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Melenudos envasados

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The Brisks, formación ceutí de prolija discogra
The Brisks, formación ceutí de prolija discografía

El sello discográfico Munster Records rescata el lado oscuro de la música española de los sesenta, el denominado rock de garaje, con la publicación del álbum recopilatorio “Algo Salvaje”, antología que recupera un sonido cargado de aire fresco, rabia y desconocida energía roquera.

Antes de sumergirnos en este ruidoso mar sonoro hay que preguntarse: ¿Qué es la música de garaje? “Fue la respuesta americana a la extraordinaria producción musical inglesa de los sesenta; era rock con propiedades como la agresividad, la distorsión y el rechazo a ciertas reglas. Algo así como la primera manifestación del punk, pero en los 60”.

Así lo explica Vicente Fabuel, el experimentado arqueólogo de la frondosa música popular española del pasado siglo, que ha seleccionado las 56 sorprendentes canciones de esta novedosa colección de “Nuggets hispanos” que se llama “Algo salvaje”, compilada en dos frondosos volúmenes.

Entre las joyas rescatadas podemos encontrar a un joven Camilo Sesto -aún con el apellido Blanes- cantando “Eres un vago” con Los Botines; un oscurísimo tema con órgano Farfisa “It Is My World” de Prou Matic, o una versión del éxito de Lola Flores “A tu vera” interpretado por los británicos Tomcats, conocidos ya por aparecer en “Operación Secretaria”, popular película de Mariano Ozores de 1966.

Pero la gracia no solo está en proyectos perdidos o arrinconados. También se incluyen valores reconocidos de la época como Los Brincos, Lone Star, Los Sirex, Pekenikes o un “Antimusical” Miguel Ríos que aparecen con canciones primerizas y crudas escondidas en la cara B de unos discos ya irrecuperables.

En esta recopilación de temas de entre 1963 y 1970 hay sitio incluso para los Daikiris interpretando en ¡euskera! la canción “Cada Vez” de los venezolanos Impala o -más difícil todavía- a los mallorquines “Los Cinco del Este” cantando “Protestando” a viva voz y sin correr delante de la policía.

Más preguntas para nuestro musicólogo de cabecera: ¿Cómo fue posible un “garage rock” en español durante el franquismo? ¿cómo se pasó del conjunto ye-yé al grupo de jóvenes airados?.

“Es imposible controlarlo todo, ni siquiera un gobierno dictatorial y menos cuando muchas de estas joyas discográficas van escondidas en la cara B de los ‘singles’. El fenómeno ‘nugget’ (otra etiqueta anglosajona para referirse a este estilo) también explota y con altísimo nivel en prácticamente toda Sudamérica, la mayoría bajo dictaduras”, destaca Fabuel.

“El rock de garaje es música ‘beat’ amplificada y distorsionada y, sobre todo, una clara actitud de enfrentamiento a lo establecido. Y está claro que en esos años, a nuestros chicos del momento, les sobraban motivos”, añade.

Este espacio de libertad, escondido en EPs de cuatro temas y con portadas imposibles, se vio favorecido y fortalecido por “la altísima creatividad” musical de aquellas décadas y, en el caso de España, por el desarrollo del turismo y la llegada de la denominada “Legión Extranjera”, artistas europeos o americanos que se establecían en la costa mediterránea y que ensancharon “nuestras pacatas perspectivas educacionales y musicales”.

“Algo Salvaje. Untamed Beat and Garage Nuggets From Spain” no es el primer trabajo recopilatorio de Vicente Fabuel. Antes, y para el mismo sello, ha participado en la elaboración de los tres álbumes dobles sobre el soul hispano, titulado “Sensacional Soul (1966/1976)”, y en una ingeniosa recopilación, “Chicas”, de voces femeninas del pop español de los años sesenta.

Para Vicente, esta investigación en los archivos es muy agradecida: “Lo único que hago -dice- es usar mi olfato, pinchar discos, descubrir buenas canciones ocultas (incomprensiblemente, ajenas al devenir de los aficionados) y volverlas a poner sobre el tapete. A ese trabajo lo llamo, simplemente, dar las gracias a aquellos ignorados músicos”.

Este viaje a un olvidado patrimonio musical nos sugiere una última pregunta: ¿Cómo es posible que tan pocos conozcan este rico legado sonoro? “En este país, buena parte de la cultura desarrollada bajo el franquismo ha estado estigmatizada. En aquellos años hubo de todo -dice Fabuel-, cultura grande y cultura nefasta. Asomados a ese balcón, aún quedan todavía demasiados sordos al respecto”.

Además, considera, que nadie, en ninguna parte del país, ha podido estudiar en las escuelas a determinados artistas de la década prodigiosa en clave pop , como “las sublimes Vainica Doble, por ejemplo”.

Y ese intencionado desconocimiento surge por dos razones: “Por ese provincianismo acomplejado tan español y por un extendido y ridículo concepto de la modernidad”, concluye.

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Si te hunden, muere antes de llegar a viejo

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The Who aportaron temas efervescentes durante el cénit del Pop inglés, de 1965 a 1968
The Who aportaron temas efervescentes durante el cénit del Pop inglés, de 1965 a 1968

Supongamos que eres Pete Townshend, tienes un grupo y estás luchando por publicar tu primer trabajo. Supongamos que ofreces al mundo una canción titulada My Generation.

Supongamos que ha pasado más de medio siglo desde entonces y que dicha canción es ya por derecho un himno inmortal de la música del siglo XX (y más allá, sin fecha de caducidad).

Eso, en resumen, es My Generation, un perpetuo canto para la indómita sublevación. Un tema enorme en su momento, a pesar de lo cual siguió creciendo aún más durante los siguientes diez lustros. Y mientras continúe poniendo la piel de gallina, seguirá creciendo y cumpliendo años, manteniendo intacto su espíritu indomable.

Pero regresemos al principio. Es el año 1965 y el guitarrista Pete Townshend no es mucho más que un adolescente airado y desafiante que escucha melodías incesantemente dentro de su cabeza. Tiene un grupo, The Who, en el que comparte sueños y aspiraciones con Roger Daltrey (voz), Keith Moon (bateria) y John Entwistle (bajista).

Gracias a su ímpetu creativo, todos juntos consiguen algo de popularidad entre los jóvenes mods británicos, que rápidamente les convirtieron en ariete y estandarte de su revolución. Y no solo por sus primeras composiciones, sino también por esa bravía costumbre de Townshend de destruir su guitarra (algo que comenzó por accidente en septiembre de 1964 en un recital en Londres, y que después tuvo que continuar casi por obligación como parte de la esencia del grupo).

Poco después lanzaban su primer single, I can’t explain, en enero de 1965, que se coló en el top 10 británico. Con la fama de The Who creciendo sin control exponencialmente, el 29 de octubre de 1965 llegaba My Generation como anticipo de su LP debut, titulado muy elocuentemente The Who Sings My Generation, y editado poco después, el 3 de diciembre de aquel mismo año, hace ahora medio siglo.

My Generation, el himno, compuesto por un Pete Townshend que entonces tenía 20 años, fue recibido con alegría y alboroto por la chavalería inglesa de la época, que fulminantemente comprendió el mensaje: los mayores no nos comprenden y, liderados por la electricidad musical tenemos que montar una gorda e incendiar todas las campiñas de norte a sur y de este a oeste. Asolar todo a su paso, en definitiva.

Tras su lanzamiento como single, My Generation se encaramó al segundo puesto en el Reino Unido. En Estados Unidos le costó un poco más y se quedó en el 74, constatando las diferencias de una juventud por aquel entonces en absoluto globalizada.

Como todo clásico requiere explicación y análisis, el propio Pete explicó que lo compuso durante un viaje en tren, inspirándose en la Reina Isabel, la Reina Madre, quien obligó a tener un coche fúnebre retenido en el barrio londinense de Belgravia para no verlo durante su paseo diario. Por otro lado, Pete, muchacho furioso pero también agradecido, acreditó el Young Man Blues de Mose Allison como la inspiración musical del tema.

My Generation se convirtió, con su trote revolucionario y su pálpito iracundo, con esa guitarra huracanada y esa línea de bajo imparable, en un lugar seguro para toda una turba adolescente que no encontraba su sitio en el mundo. Al mismo tiempo, el rock estaba todavía en pañales y nadie sabía cuánto y cómo de peligroso iba a ser. La alineación de los astros convirtió a The Who en la bandera de la insurrección.

Y ahora que la banda parece tener decidida su retirada definitiva tras más de medio siglo de canciones, ahí siguen Pete Townshend y Roger Daltrey interpretando su bronco salmo, aún indomesticable a pesar del paso tiempo. La honestidad salida del epicentro del alma es lo que tiene: que conecta y perdura más allá de las arrugas y más allá de la propia vida

Nick Drake, el misterioso rey del otoño

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La aventura musical de Nick Drake fue breve y dulce, huidiza y melancólica. Su prematura muerte, a los 26 años de edad, lo convirtió en el prototipo de esperanza truncada por la fatalidad. Sus canciones son suaves momentos de poesía, delicados arabescos que el tiempo aún no ha amarilleado, pero que reflejan un pasado que nunca volverá
La aventura musical de Nick Drake fue breve y dulce, huidiza y melancólica. Su prematura muerte, a los 26 años de edad, lo convirtió en el prototipo de esperanza truncada por la fatalidad. Sus canciones son suaves momentos de poesía, delicados arabescos que el tiempo aún no ha amarilleado, pero que reflejan un pasado que nunca volverá

Aunque hay varias biografías de Nick Drake, “las preguntas siguen siendo las mismas: ¿Su muerte fue un suicidio o un accidente? ¿A qué respondían sus fobias antisociales? ¿Quién fue Nick Drake? ‘Far Leys’ intenta darle respuesta a estas preguntas, narrando al mismo tiempo la gran influencia del músico sobre los protagonistas de la novela”, explica Miguel Ángel Oeste.

Sobre si Drake es “literario”, Oeste cuenta que el músico “llevó una vida muy porosa, llena de lagunas, en eso coincide con el misterio de sus canciones”.

La historia de este músico está repleta de contradicciones, y eso es bueno para la ficción; por ejemplo, Nick fue un tipo solitario que vivió la mayor parte de su vida en Far Leys, un artista íntegro que a pesar de todo necesitaba y quería ser famoso, pero sin embargo se negaba a tocar en vivo y a hacer una vida pública”, concede.

Oeste añade sobre Drake que “a pesar de todas esas contradicciones la transcendencia, aunque sólo sea por su influencia en otros músicos, la tiene; y el ‘éxito’ le llegó tras su muerte”.

“Y no hay nada más triste que el éxito póstumo de un fracasado o los deseos que se cumplen fuera del tiempo; en vida sus discos no se vendían, ni lo escuchaba nadie, y hoy es idolatrado si no por las grandes masas, si por una minoría muy importante”.

Para definir a Drake, Oeste recurre a palabras del escritor argentino Juan Forn, quien lo consideró “el rey indiscutible del otoño”, y añade que fue “un músico inglés extraordinario con una personalidad resbaladiza, un enigma, alguien que lo tenía todo para triunfar pero que no lo hizo”.

No obstante, lo que más le ha interesado a Oeste ha sido “el influjo que tuvo en la gente que lo conoció en vida y luego después de su muerte; hay una frase de ‘Suave es la noche’, de Scott Fitzgerald, que se ajusta a Nick o a la representación que hago de él en la novela: ‘Nunca sabes exactamente cuánto espacio has ocupado en las vidas de las personas'”.

“Nick es un personaje muy atractivo por la incuestionable calidad de sus canciones, y posee también un gran atractivo físico como reflejan las pocas imágenes que han quedado de él; sólo quedan unas docenas de fotos, ninguna imagen en movimiento -salvo una película casera de cuando era niño-, y sus canciones; todo lo demás son elucubraciones, y con ese material base es fácil dejarse llevar por la imaginación”, ha añadido el autor.

Al mismo tiempo que esta novela se publicó un libro de relatos de Eduardo Jordá titulado “Yo vi a Nick Drake”, ante lo cual Oeste señala: “Con motivo de cada aniversario de la muerte de Drake, no se generará un reconocimiento masivo, más que del personaje de su música, que desde luego lo merece; aunque recuperación no puede haberla porque nunca tuvo en vida ese reconocimiento que mereció por la calidad de sus composiciones”.

De la música de Drake destaca “la atemporalidad y, por encima de todo, la belleza; sus canciones rezuman belleza, y si a eso se le añade el componente misterioso de sus letras, que no hacen más que reflejar lo misterioso del autor, la riqueza de matices de sus arreglos, su voz tan personal, no es extraño que se convirtiera en un autor de culto entre los propios músicos”.

En la novela, la figura de Drake y su biografía están contadas a través de las voces de los personajes de ficción, Janet, la íntima amiga autoexcluida durante treinta años, y Richard, un actor que inicia una investigación sobre el músico para filmar una película y que termina bajo los influjos de sus poderosas canciones.

Recetario Pop para profanos y eruditos

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Joe Meek, uno de los grandes productores ingleses durante la eclosión de la 'Era Pop'
Joe Meek, uno de los grandes productores ingleses durante la eclosión de la ‘Era Pop’

«¿Qué es exactamente el pop? Para mí, el pop engloba el rock, el rhythm and blues, el soul, el hip hop, el house, el techno, el heavy metal y el country. Si uno graba discos, sean sencillos o álbumes, y los promociona actuando en televisión o saliendo de gira, es que se dedica al pop. El pop requiere de un público al que el artista no conozca en persona. En dos palabras, todo lo que entra en las listas de éxitos es pop […]. Me encanta el tira y afloja entre la industria y el underground, entre el artificio y la autenticidad, entre los osados y los conservadores, entre el rock y el pop, entre lo bobo y lo inteligente, entre los chicos y las chicas […]. Este libro no pretende ser una enciclopedia; creo en el mito y la leyenda del pop como el que más, en todas esas anécdotas y verdades a medias; me encantan el esplendor y la gloria de las superestrellas del pop, pero también los segundones y los secundarios, los que trabajaban en la sombra, los compositores a sueldo, los radioaficionados empollones que terminaron de ingenieros de sonido, las auténticas ratas de estudio…”.

Bob Stanley, uno de los miembros fundadores de Saint Etienne, repasa los hitos de la música popular del pasado siglo en el volumen ‘Yeah! yeah! yeah!. La historia del pop moderno’ (Turner).

Stanley, escritor, periodista musical, crítico de publicaciones como ‘The Guardian’ y ‘The Times’, y conocido por haber fundado el famoso grupo de pop británico, escribe en estas páginas acerca de algunas de las grandes figuras de la música y de artistas de menor tamaño, y recoge la esencia de multitud de estilos, desde el disco hasta el heavy, esenciales para comprender la historia del sonido popular de la segunda parte del siglo XX.

En una primera parte, el autor hace un recorrido por la trayectoria de artistas como Bill Haley, considerado el padre del rock and roll, Elvis Presley, Phil Spector o Joe Meek y, con ellos, nuevos aires en la música popular tales como el skiffle (folk influenciado por jazz y blues), el doo wop (estilo vocal nacido de la unión entre rhythm and blues y góspel) o el jump blues, en el que los sonidos clásicos se mezclaban con el sonido rápido y bailable del boogie woogie.

Tras dar un repaso a la década de los 50 y los primeros 60, Stanley se adentra en el rock y el pop de la segunda parte de los sesenta y recuerda los primeros momentos de algunas de las bandas más icónicas de la música como los Beatles, los Rolling Stones, Bob Dylan o los Beach Boys entre otros.

La búsqueda de nuevos sonidos en los años 70, con estilos como el glam, el soft soul, el glam o el rock progresivo da paso en este volumen a la rebeldía del punk, con estandartes como los Sex Pistols o The Clash.

El electropop de Kraftwerk, los nuevos ídolos del pop de los 80 (Michael Jackson, Madonna y Prince) y el nacimiento del indie, con referentes como The Smiths y REM continúan en estas páginas el recorrido de la historia musical que propone el autor.

Este volumen cierra su repaso a la historia de la música popular moderna con un apartado dedicado al nacimiento del house y el tecno, el acid house, el shoegaze y la nueva psicodelia, el grunge, el britpop y el R&B.

El repaso que le da Stanley aquí a la música pop es agotador. No tan exhaustivo como muchos desearían. Ya sabemos que los criterios de selección u omisión suelen suscitar discusiones bizantinas. Pero es que este libro no pretende establecer un cánon, sino reflejar una evolución, e incluso la elección de los hitos (el disco sencillo, al que se da por muerto con la eclosión de Youtube y el arraigo del streaming como forma preeminente de escucha de la música) refleja que Stanley no pretende escribir una enciclopedia sino una historia.

Las chicas guapas cavan tumbas

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The Smiths, en 1983
The Smiths, en 1983

Duraron sólo cinco años, un suspiro musicalmente hablando. Décadas después, The Smiths, banda de culto y estandarte de los 80, continúa siendo uno de los grupos más influyentes de la historia de la música aunque les duela a los detractores de Morrissey.

En 1984 se empezaban a escuchar los primeros acordes de este cuarteto de Manchester de indie rock cuyas letras marcaron y marcan a varias generaciones. Lo hicieron primero en vinilo y no faltan ahora en los formatos mp3.

Su incursión fue fulgurante. La crítica les cubrió de elogios aunque también hubo quien se enojó ante el contenido de las letras, a la vez irónico, corrosivo a ratos, y sobre todo provocador en un primer álbum que llevaba el nombre del grupo y que vio la luz el 20 de febrero de 1984.

Referencia obligada de esa década, The Smiths (el disco) llegó al número 2 de las listas inglesas. Y ahí comenzaba una leyenda con su irreverente solista, Steven Patrick Morrissey, el guitarrista Johnny Marr, Andy Rourke -que reemplazó a Dale Hibbert en el bajo y con el cello-, y Mike Joyce, batería y coros.

La relación entre Marr y Morrissey, uno de los tándem más prolíficos de la historia del rock, surgió dos años antes, cuando un Marr de 18 años se presentó sin avisar en la casa de un tipo solitario del barrio de King´s Road, en Stretford (Manchester).

Ese chico huraño, 5 años mayor, y con una habilidad excepcional para encadenar ironías era Morrissey, a cuya personalidad e incuestionable talento está íntimamente vinculado el éxito de la banda.

Estética híbrida, aires excéntricos, tendencia casi obsesiva hacia la cultura pop y la singular característica del solista para jugar con el surrealismo de sus letras convirtió al grupo, pero sobre todo al carismático Morrissey, en todo un símbolo.

Fue precisamente él, que no cae precisamente simpático a todo el mundo, que genera a la par rechazo y devoción, el que elevó al cuarteto a otra dimensión más filosófica, más profunda, y plagada de incontables referencias literarias -“Pretty Girls Make Graves”, una cita del escritor Jack Kerouac, dio nombre a uno de los temas-.

“No importa lo que tú escribas en la letra de una canción para definir el amor o el odio. Morrissey siempre lo hará mejor”, comenta sobre él Noel Gallagher, el vocalista de Oasis y otro personaje polémico dentro del mundo del rock and roll.

Tímido recalcitrante pero con una voz inconfundible, el solista siempre fue una persona “rara”, según su propia definición, y su gran vínculo con la sociedad era, sin duda, la música.

Por ello en The Smiths halló su refugio y el catalizador con el que mostrar al mundo su verborrea hilarante, jocosa, sarcástica, con la que retuerce el amor y desata su lado oscuro y morboso. Unas letras con las que, sobre todo, se niega a ser convencional, se ríe del mundo y se vuelve nostálgico hasta las lágrimas.

Tras el primer trabajo que le abrió la puerta a una legión de incondicionales llegaron nuevos éxitos.

Su sencillo “Heaven Knows I´m Miserable Now” fue la primera canción que se coló entre los diez primeros puestos de las listas y con otros temas como “William, It Was Really Nothing” o “How Soon Is Now?” se granjearon la admiración desmedida de un público atónito y fascinado.

En 1985, sacaron “Meat Is Murder” y, un año después, llegó “The Queen Is Dead”, considerado uno de los mejores trabajos de la historia de la música por revistas como NME.

Con turbulencias internas de fondo, la banda publicó “Strangeways, Here We Come”, (1987), que incluye “Shoplifters of the world”, uno de los temas favoritas del solista y que fue el último tesoro de la formación antes de evaporarse.

Su desaparición dejó un reguero de “fans” inconsolables y un sinfín de imitadores. Sólo hay que echar un vistazo rápido a letras de gente como Kaiser Chiefs, Alex Turner, el solista de Artic Monkeys o los ya extintos Libertines. La influencia está ahí.

Si bien los miembros de los Smiths han continuado con sus proyectos en solitario, los rumores de un hipotético regreso de la banda no han cesado. Por el momento, se trata sólo de un deseo de nostálgicos.

Hey, Jude, alarga el final todo lo que puedas

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Imagen de The Beatles en 1968, año de edición de "Hey Jude"
Imagen de The Beatles en 1968, año de edición de “Hey Jude”

Hey Jude”, que llevaba en su cara B “Revolution”, fue el primer disco de los Beatles editado en su propio sello, Apple, y salió a la venta el 26 de agosto de 1968 en el Reino Unido, donde fue número uno durante tres semanas consecutivas.

A pesar de que la duración de la canción duplicaba la extensión media de los singles de la época -lo que asustó a algunas emisoras-, “Hey Jude” se convirtió en un éxito planetario.

A finales de 1968 ya había vendido más de cinco millones de copias en todo el mundo, tras un paseo triunfal por las listas de Estados Unidos, Europa y Asia.

La canción fue compuesta por Paul McCartney y John Lennon llegó a considerarla como la mejor creación de su socio artístico.

McCartney ha contado en varias ocasiones que la idea del tema surgió durante una visita que hizo a Cynthia Lennon, que afrontaba el proceso de divorcio de John -quien ya convivía con Yoko Ono-, y a Julian, el hijo del matrimonio, que tenía cinco años por entonces.

La canción surgió como un intento de dar ánimos al niño. De hecho, McCartney -que por entonces rompió con su novia, Jane Asher- compuso la melodía cantando “Hey Jules” -diminutivo de Julian-, si bien luego cambió ese nombre por el de Jude (“Oye, Jude, no lo estropees/Toma una canción triste y mejórala”, comienza la letra).

Sin embargo, cuando su autor tocó por primera vez el tema ante Lennon y Yoko, John se sintió tan identificado con la letra que pensó que hablaba de él. Mantuvo esa opinión el resto de su vida.

Por aquella época tampoco las relaciones entre los miembros del grupo pasaban por su mejor momento.

Los Beatles habían iniciado el 30 de mayo en los estudios londinenses de Abbey Road su proyecto más disgregador, aunque también uno de los más ricos artísticamente: la grabación del Álbum Blanco.

En mitad de aquellas sesiones, en las que en ocasiones cada miembro del grupo hacía su labor en estudios separados y donde las tensiones llevaron a Ringo Starr a abandonar la banda durante unos días, los Beatles comenzaron a trabajar en “Hey Jude” el 29 de julio.

Desde el principio el grupo tuvo claro que la canción no formaría parte del “Álbum Blanco” y que sería publicada en un single aparte.

El “crescendo” de la canción marcó época. El tema se abre con el piano y la voz de McCartney a los que se van uniendo, uno por uno, el resto de los instrumentos, comenzando por las guitarras de Lennon y George Harrison y la batería de Ringo Starr

“Hey Jude” termina con una orquesta de cincuenta músicos y las voces de McCartney, Lennon y Harrison, unidas en un eterno final de cuatro minutos.

Lennon tuvo que ceder la cara A del single a “Hey Jude” en detrimento de “Revolution”, una composición suya con la que trataba de que los Beatles fijaran una posición sobre la guerra de Vietnam y los acontecimientos del 68.

La “Revolution” que apareció en este single era una versión agresiva del tema que los Beatles habían grabado para el “Álbum Blanco”, que salió a la venta en noviembre de 1968.

Lennon introdujo guitarras distorsionadas y aceleró el ritmo de la canción, con la intención de hacerla lo suficientemente atractiva como para ser editada como cara A de un single, pero se encontró con la oposición de McCartney y Harrison, quienes la consideraban demasiado arriesgada.

John Lennon se vengó de sus compañeros colando en el “Álbum Blanco” un experimental “collage” sonoro que mezclaba un centenar de cintas y voces, y al que llamó “Revolution 9”.

Corazones rotos por canciones afiladas

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Tom Petty (1950-2017)
Tom Petty (1950-2017)

Las canciones épicas y melancólicas, la banda sonora de viajes eternos por la carretera y la música de atardeceres con sabor a victorias y derrotas convirtieron al carismático Tom Petty en un memorable guardián de las esencias del mejor rock estadounidense.

De la mano de su fiel banda de acompañamiento The Heartbreakers o junto a mitos como Bob Dylan, Roy Orbison y George Harrison en el “supergrupo” The Travelling Wilburys, la trayectoria de Petty figura entre las páginas más brillantes del rock estadounidense gracias a inolvidables canciones como “American Girl”, “Free Fallin'”, “Wildflowers” o “I Won’t Back Down”.

Petty nació el 20 de octubre de 1950 en Gainesville (Florida, EEUU) y de niño sufrió los abusos de su padre antes de dejar el instituto como adolescente para dedicarse a la música, convencido de que ése era su destino tras conocer en persona y cuando aún era un chaval al rey del rock Elvis Presley.

Sus primeros pasos, sin demasiado éxito, los dio junto al grupo Mudcrutch, en donde ya tocaban Mike Campbell y Benmont Tench, que también estarían en The Heartbreakers, la famosa banda que ha acompañado a Petty durante décadas.

Debutó en 1976 con el disco Tom Petty and The Heartbreakers, con el que enseñó las claves de su irrenunciable estilo: rock emocionante y lírico inspirado en The Byrds y Bob Dylan, y que jugaba en la misma división que Bruce Springsteen o Neil Young.

Pese a que la irrupción de los guitarrazos rebeldes del punk o el posterior éxito de los sonidos electrónicos en los años 80 no encajaban para nada con su identidad, Petty fue un artista superventas que no renunció al rock de aroma clásico y que triunfó con discos como Damn the Torpedoes (1979).

El músico también se topó con el lado más turbio de la industria al enfrentarse en varias ocasiones a las discográficas, como en un recordado episodio en el que se plantó ante MCA porque la compañía quería vender su cuarto álbum al elevado precio de 9,98 dólares.

Petty amenazó entonces con emprender acciones legales y con titular el álbum 8,98 dólares, el precio habitual de los discos en esa época, pero finalmente lo nombró Hard Promises (1981) tras derrotar a la discográfica en este pulso.

Al margen de su trabajo firmado de manera conjunta con The Hearbreakers, Petty editó dos discos en solitario, Full Moon Fever (1989) y Wildflowers (1994), que destacan entre lo más sobresaliente de su legado.

Además, formó parte del grupo “all-star” del rock que fue The Travelling Wilburys, un breve pero imborrable sueño para los melómanos que incluía en su formación a Bob Dylan, Roy Orbison, George Harrison, Jeff Lynne y Petty.

Este “supergrupo” publicó en 1988 The Traveling Wilburys, Vol.1, pero la repentina muerte de Orbison ese mismo año arruinó un proyecto que sólo lanzaría un disco más, una grabación titulada extrañamente The Traveling Wilburys, Vol. 3 (1990).

Tom Petty y The Heartbreakers, cuyo último álbum fue “Hypnotic Eye” (2014), eran reconocidos por su apasionado directo, con el que recorrieron de cabo a rabo Estados Unidos pero que sólo se vio de manera muy esporádica en el extranjero.