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El fragor y el ocaso de John Holmes

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John Holmes parado en la entrada de un cine para adultos de Los Ángeles, en los años 70′
John Holmes parado en la entrada de un cine para adultos de Los Ángeles, en los años 70′

Conductor de ambulancias en el día y bailarín de tubo en las noches, John Holmes reinó en el mundo perdido del cine porno blandiendo un conspicuo apéndice erótico que los más conservadores tasaron en 35 centímetros, en plena contentera.

Su vida fue la película más sórdida jamás filmada. Politoxicómano, gigoló en todos los frentes, soplón, homicida, ratero, vividor, traficante, proxeneta, vivió entregado a los pecados terrenales y durante 20 años irguió su ariete sexual y fue el pionero de la triste industria de las películas triple equis, en los años 70.

Precoz y procaz, se jactaba de sus andanzas genitales desde los 12 años, aunque empezó su lúbrica carrera a los 25; fue una maratón de tres mil películas y más de 10 mil mujeres regadas a su paso.

Holmes era el hijo de una pareja impensable que lo engendró en 1944. Su padre, Curtis Estes, abandonó a su madre Mary –una devota bautista sureña– y esta se casó con Harold Edward Holmes. Este era un alcohólico que vomitaba sobre el pequeño John. Mary se divorció y consiguió otro marido, Harold Bowman, quien apaleaba al entonces adolescente. Para evitar el parricidio, John se enlistó en el ejército y fue enviado a Berlín.

De regreso a Los Ángeles trató de sentar cabeza. Vendió abarrotes casa por casa y así conoció a Sharon Gebenni, una enfermera con quien se casó en 1965. Fueron días de vino y rosas. Consiguió un empleo como operador de grúas en una empacadora de carne, pero el frío de los congeladores le ocasionó problemas pulmonares que lo incapacitaron.

Durante la convalescencia frecuentó un club de naipes y una noche, en el orinal, un fotógrafo observó aquella descomunal herramienta y le propuso una sesión de fotos para revistas y filmar algunas películas nada edificantes. Holmes tenía la moral de una pulga y ocultó a Sharon su nuevo empleo.

Los entretelones de lo que fue su singular vida los recreó uno de sus biógrafos más entusiastas, Mike Sager. Él entrevistó a casi 70 personas, revisó unas tres mil páginas de documentos policíacos e ingentes cantidades de crónicas periodísticas. Todo lo difundió en El diablo y John Holmes en la edición de junio del 89 de The Rolling Stone.

Tapiz de pasiones

Con la legalización del cine porno, en los años 70, la carrera de Holmes llegó al pináculo y creó un personaje legendario: el detective Johnny Wadd, émulo del detective de ficción Sam Spade. La entrepierna comenzó a generarle hasta $3 mil diarios, muchos de los cuales gastaba en su única amante: la cocaína.

Wadd fue el álter ego de Holmes. Se dejó crecer el pelo, exhibía un frondoso bigotazo, usaba camisas relampagueantes de solapas anchas, pantalones acampanados y lucía anillos de oro y diamantes.

A lo largo de su carrera Holmes trabajo con Ambassador Films, una productora semiclandestina que compiló una serie de cortos, hizo una especie de antología y proyectó al novel actor al estrellato. El primer hit fue un porno-western donde interpretó a Río, un pendenciero que, mientras roba bancos y ayuda a los pobres, saca el rato para jinetear a cuanta “vaquerita” encuentra en el desierto.

Filmó seis extravagantes películas en las que persiguió traficantes en la frontera mexicana y buscó diamantes en las zonas más húmedas del cuerpo femenino.

Eran los años 60; la contracultura estaba en su desconcertante apogeo; los hippies hacían el amor y no la guerra. En pro de una supuesta libertad sexual, Holmes vivió de orgía en orgía y subastó lo único que poseía: su propio cuerpo.

Asiduo visitante de la comisaría a causa de su tórrida vida, pronto se convirtió en un soplón de la policía a cambio de que le toleraran sus canalladas, anticipo de lo que sería su ruina en 1981, cuando participó en el cuádruple crimen de la Banda de Wonderland. Como actor compartió cama con las figuras más rutilantes del género: Linda Lovelace, Cicciolina, Seka, Vanessa del Río, Amber Lynn, Marilyn Chamber y Tracy Lords.

Cicciolina, la exdiputada porno italiana, conoció a Holmes en el orto de su carrera y dijo de él que “le pareció un muerto en vida, alguien que había perdido ya toda ilusión por las pequeñas cosas y placeres de una vida que se le extinguía con cada nuevo orgasmo.”

En esa espiral de lujuria no había dinero que alcanzara. Comenzó a robar en las casas que alquilaban para los filmes. Se volvió un rufián que esculcaba armarios y cajones en busca de joyas, dinero o lo que hubiera. De ahí pasó a robar en los carros, a chulear amigos y amantes. Usó la tarjeta de su esposa para comprar electrodomésticos por $30 mil, que más tarde revendió para tener dinero en efectivo y comprar una dosis de droga.

A finales de los 70 se hacía una raya de coca cada 15 minutos; ingería de 40 a 50 valiums diarias y ese coctel afectaba su activo más importante, el cual ya no obedecía las órdenes de su amo y no se levantaba ni con grúa.

Dejó a Sharon y se juntó con una concubina de quince años que se prostituía para pagarle el vicio. Para equilibrar la economía familiar, Holmes robaba maletas en los aeropuertos.

Su vida era un muladar que se complicó al trabar contacto con Eddie Nash, un palestino que comenzó vendiendo perros calientes en Los Ángeles y en pocos años regentaba un imperio inmobiliario, clubes de striptease y locales gay. En sus ratos libres traficaba drogas y filmaba porno. Se juntaron el hambre y las ganas de comer.

Eddie era, según la policía, “la encarnación del diablo”. Para saldar una deuda con la pandilla de Ron Launius y Billy Deverell (la Banda de Wonderland) , Holmes les propuso asaltar la casa de Nash. Una noche cayeron y robaron $100 mil en efectivo y joyas. Pero a Nash nadie se la hacía gratis y presionó a Holmes, quien delató a sus compinches. El 1 de julio de 1981, varios matones acompañaron al mismo John hasta el apartamento 8763 de la Avenida Wonderland y ahí mataron a “tubazos” a cuatro de los miembros de la pandilla.

Las pistas llevaron a la policía a Nash y Holmes. Un jurado lo absolvió, tomando en cuenta el pasado colaboracionista de John en la persecución de redes de prostitución de menores.

Esa publicidad renovó la fama de Holmes, pero su cansina figura siempre encorvada se volvió más una curiosidad que un placer erótico.

John intentó recuperar su pasada gloria, pero arrastraba una herencia maldita: el sida. Mantuvo la boca cerrada, se volvió un “kamikaze” y contagió a casi todos sus compañeros de reparto.

En 1986 se casó en Las Vegas con la actriz porno y prostituta Laurie Rose, quien intentó alejarlo de las drogas mediante intercambios de parejas y subastas sexuales. Tras su muerte, y en colaboración con Fred E. Basten, Rose escribió El rey del porno y mantiene un website dedicado a la memoria de John.

Los dramas norteamericanos nunca tuvieron segundas partes y Holmes reconoció que, fuera de la pantalla, jamás tuvo relaciones duraderas porque “las mujeres tienen la esperanza de encontrarse con el tipo que ven en la pantalla. Ellas no me aceptan como soy realmente. Solo soy un ser humano”.

Enterada del mal de su marido Rose dijo: “Se reía de aquello. Cerramos la oficina y nos fuimos a la playa. Tocamos nuestras canciones favoritas, paseamos y hablamos. John me dijo que le parecía como si le hubiesen elegido para coger el sida por ser quien era, por cómo vivía. Se sentía como si fuera un ejemplo”.

La vida de este actor irrepetible y superdotado fue documentada en películas como Exhausted, de 1982; Boggie nights, de 1997 o Wonderland, de 2003.

Seropositivo, paranoico, obsesionado con la venganza que Nash tramaría contra él, el pobre de Holmes pasó sus últimos días acosado por la angustia y el dolor.

Asido a la mano de su mujer, oficialmente murió de cáncer de colon el 13 de marzo de 1988. Su cuerpo fue incinerado y sus despojos lanzados al mar, para que de ellos naciera una leyenda venusina, un mito de la estadística humana, que como en el acertijo de la esfinge de Tebas, era una criatura que tenía tres pies.

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El trazo grueso como negocio

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Russ Meyer con Kitten Natividad, una de sus actrices fetiche
Russ Meyer con Kitten Natividad, una de sus actrices fetiche

Russ Meyer fue el maestro del cine sexploitation, conocido como el “rey del erotismo” o “Rey Leer” (juego de palabras fonético con el nombre del Rey Lear y el adjetivo “lascivo”) por clásicos del porno blando como Faster, Pussycat! Kill! Kill! y Vixen. Meyer también dirigió el proyecto de estudio Beyond the Valley of the Dolls.

Cual hombre orquesta, Meyer produjo, dirigió, financió, escribió, editó y rodó 23 películas, tentadoras pero provocativas, que fueron pioneras de un género erótico con mucha violencia y chicas de grandes pechos pero poco sexo. Los títulos de las obras clasificadas X que le hicieron ganar millones son muy descriptivos: The immoral Mr. Teas, Erotica, Wild gals of the naked West, Heavenly bodies, Mudhoney, Mondo topless, Common Law cabin, Supervixens y Europe in the raw.

“Me encantan las mujeres con el busto grande y cintura de avispa”, le dijo al London Times en 1999, dos décadas después de dirigir su última película. “Me gusta que lleven buenos escotes”. No cabe duda de por qué el crítico de la revista Time, Richard Corliss, denominó a las películas de Meyer “melodramas voluptuosos” o por qué se le consideró un gran director.

Fijación mamaria

Pero con los años llegaron los elogios y la admiración, con homenajes al trabajo de Meyer en festivales de todo el mundo, incluyendo el American Cinematheque de Hollywood y el National Film Theater de Londres. Se comentaban sus películas en clases de Yale y Harvard, y eran adquiridas por instituciones tan respetables como el Museo de Arte Moderno de Nueva York. En 2002, se expuso una colección de sus llamativas instantáneas y fotogramas de modelos de los años cincuenta y sesenta en la prestigiosa galería Feigen de Nueva York, que también exhibe los trabajos del fallecido caricaturista Al Hirschfeld.

Debido a la extraña habilidad de Meyer para producir películas de bajo presupuesto (su temprana The immoral Mr. Teas, de 1959, recaudó un millón de dólares de 24.000 dólares invertidos, y Vixen, de 1968, con un presupuesto de 76.000 dólares, recaudó seis millones), el entonces presidente de 20th Century Fox, Richard D. Zanuck, contrató a Meyer para realizar proyectos comerciales del estudio. El primero fue Beyond the Valley of the Dolls en 1970, una supuesta sátira, secuela de Valley of the Dolls, de 1967, y basada en el best-seller de Jacqueline Susann. Escrita por el crítico cinematográfico Robert Ebert, la secuela, clasificada X, demostró ser más exitosa y, en muchos aspectos, mejor que la original. Como dice Leonard Maltin en Movie and Video Guide, de 2004, dos “destacados críticos” incluso eligieron Beyond como una de las mejores películas estadounidenses realizadas entre 1968 y 1978.

Nacido en Oakland el 21 de marzo de 1922, Meyer era hijo de un agente de policía y una enfermera. Con dinero prestado por su madre, compró una cámara fotográfica Univex de ocho milímetros cuando tenía 12 años, y comenzó a dirigir películas amateur. Estaba en el instituto de enseñanza media cuando el reclamo de un anuncio solicitando fotógrafos de guerra para el Servicio de Transmisiones del Ejército le llevó hasta Hollywood. Destinado a Francia y Alemania, a Meyer se le atribuyen imágenes y documentales bélicos rodados en algunas de las situaciones más peligrosas de la II Guerra Mundial. Al terminar la guerra, Meyer trabajó como director de fotografía para Southern Pacific Railroad y, en ocasiones, se encargó de la fotografía fija en algunos platós, incluyendo el de Ellos y ellas y Gigante. También comenzó a fotografiar a modelos para revistas eróticas, y aprovechó su experiencia para realizar pósteres centrales de la revista Playboy. Mayer se casó, se divorció y vivió con diversas modelos, playmates, bailarinas de strip-tease y actrices.

Meyer siempre defendió que la desnudez en el cine atraía al público, además de decir que las escenas de desnudez femenina exhibidas en todas sus películas también agradaban a las mujeres.