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Nubes surcantes en un cielo poético

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Rafael Pérez Estrada fue dibujante, escritor y un gran poeta, aunque no solía escribir en verso
Rafael Pérez Estrada fue dibujante, escritor y un gran poeta, aunque no solía escribir en verso

La antología poética titulada “Ángeles errantes”, del editor literario de la revista Litoral, el sevillano Antonio Lafarque, pone de manifiesto que las nubes, como el amor o la muerte, son uno de los temas universales de la poesía española.

Lafarque explica que para la selección definitiva de 51 poemas de otros tantos poetas que conforman esta antología, que lleva el subtítulo de “Las nubes en el cielo poético español”, llegó a reunir quinientos poemas de varios cientos de poetas del siglo XX español, además de Gustavo Adolfo Bécquer, único plenamente del XIX que ha sido seleccionado.

Si a esos poemas se les suman los que trataban central o tangencialmente la niebla o la bruma, el censo de la selección inicial se elevó a casi 900, sólo de poetas españoles, ya que la presencia de las nubes en la poesía hispanoamericana, según Lafarque, no es inferior a la española.

Precisamente, dedicados a la bruma o la niebla, sólo hay dos poemas en “Ángeles errantes”, firmados por Joan Margarit y Amalia Bautista.

El malagueño Rafael Pérez Estrada, aunque en prosa poética, ha sido el poeta que más ha frecuentado las nubes en su obra, seguido de otro andaluz, Juan Ramón Jiménez, y del vallisoletano Francisco Pino, quien sin embargo no fue finalmente seleccionado para la antología.

“La poesía también es un estado de ánimo -subraya Lafarque- y, si hoy volviera a hacer la antología, incluiría a Francisco Pino, con el que quizás fui injusto; Pino es un heterodoxo, pero un poeta personalísimo, que publicó con editoriales importantes como Visor e Hiperión”.

Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Emilio Prados y Luis Feria ocupan un segundo puesto en cuanto a frecuencia de las nubes en su poesía; y entre los poemas preferidos por el antólogo están el de Antonio Machado, “En abril, las aguas mil”, y el de Luis Cernuda, “Desdicha”.

La antología también incluye un poema inédito del almeriense Juan Pardo Vidal, cuyos dos primeros versos dicen: “Nube,/ cuatro letras de algodón”.

Lafarque atribuye el prestigio poético de las nubes a que “también son una metáfora del poema, y viceversa”, y ha asegurado que ambos son frágiles y que los poemas populares también “se van transmitiendo y se van alterando, como las nubes se van moviendo y cambiando de forma”.

“Ese carácter proteico de las nubes, que parpadeas y han cambiado de forma, es el más interesante”, ha añadido.

Cuando el malagueño Centro Cultural de la Generación del 27 le encargó a Lafarque una antología, este pensó en rendir homenaje a la colección “Cazador de nubes”, que ese propio centro edita, donde ha sido incluida “Ángeles errantes”, cuyos ejemplares, impresos en la misma imprenta de caracteres móviles que empleó el poeta Manuel Altolaguirre en la Imprenta Sur, no se destinan al mercado.

De esta colección se hacen ediciones cortas de 300 o 350 ejemplares numerados, que se reservan para el protocolo o los invitados del Centro de la Generación del 27.

Lafarque ofrece otra razón para su antología: “Desde la ventana de su habitación y el tejado de la Residencia de Estudiantes, Emilio Prados ‘cazaba’ nubes con un espejo de mano e intentaba reflejarlas sobre la pared”, por lo que su amigo Federico García Lorca lo definió en una dedicatoria como “Emilio Prados, cazador de nubes”.

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Octavio Paz en clave hindú

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En India el poeta contrajo matrimonio con Tramini bajo su árbol de nim favorito; allí recibió en 1968 a escritores como Julio Cortázar, con quien bailó en el jardín tiznado de colores al ritmo enloquecido —y tan a menudo regado por las drogas— de las canciones de Holi, un festival hindú de derroche cromático que se celebra en plena primavera. Pero, sobre todo, allí escribió libros memorables y plantó la semilla de su poesía última.
En India el poeta contrajo matrimonio con Tramini bajo su árbol de nim favorito; allí recibió en 1968 a escritores como Julio Cortázar, con quien bailó en el jardín tiznado de colores al ritmo enloquecido —y tan a menudo regado por las drogas— de las canciones de Holi, un festival hindú de derroche cromático que se celebra en plena primavera. Pero, sobre todo, allí escribió libros memorables y plantó la semilla de su poesía última

Coloridos “collages” del mexicano Vicente Rojo acompañan a los poemas de “Ladera este” que Octavio Paz escribió durante los seis años que vivió en la India, de 1962 a 1968, en una cuidada reedición que recuerda el viaje interior que el escritor mexicano realizó durante su estancia en Nueva Delhi.

“Tenía interés personal en su época en la India y a la vez quería una obra completa pero breve”, explica el editor Pedro Tabernero, que encontró en “Ladera este” la mejor obra para rendir tributo al nobel de literatura 1990.

Publicada por primera vez en 1969, esta nueva edición, que saldrá a la venta este verano, contará con textos complementarios del académico de la lengua Juan Gil; el director del Instituto Cervantes de París, Juan Manuel Bonet; el escritor Juan Bonilla y el poeta Jacobo Cortines.

Será el octavo volumen de la colección Poetas y Ciudades, que el Grupo Pandora dedica a grandes poetas y las ciudades que amaban.

En el caso de Paz se ha elegido su relación con la India por la influencia que tuvo tanto en su vida como en su obra.

De los años pasados allí como embajador de México, Paz escribió tres obras: “Ladera este”, “El mono gramático” (1974) y “Vislumbres de la India” (1995).

Y Tabernero consiguió que la viuda del escritor, la francesa Marie-Jose Paz, le cediera los derechos para volver a editar “Ladera este”, con la estrecha colaboración de Vicente Rojo, un artista cuya obra está muy ligada a la literatura.

Creador de la portada de la primera edición de “Cien años de soledad”, Rojo diseñó las cubiertas de muchos de los libros de Gabriel García Márquez y de otros autores como José Emilio Pacheco, Elena Poniatiowska y Octavio Paz, con el que además colaboró en el proyecto “Discos visuales” (1968).

Su estrecha relación con Paz le llevó a aceptar el ofrecimiento de Tabernero de participar en la reedición de una de sus obras.

“Vicente Rojo y yo estuvimos tres años pensando qué obra hacer. La primera idea era un libro sobre México, pero habría que haber hecho una selección de partes de sus obras porque no hay una entera dedicada a su país”.

“Y un día me cogí las obras completas y leí sus libros sobre India, que son especialmente desconocidos en la obra de Paz, y que incluyen referencias artísticas, religiosas, mitológicas y de paisaje”, explica Tabernero.

De ahí surgió la idea de la India y optaron por “Ladera este” porque es el principal, el que tiene más referencias de localizaciones en la India, el que más sitúa los temas. Y además “las notas que hizo a la primera edición son muy clarificadoras”.

Cuando se decidió qué libro editar, Rojo comenzó a trabajar en las ilustraciones.

Un año de trabajo ha dado como resultado unos 40 “collages” que no solo ilustran, sino que complementan el libro con unos atractivos diseños que recuerdan a la India sin mostrarla directamente.

Flores, motivos naturales y formas geométricas se superponen en estos trabajos de líneas tan puras como los poemas de Paz.

Porque “no se trata de ilustrar un libro: es más dotar de imágenes a algo que no tiene, establecer un discurso enriquecedor, de modo que la ilustración no tiene por qué responder exactamente a lo que se está leyendo pero sí establecer un diálogo interesante”, explicó Tabernero.

Diálogo que protagoniza la colección Poetas y Ciudades, de la que ya se han editado “Poeta en Nueva York”, de Federico García Lorca; “Diario de un poeta recién casado”, de Juan Ramón Jiménez; “Sombra del Paraíso” de Vicente Aleixandre; “Fervor de Buenos Aires”, de Jorge Luis Borges; “Las piedras de Chile”, de Pablo Neruda; “El contemplado”, de Pedro Salinas, y “Ocnos”, de Luis Cernuda.

El nuevo volumen de Octavio Paz se presentará en Nueva Delhi, México y París, y para el año próximo está previsto que salga “Diario de Argónida”, de José Manuel Caballero Bonald, con estudio de Víctor García de la Concha, y dibujos de Manuel Fernández.

Pero será después de los poemas indios de Octavio Paz, que él mismo describió así: “Viajes en el espacio exterior y en el interior, realidades que vemos alternativamente con los ojos abiertos y con los ojos cerrados, paisajes nunca vistos y paisajes siempre vistos: la extrañeza de la India se fundió con mi propia extrañeza, es decir, con mi vida”.

Rosario Castellanos, el eterno femenino

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Rosario Castellanos transforma en literatura a la realidad de la exclusión (especialmente, la de las mujeres)
Rosario Castellanos transforma en literatura a la realidad de la exclusión (especialmente, la de las mujeres)

Rosario Castellanos fue una mujer hecha a sí misma, una escritora necesaria. Nació un 25 de mayo de 1925 y muy pronto destacó por sus versos. “Tuvo, desde su infancia, una conciencia clara de lo que significaba ser blanca frente a los indios y mujer frente a los hombres”, relata Amalia Bautista, poetisa española, en el prólogo de una de sus antologías.

Castellanos nació en Ciudad de México, pero pasó su infancia en la hacienda de sus padres en Comitán (Altos de Chiapas). Esta región congrega la mayor cantidad de población indígena mexicana. A los 22 años se quedó huérfana, sumando la muerte de su hermano años atrás. Estas dos circunstancias la marcaron profundamente. Donó su hacienda y se fue a la capital en busca de una vida mejor.

Se graduó en filosofía y letras por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en la que posteriormente ejercería como profesora. Gracias a una beca, cursó estudios de estética en Madrid. Compaginó la docencia con la escritura en el periódico Excélsior, uno de los diarios mexicanos más prestigiosos. Además, trabajó como promotora cultural para el Instituto de Ciencias y Artes de Tuxtla Guitiérrez y para el Instituto Nacional Indigenista. Castellanos fue nombrada embajadora de México en Jerusalén en 1971.

Aunque le quedaban muchas cosas por contar, su vida se apagó de forma prematura el 7 de agosto de 1974. La escritora estaba en la ducha y salió corriendo a contestar el teléfono, una lámpara se cruzó en su camino y falleció a causa de la descarga eléctrica que atravesó su cuerpo. Sus restos reposan en la Rotonda de las Personas Ilustres de Ciudad de México.

Rosario Castellanos escribió once poemarios, tres novelas, ensayos, libros de cuentos, relatos, obras de teatro, textos periodísticos… cultivó múltiples géneros, pero todos ellos con un punto en común: un marcado carácter político y la defensa de los derechos de las mujeres.

A través de obras de teatro como Tablero de damas (1952) y El eterno femenino (publicada póstumamente en 1975), fue reconocida como símbolo del feminismo latinoamericano, al revelarse como una de las iniciadoras de la defensa de los derechos de las mujeres, cita su perfil publicado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta).

A decir de la crítica especializada, Castellanos forma parte de un selecto grupo de escritoras mexicanas del siglo XX que incursionaron en diferentes géneros literarios, desde poesía, narrativa, teatro y ensayo, hasta textos periodísticos.

Todas sus obras se consideran autobiográficas, en mayor o menor medida. Su fallido matrimonio con el filósofo Ricardo Guerra, las infidelidades de este, sus diversos abortos y depresiones configuran el tema angular de sus escritos.

‘Balún Canán’ (1957) es su obra más conocida. Supuso una gran innovación en las letras iberoamericanas, ya que fue uno de los primeros casos de feminismo literario. Narra, a través de una niña sin identificar, la muerte de su hermano y su desamparo en un mundo controlado por hombres blancos.

‘Ciudad Real’, publicado en 1960, se define en la portada como ‘cuentos sobre la opresión a las culturas indígenas’. En él presenta las costumbres de diferentes tribus, así como las diversos ofensas que tienen que soportar estas minorías. El libro descubre los antecedentes del levantamiento zapatista de 1994.

Entre los temas que ahondó en su obra destacan la inadaptación del espíritu femenino en un mundo dominado por los hombres, la sumisión a la que se vio obligada desde la infancia por el hecho de ser mujer y la melancolía meditabunda. En Lívida luz (1960), la autora revela sus preocupaciones derivadas de la condición femenina en una sociedad machista.

Uno de sus últimos documentos publicados es ‘Mujer que sabe latín’ (1973). Haciendo un gran manejo de la ironía, Castellanos proclama: “La mujer no está preparada ni interesada en el pensamiento”. La autora no lo hace como una crítica, sino como una llamada de atención sobre la mujer, que durante siglos y siglos ha sido, y es, juzgada por cómo va vestida, cómo trabaja o cómo actúa.

Rosario Castellanos fue necesaria y continua siéndolo. Una escritora que, pese a una vida llena de luces y sombras, trató de iluminar el camino de las mujeres hacia la concienciación de si mismas en pro de una mayor libertad.

La bella flagelada de América

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Juana de Ibarbourou fue una mujer transgresora para la época porque ninguna mujer había escrito sobre el amor con la libertad con que lo hace ella. Es la primera que nombra su cuerpo, sus pechos, su piel, todos los elementos que hacen a la erótica
Juana de Ibarbourou fue una mujer transgresora para la época porque ninguna mujer había escrito sobre el amor con la libertad con que lo hace ella. Es la primera que nombra su cuerpo, sus pechos, su piel, todos los elementos que hacen a la erótica

La poeta uruguaya Juana de Ibarbourou fue una mujer “transgresora” en la literatura latinoamericana, con una obra que se vio marcada por la violencia de género, las drogas y un amor prohibido, según desvela el libro Al encuentro de las Tres Marías, del escritor Diego Fischer.

La “Juana de América”, como la bautizaron los universitarios y hombres de letras de Uruguay en 1929, es una de las principales figuras literarias de este país y adquiere una nueva dimensión con la biografía novelada de Fischer, que fue presentada hoy en Montevideo.

“Fue transgresora en el verso, fue transgresora en su forma de vivir y de dirigirse a un mundo literario dominado por hombres”, explica el autor en una entrevista sobre la mujer que fue primer Premio Nacional de Literatura de Uruguay, en 1959.

Al encuentro de las Tres Marías. Juana de Ibarbourou, más allá del mito (Editorial Santillana), recorre la trayectoria de esta poetisa, que nació en la villa de Melo el 8 de marzo de 1892, y murió el 15 de julio de 1979, en medio de una dictadura que le rindió honras fúnebres de ministro de Estado, pese a que ella siempre se opuso al oropel de los militares.

“Siempre le pido a los míos que cuando me muera, dejen a un lado las vanidades y me entierren simplemente en tierra, lo más a flor de tierra posible”, había dicho la poetisa en una carta al escritor español Miguel de Unamuno, uno de los primeros en alabar su ingenio.

Juana de Ibarbourou fue aplaudida por escritores nacionales, como Carlos Reyles y Juan Zorrilla de San Martín, y foráneos, como el chileno Pablo Neruda o los españoles Unamuno, Juan Ramón Jiménez, los hermanos Machado, Salvador de Madariaga y Federico García Lorca.

Cuando apenas empezaba con su primer poemario, Juana “le escribe a Unamuno, pero no sólo le escribe. Le envía tres libros y le pide que se los haga llegar a (Antonio) Machado y a Juan Ramón Jiménez. Tenía muy claro a dónde quería llegar”, asevera Fischer.

“Los principales admiradores de la poesía de Ibarbourou eran hombres. El nombramiento como “Juana de América” en el Palacio Legislativo parte de los estudiantes y al acto asisten los intelectuales más prominentes de la época”, dice Fischer.

De Ibarbourou se apellidaba en realidad Fernández Morales, pero tomó ese apellido de su marido, un militar, por quien sintió una gran pasión en los primeros años de matrimonio, que la reflejó en Las lenguas de diamante, su primer poemario, pero que se transformó después en tristeza y dolor.

Fischer recuerda que el gran éxito editorial de ese primer libro fue proporcional al escándalo que produjeron en la sociedad montevideana y porteña sus imágenes sobre el amor carnal y las figuras de los amantes.

“Ella habla del amor y de hacer el amor. Afirmaba que tanto sufre por una pasión el cuerpo como el alma. Esto suponía una evidente transgresión para una mujer, casada con un militar en 1919”, explica Fischer.

Su fama se extendió rápidamente y a ello ayudó su extremada belleza, que “supo manejar para lograr ser una poetisa consagrada” sin rozar los límites que le impuso un matrimonio infeliz, en el que el marido, como después el hijo, llegó a la violencia física.

Pero no todo es luminoso en esta biografía novelada. Se describe también la adicción por la morfina y otros narcóticos, de una mujer desesperada, con un matrimonio señalado por la indiferencia y con un hijo ludópata que se convertiría en una pesadilla.

Juana y Federico
Juana y Federico

El libro de Fischer se basa en una carta de Ibarbourou a la que tuvo acceso hace quince años en la que también se relata la pasión que la volvió a embargar cuando tenía 59 años y su belleza comenzaba a marchitarse.

“Fue su gran amor. Así lo dice también en sus versos”, señala Fischer sobre la relación que la poetisa mantuvo, ya muerto su esposo, con el médico argentino Eduardo de Robertis, de 38 años, apenas mayor que su hijo Julio César.

“En los años cincuenta, esa relación, siendo ella quien era, una mujer reconocida mundialmente, no podía ser aceptada pero, la cuenta en sus versos, sobre todo en Mensaje del escriba, donde el setenta por ciento de los versos está dedicado a él”, dice Fischer.

El escritor afirma que De Robertis logró apartarla de la droga, pero después, la tiranía de su hijo y la pérdida de ese postrer amor la volvieron a encadenar a una adicción, que, según ella, le permitía subir a “las tres Marías”, en referencia a las estrellas de la constelación de Orión, y evadir la adversidad, aunque fuera sólo unos instantes.

Mistral, palabra y volcán

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Gabriela Mistral y Doris Dana
Gabriela Mistral y Doris Dana

El libro “Niña Errante”, un epistolario íntimo entre la poeta Gabriela Mistral y su asistente estadounidense Doris Dana, ha desatado nuevamente el debate sobre la sexualidad de la Premio Nobel de Literatura 1945.

Tras la muerte de Dana, en noviembre de 2006, su sobrina y heredera, Doris Atkinson, donó al Gobierno chileno el legado literario de Mistral, de más de 40.000 documentos, para que sea custodiado por la Biblioteca Nacional, incluidas las 250 cartas escogidas por Zegers para la publicación.

Dana conoció a Gabriela en 1946, cuando la chilena colaboró con ella en la publicación de un libro sobre Thomas Mann. La primera carta incluida en el libro data de 1948 y la última de 1956.

“Tú no me conoces todavía bien, mi amor. Tú ignoras la profundidad de mi vínculo contigo. Dame tiempo, dámelo, para hacerte un poco feliz. Tenme paciencia, espera a ver y a oír lo que tú eres para mí”, escribió Mistral a Dana el 22 de abril de 1949.

En la misma fecha responde Dana, que fue la albacea de la poeta a la muerte de ésta, en abril de 1957: “Yo me pongo en el viento y en la lluvia tierna, para que éstos, viento y lluvia, puedan abrazarte y besarte para mí”.

“Tengo para ti en mí muchas cosas subterráneas que tú no ves aún”, escribió Mistral en una libreta, en la que precisa: “lo subterráneo es lo que no digo. Pero te lo doy cuando te miro y te toco sin mirarte”.

Dana responde que quiere conocer esas “cosas subterráneas”, que ha dado a Mistral “la prueba de su confianza” y que ha pasado “siglos” buscándola.

Hay en ellas, en sus cartas, “un cruce de intensas personalidades cargadas de emotividad y pasión. De admiración y de orgullo, de velos y entreveros, de felicidad y de angustia”, según Zegers.

“El lector me va a decir, ‘no me vengan con cuentos, si eso está claro’, pero yo dejo abierta la posibilidad de cualquier especulación y, más que especulación, dejo abierta la puerta hacia la verdad”, señala el recopilador de las cartas.

Zegers opina que a lo largo de las cartas Gabriela Mistral “se va integrando al mundo, se convierte en un ser de carne y hueso”.

El mundo literario y académico chileno reaccionó de inmediato. Para Armando Uribe, Premio Nacional de Literatura 2004, se trata de “una correspondencia de mucha fuerza literaria y emoción. Me atrevería a calificarlas (las cartas) de poesía en prosa”.

“Muestran una relación que podría considerarse bastante tórrida, pero planteada con dignidad” cuentaUribe, para quien “no hay que escandalizarse” por una relación que fue más que una amistad.

En cambio, la socióloga Sonia Montecinos sintió pudor y cuestionó que del enorme legado de la poeta se hayan seleccionado estas cartas, “en un contexto chileno, anegado de voyeurismo y fisgoneo, de goce perverso por los cominillos de la farándula, un libro como éste puede entenderse como parte de una cultura que busca solazarse con lo íntimo”, opina.

Para Jaime Quezada, presidente de la Fundación Premio Nobel Gabriela Mistral, se trata “un amor pleno, una amistad mayúscula (…) que ayudará a desmoronar algunos mitos y fábulas, sobre todo en un país donde la leyenda nunca dejó en paz a Gabriela”.

“Ahora la poeta queda en su sitio, como quien supo amar a alguien más, sea éste un hombre o una mujer”, afirmó Quezada, mientras el, académico y ensayista Grinor Rojo opinó que el tipo de relación entre ambas importa poco.

Rojo, autor de ‘Dirán que está en la gloria’, una biografía de la poeta (1889-1957), considera posible que ambas mantuvieran una relación de pareja, “pero eso no cambia mayormente nada sobre la interpretación sobre su obra”.

“Me preocuparía si complejizara su poesía, si le diera un vuelco a la lectura que estamos haciendo de su poesía. Y me parece que eso no pasa. En cuanto a la imagen pública, me tiene enteramente sin cuidado”, concluyó.

Sin miedo a perder

Hacen falta más mujeres con el carácter y temperamento de Gabriela Mistral. Una mujer sincera a la que no le daba miedo amar, pero tampoco perder.

Esta poetisa nació el 7 de abril de 1889 en una pequeña región de Chile a la que, años más tarde, rendiría culto en numerosos versos. Sus poemas son el reflejo de una vida que desde pequeña empezó de forma brusca. El abandono de su padre a los cuatro años sumió a su familia en la pobreza y definió a la pequeña Gabriela Mistral. En ese entonces todavía no se hacía llamar así, su verdadero nombre es Lucila de María pero Gabriela Mistral es su pseudónimo y el nombre con el que todos la conocieron.

Era una joven muy tímida pero cuando escribía se sentía libre de desordenar la sintaxis, de desrealizar la realidad o de vivificar lo inanimado. En su juventud descubrió que poseía un don con los niños y en la tarea de educar así que fue, durante muchos años, profesora en distintas escuelas.

Fervorosa creyente de la Biblia pensaba que sus pies de mujer solo estaban seguros en “este suelo cristiano” pero a Gabriela Mistral la sacudió otra tragedia. El suicidio de Romelio Ureta, su primer gran amor al que dedicó largos poemas, en concreto ‘Sonetos de muerte’. Gracias a estos sonetos adquirió popularidad nacional y en 1921 su éxito se catapultó a nivel mundial.

En 1924 viajó a Estados Unidos y continuo su viaje por Europa, en ambos casos se dedicaba a dar conferencias y reuniones sobre la educación. Participó en proyectos de reforma educacional en México y hasta construyeron un colegio en su honor por su ayuda en la organización. En ese entonces ya había escrito una parte de ‘Desolación’, considerada su primera obra maestra.

Cuando viajó a España se encontró con la crueldad de la Guerra Civil. Esta experiencia se quedó grabada en su retina y años más tarde, tras dedicar el libro ‘Tala’ a los niños vascos, víctimas de la guerra, donó todo el dinero recaudado a instituciones de albergue de la zona devastada.

En España conoció al joven Pablo Neruda y caminó junto a él por la senda del modernismo. Otra de sus grandes influencias fue Rubén Darío, con el que compartió el gusto por el simbolismo del color en el que acentuaba diferentes matices vivenciales y exaltaba una experiencia. Podemos encontrar ejemplos en poemarios como ‘Ternura’ o ‘Mis libros’. En cualquier creación poética Mistral utilizó siempre de manera magistral los recursos lingüísticos como el epíteto, la metáfora gráfica, la antítesis o la hipérbole.

Gabriela Mistral fue una adelantada a su tiempo. Es la primera y única mujer iberoamericana en ganar el premio Nobel de Literatura. Lo ganó en 1945 y con solo cuatro libros publicados.

El hecho de ser pacifista, libertaria y feminista le causó problemas. Luchó por los Derechos Humanos, el voto de la mujer y la igualdad con el hombre y pidió al sector femenino que se instruyera para no ser considerada objeto de la sociedad. Defendió en el lenguaje el uso de indigenismos y asumió como bandera de lucha el mestizaje. Por eso, y por muchas cosas más, Gabriela Mistral sigue siendo ejemplo de honestidad, de espíritu social y de humanismo.

Lorca, un comodín olvidado

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Lorca siempre anduvo cerca del Flamenco. En la imagen, con "La Argentinita"
Lorca siempre anduvo cerca del Flamenco. En la imagen, con “La Argentinita”

Por sorprendente que parezca, la ciudad de Federico García Lorca, Granada, la que amó y odió por igual, carece de una ruta lorquiana indicada para el turista, que no sólo visita la capital por su más imponente monumento, la Alhambra, sino también para conocer de cerca a uno de los poetas más importantes del siglo XX.

Basta con acudir a textos de expertos lorquianos como el hispanista Ian Gibson o a los de su propio hermano Francisco (sobre todo, en el libro Federico y su mundo), para comprobar que en algunas calles o plazas de Granada, junto al sonido de las fuentes o los pájaros, también es posible escuchar al poeta en sus tardes de juego o en sus clases de piano.

Lorca vino al mundo en Fuente Vaqueros, a unos 20 kilómetros de Granada, un 5 de junio de 1898, pero desde 1906 hasta 1915 residió en el centro de la ciudad, en dos casas señoriales, gracias a la buena situación económica que los negocios de su padre.

Así, los García Lorca se instalaron en la Acera del Darro, 44, actualmente donde se encuentra el hotel Montecarlo, un edificio de dos plantas con alegres ventanas que, aunque ha sufrido grandes cambios en el interior, sigue guardando en su exterior la estética de aquella época.

Pero la fachada conserva algo más: la gran puerta de madera por la que la familia entraba y salía, y que ahora ha perdido su esplendor. Ya en el interior, tras abandonar el recibidor, es grato ver cómo se ha conservado la escalinata y la cúpula, antes de acceder a las habitaciones.

Eso sí, también se sabe que en este vestíbulo existía un aljibe que la familia usaba para guardar el agua que los aguadores le traían de la Fuente del Avellano. Así se lo cuenta a los turistas Antonio Bonilla, un guía granadino que ha montado la única oferta en la ciudad para algunas de las huellas de García Lorca. “Cuentan que un día se disfrazó de moro y le dio un gran susto a la vecina”, relata Bonilla.

En 1916 la familia se traslada a una vivienda situada en Puerta Real, el centro de la ciudad. Aunque en la actualidad no hay rastro del edificio original, se sabe que las puertas de entrada eran de caoba y tenían dos llamadores con la forma de monos, por lo que para llamar debías pegar en el trasero a los simios.

Una anécdota a la que el autor se refiere en su poema Oda al Rey de Harlem: “Con una cuchara arrancaba los ojos a los cocodrilos y golpeaba el trasero de los monos”.

Tertulias y flamenco

A escasos pasos de Puerta Real, en la vecina plaza del Campillo, se encuentra uno de los restaurantes más reconocidos de la ciudad, Chikito, negocio que, entre 1915 y 1929 fue el café Alameda, donde se celebraba la tertulia literaria El Rinconcillo.

Este espacio fue el lugar donde Federico recitó algunos de sus primeros poemas, así como donde fraguó una gran amistad con el compositor Manuel de Falla.

Uno de los camareros de Chikito, aunque con asombro, reconoce que muchos turistas entran a la sala del restaurante preguntando por el lugar de El Rincocillo: “Una vez llegó una irlandesa y, cuando la sentamos en la mesa donde creemos que estaba la tertulia, se puso a llorar”.

Muy cerca de esta tertulia, nació su amor por el cante jondo y que le llevó, en junio de 1922, a organizar junto con el compositor Manuel de Falla y Miguel Cerón el Concurso de Cante Jondo de Granada.

Más allá de esta pasión por el flamenco, el amor por la música en Lorca está presente desde pequeño, cuando comienza a aprender a tocar el piano. Un instrumento que, como describe Bonilla mientras enfoca su mirada al número 6 de la calle Varela, fue el motivo por el que Fernando de los Ríos, quien se convirtió en su protector y llegó a ser ministro de Instrucción Pública en la II República Española, conoció a un joven poeta que bien podría haberse dedicado a ofrecer conciertos de piano.

“Aquí estaba el Centro Artístico literario, y Lorca venía a tocar”, rememora el guía granadino, mientras aligera el paso hacia la calle Escudo del Carmen, 8, un bloque de viviendas donde recibía clases de piano del profesor Antonio Segura Mesa.

Huellas borradas

Incredulidad. Esto es lo que se puede sentir al ver cómo nadie se ha preocupado en señalar que en esta calle se situaba la Librería Enrique Prieto, ahora una zapatería, donde el poeta compraba sus libros de Víctor Hugo o Paul Verlain.

Que nadie intente buscar una placa o indicación, “porque no existen”, expresa con rotundidad el guía lorquiano, que, como frenado por el aire, se detiene frente a la fachada de un edificio estrecho de esta misma calle Mesones.

Aunque en la actualidad sea una tienda de deportes cerrada por la crisis, se trata del lugar donde estaba la imprenta de Paulino Ventura Traveser, el taller de donde salió Impresiones y paisaje, el primer libro del joven Federico en 1918.

Si su vida en la capital comenzó en una casa ahora convertida en hotel, también llega a su fin en otro hotel, el Reina Cristina, en la calle Ángulo, que en 1936 fue la residencia de la familia Rosales.

Preocupado por cómo las detenciones y los fusilamientos a republicanos eran constantes en este año, en el que un poco más tarde estallará la Guerra Civil española, decidió refugiarse en casa de unos amigos, aunque de corte político distinto al suyo.

Pero nadie pudo impedir que el 16 de agosto de 1936 Federico García Lorca fuera detenido por una tropilla. Poco se sabe qué hizo el genio durante el tiempo de su arresto ni dónde fue enterrado, tras su fusilamiento.

De la intensidad al dulce abismo

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Alfonsina Storni, no sólo fue la poetisa que se suicidó en el mar, fue una mujer dispuesta a todo, tal como el significado de su nombre lo indica: a amar, a luchar para salir adelante, a ser quien quería sin importar lo que digan los demás, a defender el lugar de la mujer, a hacer y expresar lo que sentía sin límites
Alfonsina Storni, no sólo fue la poetisa que se suicidó en el mar, fue una mujer dispuesta a todo, tal como el significado de su nombre lo indica: a amar, a luchar para salir adelante, a ser quien quería sin importar lo que digan los demás, a defender el lugar de la mujer, a hacer y expresar lo que sentía sin límites

Considerada una de las poetas argentinas más importantes del siglo XX, Alfonsina Storni, un ser frágil y fuerte a la vez, con una vida intensa y apasionada, decidió irse sumergiendo en el mar un 25 de octubre de 1938. Un libro con sus poemas, ilustrado por Antonia Santolaya, pone al día su obra.

Con prólogo de Clara Sánchez, “Alfonsina Storni, las grandes mujeres” es un pequeño volumen, editado por Nórdicas, que se convierte en una doble obra de arte; por un lado, los poemas de Storni, la poeta argentina de origen suizo nacida en 1892, y por otro los dibujos y pinturas de Antonia Santolaya (Ribafrecha, La Rioja, 1966), plagados de fuerza y color.

Y es que, según explica Santolaya, el color lo lleva, lo tiene dentro Storni en su “vivir intenso. No por hablar de muerte debe hablarse en blanco y negro; hay mucha vida en ella incluso cuando habla de muerte”, advierte.

La poesía de Alfonsina Storni es “tierna y delicada, pero rocosa, como si uno tuviera que arañarse las manos y las rodillas hasta coger flores y esos cardos y los besos de los que habla”, dice la escritora Clara Sánchez, en el prólogo.

Alfonsina Storni forma parte del club de las poetas suicidas, de esas mujeres cuya experiencia límite, dura e intensa, roja y negra a la vez, fue regalada a la vida con palabras hermosas alimentadas por sus heridas, en un mundo muchas veces adverso y machista.

Storni, gran defensora del universo femenino y activista por la igualdad, añadió su nombre al de Virginia Woolf, Silvia Plath o Alejandra Pizarnik, escritoras que no vieron la luz al final del túnel; como ella, que una noche envuelta en un manto se entregó al mar oscuro y frío, un mar al que la poeta siempre había cantado azul.

Tres años antes de su muerte, a Storni le diagnosticaron cáncer de mama y le tuvieron que extirpar un pecho, una enfermedad que le provocó un gran desánimo, al igual que el golpe que para ella supusieron los suicidios del cuentista uruguayo Horacio Quiroga y de su hija, y la del escritor argentino Leopoldo Lugones, como recuerda Clara Sánchez en el libro.

Pero la forma en la que Storni puso fin a su sufrimiento creó leyenda y una de las canciones más bellas y más interpretadas de la historia, “Alfonsina y el mar”, compuesta por Ariel Ramírez y Félix Luna y que siempre irá unida a la voz de Mercedes Sosa.

“Por la blanca arena que lame el mar, su pequeña huella no vuelve más (…) Te vas, Alfonsina, con tu soledad, qué poemas nuevos fuiste a buscar…”, reza la canción.

Storni nació en Suiza, pero a los cuatro años marchó con sus padres a Argentina. Se inició en el mundo del teatro, después estudió para ser maestra de escuela y dio clases de Arte Dramático. Madre soltera desde muy joven, luchó contra los prejuicios y los convencionalismos de la época.

Su poesía comenzó siendo romántica hasta convertirse en un símbolo del modernismo y la vanguardia, con una palabra llena de belleza y verdad, porque su vida era su material, su barro a moldear.

Una vida que deja muy expuesta en sus poemas, como recuerda Santolaya. “Tenía otra imagen de esta poeta, pero la he leído tanto, he convivido tanto con sus poemas que he hecho un trabajo simbiótico total y me he sentido más bien una actriz”.

“He leído y releído sus poemas y no salgo de mi asombro al ver cómo escribe tan descarnadamente -dice- y sin escudos, cómo se expone al mundo mostrando toda su fragilidad. Y así he ido entendiendo su atrevimiento y cómo en algunos de sus poemas deja entender la incomprensión de su época y la del hombre de ese tiempo, fuera de su sensibilidad”, añade la pintora.

“Yo llevo las manos brotadas de rosas/ pero están libando tantas mariposas/ que cuando secas se acaben mis rosas, ay, me secaré”, escribe Storni.

“En realidad, lo que le ocurre a Alfonsina Storni es lo que nos sucede a todos: ¿quién no tiene que sobrevivir y al mismo tiempo soñar?, ¿quién no es equilibrado y a la vez hace locuras?, ¿quién no piensa en la muerte y juega con ella un poco?”, concluye en el libro Clara Sánchez.