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Rosario Castellanos, el eterno femenino

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Rosario Castellanos transforma en literatura a la realidad de la exclusión (especialmente, la de las mujeres)
Rosario Castellanos transforma en literatura a la realidad de la exclusión (especialmente, la de las mujeres)

Rosario Castellanos fue una mujer hecha a sí misma, una escritora necesaria. Nació un 25 de mayo de 1925 y muy pronto destacó por sus versos. «Tuvo, desde su infancia, una conciencia clara de lo que significaba ser blanca frente a los indios y mujer frente a los hombres», relata Amalia Bautista, poetisa española, en el prólogo de una de sus antologías.

Castellanos nació en Ciudad de México, pero pasó su infancia en la hacienda de sus padres en Comitán (Altos de Chiapas). Esta región congrega la mayor cantidad de población indígena mexicana. A los 22 años se quedó huérfana, sumando la muerte de su hermano años atrás. Estas dos circunstancias la marcaron profundamente. Donó su hacienda y se fue a la capital en busca de una vida mejor.

Se graduó en filosofía y letras por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en la que posteriormente ejercería como profesora. Gracias a una beca, cursó estudios de estética en Madrid. Compaginó la docencia con la escritura en el periódico Excélsior, uno de los diarios mexicanos más prestigiosos. Además, trabajó como promotora cultural para el Instituto de Ciencias y Artes de Tuxtla Guitiérrez y para el Instituto Nacional Indigenista. Castellanos fue nombrada embajadora de México en Jerusalén en 1971.

Aunque le quedaban muchas cosas por contar, su vida se apagó de forma prematura el 7 de agosto de 1974. La escritora estaba en la ducha y salió corriendo a contestar el teléfono, una lámpara se cruzó en su camino y falleció a causa de la descarga eléctrica que atravesó su cuerpo. Sus restos reposan en la Rotonda de las Personas Ilustres de Ciudad de México.

Rosario Castellanos escribió once poemarios, tres novelas, ensayos, libros de cuentos, relatos, obras de teatro, textos periodísticos… cultivó múltiples géneros, pero todos ellos con un punto en común: un marcado carácter político y la defensa de los derechos de las mujeres.

A través de obras de teatro como Tablero de damas (1952) y El eterno femenino (publicada póstumamente en 1975), fue reconocida como símbolo del feminismo latinoamericano, al revelarse como una de las iniciadoras de la defensa de los derechos de las mujeres, cita su perfil publicado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta).

A decir de la crítica especializada, Castellanos forma parte de un selecto grupo de escritoras mexicanas del siglo XX que incursionaron en diferentes géneros literarios, desde poesía, narrativa, teatro y ensayo, hasta textos periodísticos.

Todas sus obras se consideran autobiográficas, en mayor o menor medida. Su fallido matrimonio con el filósofo Ricardo Guerra, las infidelidades de este, sus diversos abortos y depresiones configuran el tema angular de sus escritos.

‘Balún Canán’ (1957) es su obra más conocida. Supuso una gran innovación en las letras iberoamericanas, ya que fue uno de los primeros casos de feminismo literario. Narra, a través de una niña sin identificar, la muerte de su hermano y su desamparo en un mundo controlado por hombres blancos.

‘Ciudad Real’, publicado en 1960, se define en la portada como ‘cuentos sobre la opresión a las culturas indígenas’. En él presenta las costumbres de diferentes tribus, así como las diversos ofensas que tienen que soportar estas minorías. El libro descubre los antecedentes del levantamiento zapatista de 1994.

Entre los temas que ahondó en su obra destacan la inadaptación del espíritu femenino en un mundo dominado por los hombres, la sumisión a la que se vio obligada desde la infancia por el hecho de ser mujer y la melancolía meditabunda. En Lívida luz (1960), la autora revela sus preocupaciones derivadas de la condición femenina en una sociedad machista.

Uno de sus últimos documentos publicados es ‘Mujer que sabe latín’ (1973). Haciendo un gran manejo de la ironía, Castellanos proclama: «La mujer no está preparada ni interesada en el pensamiento». La autora no lo hace como una crítica, sino como una llamada de atención sobre la mujer, que durante siglos y siglos ha sido, y es, juzgada por cómo va vestida, cómo trabaja o cómo actúa.

Rosario Castellanos fue necesaria y continua siéndolo. Una escritora que, pese a una vida llena de luces y sombras, trató de iluminar el camino de las mujeres hacia la concienciación de si mismas en pro de una mayor libertad.

La bella flagelada de América

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Juana de Ibarbourou fue una mujer transgresora para la época porque ninguna mujer había escrito sobre el amor con la libertad con que lo hace ella. Es la primera que nombra su cuerpo, sus pechos, su piel, todos los elementos que hacen a la erótica
Juana de Ibarbourou fue una mujer transgresora para la época porque ninguna mujer había escrito sobre el amor con la libertad con que lo hace ella. Es la primera que nombra su cuerpo, sus pechos, su piel, todos los elementos que hacen a la erótica

La poeta uruguaya Juana de Ibarbourou fue una mujer “transgresora” en la literatura latinoamericana, con una obra que se vio marcada por la violencia de género, las drogas y un amor prohibido, según desvela el libro Al encuentro de las Tres Marías, del escritor Diego Fischer.

La “Juana de América”, como la bautizaron los universitarios y hombres de letras de Uruguay en 1929, es una de las principales figuras literarias de este país y adquiere una nueva dimensión con la biografía novelada de Fischer, que fue presentada hoy en Montevideo.

“Fue transgresora en el verso, fue transgresora en su forma de vivir y de dirigirse a un mundo literario dominado por hombres”, explica el autor en una entrevista sobre la mujer que fue primer Premio Nacional de Literatura de Uruguay, en 1959.

Al encuentro de las Tres Marías. Juana de Ibarbourou, más allá del mito (Editorial Santillana), recorre la trayectoria de esta poetisa, que nació en la villa de Melo el 8 de marzo de 1892, y murió el 15 de julio de 1979, en medio de una dictadura que le rindió honras fúnebres de ministro de Estado, pese a que ella siempre se opuso al oropel de los militares.

“Siempre le pido a los míos que cuando me muera, dejen a un lado las vanidades y me entierren simplemente en tierra, lo más a flor de tierra posible”, había dicho la poetisa en una carta al escritor español Miguel de Unamuno, uno de los primeros en alabar su ingenio.

Juana de Ibarbourou fue aplaudida por escritores nacionales, como Carlos Reyles y Juan Zorrilla de San Martín, y foráneos, como el chileno Pablo Neruda o los españoles Unamuno, Juan Ramón Jiménez, los hermanos Machado, Salvador de Madariaga y Federico García Lorca.

Cuando apenas empezaba con su primer poemario, Juana “le escribe a Unamuno, pero no sólo le escribe. Le envía tres libros y le pide que se los haga llegar a (Antonio) Machado y a Juan Ramón Jiménez. Tenía muy claro a dónde quería llegar”, asevera Fischer.

“Los principales admiradores de la poesía de Ibarbourou eran hombres. El nombramiento como “Juana de América” en el Palacio Legislativo parte de los estudiantes y al acto asisten los intelectuales más prominentes de la época”, dice Fischer.

De Ibarbourou se apellidaba en realidad Fernández Morales, pero tomó ese apellido de su marido, un militar, por quien sintió una gran pasión en los primeros años de matrimonio, que la reflejó en Las lenguas de diamante, su primer poemario, pero que se transformó después en tristeza y dolor.

Fischer recuerda que el gran éxito editorial de ese primer libro fue proporcional al escándalo que produjeron en la sociedad montevideana y porteña sus imágenes sobre el amor carnal y las figuras de los amantes.

“Ella habla del amor y de hacer el amor. Afirmaba que tanto sufre por una pasión el cuerpo como el alma. Esto suponía una evidente transgresión para una mujer, casada con un militar en 1919”, explica Fischer.

Su fama se extendió rápidamente y a ello ayudó su extremada belleza, que “supo manejar para lograr ser una poetisa consagrada” sin rozar los límites que le impuso un matrimonio infeliz, en el que el marido, como después el hijo, llegó a la violencia física.

Pero no todo es luminoso en esta biografía novelada. Se describe también la adicción por la morfina y otros narcóticos, de una mujer desesperada, con un matrimonio señalado por la indiferencia y con un hijo ludópata que se convertiría en una pesadilla.

Juana y Federico
Juana y Federico

El libro de Fischer se basa en una carta de Ibarbourou a la que tuvo acceso hace quince años en la que también se relata la pasión que la volvió a embargar cuando tenía 59 años y su belleza comenzaba a marchitarse.

“Fue su gran amor. Así lo dice también en sus versos”, señala Fischer sobre la relación que la poetisa mantuvo, ya muerto su esposo, con el médico argentino Eduardo de Robertis, de 38 años, apenas mayor que su hijo Julio César.

“En los años cincuenta, esa relación, siendo ella quien era, una mujer reconocida mundialmente, no podía ser aceptada pero, la cuenta en sus versos, sobre todo en Mensaje del escriba, donde el setenta por ciento de los versos está dedicado a él”, dice Fischer.

El escritor afirma que De Robertis logró apartarla de la droga, pero después, la tiranía de su hijo y la pérdida de ese postrer amor la volvieron a encadenar a una adicción, que, según ella, le permitía subir a “las tres Marías”, en referencia a las estrellas de la constelación de Orión, y evadir la adversidad, aunque fuera sólo unos instantes.

Mistral, palabra y volcán

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Gabriela Mistral y Doris Dana
Gabriela Mistral y Doris Dana

El libro «Niña Errante», un epistolario íntimo entre la poeta Gabriela Mistral y su asistente estadounidense Doris Dana, ha desatado nuevamente el debate sobre la sexualidad de la Premio Nobel de Literatura 1945.

Tras la muerte de Dana, en noviembre de 2006, su sobrina y heredera, Doris Atkinson, donó al Gobierno chileno el legado literario de Mistral, de más de 40.000 documentos, para que sea custodiado por la Biblioteca Nacional, incluidas las 250 cartas escogidas por Zegers para la publicación.

Dana conoció a Gabriela en 1946, cuando la chilena colaboró con ella en la publicación de un libro sobre Thomas Mann. La primera carta incluida en el libro data de 1948 y la última de 1956.

«Tú no me conoces todavía bien, mi amor. Tú ignoras la profundidad de mi vínculo contigo. Dame tiempo, dámelo, para hacerte un poco feliz. Tenme paciencia, espera a ver y a oír lo que tú eres para mí», escribió Mistral a Dana el 22 de abril de 1949.

En la misma fecha responde Dana, que fue la albacea de la poeta a la muerte de ésta, en abril de 1957: «Yo me pongo en el viento y en la lluvia tierna, para que éstos, viento y lluvia, puedan abrazarte y besarte para mí».

«Tengo para ti en mí muchas cosas subterráneas que tú no ves aún», escribió Mistral en una libreta, en la que precisa: «lo subterráneo es lo que no digo. Pero te lo doy cuando te miro y te toco sin mirarte».

Dana responde que quiere conocer esas «cosas subterráneas», que ha dado a Mistral «la prueba de su confianza» y que ha pasado «siglos» buscándola.

Hay en ellas, en sus cartas, «un cruce de intensas personalidades cargadas de emotividad y pasión. De admiración y de orgullo, de velos y entreveros, de felicidad y de angustia», según Zegers.

«El lector me va a decir, ‘no me vengan con cuentos, si eso está claro’, pero yo dejo abierta la posibilidad de cualquier especulación y, más que especulación, dejo abierta la puerta hacia la verdad», señala el recopilador de las cartas.

Zegers opina que a lo largo de las cartas Gabriela Mistral «se va integrando al mundo, se convierte en un ser de carne y hueso».

El mundo literario y académico chileno reaccionó de inmediato. Para Armando Uribe, Premio Nacional de Literatura 2004, se trata de «una correspondencia de mucha fuerza literaria y emoción. Me atrevería a calificarlas (las cartas) de poesía en prosa».

«Muestran una relación que podría considerarse bastante tórrida, pero planteada con dignidad» cuentaUribe, para quien «no hay que escandalizarse» por una relación que fue más que una amistad.

En cambio, la socióloga Sonia Montecinos sintió pudor y cuestionó que del enorme legado de la poeta se hayan seleccionado estas cartas, «en un contexto chileno, anegado de voyeurismo y fisgoneo, de goce perverso por los cominillos de la farándula, un libro como éste puede entenderse como parte de una cultura que busca solazarse con lo íntimo», opina.

Para Jaime Quezada, presidente de la Fundación Premio Nobel Gabriela Mistral, se trata «un amor pleno, una amistad mayúscula (…) que ayudará a desmoronar algunos mitos y fábulas, sobre todo en un país donde la leyenda nunca dejó en paz a Gabriela».

«Ahora la poeta queda en su sitio, como quien supo amar a alguien más, sea éste un hombre o una mujer», afirmó Quezada, mientras el, académico y ensayista Grinor Rojo opinó que el tipo de relación entre ambas importa poco.

Rojo, autor de ‘Dirán que está en la gloria’, una biografía de la poeta (1889-1957), considera posible que ambas mantuvieran una relación de pareja, «pero eso no cambia mayormente nada sobre la interpretación sobre su obra».

«Me preocuparía si complejizara su poesía, si le diera un vuelco a la lectura que estamos haciendo de su poesía. Y me parece que eso no pasa. En cuanto a la imagen pública, me tiene enteramente sin cuidado», concluyó.

Sin miedo a perder

Hacen falta más mujeres con el carácter y temperamento de Gabriela Mistral. Una mujer sincera a la que no le daba miedo amar, pero tampoco perder.

Esta poetisa nació el 7 de abril de 1889 en una pequeña región de Chile a la que, años más tarde, rendiría culto en numerosos versos. Sus poemas son el reflejo de una vida que desde pequeña empezó de forma brusca. El abandono de su padre a los cuatro años sumió a su familia en la pobreza y definió a la pequeña Gabriela Mistral. En ese entonces todavía no se hacía llamar así, su verdadero nombre es Lucila de María pero Gabriela Mistral es su pseudónimo y el nombre con el que todos la conocieron.

Era una joven muy tímida pero cuando escribía se sentía libre de desordenar la sintaxis, de desrealizar la realidad o de vivificar lo inanimado. En su juventud descubrió que poseía un don con los niños y en la tarea de educar así que fue, durante muchos años, profesora en distintas escuelas.

Fervorosa creyente de la Biblia pensaba que sus pies de mujer solo estaban seguros en «este suelo cristiano» pero a Gabriela Mistral la sacudió otra tragedia. El suicidio de Romelio Ureta, su primer gran amor al que dedicó largos poemas, en concreto ‘Sonetos de muerte’. Gracias a estos sonetos adquirió popularidad nacional y en 1921 su éxito se catapultó a nivel mundial.

En 1924 viajó a Estados Unidos y continuo su viaje por Europa, en ambos casos se dedicaba a dar conferencias y reuniones sobre la educación. Participó en proyectos de reforma educacional en México y hasta construyeron un colegio en su honor por su ayuda en la organización. En ese entonces ya había escrito una parte de ‘Desolación’, considerada su primera obra maestra.

Cuando viajó a España se encontró con la crueldad de la Guerra Civil. Esta experiencia se quedó grabada en su retina y años más tarde, tras dedicar el libro ‘Tala’ a los niños vascos, víctimas de la guerra, donó todo el dinero recaudado a instituciones de albergue de la zona devastada.

En España conoció al joven Pablo Neruda y caminó junto a él por la senda del modernismo. Otra de sus grandes influencias fue Rubén Darío, con el que compartió el gusto por el simbolismo del color en el que acentuaba diferentes matices vivenciales y exaltaba una experiencia. Podemos encontrar ejemplos en poemarios como ‘Ternura’ o ‘Mis libros’. En cualquier creación poética Mistral utilizó siempre de manera magistral los recursos lingüísticos como el epíteto, la metáfora gráfica, la antítesis o la hipérbole.

Gabriela Mistral fue una adelantada a su tiempo. Es la primera y única mujer iberoamericana en ganar el premio Nobel de Literatura. Lo ganó en 1945 y con solo cuatro libros publicados.

El hecho de ser pacifista, libertaria y feminista le causó problemas. Luchó por los Derechos Humanos, el voto de la mujer y la igualdad con el hombre y pidió al sector femenino que se instruyera para no ser considerada objeto de la sociedad. Defendió en el lenguaje el uso de indigenismos y asumió como bandera de lucha el mestizaje. Por eso, y por muchas cosas más, Gabriela Mistral sigue siendo ejemplo de honestidad, de espíritu social y de humanismo.

Lorca, un comodín olvidado

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Lorca siempre anduvo cerca del Flamenco. En la imagen, con "La Argentinita"
Lorca siempre anduvo cerca del Flamenco. En la imagen, con «La Argentinita»

Por sorprendente que parezca, la ciudad de Federico García Lorca, Granada, la que amó y odió por igual, carece de una ruta lorquiana indicada para el turista, que no sólo visita la capital por su más imponente monumento, la Alhambra, sino también para conocer de cerca a uno de los poetas más importantes del siglo XX.

Basta con acudir a textos de expertos lorquianos como el hispanista Ian Gibson o a los de su propio hermano Francisco (sobre todo, en el libro Federico y su mundo), para comprobar que en algunas calles o plazas de Granada, junto al sonido de las fuentes o los pájaros, también es posible escuchar al poeta en sus tardes de juego o en sus clases de piano.

Lorca vino al mundo en Fuente Vaqueros, a unos 20 kilómetros de Granada, un 5 de junio de 1898, pero desde 1906 hasta 1915 residió en el centro de la ciudad, en dos casas señoriales, gracias a la buena situación económica que los negocios de su padre.

Así, los García Lorca se instalaron en la Acera del Darro, 44, actualmente donde se encuentra el hotel Montecarlo, un edificio de dos plantas con alegres ventanas que, aunque ha sufrido grandes cambios en el interior, sigue guardando en su exterior la estética de aquella época.

Pero la fachada conserva algo más: la gran puerta de madera por la que la familia entraba y salía, y que ahora ha perdido su esplendor. Ya en el interior, tras abandonar el recibidor, es grato ver cómo se ha conservado la escalinata y la cúpula, antes de acceder a las habitaciones.

Eso sí, también se sabe que en este vestíbulo existía un aljibe que la familia usaba para guardar el agua que los aguadores le traían de la Fuente del Avellano. Así se lo cuenta a los turistas Antonio Bonilla, un guía granadino que ha montado la única oferta en la ciudad para algunas de las huellas de García Lorca. «Cuentan que un día se disfrazó de moro y le dio un gran susto a la vecina», relata Bonilla.

En 1916 la familia se traslada a una vivienda situada en Puerta Real, el centro de la ciudad. Aunque en la actualidad no hay rastro del edificio original, se sabe que las puertas de entrada eran de caoba y tenían dos llamadores con la forma de monos, por lo que para llamar debías pegar en el trasero a los simios.

Una anécdota a la que el autor se refiere en su poema Oda al Rey de Harlem: «Con una cuchara arrancaba los ojos a los cocodrilos y golpeaba el trasero de los monos».

Tertulias y flamenco

A escasos pasos de Puerta Real, en la vecina plaza del Campillo, se encuentra uno de los restaurantes más reconocidos de la ciudad, Chikito, negocio que, entre 1915 y 1929 fue el café Alameda, donde se celebraba la tertulia literaria El Rinconcillo.

Este espacio fue el lugar donde Federico recitó algunos de sus primeros poemas, así como donde fraguó una gran amistad con el compositor Manuel de Falla.

Uno de los camareros de Chikito, aunque con asombro, reconoce que muchos turistas entran a la sala del restaurante preguntando por el lugar de El Rincocillo: «Una vez llegó una irlandesa y, cuando la sentamos en la mesa donde creemos que estaba la tertulia, se puso a llorar».

Muy cerca de esta tertulia, nació su amor por el cante jondo y que le llevó, en junio de 1922, a organizar junto con el compositor Manuel de Falla y Miguel Cerón el Concurso de Cante Jondo de Granada.

Más allá de esta pasión por el flamenco, el amor por la música en Lorca está presente desde pequeño, cuando comienza a aprender a tocar el piano. Un instrumento que, como describe Bonilla mientras enfoca su mirada al número 6 de la calle Varela, fue el motivo por el que Fernando de los Ríos, quien se convirtió en su protector y llegó a ser ministro de Instrucción Pública en la II República Española, conoció a un joven poeta que bien podría haberse dedicado a ofrecer conciertos de piano.

«Aquí estaba el Centro Artístico literario, y Lorca venía a tocar», rememora el guía granadino, mientras aligera el paso hacia la calle Escudo del Carmen, 8, un bloque de viviendas donde recibía clases de piano del profesor Antonio Segura Mesa.

Huellas borradas

Incredulidad. Esto es lo que se puede sentir al ver cómo nadie se ha preocupado en señalar que en esta calle se situaba la Librería Enrique Prieto, ahora una zapatería, donde el poeta compraba sus libros de Víctor Hugo o Paul Verlain.

Que nadie intente buscar una placa o indicación, «porque no existen», expresa con rotundidad el guía lorquiano, que, como frenado por el aire, se detiene frente a la fachada de un edificio estrecho de esta misma calle Mesones.

Aunque en la actualidad sea una tienda de deportes cerrada por la crisis, se trata del lugar donde estaba la imprenta de Paulino Ventura Traveser, el taller de donde salió Impresiones y paisaje, el primer libro del joven Federico en 1918.

Si su vida en la capital comenzó en una casa ahora convertida en hotel, también llega a su fin en otro hotel, el Reina Cristina, en la calle Ángulo, que en 1936 fue la residencia de la familia Rosales.

Preocupado por cómo las detenciones y los fusilamientos a republicanos eran constantes en este año, en el que un poco más tarde estallará la Guerra Civil española, decidió refugiarse en casa de unos amigos, aunque de corte político distinto al suyo.

Pero nadie pudo impedir que el 16 de agosto de 1936 Federico García Lorca fuera detenido por una tropilla. Poco se sabe qué hizo el genio durante el tiempo de su arresto ni dónde fue enterrado, tras su fusilamiento.

De la intensidad al dulce abismo

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Alfonsina Storni, no sólo fue la poetisa que se suicidó en el mar, fue una mujer dispuesta a todo, tal como el significado de su nombre lo indica: a amar, a luchar para salir adelante, a ser quien quería sin importar lo que digan los demás, a defender el lugar de la mujer, a hacer y expresar lo que sentía sin límites
Alfonsina Storni, no sólo fue la poetisa que se suicidó en el mar, fue una mujer dispuesta a todo, tal como el significado de su nombre lo indica: a amar, a luchar para salir adelante, a ser quien quería sin importar lo que digan los demás, a defender el lugar de la mujer, a hacer y expresar lo que sentía sin límites

Considerada una de las poetas argentinas más importantes del siglo XX, Alfonsina Storni, un ser frágil y fuerte a la vez, con una vida intensa y apasionada, decidió irse sumergiendo en el mar un 25 de octubre de 1938. Un libro con sus poemas, ilustrado por Antonia Santolaya, pone al día su obra.

Con prólogo de Clara Sánchez, «Alfonsina Storni, las grandes mujeres» es un pequeño volumen, editado por Nórdicas, que se convierte en una doble obra de arte; por un lado, los poemas de Storni, la poeta argentina de origen suizo nacida en 1892, y por otro los dibujos y pinturas de Antonia Santolaya (Ribafrecha, La Rioja, 1966), plagados de fuerza y color.

Y es que, según explica Santolaya, el color lo lleva, lo tiene dentro Storni en su «vivir intenso. No por hablar de muerte debe hablarse en blanco y negro; hay mucha vida en ella incluso cuando habla de muerte», advierte.

La poesía de Alfonsina Storni es «tierna y delicada, pero rocosa, como si uno tuviera que arañarse las manos y las rodillas hasta coger flores y esos cardos y los besos de los que habla», dice la escritora Clara Sánchez, en el prólogo.

Alfonsina Storni forma parte del club de las poetas suicidas, de esas mujeres cuya experiencia límite, dura e intensa, roja y negra a la vez, fue regalada a la vida con palabras hermosas alimentadas por sus heridas, en un mundo muchas veces adverso y machista.

Storni, gran defensora del universo femenino y activista por la igualdad, añadió su nombre al de Virginia Woolf, Silvia Plath o Alejandra Pizarnik, escritoras que no vieron la luz al final del túnel; como ella, que una noche envuelta en un manto se entregó al mar oscuro y frío, un mar al que la poeta siempre había cantado azul.

Tres años antes de su muerte, a Storni le diagnosticaron cáncer de mama y le tuvieron que extirpar un pecho, una enfermedad que le provocó un gran desánimo, al igual que el golpe que para ella supusieron los suicidios del cuentista uruguayo Horacio Quiroga y de su hija, y la del escritor argentino Leopoldo Lugones, como recuerda Clara Sánchez en el libro.

Pero la forma en la que Storni puso fin a su sufrimiento creó leyenda y una de las canciones más bellas y más interpretadas de la historia, «Alfonsina y el mar», compuesta por Ariel Ramírez y Félix Luna y que siempre irá unida a la voz de Mercedes Sosa.

«Por la blanca arena que lame el mar, su pequeña huella no vuelve más (…) Te vas, Alfonsina, con tu soledad, qué poemas nuevos fuiste a buscar…», reza la canción.

Storni nació en Suiza, pero a los cuatro años marchó con sus padres a Argentina. Se inició en el mundo del teatro, después estudió para ser maestra de escuela y dio clases de Arte Dramático. Madre soltera desde muy joven, luchó contra los prejuicios y los convencionalismos de la época.

Su poesía comenzó siendo romántica hasta convertirse en un símbolo del modernismo y la vanguardia, con una palabra llena de belleza y verdad, porque su vida era su material, su barro a moldear.

Una vida que deja muy expuesta en sus poemas, como recuerda Santolaya. «Tenía otra imagen de esta poeta, pero la he leído tanto, he convivido tanto con sus poemas que he hecho un trabajo simbiótico total y me he sentido más bien una actriz».

«He leído y releído sus poemas y no salgo de mi asombro al ver cómo escribe tan descarnadamente -dice- y sin escudos, cómo se expone al mundo mostrando toda su fragilidad. Y así he ido entendiendo su atrevimiento y cómo en algunos de sus poemas deja entender la incomprensión de su época y la del hombre de ese tiempo, fuera de su sensibilidad», añade la pintora.

«Yo llevo las manos brotadas de rosas/ pero están libando tantas mariposas/ que cuando secas se acaben mis rosas, ay, me secaré», escribe Storni.

«En realidad, lo que le ocurre a Alfonsina Storni es lo que nos sucede a todos: ¿quién no tiene que sobrevivir y al mismo tiempo soñar?, ¿quién no es equilibrado y a la vez hace locuras?, ¿quién no piensa en la muerte y juega con ella un poco?», concluye en el libro Clara Sánchez.

El flanco izquierdo de Neruda

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A diferencia de otros exponentes de la izquierda chilena, como Salvador Allende, Neruda nunca tuvo públicamente una crítica política hacia la URSS
A diferencia de otros exponentes de la izquierda chilena, como Salvador Allende, Neruda nunca tuvo públicamente una crítica política hacia la URSS

Mientras en Rusia los bolcheviques tomaban el Palacio de Invierno de Petrogrado, Ricardo Neftalí Reyes —quien pasó a la posteridad con el nombre de Pablo Neruda— tenía apenas 13 años y estaba publicando sus primeros artículos en prensa. Entre sus lecturas se encontraban, sin embargo, «los grandes novelistas rusos del siglo XIX y principios del XX», explica Mario Amorós, autor de la biografía ‘Neruda: el príncipe de los poetas’.

Sin embargo, su acercamiento a los ideales de 1917 demoró un poco más. En su juventud, Neruda (1904-1973) cultivó una simpatía por los anarquistas y tuvo una época de poesía «más bien existencialista» hacia fines de los años 20. Más entrado en la madurez, cuando fue destinado como cónsul de Chile en Madrid en 1935, se acercó a círculos vinculados con el comunismo.

«Por ser diplomático no podía aparecer públicamente como comunista, pero fue amigo de grandes poetas de esa ideología en España, como Rafael Alberti. Su propia compañera del momento Delia del Carril, era comunista», recuerda Amorós.

El paso de Neruda por España en momentos de la Guerra Civil (1936-1939) se verá plasmado en su obra poética, especialmente la resistencia de la República, «a la que la Unión Soviética ayudó».

Es más evidente la emoción que provocó en el chileno «la resistencia heroica de Stalingrado ante la agresión nazi contra la URSS», que llevó a «una serie de discursos y poemas muy interesantes», cuenta su biógrafo.

«Es algo muy impactante: pensemos en el mundo de aquel tiempo, pensemos en el impacto de la resistencia de los soviéticos ante millones de soldados enviados por Hitler para destruir su patria y cómo eso impresionó muchísimo a Neruda y al mundo», apunta Amorós en referencia al ‘Nuevo canto de amor a Stalingrado’.

La fascinación hacia Rusia no es unidireccional. Ya terminada la guerra, Neruda entabló una amistad con Ilya Ehrenburg, quien tradujo al idioma de Pushkin los poemas del chileno y los recopiló en una antología publicada en 1949.

Para ese entonces, Neruda ya militaba abiertamente en filas del Partido Comunista de Chile y hasta consiguió un escaño en el Senado por esa fuerza. Luego, por sus ideas debió partir al exilio, escapando a caballo por la cordillera.

«Viajó por primera vez a la URSS como un gran poeta comunista de América y como tal lo hizo prácticamente cada año. Tuvo distintas fases en su relación con la URSS: desde un encantamiento inicial hasta una decepción cuando se conoce el informe de Kruschev al [XX Congreso del] Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956, que no cambia su compromiso político inalterable pero sí su poesía», explica Amorós.

La exaltación al socialismo en el Este de Europa se volvió menor, pero en definitiva «siempre fue un defensor de la URSS», agrega el autor. En ‘Las uvas y el viento’ (1954), Neruda realizó «un gran canto a los países socialistas; a la reconstrucción de un mundo que la agresión nazifascista dejó en ruinas».

«Él cree que hay una nueva era para la humanidad en ese renacer de las sociedades socialistas después del gigantesco esfuerzo de la guerra, pero viene lo que el mundo conoce en el año 56: la dimensión de los años de Stalin, lo que fue un golpe para muchos comunistas en el mundo», explica Amorós.

A diferencia de otros exponentes de la izquierda chilena, como Salvador Allende, Neruda «nunca tuvo públicamente una crítica política hacia la URSS», pero «tampoco se lo podía permitir porque era un símbolo del Partido Comunista en Chile».

La obra del chileno no estaba circunscrita a ámbitos cerrados de intelectuales, sino que el gran público los leía. Millones de personas leyeron los ‘Veinte poemas de amor y una canción desesperada’ o el ‘Canto general’.

«Yo creo que todo eso ayudó a que muchas personas se hicieran comunistas y a que la URSS tuviera una imagen positiva en muchas personas», concluye Amorós.

Benedetti en el jamón de bellota

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Mario Benedetti y su esposa Luz López, en 1955
Mario Benedetti y su esposa Luz López, en 1955

«Jesús y yo salvadas las distancias/somos dos habitantes del exilio/ y lo somos por cautos por ilusos». Así se expresaba Benedetti en ‘Geografías’, el libro que escribió durante su exilio en España, tras pasar por Buenos Aires y Cuba.

Y es que España acogió al poeta y narrador con los abrazos abiertos. Aquí cosechó legión de amigos y seguidores, entre ellos Joan Manuel Serrat, quien puso voz a muchas de sus letras, y aquí ha publicado más de treinta poemarios o antologías, y más de veinte títulos entre relatos, novelas y ensayos.

En total, el autor de ‘La Tregua’, que ha cautivado a jóvenes y no tan jóvenes de todo el mundo por la defensa de sus ideas y bonhomía, publicó más de 80 libros, que le aportaron varios premios.

La vida de Benedetti estuvo marcada por un exilio obligado que le hizo salir de Uruguay en 1974, por la dictadura militar, que le persiguió y encarceló, y que torturó a familiares y amigos. A España llegó en 1978 huyendo del clima de Cuba por su humedad -él era asmático- y por un problema de comunicación con su familia.

«Si mis padres recibían una carta de Cuba iban presos», explicó el escritor en una entrevista concedida al periodista Juan Cruz.

En España se instaló con su amada mujer, Luz López Alegre, su compañera durante más de 57 años, en Palma de Mallorca, desde donde viajaron por muchos lugares, como Cuba, Londres, París, Holanda o Alemania, donde presentó su recital a dos voces con el cantautor Daniel Viglietti. «Comenzó una vida cultural activa coincidiendo con la entrada de la Democracia en España», escribe Hortensia Campanella.

Pero el clima de Mallorca, también por su humedad, les hace instalarse en Madrid por su ambiente seco, en el barrio de Prosperidad. Aquí comienza Benedetti a publicar sus artículos en el diario ‘El País’, según recuerda Hortensia Campanella en la biografía que sobre el escritor ha publicado hace en España, «Mario Benedetti. Un mito discretísimo» (Alfaguara).

Y según la biógrafa, estos artículos que fueron muy populares, cargados de lealtad a sus ideas y sobre temas candentes, no contaban con el aprecio de muchos intelectuales españoles, tampoco su posición con Cuba.

«Ciertas elites, no necesariamente de derechas, fruncían su nariz. Así Juan Goytisolo, Mario Vargas Llosa y José Ángel Valente, entre otros, escribieron duras respuestas a lo que planteaba el uruguayo», escribe Campanella.

En Madrid, el autor de ‘Gracias por el fuego’ también se encontró con otros exiliados de su país como la poeta Cristina Peri Rossi o con Juan Carlos Onetti, o Eduardo Galeano, y se relacionó con otros intelectuales españoles. José Manuel Caballero Bonald llegó a compararle con algún integrante de la generación de los 50.

Uno de sus primeros poemarios en España fue ‘Poesía trunca que no era. Poesía revolucionaria latinoamericana’, una antología publicada por su amigo Chus Visor, editor de todos sus libros de poesía.

Pero Benedetti también ha sido uno de los poetas que más ha vendido en este país y con más tirón entre los jóvenes de todas las generaciones, a quienes muchas veces ha llegado a través de las canciones que cantautores como Serrat, Daniel Viglietti, Nacha Guevara, Víctor Manuel o Soledad Bravo, entre otros, interpretaban con sus letras.

‘Testigo de uno mismo’ (Visor) es el último poemario de Benedetti publicado en España. En él, este autor de mirada limpia y cristalina, cargado de experiencia y memoria de un tiempo duro, abre nuevos interrogantes sobre el sentido de la vida y la muerte, y vuelve sobre sus vieja cicatrices.

Considerado un cronista de su tiempo, sus escritos están cargados de un fuerte compromiso político, con el fin de explicar la situación a sus ‘prójimos próximos’. Ternura y nostalgia, rebeldía e inquietud, la pluma del uruguayo evolucionó a lo largo de su vida, siempre con el objetivo de crear imágenes que envolviesen y raptasen la atención del lector.

Wilms Montt, pantalones para un alma desnuda

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“Soy Teresa Wilms Montt… y aunque nací cien años antes que tú, mi vida no fue tan distinta a la tuya. Yo también tuve el privilegio de ser mujer. Es difícil ser mujer en este mundo. Tú lo sabes mejor que nadie. Viví intensamente cada respiro y cada instante de mi vida. Destilé mujer. Trataron de reprimirme, pero no pudieron conmigo. Cuando me dieron la espalda, yo di la cara. Cuando me dejaron sola, di compañía. Cuando quisieron matarme, di vida. Cuando quisieron encerrarme, busqué libertad. Cuando me amaban sin amor, yo di más amor. Cuando trataron de callarme, grité. Cuando me golpearon, contesté. Fui crucificada, muerta y sepultada por mi familia y la sociedad. Nací cien años antes que tú y sin embargo te veo igual a mí. Soy Teresa Wilms Montt, y no soy apta para señoritas”.
“Soy Teresa Wilms Montt… y aunque nací cien años antes que tú, mi vida no fue tan distinta a la tuya. Yo también tuve el privilegio de ser mujer. Es difícil ser mujer en este mundo. Tú lo sabes mejor que nadie. Viví intensamente cada respiro y cada instante de mi vida. Destilé mujer. Trataron de reprimirme, pero no pudieron conmigo.
Cuando me dieron la espalda, yo di la cara.
Cuando me dejaron sola, di compañía.
Cuando quisieron matarme, di vida.
Cuando quisieron encerrarme, busqué libertad.
Cuando me amaban sin amor, yo di más amor.
Cuando trataron de callarme, grité.
Cuando me golpearon, contesté.
Fui crucificada, muerta y sepultada por mi familia y la sociedad.
Nací cien años antes que tú y sin embargo te veo igual a mí.
Soy Teresa Wilms Montt, y no soy apta para señoritas”.

Mujer en un mundo donde es difícil serlo. Apasionada, anarquista, con ganas de vivir y de pelear, Teresa Wilms Montt fue una adelantada a su tiempo. Una escritora «no apta para señoritas» que «destilaba mujer».

Nació el 8 de septiembre de 1893, siendo la segunda de siete hermanas. Sus padres, pertenecientes a la aristocracia chilena, encargaron su educación a estrictas institutrices. Así, las formaron siguiendo las normas de la época: dominar el protocolo de las élites sociales para encontrar un buen marido.

Wilms Montt, sin embargo, no se sentía cómoda rodeada de lujos ni de grandes banquetes. Su espíritu rebelde la empujó a leer y aprender idiomas. A los 17 años, en contra de la voluntad de su familia, se casó con un funcionario con el que tuvo dos hijas.

Intentando buscarse a sí misma, los siguientes años los pasó entre Iquique, Valdivia y otras muchas ciudades. Fue en esta época cuando comenzó a escribir con más asiduidad, publicando sus primeros trabajos bajo el pseudónimo de ‘Tebac’.

El alcoholismo de su marido y una aventura amorosa de ella finalizaron con su matrimonio. La escritora, sin un trabajo fijo, no se pudo hacer cargo de sus hijas, por lo que se fueron a vivir con su padre. Este, sin embargo, la ponía multitud de trabas cada vez que quería verlas, lo que siempre le causó una profunda tristeza.

Forzada a internarse en un convento para corregir su vida, la situación extrema la llevó a intentar suicidarse en 1916. Ayudada por el poeta Vicente Huidobro, escapó de allí y se dirigió a Buenos Aires, donde crecería como persona y como mujer.

De la mano de Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges descubrió el intelectualismo bonaerense y los pantalones femeninos, prenda que desde entonces consideraría imprescindible.

El destino quiso que uno de sus amantes se suicidara delante de ella. Sintiéndose culpable, huyó y se integró en la Cruz Roja para ayudar a los heridos de la I Guerra Mundial.

Finalizada la contienda, se instaló en Madrid. Allí conoció a Ramón Gómez de la Serna y a Ramón María del Valle-Inclán, quienes la recomendaron publicar en España. Después de años de viajes, encontró su residencia en París, ciudad de la que se enamoró.

Tras un periodo de convivencia junto a sus hijas, no pudo superar que volvieran a Chile. Temblando y llena de miedo, tomó una gran dosis de ansiolíticos. Tildado por algunos como un nuevo intento de suicidio, la vida de Wilms Montt llegó a su fin el 24 de diciembre de 1921, a la edad de 28 años.

Teresa Wilms Montt dejó solamente seis libros publicados, desde 1917 hasta el póstumo de 1922. La chilena desnudó su alma en cada uno de ellos, teniendo a la muerte y al erotismo como punto central, aderezado con dolor e inocencia.

‘Inquietudes sentimentales’ (1917) fue su primer título. Es un conjunto de cincuenta poemas con rasgos surrealistas que gozó de un éxito arrollador entre los círculos intelectuales. Lo mismo ocurrió con su segunda obra, ‘Los tres cantos’ (1917), donde exploró lo espiritual.

Al trasladarse a Madrid, en 1918 publicó ‘En la quietud del mármol’ y ‘Anuarí’. La primera es una elegía de tono lírico sobre el amor y el sufrimiento. ‘Anuarí’, en cambio, es un homenaje a su amante muerto.

Al regresar a Buenos Aires en 1919 lanzó su quinto libro titulado ‘Cuentos para hombres que todavía son niños’. Mediante una narración fantástica, evoca su infancia e intimidad.

‘Lo que no se ha dicho’ (1922) configura su última obra, publicada de forma póstuma. Son sus diarios, escritos íntegramente en francés, donde dejó plasmado su espíritu, su creatividad y sus ansias de mujer. «Nada tengo, nada dejo, nada pido. Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo que en el mundo había», plasmó en la última página.

Lorca neoyorquino en versión ilustrada

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García Lorca fue un autor culto, buscó con pasión los libros que le ayudaron a ser dueño de su voz
García Lorca fue un autor culto, buscó con pasión los libros que le ayudaron a ser dueño de su voz

El ilustrador Fernando Vicente da vida al García Lorca que vivió en Nueva York durante nueve meses en la versión ilustrada de «Poeta en Nueva York», una nueva aproximación al granadino que además incluye las cartas que enviaba a su familia desde Manhattan.

García Lorca visto con los ojos del ilustrador madrileño Fernando Vicente: así es esta nueva versión que propone la editorial Reino de Cordelia, un trabajo resuelto a través de las «metáforas visuales» con las que trabaja en dibujos para prensa, pero nunca utilizadas en literatura ilustrada.

«No he tratado de dibujar lo que quiere decir cada poema, sino que los he interpretado a mi manera para hacer una poema visual», cuenta Vicente, ganador en tres ocasiones del Award of Excellence de la prestigiosa Society for News Design, los considerados Nobel de la ilustración.

En este sentido, el «reto», como califica este trabajo, le ha «merecido la pena», porque poder introducir las metáforas visuales en un libro es algo «novedoso». «Quien no se fije en esto que estoy contando va a ver al Fernando Vicente de siempre, pero para mí hay una manera de mirar distinta», puntualiza.

Y por eso, no se ha tratado de un trabajo fácil para el dibujante, ya que con este libro se ha enfrentado por primera vez a una obra «dura y compleja» que, como confiesa, «nunca» había leído.

«Conocía al Lorca del ‘Romancero gitano’, que es el del que quiere huir cuando se va a Nueva York. Y cuando lo leí, se me cayeron los palos del sombrajo y pensé que en qué lío me había metido», explica.

Pero lío ninguno, porque tras «meterse a fondo» en estos poemas y leerse cada uno en profundidad, se ha «permitido» esta nueva mirada con la que está «feliz».

Después de casi un año de trabajo, según relata, el autor reconoce que, si no están todos lo poemas ilustrados, no es porque haya habido algunos que se le hayan «atragantado», sino porque siempre había otros mejores para trabajar sobre ellos.

En concreto, cuenta, los poemas de Lorca con los que más ha disfrutado ha sido los relacionados con el descubrimiento que el poeta hizo de la población negra, del jazz y de la noche de Harlem.

Destellos en la sala de espera de la muerte

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“No quiero ir más que hasta el fondo”. Ese fue el último verso que Alejandra Pizarnik dejó en el pizarrón de su departamento. Antes, la autora de La condesa sangrienta desnudó sus fantasmas y obsesiones a través del estigma de sus versos, oscuros y lánguidos. Una historia de naufragio, ausencia y la búsqueda interminable de la palabra exacta
“No quiero ir más que hasta el fondo”. Ese fue el último verso que Alejandra Pizarnik dejó en el pizarrón de su departamento. Antes, la autora de «La condesa sangrienta» desnudó sus fantasmas y obsesiones a través del estigma de sus versos, oscuros y lánguidos. Una historia de naufragio, ausencia y la búsqueda interminable de la palabra exacta

Alejandra Pizarnik, cuyo prestigio va mucho más allá de las trágicas circunstancias de su muerte, es estremecedora en su lenguaje y tiene una gran capacidad de subversión», afirma la traductora argentina Ana Becciú, amiga de Pizarnik, autora de «La tierra más ajena».

La vida de Pizarnik está rodeada de cierto malditismo, y a ello contribuye el que se quitara tan joven la vida con una sobredosis de barbitúricos. Pero Becciú asegura que «su muerte no es lo que da prestigio a su obra», y, de hecho, los jóvenes, que «son los que más leen la poesía de Pizarnik, cada vez se interesan menos por esas circunstancias».

Lo cierto es que Becciú, que era vecina de Pizarnik en Buenos Aires e iba a su casa «todos los días», ofrece una imagen de la gran poeta muy diferente a la que algunos tienen de ella: «Yo conocí a una Alejandra muy juvenil, con muchísimo sentido del humor y que tenía una extraordinaria generosidad con los jóvenes aprendices de escritor».

Pizarnik mantenía «un gran contacto» con escritores de diferentes generaciones. Pero no solo fue «muy amiga» de autores consagrados. En su casa se reunían con frecuencia «los jovencísimos» César Aira, Alberto Manguel, Arturo Carrera y la propia Becciú, que en 1976 abandonaría Argentina para trasladarse a vivir a Europa. «Leía nuestros escritos, nos los corregía y nos animaba a publicarlos», cuenta Ana Becciú, quien no duda en afirmar que Pizarnik «es una de las grandes poetas latinoamericanas del siglo XX».

Pizarnik «sigue siendo una poeta de una suerte de vanguardia y todavía hay zonas de su poesía inexploradas», afirma Becciú, experta en la obra de la escritora argentina y encargada de gestionar los contratos de traducción de sus libros.

La obra de Pizarnik «abre puertas» y en sus diarios, publicados en el Estado español por Lumen al igual que su poesía, «se ve la preocupación que tenía por indagar e investigar el lenguaje poético, así como sus preocupaciones estéticas, que no eran frecuentes en su época, al menos en Latinoamérica», añade la traductora y poeta.

Cuando Becciú llegó a Barcelona en 1976 intentó que se publicara la poesía de Pizarnik en el Estado español, pero «nadie la conocía». Hubo que esperar veinticinco años para que por fin viera la luz su obra poética completa, «más los inéditos que había dejado y que, gracias a la madre de Alejandra, se pudieron salvar».

“En los últimos años parece que su nombre se ha manoseado un poco. Todas queremos ser como ella, escribir como ella. Con el tiempo yo he encontrado otros referentes, aunque sigue siendo mi cabecera”. Lo dice María Sotomayor, poeta y propietaria de la editorial Harpo Libros. “Fue el primer poso de poesía femenina que leí, cuando hace quince años me regalaron una primera edición de El infierno musical. Yo ya escribía antes de leerla a ella, pero fue descubrirla y comprender que con palabras puedes transmitir dolor y desfogarte”.

La obra de Pizarnik es una de las propuestas más rupturistas y de mayor influencia en la poesía contemporánea, sobre todo en la escrita en lengua española por mujeres. Emparentada con el Conde de Lautréamont y André Breton, la vida y la obra de esta autora puede definirse como una extraña tentación de traspasar los límites, siempre tanteando el milagro, aun a riesgo de asomarse a la locura. Amiga de Cortázar, exploró como él ese otro lado de la realidad en el que se instala lo fantástico.

Fragmentos de un diario

Bajo el título de Fragmentos de un diario. París 1962-1963, el sello madrileño Del Centro Editores publica por primera vez, como un cuerpo orgánico y en facsímil, los fragmentos del diario personal de la poeta argentina Alejandra Pizarnik, considerados parte del trabajo creativo de la autora.

Un material que ella misma procesó y organizó para su edición y que aporta luz sobre la evolución del proceso creativo y la obra estremecedora y subversiva de la gran poeta argentina que en 1972 se quitó la vida, cuando tenía tan solo 36 años.

Para Alejandra Pizarnik los diarios eran un género literario más, un punto de partida para textos poéticos.

"En mí se habla en infinitivo. / Esto es lo trágico; yo sé lo que quiero", escribió Alejandra Pizarnik en su diario, el 3 de enero, 1962, en Parí­s.
«En mí se habla en infinitivo. / Esto es lo trágico; yo sé lo que quiero», escribió Alejandra Pizarnik en su diario, el 3 de enero, 1962, en Parí­s.

Al regreso de Buenos Aires a comienzos de 1964, tras su estancia en París, Alejandra Pizarnik reescribió parte de sus diarios con miras a su publicación en Buenos Aires, algo que luego no se llevó a cabo.

En vida, la autora publicó algunos fragmentos de estos trabajos en revistas con el título de Fragmentos de un diario. París 1962-1963 –que se mantiene aquí–. Luego también aparecieron intercalados, de forma aislada, en la edición póstuma de sus diarios.

En esta nueva edición se presentan, por primera vez, como cuerpo orgánico tal como ella lo organizó, en reproducción facsimilar del mecanoscrito, lo que permite apreciar las numerosas correcciones que Pizarnik hizo sobre los textos a mano.

Fragmentos de un diario. París 1962-1963 tuvo en su edición de 2013 una tirada de sólo cien ejemplares numerados que reproducen las 86 hojas del mecanoscrito que preparó la escritora para su publicación. Aquí aparecen sus correcciones, citas y referencias bibliográficas, y la publicación se realiza en una carpeta con anillas –como el original–, confeccionada con lomo entelado y papel estampado a mano y presentada en un estuche especialmente diseñado.