psicoanalisis

Fervor carnal entre palabras

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Desde la izquierda, Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzche, en 1882
Desde la izquierda, Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzche, en 1882.  Lou Andreas-Salomé parodia a Nietzche representando la frase ¿Vas con hombres? No olvides el látigo ( Nietzche solía repetir la frase de su ama de llaves : “¿Vas con mujeres? No olvides el látigo”)

Nacida en San Petersburgo, Lou Andreas Salomé (1861-1937) fue una escritora, pensadora y psicoanalista que figuró en los círculos intelectuales más notables de la Europa de finales del siglo XIX. A pesar de convivir con las mentes más privilegiadas de su época, ella es hoy virtualmente desconocida, un hecho que nos obliga a cuestionarnos la validez de la fama.

Hija de un general ruso que trabajaba al servicio de la familia Romanov, a los 17 años conoció a su primer mentor, Henrik Gillot, maestro de los hijos del zar que la iniciaría en teología y en literatura francesa y alemana. Gillot, casado y con hijos, se enamoró rápidamente de Lou y pidió su mano, ella lo rechazó.

En 1880, Lou viajó a Zúrich con su madre donde cursó estudios de dogmática e historia de la religión en la Universidad de Zúrich. Dos años después se trasladó a Roma donde conoció a Paul Rée (quien sería su amante durante un tiempo) y a Friedrich Nietzsche, con quienes establecería un trío intelectual apabullante. Sus viajes y estudios continuaron, hasta que en 1887 conocería al hombre con quien se casaría, Carl Friedrich Andreas. El matrimonio con Andreas, que duró hasta la muerte de él en 1930, nunca fue consumado, pues se dice que él la chantajeó con suicidarse si no aceptaba casarse con él y que siempre vivieron en casas separadas, además de que Lou mantuvo relaciones con otros hombres durante el resto de su vida

Salomé mantendría una independencia económica de su marido escribiendo artículos y libros. Fue la primera en publicar estudios sobre la obra de Nietzsche, seis años antes la muerte del filósofo, quien en algún punto se enamoró de ella y le pidió matrimonio, propuesta que ella, una vez más, rechazaría. Algunos estudiosos creen que fue en esta etapa y bajo la influencia del desencanto que Nietzsche escribiría Así habló Zaratustra.

En 1897, ya casada con Andreas, Lou conoció al escritor Rainer Maria Rilke, con quien mantendría una relación amorosa durante muchísimos años. El joven poeta, quince años menor que ella, se enamoró instantáneamente de Lou, que al principio lo rechazó. Después de tiempo y tras la insistencia de Rilke, ella accedió a tener una relación con él, que siempre osciló entre el amor, la amistad, la admiración, el amor platónico y una relación creativa muy profunda. Prueba de su prolongada e intensa relación son las cartas de amor que se escribieron y que aún se conservan. Entre otras muchas cosas, ella le enseñó ruso a Rilke, para que éste pudiera leer a Tolstói y a Pushkin.

En 1902, tras el suicidio de Paul Rée, Salomé entró en una profunda crisis de la que saldría con la ayuda del doctor vienés Friedrich Pineles. Ella mantendría una relación amorosa con él que resultaría en un aborto voluntario por parte de Lou.

Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzsche. Más allá de la práctica del feminismo militante, se dedicó como deporte a probar hombres de máximo nivel, a sobrevolarlos, a enamorarlos y a abandonarlos a fin de hacerse inolvidable. Huidiza e imposible, en esta escalada Nietzsche fue para ella el primer peldaño
Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzsche. Más allá de la práctica del feminismo militante, Lou se dedicó como deporte a probar hombres de máximo nivel, a sobrevolarlos, a enamorarlos y a abandonarlos a fin de hacerse inolvidable. Huidiza e imposible, en esta escalada Nietzsche fue para ella el primer peldaño

En 1911, ella conoció a Sigmund Freud e inmediatamente se enganchó con el psicoanálisis, siendo la única mujer aceptada en el Círculo Psicoanalítico de Viena. Ambos mantendrían una relación amistosa de profundo respeto y cariño durante el resto de sus vidas. A partir de 1915, ella comenzó a dar consulta psicoanalítica en la ciudad alemana de Gotinga.

Lou se familiarizó rápidamente con los pensamientos fundamentales de Freud y le solicitó poder trabajar bajo su dirección, a lo que él accedió gustoso. En el plano personal, Freud llegó a decir de Lou que se había acostumbrado tanto a su presencia que se sentía molesto cuando su silla estaba vacía, además admiraba de Lou que supiese reírse de sí misma, que no fuera rencorosa y que no se jactara de sus hazañas ni celebrara sus amistades. La amistad entre ambos duró un cuarto de siglo, hasta la muerte de Freud. En el plano profesional, tras elegir la profesión de psiquiatra, se entrega a ésta en cuerpo y alma, a pesar de que Freud le advierte de los peligros de dedicar más de 10 horas diarias al psicoanálisis, ya que ella trabajaba incansablemente.

Uno de los temas que más interesó a Lou fue el instinto sexual, ya que ella había publicado su libro “El erotismo” un año antes de conocer a Freud, quien confirmó muchos de los hallazgos obtenidos por Lou independientemente de sus propias investigaciones; según Lou, la sexualidad era una necesidad física como el comer, el amor correspondido muere de saciedad y la vida amorosa natural se basa en la infidelidad. Además, para Lou, el amor sexual, la creación artística y el fervor religioso son tres aspectos distintos de la misma fuerza vital; el símbolo de este triple aspecto de la fuerza vital es la triple función de la mujer como amante, madre y virgen.

Lou Andreas Salomé murió en 1937, a los 76 años de edad, a causa de una falla renal. Su pensamiento mezcló el psicoanálisis freudiano con la filosofía de Nietzsche y sus estudios se basaron, principalmente, en el narcisismo y en la sexualidad femenina.

Se trata de una mujer que vivió su vida con una extrema libertad, fuera de lo común para su época; ella fue un ícono de la mujer liberada de principios del siglo XX. Y a pesar de que extrañamente permanecería en la región sombría de la memoria histórica, lo cierto es que algunos de los hombres fundamentales de los últimos cien años suspiraron más de una vez por ella.

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Vertiginoso Hitchcock

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En Vértigo, Hitchcock presenta una historia de suspenso que roza al terror y convence al espectador, al principio de la película, de que su protagonista está en realidad poseída. El director logra engañar a Scottie, el otro protagonista, tanto como al espectador
En Vértigo, Hitchcock presenta una historia de suspenso que roza al terror y convence al espectador, al principio de la película, de que su protagonista está en realidad poseída. El director logra engañar a Scottie, el otro protagonista, tanto como al espectador

La muerte y el deseo como nunca antes fueron filmados. Considerada una de las mejores películas de la historia del cine, “Vértigo” de Alfred Hitchcock nunca pasa de moda. Aunque en un principio las críticas fueron un tanto dispares, la película ha sido coronada como una de las grandes obras maestras.

Considerada una de las mejores películas del mago del suspense, su estreno mundial tuvo lugar en 1958 en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián y consiguió dos nominaciones en los Oscars -eso sí, ‘menores’- gracias a una temática que combina el suspense con una historia de amor fou.

Aunque se quedó sólo a las puertas de las codiciadas estatuillas de Hollywood, Hitchcock sí se llevó la ‘Concha de Plata al mejor director’ del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, mientras que su protagonista, James Stewart, se hizo con la del mejor actor en el mismo certamen.

Y poco más. Las críticas en su momento fueron mixtas: aunque reconocían la maestría del director británico a la hora de escenificar esa torturada historia de amor y muerte, los expertos -o supuestos expertos- no supieron identificar a la que, con los años, sería reconocida como una de las grandes películas de la historia del cine.

Sólo sería en la década de los 60, y tras el pleno reconocimiento que recibió de los cineastas de la nouvelle vague francesa -una de cuyas expresiones es el magnífico libro de Truffaut en la que revisa la obra de Hitchcock- cuando empezó a aparecer en todos los rankings de los cinéfilos.

Inadvertida para el gran público

Sin embargo, y pese a su ascenso a los ‘altares’ del celuloide, “Vértigo”, a diferencia de otros hitos de la historia del cine como Ciudadano Kane o Centauros del Desierto, ha pasado más inadvertido para el gran público.

Quizás debido a que la historia de un policía torturado y con problemas sexuales enamorado de una muerta era demasiado avant la lettre para el público estadounidense de las décadas de los 50 ó 60.

Su imparable escalada en todos los rankings de grandes películas -hasta llegar a situarse en el puesto número 9 según AFI- habla de que esta película, adelantada a su tiempo, ya ha empezado a ser reconocida como lo que es: un auténtico muestrario de los peores monstruos que el amor es capaz de crear y, sobre todo, un álbum preciosista que recoge la iconografía del psicoanálisis y de una especie de surrealismo light, de clara vocación romántica, muy en boga en esa época.

Un paseo por el amor y la muerte

Desde su singular código de colores -verde para el recuerdo como fuente originaria del amor, rojo para la pasión y el deseo-, hasta su simbología -la torre Coit de San Francisco como símbolo fálico por excelencia, la secuencia de los sueños, la acrofobia que sufre el protagonista…-, “Vértigo” es un alucinante paseo por el amor y la muerte y, de nuevo, el amor y la muerte. O bien una canción de amor a una mujer doblemente imposible: por muerta y por ficticia.

Todo ello hace de Vértigo la expresión máxima del cine como creación de una realidad total, envolvente y fascinante; llena de significados entre líneas.

Una doble lectura

Valga como ejemplo la primera vez que el detective John ‘Scottie’ Ferguson -encarnado por James Stewart- contempla a la misteriosa Madeleine -que luego será Judy y que fue representado por Kim Novak- lo hace en un restaurante con paredes rojas que en Vista Visión, el estridente sistema en el que fuera filmada la película, configura una tramoya alucinante en la que ella se pasea, éterea y vestida de verde:

Y es que todo tiene una doble lectura en la película más personal, posiblemente, de Alfred Hitchcock. El ‘mago del suspense’, tras comprar los derechos de la novela francesa de Boileau y Narcejac, se empeñó obsesivamente en adaptarla a su propio imaginario. Tanto que llegó a controlar hasta la posición en la que se disponía el objeto más nimio en cada una de las escenas.

A fin de cuentas, “Vértigo” sugiere una ficción que parece extraída del propio director: un hombre insólito, con enfermizas fantasías sentimentales y sexuales -y si no que le pregunten a Tippi Hedren, protagonista de un par de películas suyas que no sabía cómo librarse del acoso psicológico de su descubridor-, y que era capaz de ‘crear’ mujeres de hechizante belleza y torturado y excitante pasado donde sólo había vulgaridad de starlette.

La tremenda disyuntiva del autor

No sólo eso, para el bueno de Hitch, esta historia de amor, la madre de todas ellas, posiblemente, ponía en evidencia la tremenda disyuntiva de todo artista de calibre como él: la tortura de vivir enamorado de un imposible o la realidad torturante de una vida doméstica.

Quizás por eso, en el desenlace alternativo que sólo se emitió fuera de Estados Unidos y que finalmente sería suprimido, mostraba como final de la película una escena doméstica entre la sosa y común ‘Midge’/Barbara Bel Geddes y un Stewart en estado de shock. Lo único que le queda, tras volver a perder por segunda vez a Madeleine/Judy, es la horripilante vida conyugal.

Además, “Vértigo”, además de ser la gran obra del grandísimo, genial y macabro Hitchcock -posiblemente el que mejor ha entendido qué es el cine: una gran mentira en la que todo es técnica y casi nada sentimiento- permanece como referente a la hora de crear una atmósfera: nunca una banda sonora ha tenido tanta capacidad de subrayar una obra maestra -obra del grandísimo genio Bernard Herrmann- y nunca los algo más de dos minutos que duran unos títulos de crédito han tenido tanta entidad y han sabido quedar arraigados en la iconografía de los expertos -gracias otro genio, esta vez Saul Bass-:

Una de las grandes secuencias de la historia

Posiblemente por eso, la gran secuencia de la historia del cine, junto con el tremendo plano secuencia de “Sed de Mal”, o a la grúa que se alza sobre muertos y heridos en la estación de Atlanta de “Lo Que el Viento se Llevó”, sea ese larguísimo beso sobre un fondo verde que se dan James Stewart y Kim Novak tras haber acabado de transformar el uno a la otra en la reencarnación de aquella mujer que tanto amó y después perdió.

Ese travelling circular resume la maravilla que es Vértigo: el morbo necrofílico del detective que besa a su amada, muerta y reencarnada en una dependienta, a la que ha arreglado como si fuera aquella dama de la alta sociedad de San Francisco que se suicidara a mitad de metraje.

La muerte y el deseo como nunca antes fueron filmados, cumplen años con pedigrí. Y lo seguirán haciendo. Disfrútenlo.

Sigmund, el hipnotizador

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La hipnosis, según Freud, servía para curar pero su verdadero valor curativo "reside siempre en la sugestión" que consiste "en negar enérgicamente los males de los que se queja el paciente"
La hipnosis, según Freud, servía para curar pero su verdadero valor curativo “reside siempre en la sugestión” que consiste “en negar enérgicamente los males de los que se queja el paciente”

“Tengo delante a una señora tumbada bajo los efectos de la hipnosis, por lo que puedo seguir escribiendo tranquilamente”, señalaba hace cien años Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis, del que se publican escritos inéditos que desvelan su faceta de “hipnotizador”.

Durante diez años, Freud (Freiberg, 1856 -Londres, 1939) estuvo muy interesado en la hipnosis y la utilizó en su consulta, práctica que reflejó en numerosos escritos (informes, artículos y correspondencia) que han sido reunidos y publicados por primera vez de forma organizada por el experto Mikkel Borch-Jacobsen en un libro publicado por Ariel.

Más de un siglo después de que Freud escribiera estos textos, que según Borch-Jacobsen son esenciales para comprender la génesis del psicoanálisis, “seguían siendo despreciados o simplemente desconocidos para la mayoría” ya que, explica, los propietarios de los derechos de la obra del austríaco consideraban que no tenían interés.

Una vez que la obra de Freud pasó a ser de dominio público, Borch-Jacobsen creyó que había llegado el momento de “llenar esta sorprendente laguna” con esta obra que presenta además numerosas fotografías de época.

Tras sus experimentos, Freud escribió en uno de sus artículos que se podía aconsejar la hipnosis “a cualquier enfermo” siempre y cuando, advertía, lo practicara un médico “con experiencia y digno de confianza”.

Según Freud, todo lo que se escribía en la época sobre los supuestos graves peligros de esta técnica no eran más que cuentos.

Consideraba que un 80 por ciento de las personas eran “hipnotizables”, aunque reconocía que las hipnosis profundas, esas que van acompañadas de una total docilidad, eran “más bien raras o no tan frecuentes” como se desearía “en bien de la curación”.

Pero, explicaba Freud, el grado de docilidad de la sugestión depende más del paciente que del médico, es decir “emana directamente de la buena voluntad del enfermo”.

Otro de los artículos que incluye el libro, una contribución de Freud a un manual para los médicos generalistas, aborda la hipnosis desde un ángulo esencialmente práctico, con técnicas de inducción que muestran, paso a paso, como se llevaba a cabo.

Comenzaba sus instrucciones asegurando que la técnica del hipnotismo es “un acto médico que resulta tan difícil de realizar como cualquier otro” y aconsejaba a los que se sintieran un poco “ridículos” en su dignidad de médicos que abandonaran su intento.

La hipnosis, según Freud, servía para curar pero su verdadero valor curativo “reside siempre en la sugestión” que consiste “en negar enérgicamente los males de los que se queja el paciente”.

Este Freud a la búsqueda de nuevos medios para curar a sus pacientes, calificados en esa época de “nerviosos” o “histéricos”, consideraba muy útil la hipnosis para acceder a los procesos del inconsciente.

Entre esos pacientes, Freud explica el caso de una paciente “histérica ocasional” quien, tras cada parto de sus tres hijos, no podía comer ni dar de mamar al recién nacido. Tras consultar a varios médicos, el asunto se solucionó con varias sesiones de hipnosis practicadas por él a pesar de que tanto la madre como su marido tenían “aversión” hacia esos métodos.

“Me daba vergüenza -le dijo la mujer a Freud- ver que una cosa como la hipnosis obtenía resultados allá donde mi fuerza de voluntad se mostraba impotente”.

Pero con el paso de los años, Freud abandonó progresivamente el método de la hipnosis y pasó al de la catarsis y después al de la asociación libre, fundamento del psicoanálisis.

Después de una vida materializada en 23 tomos (sus “Obras completas”), Sigmund Freud falleció en Inglaterra el 23 de septiembre de 1939, un año después de dejar Viena, donde los nazis quemaron sus libros.