventud, Neruda (1904-1973) cultivó una simpatía por los anarquistas y tuvo una época de poesía “más bien existencialista” hacia fines de los años 20. Más entrado en la madurez, cuando fue destinado como cónsul de Chile en Madrid en 1935, se acercó a círculos vinculados con el comunismo.

“Por ser diplomático no podía aparecer públicamente como comunista, pero fue amigo de grandes poetas de esa ideología en España, como Rafael Alberti. Su propia compañera del momento Delia del Carril, era comunista”, recuerda Amorós.

El paso de Neruda por España en momentos de la Guerra Civil (1936-1939) se verá plasmado en su obra poética, especialmente la resistencia de la República, “a la que la Unión Soviética ayudó”.

Es más evidente la emoción que provocó en el chileno “la resistencia heroica de Stalingrado ante la agresión nazi contra la URSS”, que llevó a “una serie de discursos y poemas muy interesantes”, cuenta su biógrafo.

“Es algo muy impactante: pensemos en el mundo de aquel tiempo, pensemos en el impacto de la resistencia de los soviéticos ante millones de soldados enviados por Hitler para destruir su patria y cómo eso impresionó muchísimo a Neruda y al mundo”, apunta Amorós en referencia al ‘Nuevo canto de amor a Stalingrado’.

La fascinación hacia Rusia no es unidireccional. Ya terminada la guerra, Neruda entabló una amistad con Ilya Ehrenburg, quien tradujo al idioma de Pushkin los poemas del chileno y los recopiló en una antología publicada en 1949.

Para ese entonces, Neruda ya militaba abiertamente en filas del Partido Comunista de Chile y hasta consiguió un escaño en el Senado por esa fuerza. Luego, por sus ideas debió partir al exilio, escapando a caballo por la cordillera.

“Viajó por primera vez a la URSS como un gran poeta comunista de América y como tal lo hizo prácticamente cada año. Tuvo distintas fases en su relación con la URSS: desde un encantamiento inicial hasta una decepción cuando se conoce el informe de Kruschev al [XX Congreso del] Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956, que no cambia su compromiso político inalterable pero sí su poesía”, explica Amorós.

La exaltación al socialismo en el Este de Europa se volvió menor, pero en definitiva “siempre fue un defensor de la URSS”, agrega el autor. En ‘Las uvas y el viento’ (1954), Neruda realizó “un gran canto a los países socialistas; a la reconstrucción de un mundo que la agresión nazifascista dejó en ruinas”.

“Él cree que hay una nueva era para la humanidad en ese renacer de las sociedades socialistas después del gigantesco esfuerzo de la guerra, pero viene lo que el mundo conoce en el año 56: la dimensión de los años de Stalin, lo que fue un golpe para muchos comunistas en el mundo”, explica Amorós.

A diferencia de otros exponentes de la izquierda chilena, como Salvador Allende, Neruda “nunca tuvo públicamente una crítica política hacia la URSS”, pero “tampoco se lo podía permitir porque era un símbolo del Partido Comunista en Chile”.

La obra del chileno no estaba circunscrita a ámbitos cerrados de intelectuales, sino que el gran público los leía. Millones de personas leyeron los ‘Veinte poemas de amor y una canción desesperada’ o el ‘Canto general’.

“Yo creo que todo eso ayudó a que muchas personas se hicieran comunistas y a que la URSS tuviera una imagen positiva en muchas personas”, concluye Amorós.

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Benedetti en el jamón de bellota

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Mario Benedetti y su esposa Luz López, en 1955
Mario Benedetti y su esposa Luz López, en 1955

“Jesús y yo salvadas las distancias/somos dos habitantes del exilio/ y lo somos por cautos por ilusos”. Así se expresaba Benedetti en ‘Geografías’, el libro que escribió durante su exilio en España, tras pasar por Buenos Aires y Cuba.

Y es que España acogió al poeta y narrador con los abrazos abiertos. Aquí cosechó legión de amigos y seguidores, entre ellos Joan Manuel Serrat, quien puso voz a muchas de sus letras, y aquí ha publicado más de treinta poemarios o antologías, y más de veinte títulos entre relatos, novelas y ensayos.

En total, el autor de ‘La Tregua’, que ha cautivado a jóvenes y no tan jóvenes de todo el mundo por la defensa de sus ideas y bonhomía, publicó más de 80 libros, que le aportaron varios premios.

La vida de Benedetti estuvo marcada por un exilio obligado que le hizo salir de Uruguay en 1974, por la dictadura militar, que le persiguió y encarceló, y que torturó a familiares y amigos. A España llegó en 1978 huyendo del clima de Cuba por su humedad -él era asmático- y por un problema de comunicación con su familia.

“Si mis padres recibían una carta de Cuba iban presos”, explicó el escritor en una entrevista concedida al periodista Juan Cruz.

En España se instaló con su amada mujer, Luz López Alegre, su compañera durante más de 57 años, en Palma de Mallorca, desde donde viajaron por muchos lugares, como Cuba, Londres, París, Holanda o Alemania, donde presentó su recital a dos voces con el cantautor Daniel Viglietti. “Comenzó una vida cultural activa coincidiendo con la entrada de la Democracia en España”, escribe Hortensia Campanella.

Pero el clima de Mallorca, también por su humedad, les hace instalarse en Madrid por su ambiente seco, en el barrio de Prosperidad. Aquí comienza Benedetti a publicar sus artículos en el diario ‘El País’, según recuerda Hortensia Campanella en la biografía que sobre el escritor ha publicado hace en España, “Mario Benedetti. Un mito discretísimo” (Alfaguara).

Y según la biógrafa, estos artículos que fueron muy populares, cargados de lealtad a sus ideas y sobre temas candentes, no contaban con el aprecio de muchos intelectuales españoles, tampoco su posición con Cuba.

“Ciertas elites, no necesariamente de derechas, fruncían su nariz. Así Juan Goytisolo, Mario Vargas Llosa y José Ángel Valente, entre otros, escribieron duras respuestas a lo que planteaba el uruguayo”, escribe Campanella.

En Madrid, el autor de ‘Gracias por el fuego’ también se encontró con otros exiliados de su país como la poeta Cristina Peri Rossi o con Juan Carlos Onetti, o Eduardo Galeano, y se relacionó con otros intelectuales españoles. José Manuel Caballero Bonald llegó a compararle con algún integrante de la generación de los 50.

Uno de sus primeros poemarios en España fue ‘Poesía trunca que no era. Poesía revolucionaria latinoamericana’, una antología publicada por su amigo Chus Visor, editor de todos sus libros de poesía.

Pero Benedetti también ha sido uno de los poetas que más ha vendido en este país y con más tirón entre los jóvenes de todas las generaciones, a quienes muchas veces ha llegado a través de las canciones que cantautores como Serrat, Daniel Viglietti, Nacha Guevara, Víctor Manuel o Soledad Bravo, entre otros, interpretaban con sus letras.

‘Testigo de uno mismo’ (Visor) es el último poemario de Benedetti publicado en España. En él, este autor de mirada limpia y cristalina, cargado de experiencia y memoria de un tiempo duro, abre nuevos interrogantes sobre el sentido de la vida y la muerte, y vuelve sobre sus vieja cicatrices.

Considerado un cronista de su tiempo, sus escritos están cargados de un fuerte compromiso político, con el fin de explicar la situación a sus ‘prójimos próximos’. Ternura y nostalgia, rebeldía e inquietud, la pluma del uruguayo evolucionó a lo largo de su vida, siempre con el objetivo de crear imágenes que envolviesen y raptasen la atención del lector.

Wilms Montt, pantalones para un alma desnuda

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“Soy Teresa Wilms Montt… y aunque nací cien años antes que tú, mi vida no fue tan distinta a la tuya. Yo también tuve el privilegio de ser mujer. Es difícil ser mujer en este mundo. Tú lo sabes mejor que nadie. Viví intensamente cada respiro y cada instante de mi vida. Destilé mujer. Trataron de reprimirme, pero no pudieron conmigo. Cuando me dieron la espalda, yo di la cara. Cuando me dejaron sola, di compañía. Cuando quisieron matarme, di vida. Cuando quisieron encerrarme, busqué libertad. Cuando me amaban sin amor, yo di más amor. Cuando trataron de callarme, grité. Cuando me golpearon, contesté. Fui crucificada, muerta y sepultada por mi familia y la sociedad. Nací cien años antes que tú y sin embargo te veo igual a mí. Soy Teresa Wilms Montt, y no soy apta para señoritas”.
“Soy Teresa Wilms Montt… y aunque nací cien años antes que tú, mi vida no fue tan distinta a la tuya. Yo también tuve el privilegio de ser mujer. Es difícil ser mujer en este mundo. Tú lo sabes mejor que nadie. Viví intensamente cada respiro y cada instante de mi vida. Destilé mujer. Trataron de reprimirme, pero no pudieron conmigo.
Cuando me dieron la espalda, yo di la cara.
Cuando me dejaron sola, di compañía.
Cuando quisieron matarme, di vida.
Cuando quisieron encerrarme, busqué libertad.
Cuando me amaban sin amor, yo di más amor.
Cuando trataron de callarme, grité.
Cuando me golpearon, contesté.
Fui crucificada, muerta y sepultada por mi familia y la sociedad.
Nací cien años antes que tú y sin embargo te veo igual a mí.
Soy Teresa Wilms Montt, y no soy apta para señoritas”.

Mujer en un mundo donde es difícil serlo. Apasionada, anarquista, con ganas de vivir y de pelear, Teresa Wilms Montt fue una adelantada a su tiempo. Una escritora “no apta para señoritas” que “destilaba mujer”.

Nació el 8 de septiembre de 1893, siendo la segunda de siete hermanas. Sus padres, pertenecientes a la aristocracia chilena, encargaron su educación a estrictas institutrices. Así, las formaron siguiendo las normas de la época: dominar el protocolo de las élites sociales para encontrar un buen marido.

Wilms Montt, sin embargo, no se sentía cómoda rodeada de lujos ni de grandes banquetes. Su espíritu rebelde la empujó a leer y aprender idiomas. A los 17 años, en contra de la voluntad de su familia, se casó con un funcionario con el que tuvo dos hijas.

Intentando buscarse a sí misma, los siguientes años los pasó entre Iquique, Valdivia y otras muchas ciudades. Fue en esta época cuando comenzó a escribir con más asiduidad, publicando sus primeros trabajos bajo el pseudónimo de ‘Tebac’.

El alcoholismo de su marido y una aventura amorosa de ella finalizaron con su matrimonio. La escritora, sin un trabajo fijo, no se pudo hacer cargo de sus hijas, por lo que se fueron a vivir con su padre. Este, sin embargo, la ponía multitud de trabas cada vez que quería verlas, lo que siempre le causó una profunda tristeza.

Forzada a internarse en un convento para corregir su vida, la situación extrema la llevó a intentar suicidarse en 1916. Ayudada por el poeta Vicente Huidobro, escapó de allí y se dirigió a Buenos Aires, donde crecería como persona y como mujer.

De la mano de Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges descubrió el intelectualismo bonaerense y los pantalones femeninos, prenda que desde entonces consideraría imprescindible.

El destino quiso que uno de sus amantes se suicidara delante de ella. Sintiéndose culpable, huyó y se integró en la Cruz Roja para ayudar a los heridos de la I Guerra Mundial.

Finalizada la contienda, se instaló en Madrid. Allí conoció a Ramón Gómez de la Serna y a Ramón María del Valle-Inclán, quienes la recomendaron publicar en España. Después de años de viajes, encontró su residencia en París, ciudad de la que se enamoró.

Tras un periodo de convivencia junto a sus hijas, no pudo superar que volvieran a Chile. Temblando y llena de miedo, tomó una gran dosis de ansiolíticos. Tildado por algunos como un nuevo intento de suicidio, la vida de Wilms Montt llegó a su fin el 24 de diciembre de 1921, a la edad de 28 años.

Teresa Wilms Montt dejó solamente seis libros publicados, desde 1917 hasta el póstumo de 1922. La chilena desnudó su alma en cada uno de ellos, teniendo a la muerte y al erotismo como punto central, aderezado con dolor e inocencia.

‘Inquietudes sentimentales’ (1917) fue su primer título. Es un conjunto de cincuenta poemas con rasgos surrealistas que gozó de un éxito arrollador entre los círculos intelectuales. Lo mismo ocurrió con su segunda obra, ‘Los tres cantos’ (1917), donde exploró lo espiritual.

Al trasladarse a Madrid, en 1918 publicó ‘En la quietud del mármol’ y ‘Anuarí’. La primera es una elegía de tono lírico sobre el amor y el sufrimiento. ‘Anuarí’, en cambio, es un homenaje a su amante muerto.

Al regresar a Buenos Aires en 1919 lanzó su quinto libro titulado ‘Cuentos para hombres que todavía son niños’. Mediante una narración fantástica, evoca su infancia e intimidad.

‘Lo que no se ha dicho’ (1922) configura su última obra, publicada de forma póstuma. Son sus diarios, escritos íntegramente en francés, donde dejó plasmado su espíritu, su creatividad y sus ansias de mujer. “Nada tengo, nada dejo, nada pido. Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo que en el mundo había”, plasmó en la última página.

Lorca neoyorquino en versión ilustrada

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García Lorca fue un autor culto, buscó con pasión los libros que le ayudaron a ser dueño de su voz
García Lorca fue un autor culto, buscó con pasión los libros que le ayudaron a ser dueño de su voz

El ilustrador Fernando Vicente da vida al García Lorca que vivió en Nueva York durante nueve meses en la versión ilustrada de “Poeta en Nueva York”, una nueva aproximación al granadino que además incluye las cartas que enviaba a su familia desde Manhattan.

García Lorca visto con los ojos del ilustrador madrileño Fernando Vicente: así es esta nueva versión que propone la editorial Reino de Cordelia, un trabajo resuelto a través de las “metáforas visuales” con las que trabaja en dibujos para prensa, pero nunca utilizadas en literatura ilustrada.

“No he tratado de dibujar lo que quiere decir cada poema, sino que los he interpretado a mi manera para hacer una poema visual”, cuenta Vicente, ganador en tres ocasiones del Award of Excellence de la prestigiosa Society for News Design, los considerados Nobel de la ilustración.

En este sentido, el “reto”, como califica este trabajo, le ha “merecido la pena”, porque poder introducir las metáforas visuales en un libro es algo “novedoso”. “Quien no se fije en esto que estoy contando va a ver al Fernando Vicente de siempre, pero para mí hay una manera de mirar distinta”, puntualiza.

Y por eso, no se ha tratado de un trabajo fácil para el dibujante, ya que con este libro se ha enfrentado por primera vez a una obra “dura y compleja” que, como confiesa, “nunca” había leído.

“Conocía al Lorca del ‘Romancero gitano’, que es el del que quiere huir cuando se va a Nueva York. Y cuando lo leí, se me cayeron los palos del sombrajo y pensé que en qué lío me había metido”, explica.

Pero lío ninguno, porque tras “meterse a fondo” en estos poemas y leerse cada uno en profundidad, se ha “permitido” esta nueva mirada con la que está “feliz”.

Después de casi un año de trabajo, según relata, el autor reconoce que, si no están todos lo poemas ilustrados, no es porque haya habido algunos que se le hayan “atragantado”, sino porque siempre había otros mejores para trabajar sobre ellos.

En concreto, cuenta, los poemas de Lorca con los que más ha disfrutado ha sido los relacionados con el descubrimiento que el poeta hizo de la población negra, del jazz y de la noche de Harlem.

Destellos en la sala de espera de la muerte

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“No quiero ir más que hasta el fondo”. Ese fue el último verso que Alejandra Pizarnik dejó en el pizarrón de su departamento. Antes, la autora de La condesa sangrienta desnudó sus fantasmas y obsesiones a través del estigma de sus versos, oscuros y lánguidos. Una historia de naufragio, ausencia y la búsqueda interminable de la palabra exacta
“No quiero ir más que hasta el fondo”. Ese fue el último verso que Alejandra Pizarnik dejó en el pizarrón de su departamento. Antes, la autora de “La condesa sangrienta” desnudó sus fantasmas y obsesiones a través del estigma de sus versos, oscuros y lánguidos. Una historia de naufragio, ausencia y la búsqueda interminable de la palabra exacta

Alejandra Pizarnik, cuyo prestigio va mucho más allá de las trágicas circunstancias de su muerte, es estremecedora en su lenguaje y tiene una gran capacidad de subversión», afirma la traductora argentina Ana Becciú, amiga de Pizarnik, autora de «La tierra más ajena».

La vida de Pizarnik está rodeada de cierto malditismo, y a ello contribuye el que se quitara tan joven la vida con una sobredosis de barbitúricos. Pero Becciú asegura que «su muerte no es lo que da prestigio a su obra», y, de hecho, los jóvenes, que «son los que más leen la poesía de Pizarnik, cada vez se interesan menos por esas circunstancias».

Lo cierto es que Becciú, que era vecina de Pizarnik en Buenos Aires e iba a su casa «todos los días», ofrece una imagen de la gran poeta muy diferente a la que algunos tienen de ella: «Yo conocí a una Alejandra muy juvenil, con muchísimo sentido del humor y que tenía una extraordinaria generosidad con los jóvenes aprendices de escritor».

Pizarnik mantenía «un gran contacto» con escritores de diferentes generaciones. Pero no solo fue «muy amiga» de autores consagrados. En su casa se reunían con frecuencia «los jovencísimos» César Aira, Alberto Manguel, Arturo Carrera y la propia Becciú, que en 1976 abandonaría Argentina para trasladarse a vivir a Europa. «Leía nuestros escritos, nos los corregía y nos animaba a publicarlos», cuenta Ana Becciú, quien no duda en afirmar que Pizarnik «es una de las grandes poetas latinoamericanas del siglo XX».

Pizarnik «sigue siendo una poeta de una suerte de vanguardia y todavía hay zonas de su poesía inexploradas», afirma Becciú, experta en la obra de la escritora argentina y encargada de gestionar los contratos de traducción de sus libros.

La obra de Pizarnik «abre puertas» y en sus diarios, publicados en el Estado español por Lumen al igual que su poesía, «se ve la preocupación que tenía por indagar e investigar el lenguaje poético, así como sus preocupaciones estéticas, que no eran frecuentes en su época, al menos en Latinoamérica», añade la traductora y poeta.

Cuando Becciú llegó a Barcelona en 1976 intentó que se publicara la poesía de Pizarnik en el Estado español, pero «nadie la conocía». Hubo que esperar veinticinco años para que por fin viera la luz su obra poética completa, «más los inéditos que había dejado y que, gracias a la madre de Alejandra, se pudieron salvar».

“En los últimos años parece que su nombre se ha manoseado un poco. Todas queremos ser como ella, escribir como ella. Con el tiempo yo he encontrado otros referentes, aunque sigue siendo mi cabecera”. Lo dice María Sotomayor, poeta y propietaria de la editorial Harpo Libros. “Fue el primer poso de poesía femenina que leí, cuando hace quince años me regalaron una primera edición de El infierno musical. Yo ya escribía antes de leerla a ella, pero fue descubrirla y comprender que con palabras puedes transmitir dolor y desfogarte”.

La obra de Pizarnik es una de las propuestas más rupturistas y de mayor influencia en la poesía contemporánea, sobre todo en la escrita en lengua española por mujeres. Emparentada con el Conde de Lautréamont y André Breton, la vida y la obra de esta autora puede definirse como una extraña tentación de traspasar los límites, siempre tanteando el milagro, aun a riesgo de asomarse a la locura. Amiga de Cortázar, exploró como él ese otro lado de la realidad en el que se instala lo fantástico.

Fragmentos de un diario

Bajo el título de Fragmentos de un diario. París 1962-1963, el sello madrileño Del Centro Editores publica por primera vez, como un cuerpo orgánico y en facsímil, los fragmentos del diario personal de la poeta argentina Alejandra Pizarnik, considerados parte del trabajo creativo de la autora.

Un material que ella misma procesó y organizó para su edición y que aporta luz sobre la evolución del proceso creativo y la obra estremecedora y subversiva de la gran poeta argentina que en 1972 se quitó la vida, cuando tenía tan solo 36 años.

Para Alejandra Pizarnik los diarios eran un género literario más, un punto de partida para textos poéticos.

"En mí se habla en infinitivo. / Esto es lo trágico; yo sé lo que quiero", escribió Alejandra Pizarnik en su diario, el 3 de enero, 1962, en Parí­s.
“En mí se habla en infinitivo. / Esto es lo trágico; yo sé lo que quiero”, escribió Alejandra Pizarnik en su diario, el 3 de enero, 1962, en Parí­s.

Al regreso de Buenos Aires a comienzos de 1964, tras su estancia en París, Alejandra Pizarnik reescribió parte de sus diarios con miras a su publicación en Buenos Aires, algo que luego no se llevó a cabo.

En vida, la autora publicó algunos fragmentos de estos trabajos en revistas con el título de Fragmentos de un diario. París 1962-1963 –que se mantiene aquí–. Luego también aparecieron intercalados, de forma aislada, en la edición póstuma de sus diarios.

En esta nueva edición se presentan, por primera vez, como cuerpo orgánico tal como ella lo organizó, en reproducción facsimilar del mecanoscrito, lo que permite apreciar las numerosas correcciones que Pizarnik hizo sobre los textos a mano.

Fragmentos de un diario. París 1962-1963 tuvo en su edición de 2013 una tirada de sólo cien ejemplares numerados que reproducen las 86 hojas del mecanoscrito que preparó la escritora para su publicación. Aquí aparecen sus correcciones, citas y referencias bibliográficas, y la publicación se realiza en una carpeta con anillas –como el original–, confeccionada con lomo entelado y papel estampado a mano y presentada en un estuche especialmente diseñado.

La miga en la obra de Gloria Fuertes

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La poeta, que no poetisa, estuvo marcada por la Guerra Civil
La poeta, que no poetisa, estuvo marcada por la Guerra Civil

Gloria Fuertes murió con el pesar de no haber sido reconocida por la mayoría de sus compañeros poetas, porque su obra poética para adultos quedó sepultada por su popularidad televisiva y su dedicación a la literatura infantil. Ahora un libro encierra toda su esencia en casi 500 páginas.

Un ambicioso libro, “El libro de Gloria Fuertes”, que publica Blackie Books en una edición con textos inéditos de Jorge Cascante y que incluye más de 300 poemas, 80 fotos nunca vistas, 12 dibujos hechos por la poeta, notas y recortes de prensa, páginas de sus cuadernos de notas y la biografía de Gloria más completa hasta la fecha.

Un volumen que se podría considerar el “libro canónico” de la poeta, de la que este año se celebra su centenario que también se prolongará en 2018, una efeméride que ha desempolvado a esta creadora libre, carismática y simbólica de la vida española de los años 60, 70 y 80, pero que por diferentes circunstancias no ha tenido el reconocimiento debido, como señala Cascante.

“Uno de sus grandes pesares fue esa falta de reconocimiento entre los poetas -explica a Efe el editor-. Ella quería que todos los poetas fuesen amigos, que se llevasen bien y que no se ignorase la poesía más adulta que escribía por culpa de su fama televisiva o su popularidad en el mundo infantil”.

“A pesar de contar con el apoyo de grandes nombres puntuales (no así de la mayoría) como Cela, Caballero Bonald, Gil de Biedma o José Hierro, la poesía de Gloria Fuertes no llegó al público como a ella le hubiera gustado que llegase”, precisa Cascante.

Fuertes, que nació en el seno de una familia humilde en el madrileño barrio de Lavapiés en 1917 y murió en noviembre de 1998, tuvo una infancia dura y triste.

Participó en el movimiento del Postismo, una corriente literaria y artística de renovación de las vanguardias de principios de siglo, junto con Edmundo de Ory, Francisco Nieva o Fernando Arrabal, y fue profesora de español en Pennsylvania (Estados Unidos), gracias a la ayuda de su gran amor, la hispanista Phyllis Turnbull.

Cascante reconoce en el libro que lo más difícil ha sido reconstruir su vida. “Apenas existen referencias biográficas que no hayan sido extraídas de sus poemas confesionales, los cuales son a menudo medias mentiras o mentiras por completo. Como una Emily Dickinson, pero en chula, Gloria disfrazaba su realidad en sus poemas”, escribe el editor.

Además asegura que ha condensado en estas páginas la esencia de Gloria Fuertes, ese personaje tan rico, lleno de sentido del humor y coraje, que remó a contra corriente de sus orígenes y de una España casposa y en blanco y negro, en la que nunca ocultó ser lesbiana y en la que sobrevivió a los tres años de la Guerra Civil y a la dictadura franquista.

Ahora le llega el reconocimiento de su trabajo como poeta adulta, una anomalía, que, según Cascante, obedece a dos motivos: “El primero de ellos, porque su personaje mediático (su fama en España gracias a la televisión llegó a ser elevadísima) eclipsó por completo su obra poética”.

“Y el segundo -explica-, por lo inclasificable de la Gloria Fuertes real: difícil de asimilar por los partidos políticos -era feminista, pacifista, taurina, creyente a su manera- y por el mundo académico, porque tenía un estilo directo, con juegos de palabras sencillos, sin florituras”.

La poeta, “que no poetisa”, estuvo marcada por la Guerra Civil, “sufrió el hambre, el frío, la incertidumbre: fue un punto de inflexión absoluto en su vida. Ella misma decía que, sin la guerra, probablemente no habría escrito poesía jamás”, precisa el editor.

Fuertes hizo del humor su forma de entender el mundo, su defensa y bandera. “Sus temas principales fueron siempre la muerte, la soledad, el desamor…, pero enfocados a menudo con gracia. Le encantaban los chistes, estudiaba su composición, y el humor planeaba por encima de su vida de forma constante”, añade Cascante.

Una idea que confirma la poeta Belén Reyes, considerada una de las mejores continuadoras del camino seguido por Gloria Fuertes.

“A ella la hubiera gustado mucho todo lo que se está haciendo, el reconocimiento que está teniendo: qué pena que se muriera sin verlo”, se lamenta Reyes, quien la visitaba dos veces por semana en los últimos años de su vida.

“Era feliz, tenía mucho sentido del humor, le encantaban los chistes y, a veces, me llamaba para dejar en el contestador alguno de ellos”, añade.

Además de este libro, acaba de publicarse en Nórdicas “Geografía humana y otros poemas”, con ilustraciones de Noemí Villamuza y prólogo de Luis Antonio de Villena, y Resorvoir Books saca otra antología de la poeta, para mayores y menores: “Me crece la barba”.

Cuentos entre barrotes para una paternidad robada

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Miguel Hernández es casi el único poeta que ha sacado una gran lección de sus raíces, que ha recibido de su infancia y de su tierra la savia necesaria para alimentar su obra
Miguel Hernández es casi el único poeta que ha sacado una gran lección de sus raíces, que ha recibido de su infancia y de su tierra la savia necesaria para alimentar su obra

El volumen “Cuentos para mi hijo Manolillo” incluye los cuatro relatos que Miguel Hernández escribió en 1941 en la cárcel de Alicante, dedicados a su hijo, ilustrados por cuatro creadores contemporáneos para la ocasión y que contiene los dibujos inéditos del propio poeta.

Los cuatro cuentos fueron escritos por Miguel Hernández entre junio y octubre de 1941 en la prisión alicantina.

Se trata de “El potro obscuro”, “El conejito”, “Un hogar en el árbol” y “La gatita Mancha y el ovillo rojo”, que el poeta entregó al periodista y dibujante Eusebio Oca Pérez, compañero en la cárcel quien fue además el ilustrador de las dos primeras historias.

Los cuentos infantiles fueron escritos por el autor de “El rayo que no cesa” y “Viento del pueblo” sobre hojas de papel higiénico con las que el poeta armó un precario cuaderno; y el manuscrito, formado por seis hojas pequeñas, cosidas con hilo ocre y con bordes envejecidos, es un emocionante documento del amor del poeta hacia su segundo hijo, Manolillo.

Para esta edición, editada por Nórdica, los cuentos han sido ilustrados por Damián Flores, Sara Morante, Adolfo Serra y Alfonso Zapico, así como por David de las Heras, que ha confeccionado un retrato del poeta para la portada. Sus obras conviven con la reproducción del material original y los dibujos del propio Miguel Hernández.

El destinatario de los cuentos, Manuel Miguel Hernández Manresa ‘Manolillo’, había nacido el 4 de enero de 1939 y el poeta apenas lo pudo ver, pero, como señala el editor, “se convirtió en una de sus últimas alegrías y en tema constante en sus conversaciones epistolares con su mujer, Josefina Manresa”.

En una de esas cartas, el poeta escribe: “Manolillo de mi alma; sabrás que hoy has cumplido tu primer año, y que tu padre te felicita como puede, desde tan lejos. Puesto que ya andas, ven aquí conmigo y aprenderás a ser hombre en la cárcel, donde tantos hombres desaprenden. Me dice tu madre que no te gusta mucho el juguete que te he mandado y que te gusta más el biberón. Mejor. A mí me pasaría lo mismo”.

En estos cuatro cuentos, probablemente el último trabajo literario del poeta, Miguel Hernández continúa transmitiendo su verdad, la búsqueda de un amanecer que no llega.

Ilustran esa búsqueda los protagonistas del primero de los relatos, “El potro obscuro”, que viajan hasta un mundo onírico y maravilloso llamado la Ciudad del Sueño.

Sin embargo, esa esperanza se fue apagando como la salud del poeta hasta la muerte del autor el 28 de marzo de 1942 en la enfermería del penal de Alicante y tras un largo periplo por las cárceles franquistas.

Dos de los cuentos fueron publicados por primera vez en 1988 por José Carlos Rovira, de la Universidad de Alicante, mientras que los dos restantes vieron la luz con motivo de la exposición que se dedicó al poeta en la Biblioteca Nacional en ocasión del centenario de su nacimiento.

El cuaderno manuscrito del poeta fue guardado por Eusebio Oca, quien posteriormente lo entregó a su hijo Julio Oca para que lo custodiara.

Cuando el cuaderno fue adquirido por la Biblioteca Nacional en 2014 en una de las páginas se distinguieron algunos dibujos del propio Miguel Hernández en lo que se adivina una pequeña granja con un pavo y una paloma, dibujos reproducidos en el volumen, junto con el facsímil de algunas páginas de los originales de los cuentos.