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Destellos desde el útero de Seattle

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Nirvana lanzaron en 1991 Nevermind, piedra filosofal del nihilismo MTV, y abrieron una brecha por la que se colarían en lo masivo artistas de vocación supuestamente contracultural
Nirvana lanzaron en 1991 Nevermind, piedra filosofal del nihilismo MTV, y abrieron una brecha por la que se colarían en lo masivo artistas de vocación supuestamente contracultural

La depresión, la rabia y la angustia reventaron las listas de éxitos gracias al grito desesperado de Nirvana en “Nevermind”, el disco que, con su rock atormentado y herido, llevó el estilo “grunge” al apogeo de su revolución.

Liderados por un mártir ateo y arrastrados por el huracán de “Smells Like Teen Spirit”, tal vez la canción más importante e influyente del rock de los años 90, Nirvana volaron muy alto con “Nevermind”, pero su éxito también encaminó a su cantante Kurt Cobain a un laberinto de autodestrucción del que no saldría con vida.

El origen del grupo se sitúa en 1987, cuando se unen en Aberdeen, una ciudad a unos 180 kilómetros de Seattle, el bajista Krist Novoselic y el vocalista y guitarrista Kurt Cobain, cuya infancia en una conflictiva familia se traduciría en una personalidad frágil y con serios problemas.

En su disco de debut, el crudo y áspero “Bleach” (1989), todavía no contaban con el batería Dave Grohl, que cerraría la formación clásica de Nirvana y que, tras el fin de la banda, enfocó hábilmente su carrera con Foo Fighters.

Pese a ser el lugar de nacimiento de Jimi Hendrix, Seattle no era, históricamente, un foco emblemático del rock estadounidense.

Sin embargo, las cosas estaban cambiando y desde la segunda mitad de los años 80 surgieron bandas como Melvins, Soundgarden, Mudhoney y Pearl Jam que, bajo el liderazgo de Nirvana, darían forma al “grunge” como hijos reconocidos del punk y el “hardcore” y decididos a romper algún tímpano a base de ruidosos guitarrazos.

“Nevermind” llegó en un momento inmejorable. En los ochenta había arrasado el pop de sintetizadores; Guns N’ Roses estaban demasiado ocupados entre peleas y polémicas; y el heavy-metal, pese al fabuloso éxito de Metallica con “Black Album” (1991), perdía impulso y se enrocaba poco a poco en su propio público.

Entre los jóvenes había hambre de rock y, sobre todo, de autenticidad, de música genuina que les hablara a las entrañas.

Inadaptación, problemas de autoestima, soledad, incomprensión, apatía y nihilismo. “Nevermind” apelaba con cólera a todo eso para conectar con la frustración de una juventud acosada y perdida que describió Michael Azerrad en la biografía “Come As You Are: The Story of Nirvana” (1993).

“Los veinteañeros buscaban música hecha por ellos mismos, algo que expresara lo que sentían. Un impactante número eran hijos de un divorcio. Sabían que iban a ser la primera generación de EE.UU. en tener poca esperanza de estar mejor que sus padres, que sufrirían los excesos fiscales de Reagan en los años 80 y pasarían su plenitud sexual bajo la sombra del sida”, escribió.

“Se sentían incapaces de rescatar un medioambiente asediado y pasaron la mayor parte de sus vidas con Reagan o Bush (padre) en la Casa Blanca, padeciendo un clima represivo en lo sexual y lo cultural. Se sentían indefensos para afrontar todo eso”, añadió.

Pero, al margen de cualquier explicación, Nirvana triunfó gracias a unas canciones incontestables. “Smells Like Teen Spirit”, que no paró de pasarse por la MTV, tenía un riff arrollador y una letra enigmática, “Come As You Are” sonaba inquietante e intensa a partes iguales, y “Lithium” celebraba la extravagancia y el desamor.

La urgencia punk de “Breed”, un canto al hastío, contrastaba con la austeridad de “Polly”, inspirada en un caso real de violación a una menor y que ejemplificaba el turbio tono lírico del álbum.

“La música me ha dañado físicamente en dos sentidos. Tengo una irritación en el estómago, provocada por la rabia y los gritos”, dijo en una ocasión Kurt Cobain, según el libro “Yeah! Yeah! Yeah!” de Bob Stanley (2013).

“También tengo escoliosis, una desviación de la columna, que se ha agravado con el peso de la guitarra. Siento dolor a todas horas, lo cual contribuye a la rabia de nuestra música. En cierta manera le estoy agradecido”, añadió.

“Cuando salió nuestra música, creo que fue una combinación de ‘porreros’, ‘skaters’ y chicos abandonados que vieron a un grupo de chicos abandonados tocando música que sonaba como si estuviéramos cabreados. Creo que mucha gente se identificó con eso”, apuntó, por su parte, Dave Grohl en el libro “Come As You Are”.

“Nevermind”, que vendería millones de copias y en 1992 lograría desbancar del número uno a “Dangerous” (1991) de Michael Jackson, convirtió a Nirvana en estrellas mundiales y, casi sin querer, en referentes de moda con sus pintas desaliñadas, camisas de leñadores y vaqueros rotos.

Trágicamente, la inestable y quebrada mente de Cobain no estaba preparada para aquel fenómeno de masas.

Nirvana grabó los discos “In Utero” (1993) y “MTV Unplugged in New York” (1994), pero los demonios del cantante, sus frecuentes desequilibrios y su adicción a la heroína ganaron finalmente la partida: la gran figura del “grunge” se suicidó el 5 de abril de 1994.

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Recetario Pop para profanos y eruditos

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Joe Meek, uno de los grandes productores ingleses durante la eclosión de la 'Era Pop'
Joe Meek, uno de los grandes productores ingleses durante la eclosión de la ‘Era Pop’

«¿Qué es exactamente el pop? Para mí, el pop engloba el rock, el rhythm and blues, el soul, el hip hop, el house, el techno, el heavy metal y el country. Si uno graba discos, sean sencillos o álbumes, y los promociona actuando en televisión o saliendo de gira, es que se dedica al pop. El pop requiere de un público al que el artista no conozca en persona. En dos palabras, todo lo que entra en las listas de éxitos es pop […]. Me encanta el tira y afloja entre la industria y el underground, entre el artificio y la autenticidad, entre los osados y los conservadores, entre el rock y el pop, entre lo bobo y lo inteligente, entre los chicos y las chicas […]. Este libro no pretende ser una enciclopedia; creo en el mito y la leyenda del pop como el que más, en todas esas anécdotas y verdades a medias; me encantan el esplendor y la gloria de las superestrellas del pop, pero también los segundones y los secundarios, los que trabajaban en la sombra, los compositores a sueldo, los radioaficionados empollones que terminaron de ingenieros de sonido, las auténticas ratas de estudio…”.

Bob Stanley, uno de los miembros fundadores de Saint Etienne, repasa los hitos de la música popular del pasado siglo en el volumen ‘Yeah! yeah! yeah!. La historia del pop moderno’ (Turner).

Stanley, escritor, periodista musical, crítico de publicaciones como ‘The Guardian’ y ‘The Times’, y conocido por haber fundado el famoso grupo de pop británico, escribe en estas páginas acerca de algunas de las grandes figuras de la música y de artistas de menor tamaño, y recoge la esencia de multitud de estilos, desde el disco hasta el heavy, esenciales para comprender la historia del sonido popular de la segunda parte del siglo XX.

En una primera parte, el autor hace un recorrido por la trayectoria de artistas como Bill Haley, considerado el padre del rock and roll, Elvis Presley, Phil Spector o Joe Meek y, con ellos, nuevos aires en la música popular tales como el skiffle (folk influenciado por jazz y blues), el doo wop (estilo vocal nacido de la unión entre rhythm and blues y góspel) o el jump blues, en el que los sonidos clásicos se mezclaban con el sonido rápido y bailable del boogie woogie.

Tras dar un repaso a la década de los 50 y los primeros 60, Stanley se adentra en el rock y el pop de la segunda parte de los sesenta y recuerda los primeros momentos de algunas de las bandas más icónicas de la música como los Beatles, los Rolling Stones, Bob Dylan o los Beach Boys entre otros.

La búsqueda de nuevos sonidos en los años 70, con estilos como el glam, el soft soul, el glam o el rock progresivo da paso en este volumen a la rebeldía del punk, con estandartes como los Sex Pistols o The Clash.

El electropop de Kraftwerk, los nuevos ídolos del pop de los 80 (Michael Jackson, Madonna y Prince) y el nacimiento del indie, con referentes como The Smiths y REM continúan en estas páginas el recorrido de la historia musical que propone el autor.

Este volumen cierra su repaso a la historia de la música popular moderna con un apartado dedicado al nacimiento del house y el tecno, el acid house, el shoegaze y la nueva psicodelia, el grunge, el britpop y el R&B.

El repaso que le da Stanley aquí a la música pop es agotador. No tan exhaustivo como muchos desearían. Ya sabemos que los criterios de selección u omisión suelen suscitar discusiones bizantinas. Pero es que este libro no pretende establecer un cánon, sino reflejar una evolución, e incluso la elección de los hitos (el disco sencillo, al que se da por muerto con la eclosión de Youtube y el arraigo del streaming como forma preeminente de escucha de la música) refleja que Stanley no pretende escribir una enciclopedia sino una historia.

La esencia del lobo solitario

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Neil Young y su perro Harte, en 1971
Neil Young y su perro Harte, en 1971

Neil Young siempre está en movimiento. Amante de los autos y de los trenes eléctricos, es un artista y un creativo en permanente estado de vibración que también lo llevó a desarrollar el Pono (un reproductor musical de alta calidad) y un prototipo de auto eléctrico. Ahora, es el turno de abrir sus archivos, un sitio en el que de manera gratuita (hasta el 30 de junio de 2018, luego se cobrará una suscripción), comparte toda su discografía en sonido de alta definición. No solamente sus discos, sino también grabaciones inéditas que sólo se conseguían a través de The Archives Vol. 1 1963–1972, un costosísimo box-set de más 8 CDs y DVDs que​ Stephen Thomas Erlewine, periodista del sitio Allmusic, definió como “un trabajo extraordinario que redefine lo que una autobiografía debe ser”.

Porque si de vida y obra se trata, probablemente Neil Young sea el músico de la cultura rock en formato o como eléctrico (como también sofisticadamente orquestal: basta escuchar esos “poemas sinfónicos” perfectos junto a la la Orquesta Sinfónica de Londres, como A Man Needs a Maid y There’s a World) que mejor simboliza esa música que nació a mitad del siglo pasado. ¿Existe acaso una curvatura narrativa –tanto ascendente como descendente– que empiece en los 60, atraviese el punk y que anticipe los últimos movimientos del rock? El comienzo del rock, el punk, y los 90 del grunge y Nirvana se cruzan en (tan sólo) uno de sus tantos clásicos, la canción Hey, hey, my my de 1978: “El Rey se ha ido pero no ha sido olvidado: ¿Es ésta la historia de Johnny Rotten?”. Y luego las palabras que usara Kurt Cobain en su nota de suicidio: “es mejor quemarse que extinguirse lentamente”. Un epitafio, una parábola del rock de un joven hippie veterano, coronando al líder de los Sex Pistols en tiempo real, a través de Elvis y predestinando el movimiento grunge.

En el enlace se puede disfrutar de su música en alta calidad de audio: sus discos solistas de los comienzos, sus primeros éxitos con Buffalo Springfield y la fama con el súper-grupo Crosby, Stills, Nash and Young. Pero también su pre-historia con sus primeros grupos Beat como The Squires. Es una forma, que aunque en principio suene morrocotuda y oceánica (son cientos y cientos de canciones) nos acerca a un artista canadiense que, como sus compatriotas Joni Mitchell y The Band, definió como pocos ese género estadounidense por excelencia llamado con rigor tautológico pero también con justicia, Americana: la amalgama del folk, el góspel y el blues, todo sazonado con swing. Un cantante, compositor, guitarrista, harmoniquista y eventual pianista que sigue dando obras maestras como el disco Harvest Moon en los 90 o el más reciente Prairie wind. Una manera de explorar la obra de un músico que fue versionado por Johnny Cash, Nick Cave o Radiohead.

Un caballero llamado Percival

Neil Percival Young nació en Toronto, Ontario, el 12 de noviembre de 1945. Los Neil Young Archives nos dan un vistazo de sus comienzos con su grupo adolescente The Squires: Un rock garagero, surfer y de toques hawaianos. Vale la pena detenerse en la canción I wonder, pura invasión british de la época o en canciones como Aurora y el demo de Sugar Mountain, una muestra de su joven talento del artista y de la que también encontramos una versión en vivo de 1969, en vivo en Toronto. El siguiente grupo de Young fue Mynah Birds, de los que más tarde surgirían los fundadores del grupo Steppenwolf y para buscar información de cualquiera de las encarnaciones de Young, los archivos ofrecen varias modalidades de búsqueda: el simple botón de search que permite buscar por canción, álbum o agrupación según la época y que nos conduce a información detalladísima sobre una entretenida plataforma de diseño vintage (como los viejos ficheros mecánicos alfabéticos), pero también a través de una línea de tiempo. La Timeline es una cronología que recorre desde los años 60 hasta la actualidad.

For what it´s worth: el sonido de Vietnam

Algo está pasando aquí.
Y no está del todo claro.
Hay un hombre con una pistola por allí
Diciéndome que tenga cuidado.
Creo que es hora de parar.
Chicos, ¿Qué es ese sonido?

Formación de Buffalo Springfield, con Neil Young en el centro
Formación de Buffalo Springfield, con Neil Young en el centro

Young viaja a California y forma Buffalo Springfield, junto a Stephen Stills, antiguo compañero de escenarios canadienses. Se trata de su primer grupo de trascendencia y del grupo que junto a The Byrds fue pionero del sonido folk-rock politizado de la época (con parte de The Byrds luego formaría el Crosby, Stills, Nash & Young). Fueron tres discos muy buenos y varios intentos de reencuentro en las décadas venideras (con varias bajas a cuestas), pero sobre todo un disco debut contundente, que contaba ya con cinco composiciones de Young y uno de las grandes canciones contra la invasión en Vietnam: For what it´s worth, de la pluma de Stills, aun sigue repiqueteando inspirada, un llamado a parar la guerra que todavía suena creíble. En los archivos pueden escucharse tanto la versión original, como otras en vivo que llegan hasta el 2008, lo que prueba que se trata de un clásico de (o por) Young de largo aliento.

Buffalo Springfield Again, segundo disco del grupo ya contaba con lo que serían algunos de los éxitos imperecederos de Young: Mr. Soul, Expecting to Fly y Broken Arrow. El primero -que usaba el riff principal de (I Can’t Get No) Satisfaction de The Rolling Stones– serviría para demostrar como Young podía convertir un rock n roll de fuga hacia adelante en una canción folk y noir. Y los archivos ofrecen el encanto de comprobarlo a través de varias versiones: Una trasposición de lo acústico a lo eléctrico (o viceversa) que sería el procedimiento ejemplar en toda su carrera. Basta escuchar la versión de Mr. soul para su disco MTV Unplugged. La segunda y el tercera canción, capitales en su obra (su rancho privado se llama Broken arrow) nos enseñan algo aún más curioso sobre su poesía y su prosa: un espíritu ancestral y ornitológico, un autor para el que el folklore, las aves (el volar) y la libertad están íntimamente conectadas. ¿Ejemplos? Expecting to Fly, Birds, Danger bird, High flyin bird, Flying on the ground is wrong, su grupo de los comienzos Myna Birds o el ave en la tapa del disco Zuma.

¿Estás listo para el country?

Cronológicamente hablando, Neil volaba alto y no le alcanzaba con compartir un grupo. Su álbum debut, el homónimo Neil Young (con una ayudita de Ry Cooder y la producción de David Briggs, que sería su principal colaborador en el sonido de sus discos) es ya un disco solidísimo que incluye temas como The loner y I’ve been waiting for you (y de éste en los archivos podemos escuchar una mezcla de audios inédita). Si se observa las versiones que tendría ésta canción en el futuro (nada menos que por Dinosaur Jr., Pixies y David Bowie) podría decirse que en aquella ópera prima Neil ya miraba al futuro con un oráculo infalible. Y The best is yet to come, como cantara Sinatra: a partir de allí, y mientras su éxito con Crosby, Stills, Nash & Young no cejaba, 7 discos intensos, todos ellos disponibles en estos archivos y en versiones remasterizadas. Un primer canon-cancionero de Young, desde su disco debut hasta Zuma, donde muchas tradiciones conviven.

De izquierda a derecha, Neil Young, David Crosby, Stephen Stills y Graman Nash, quienes atisbaron el cuadrilátero perfecto en discos como "Dejà Vu"
De izquierda a derecha, Neil Young, David Crosby, Stephen Stills y Graman Nash, quienes atisbaron el cuadrilátero perfecto en discos como “Dejà Vu”

Una de la leyendas de las que Young echó mano, no fue la del cowboy o a la del outlaw proscrito, si no a la del indio. Los tiempos estaban cambiando como cantaba su colega Dylan, y al son de la protesta contra Vietnam, el revisionismo histórico reconocía las masacres indígenas en los libros de texto estudiantil o en films “anti-western” como Little big man. Inspirado en la mítica leyenda del cacique Caballo Loco, Young recluta a los que serían los miembros de su grupo más estable y los bautiza Crazy Horse. Young traspasa la frontera de la canción Americana y funda su propia tribu de creaciones acústicas y eléctricas: durante décadas galopará con los Crazy Horse, una banda simple y radical de guitarra, batería y bajo que renace en cada disco y década tras década. Entre esos músicos de apellidos latinos (como Molina y Sampedro) también encontraría una veta autoral que aún hoy resulta sorprendente para un músico nacido en Ontario, Canadá: sí, Young, desde hace 40 años, compone canciones que se llaman Ride my llama, Cortez the Killer, Like an Inca o Pocahontas. Nombres con raíces o palabras hispánicas y latinas muchísimo antes de que EE. UU. se enamorara de lo “latin” a través de Ricky Martin, Macarena o Despacito.

Tras el temerario pero exitoso segundo disco, Everybody Knows This Is Nowhere, con sus largos solos de guitarra, adelantados en su anarquía a la explosión del punk y con esas alteraciones sónicas de las cuales abrevaría el pulso sónico de los 90, llega el perfecto After the gold rush. Luego de la orgía de sonidos, una calma inquieta: el flugelhorn por Bill Peterson en la canción que da título al disco es tal vez, junto a la orquestación de Penny Lane, uno de los más simples y memorables arreglos de viento de la época. Basta escuchar como la fina voz Young canta (atención a la versión del bootleg, Live at the Cellar Door, apenas piano y voz): “Look at Mother Nature on the run, in the nineteen seventies.”… Young contempla esa naturaleza americana desnuda, pero esta huye. Y él, aunque joven, ya no puede alcanzarla. Aún faltaban décadas, pero allí estaría el brote de los músicos alienados y pacientes, extraterrestres y hermosos, como Thom Yorke que cantaría su propia versión de esta gema maestra. O los Flaming Lips, que inspirados en este desenchufado dolor youngiano, compondrían canciones como Chewing the apple of my eye. El amor nos destrozará de Joy Division y todo ese pop “dark” aún parece muy lejano en el tiempo, pero el canadiense sabe. Sabe que sólo el amor puede romper los corazones, como canta en Only love can break your heart (en los ficheros de su web podemos encontrar al menos cuatro versiones diferentes). Neil Young, siempre ha sido, como Iggy Pop o Lou Reed, un artista en el lugar apropiado pero adelantado a su tiempo, tendiendo puentes para que las generaciones venideras se alimenten de su manantial creativo.

En 1972 llegaría el disco Harvest. Un paseo por el country, una invitación a la ancha y vasta EE. UU. con la canción Are you ready for the country como todo soundtrack de los urbanitas que aún sueñan con huir de la metrópoli pero no se animan. Con arreglos orquestales incluidos, fue el disco que le conseguiría su único número 1 en las radios, con Heart of gold. Pero allí, en ese disco, está sobre todo The Needle and the Damage Done. La canción sobre la adicción y el daño. Daño desgraciadamente ya casi hecho, porque el guitarrista de los Crazy Horse, en quien se inspiró Young, Danny Whitten, moriría de sobredosis un año después de la grabación. Es una obra épica, completamente desnuda (tanto en los arreglos como en la honestidad de su mensaje): “Canto esta canción porque amo al hombre… cada adicto es un sol que se apaga“. Tiene el realismo ‘burroughsiano’ de El almuerzo desnudo y porta una imagen musculosa en la que casi se puede ver los lerdos filamentos de la hemoglobina entrando en la aguja hipodérmica de la heroína. Young también nos dice: “Milk-blood, to keep from running out” (“leche- sangre, para evitar que se acabe“). Su tono nos hunde en un precipicio. Y en la unión de esos sustantivos (“leche y sangre“), Young crea uno nuevo, biforme e inseparable. La historia de la canción conoce pocos momentos así. Vale la pena la interpretación que hace Young en vivo en 1971 en el Massey Hall, a menos de un año de su lanzamiento y con un público que la reconoce al instante.

‘Living with war’

Pero, además, parte de estos discos tendrían, nuevamente, consecuencias políticas. No sólo el clásico Ohio, junto a sus compañeros de Crosby Stills, Nash & Young sobre la masacre en la universidad de Kent, sino también la crítica al sur más rancio y segregacionista tuvo una reacción: la notable canción Sweet Home Alabama. Allí, el grupo Lynyrd Skynyrd le cantaba y contestaba, bandera confederada al hombro, a canciones como Alabama y Southern man en las que Young criticaba al Sur: “Espero que Neil Young sepa / el hombre sureño no lo precisa por estos lares nunca más“.

Después de discos seminales y corrosivos como Rust never sleeps y Rust live de 1979, la década del 80 no sería considerada la década más creativa del prolífico Young (aunque vale la pena revisar entre los archivos discos como Hawks & Doves y Old ways). Pero la semilla de la semilla ya estaba plantada con la canción Hey, hey, my, my en sus versiones eléctricas y acústicas. Y ese gesto anti-oxido de Neil, anticipado y siempre a la vuelta de la esquina del cambio de década, vuelve en 1989 con Keep on rockin’ in the free world: la prefiguración del movimiento grunge y el renacimiento de los Crazy Horse con el disco Ragged Glory, de 1991. Después de esa rebelión sonora efervescente, llegaría el acústico, perfecto y ajardinado disco Harvest Moon, guiño al disco Harvest. Una invitación a escanciar el nuevo té de la cosecha de Young.

‘Not forgotten’

Detenerse en cada disco y canción llevaría cientos de párrafos. Aunque audiovisualmente lo han contado mejor directores de cine como Jim Jarmusch (en la muy buena Year of the horse) o la trilogía documental de Jonathan Demme (que aún no se encuentran disponibles en los archivos aunque las palabra preliminares del sitio anuncian que se podrán ver pronto). En los 2000 Neil Young sobrevivió a una operación de aneurisma y siguió arrojando discos excelentes, grabados en estudio y sonando como una usina nueva: en Living with war, The Monsanto years o el nuevo The visitor (con su crítica a Donald Trump en el single Children of Destiny) sigue mostrando un espíritu ecológico y politizado inquebrantable.

Neil Young, en 1974, durante su concierto en el Wembley Stadium
Neil Young, en 1974, durante su concierto en el Wembley Stadium

Aire, tierra, fuego, viento: Neil Young es, por qué no, el quinto elemento de la naturaleza musical norteamericana. Entre la madera (guitarra acústica) y el metal (viola eléctrica) de los elementos del taoísmo chino, en un mismo genio oscilan la quietud y la furia, baladas y rock and roll. Young muerde las palabras antes de soltarlas o las sopla, tiernamente, como un chico: y hace de ventrílocuo musical de América del Norte, tanto del silencio pastoral de sus aborígenes como del estruendo de sus gobiernos. Un músico de un metro ochenta que en los escenarios parece gigantesco y que descuajeringado, aporrea su guitarra a los 72 años como si tuviera 20, que rockea al borde de un mundo sulfatado con grandeza destartalada. Todos las canciones (demos, ensayos, en vivo) son el audio veritè de un conductor musical que porta un combustible creativo continuo. Escuchar cada uno de ellas es recorrer la cinta oscura del asfalto de una road-movie que no queremos que jamás llegue al final del surco.

Las chicas guapas cavan tumbas

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The Smiths, en 1983
The Smiths, en 1983

Duraron sólo cinco años, un suspiro musicalmente hablando. Décadas después, The Smiths, banda de culto y estandarte de los 80, continúa siendo uno de los grupos más influyentes de la historia de la música aunque les duela a los detractores de Morrissey.

En 1984 se empezaban a escuchar los primeros acordes de este cuarteto de Manchester de indie rock cuyas letras marcaron y marcan a varias generaciones. Lo hicieron primero en vinilo y no faltan ahora en los formatos mp3.

Su incursión fue fulgurante. La crítica les cubrió de elogios aunque también hubo quien se enojó ante el contenido de las letras, a la vez irónico, corrosivo a ratos, y sobre todo provocador en un primer álbum que llevaba el nombre del grupo y que vio la luz el 20 de febrero de 1984.

Referencia obligada de esa década, The Smiths (el disco) llegó al número 2 de las listas inglesas. Y ahí comenzaba una leyenda con su irreverente solista, Steven Patrick Morrissey, el guitarrista Johnny Marr, Andy Rourke -que reemplazó a Dale Hibbert en el bajo y con el cello-, y Mike Joyce, batería y coros.

La relación entre Marr y Morrissey, uno de los tándem más prolíficos de la historia del rock, surgió dos años antes, cuando un Marr de 18 años se presentó sin avisar en la casa de un tipo solitario del barrio de King´s Road, en Stretford (Manchester).

Ese chico huraño, 5 años mayor, y con una habilidad excepcional para encadenar ironías era Morrissey, a cuya personalidad e incuestionable talento está íntimamente vinculado el éxito de la banda.

Estética híbrida, aires excéntricos, tendencia casi obsesiva hacia la cultura pop y la singular característica del solista para jugar con el surrealismo de sus letras convirtió al grupo, pero sobre todo al carismático Morrissey, en todo un símbolo.

Fue precisamente él, que no cae precisamente simpático a todo el mundo, que genera a la par rechazo y devoción, el que elevó al cuarteto a otra dimensión más filosófica, más profunda, y plagada de incontables referencias literarias -“Pretty Girls Make Graves”, una cita del escritor Jack Kerouac, dio nombre a uno de los temas-.

“No importa lo que tú escribas en la letra de una canción para definir el amor o el odio. Morrissey siempre lo hará mejor”, comenta sobre él Noel Gallagher, el vocalista de Oasis y otro personaje polémico dentro del mundo del rock and roll.

Tímido recalcitrante pero con una voz inconfundible, el solista siempre fue una persona “rara”, según su propia definición, y su gran vínculo con la sociedad era, sin duda, la música.

Por ello en The Smiths halló su refugio y el catalizador con el que mostrar al mundo su verborrea hilarante, jocosa, sarcástica, con la que retuerce el amor y desata su lado oscuro y morboso. Unas letras con las que, sobre todo, se niega a ser convencional, se ríe del mundo y se vuelve nostálgico hasta las lágrimas.

Tras el primer trabajo que le abrió la puerta a una legión de incondicionales llegaron nuevos éxitos.

Su sencillo “Heaven Knows I´m Miserable Now” fue la primera canción que se coló entre los diez primeros puestos de las listas y con otros temas como “William, It Was Really Nothing” o “How Soon Is Now?” se granjearon la admiración desmedida de un público atónito y fascinado.

En 1985, sacaron “Meat Is Murder” y, un año después, llegó “The Queen Is Dead”, considerado uno de los mejores trabajos de la historia de la música por revistas como NME.

Con turbulencias internas de fondo, la banda publicó “Strangeways, Here We Come”, (1987), que incluye “Shoplifters of the world”, uno de los temas favoritas del solista y que fue el último tesoro de la formación antes de evaporarse.

Su desaparición dejó un reguero de “fans” inconsolables y un sinfín de imitadores. Sólo hay que echar un vistazo rápido a letras de gente como Kaiser Chiefs, Alex Turner, el solista de Artic Monkeys o los ya extintos Libertines. La influencia está ahí.

Si bien los miembros de los Smiths han continuado con sus proyectos en solitario, los rumores de un hipotético regreso de la banda no han cesado. Por el momento, se trata sólo de un deseo de nostálgicos.

Tupelo Bound, el largo y polvoriento camino

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De izquierda a derecha, Max Fernández (guitarra), Paco Báez (voz) y Juan Téllez (batería), quienes aderezan con música todo tipo de encuentros sociales y rescoldos para la audición solitaria. Se hacen llamar Tupelo Bound
De izquierda a derecha, Max Fernández (guitarra), Paco Báez (voz) y Juan Téllez (batería), quienes aderezan con música todo tipo de encuentros sociales y rescoldos para la audición solitaria. Se hacen llamar Tupelo Bound

En tiempos de incienso y peppermint, una barriada malagueña fue bautizada en honor del ministro franquista José Antonio Girón. En uno de los habitáculos de aquel núcleo de civilización se fraguó, entre el inagotable jolgorio de aquellos que jalean a la juventud, una etiqueta sórdida, la marca a fuego hiriente sobre un astado que rompe la baraja, levanta la pata y orina apuntando al maestro de faena. No, esta no es una historia de tauromaquia, ni un cuento sobre señores que huelen a Pachuli. Es una parábola sobre el atavismo y la bonhomía en la música, concretamente en esa manifestación que se dio a conocer como Blues y de la que han emanado rabiosos ritmos de actualidad y huidas más allá de la puerta verde.

Tres hombres encerrados en una pequeña habitación. Paco Báez, con los bolsillos llenos de pasión; Don Francisco de todos los aullidos; un cantante de voz de esparto; rasca, rasca, que sangrarás. Báez fue lead singer en The Blackberry Clouds. Sus desgarros iniciales evocaban a Ian Gilland, pero pronto le llamó el olor de la fosa séptica. Nada de saneamientos, directo al pozo ciego. No se sabe si por una genética ubicada en las profundidades de Granada o porque, simplemente, la futilidad del inexacto destino a todos nos envuelve, acabó por sentenciar por derecho en las mazmorras que recuerdan que una vez hubo invidentes en el Blues y cojos en el Flamenco.

Max Fernández procesionaba interiormente sus apetencias musicales, que navegaban desde el Rock sin ropa interior hacia el hiptótico vaivén de la Fiesta de los Verdiales, así como el ectoplásmico ‘quejío’ de Manuel Vallejo. Tuvo la suerte de aprehender de su hermana los doce pulgadas de la vanguardia musical de los primeros ochenta del pasado siglo. Han pasado casi 40 años de aquellas lisergias, más o menos el tiempo en que agotan su vida los más afortunados pululantes de Sierra Leona. En la pócima de Max entraron The Cure, Bauhaus, el balido de Chiswick Records y el Rock and Roll acelerado de los Sex Pistols. Algunos llamaron a estos últimos adalides del Punk, un cliché que alivió el tránsito hacia el adocenamiento de sus impostores y llenó de burbujas a toda una generación, dotando a la guitarra de Fernández del furor y el delirio derivados de tamaña mescolanza.

El tercer hombre en aquel instante era el baquetista y nada ‘baguettista’, Antonio J. Martín, un batería de manantial progresivo que se había impregnado del loco mundo psiquedélico. La pregunta del cónclave no fue encaminada hacia los discos que cualquiera de ellos hubiese escuchado en el fin de los tiempos, pero casi. Así que la talla 38 fue calzada por un pie del 40. Porque de Nick Cave a Charlie Patton dista un paso hacia atrás. Y de The Beasts of Bourbon a Juan Breva hay un fox-trot.

Y el triunvirato parió a Tupelo Bound.

Su llanto provenía de un reproductor de mp3 reconvertido a grabador, cuyos registros encajaban con la imagen borrosa de Blind Lemon Jefferson y Antonio Chacón. Mientras, la humanidad sentenciaba a muerte a la farsa de la música para adolescentes.

Desde entonces, estos peregrinos del desierto cuentan en su haber con varias maquetas y tres Long Plays. Los dos primeros son “The Two Barrels Appreciation Day” y “Hounds of Misery”, flagrantes homenajes a pantalones sucios, sudor y cactus. En ambos, Paco Báez y Max Fernández están acompañados por Damian Howson, el intrépido segundo batería de la banda. Con esta alineación, los Tupelo se balancean con placentero desdén entre los Blues del pantano y el hematoma australiano que no cura y se gangrena como Rock.

Tras la marcha de Howson, Tupelo Bound andaban buscando a quien atizase la percusión. Y han hallado a Juan Téllez, un sendero encaminado a la selva. El actual batería del combo echó los dientes entre portadas presidiarias de Robert Gordon y Punk neoyorquino, y es capaz de encontrar la misma esencia en las grabaciones del sello Red Bird y en la Beatlemanía Flamenca de Emi Bonilla. Debido a que su espectro es tan amplio, no se amilana ante casi nada. Hay quien sube y baja, no es el caso de Juan Téllez y su sombra, Juanillo. Él busca la ola perfecta. Anduvo cerca de ella en “Buried Alive: Live at el Juglar”, el tercer y hasta la fecha último registro de los malagueños.

A lo largo de los tres últimos años, Paco Báez, Max Fernández y Juan Téllez acumulan andanzas, vericuetos y requiebros. Han cantado al amor y a la ciénaga, y siguen entonando en su eterno homenaje a Elvis. Con todo este segmento recorrido, queda claro que estos pendencieros hablan el mismo lenguaje musical y miran al horizonte con escéptico hermanamiento. Es altamente improbable que Tupelo Bound alcancen los ‘charts’, dado lo arriesgado de su apuesta y la querencia de la jauría hacia modelos plausibles, si bien su camino es honesto y el caudal creativo que atesoran presagia una evolución ya palpable hacia la búsqueda de las tinieblas sin salir de ese arcén en el que tan cómodos se encuentran.

Hey, Jude, alarga el final todo lo que puedas

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Imagen de The Beatles en 1968, año de edición de "Hey Jude"
Imagen de The Beatles en 1968, año de edición de “Hey Jude”

Hey Jude”, que llevaba en su cara B “Revolution”, fue el primer disco de los Beatles editado en su propio sello, Apple, y salió a la venta el 26 de agosto de 1968 en el Reino Unido, donde fue número uno durante tres semanas consecutivas.

A pesar de que la duración de la canción duplicaba la extensión media de los singles de la época -lo que asustó a algunas emisoras-, “Hey Jude” se convirtió en un éxito planetario.

A finales de 1968 ya había vendido más de cinco millones de copias en todo el mundo, tras un paseo triunfal por las listas de Estados Unidos, Europa y Asia.

La canción fue compuesta por Paul McCartney y John Lennon llegó a considerarla como la mejor creación de su socio artístico.

McCartney ha contado en varias ocasiones que la idea del tema surgió durante una visita que hizo a Cynthia Lennon, que afrontaba el proceso de divorcio de John -quien ya convivía con Yoko Ono-, y a Julian, el hijo del matrimonio, que tenía cinco años por entonces.

La canción surgió como un intento de dar ánimos al niño. De hecho, McCartney -que por entonces rompió con su novia, Jane Asher- compuso la melodía cantando “Hey Jules” -diminutivo de Julian-, si bien luego cambió ese nombre por el de Jude (“Oye, Jude, no lo estropees/Toma una canción triste y mejórala”, comienza la letra).

Sin embargo, cuando su autor tocó por primera vez el tema ante Lennon y Yoko, John se sintió tan identificado con la letra que pensó que hablaba de él. Mantuvo esa opinión el resto de su vida.

Por aquella época tampoco las relaciones entre los miembros del grupo pasaban por su mejor momento.

Los Beatles habían iniciado el 30 de mayo en los estudios londinenses de Abbey Road su proyecto más disgregador, aunque también uno de los más ricos artísticamente: la grabación del Álbum Blanco.

En mitad de aquellas sesiones, en las que en ocasiones cada miembro del grupo hacía su labor en estudios separados y donde las tensiones llevaron a Ringo Starr a abandonar la banda durante unos días, los Beatles comenzaron a trabajar en “Hey Jude” el 29 de julio.

Desde el principio el grupo tuvo claro que la canción no formaría parte del “Álbum Blanco” y que sería publicada en un single aparte.

El “crescendo” de la canción marcó época. El tema se abre con el piano y la voz de McCartney a los que se van uniendo, uno por uno, el resto de los instrumentos, comenzando por las guitarras de Lennon y George Harrison y la batería de Ringo Starr

“Hey Jude” termina con una orquesta de cincuenta músicos y las voces de McCartney, Lennon y Harrison, unidas en un eterno final de cuatro minutos.

Lennon tuvo que ceder la cara A del single a “Hey Jude” en detrimento de “Revolution”, una composición suya con la que trataba de que los Beatles fijaran una posición sobre la guerra de Vietnam y los acontecimientos del 68.

La “Revolution” que apareció en este single era una versión agresiva del tema que los Beatles habían grabado para el “Álbum Blanco”, que salió a la venta en noviembre de 1968.

Lennon introdujo guitarras distorsionadas y aceleró el ritmo de la canción, con la intención de hacerla lo suficientemente atractiva como para ser editada como cara A de un single, pero se encontró con la oposición de McCartney y Harrison, quienes la consideraban demasiado arriesgada.

John Lennon se vengó de sus compañeros colando en el “Álbum Blanco” un experimental “collage” sonoro que mezclaba un centenar de cintas y voces, y al que llamó “Revolution 9”.

Presley en las distancias cortas

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Elvis Presñey, junto a su admiradora Barbara Gray y su primo, Junior Smith, quien por aquel entonces era guardaespaldas del Rey del Rock
Elvis Presley, junto a su admiradora Barbara Gray y su primo, Junior Smith, quien por aquel entonces era guardaespaldas del Rey del Rock

Tan solo tenía 21 años y aún no había entrado en la leyenda de la música. Faltaba poco para que se convirtiera en la mayor estrella del momento, pero cuando el fotógrafo Alfred Wertheimer comenzó a seguir a Elvis Presley en 1956, su fama aún no había trascendido de su sur natal.

Fue el año de la explosión, de sus primeros números uno, de su primera película, de sus primeras apariciones televisivas…el año en el que comenzó a forjarse un mito cuyos primeros pasos se pueden ver en “The Making of Elvis”, una recopilación del trabajo de Wertheimer que publica Taschen.

Una edición trilingüe inglés, francés y alemán, de gran formato (31,2 x 44 centímetros) y 418 páginas que recoge una selección de las casi 3.000 fotografías que Wertheimer tomó aquel año en el que siguió a Elvis, además de algunas de las que realizó en 1958 durante el servicio militar del cantante en Alemania.

En 1956 Elvis era un “crooner” emergente que llegaba de Memphis con ganas de comerse el mundo. En noviembre del año anterior le habían nombrado el “artista masculino más prometedor del año” y había firmado un contrato con RCA Victor por 40.000 dólares, una cifra escandalosa para la época.

Pero la gran promoción y la grabación de su primer disco comenzaron en enero de 1956 y ahí entró en juego el fotógrafo alemán Alfred Wertheimer.

“¿Elvis qué?” fue la respuesta de Wertheimer cuando la compañía RCA Victor le ofreció fotografiar al joven artista.

El alemán se convirtió en su sombra durante todo el año y tuvo acceso ilimitado al cantante, lo que le permitió crear “un retrato penetrante de un hombre preparado para llegar al estrellato”, señala el prólogo del libro, que destaca “lo extraordinario de su intimidad y lo incomparable de su alcance”.

Imágenes multitudinarias de conciertos, como el celebrado en Russwood Park (Memphis) en julio de ese 1956 se combinan con otras más reservadas y menos conocidas del cantante, como las que el fotógrafo tomó en un tren que le llevó de Nueva York a Richmond (Virginia), donde tenía dos conciertos.

Elvis leyendo cartas de sus fans; subido en una moto al más puro estilo Marlon Brando en “The Wild One”; firmando autógrafos; peinándose frente al espejo de un baño o en una piscina, despeinado y con cara de pocos amigos.

El fotógrafo se metió en sus conciertos, en sus ensayos al piano, le siguió en sus paseos, mientras leía el periódico o cuando tomaba un refresco con unos amigos.

“Durante el primer concierto, mientras había otras actuaciones en el escenario, por un momento perdí de vista al cantante para encontrarle con su cita al final de un pasillo oscuro. Estaban tan concentrados que era invisible para ellos, pero mi cámara congeló aquel instante en una fotografía conocida como ‘El beso'”, recuerda Wertheimer de una de sus imágenes más conocidas.

También relata el día que llegó a un loft de Manhattan para fotografiar el ensayo de Elvis de cara a su actuación en el show televisivo de Steve Allen.

“Elvis cantaba y tocaba gospel en un piano en una esquina de la habitación, bajo la atenta mirada de su primero Junior Smith (…) Elvis prefería tocar música rodeado de gente que le escuchaba en silencio”.

Momentos recogidos en el libro, como también el que marcó el punto de inflexión en su carrera, su aparición en el Ed Sullivan Show, el más famoso de aquel momento.

Más de 60 millones de espectadores vieron aquel programa de televisión y la interpretación de “Love me tender” generaría un récord de pedidos por adelantado, que alcanzaron el millón de copias.

En ese momento Elvis se convirtió en una estrella. Las fotos de Wertheimer son un exhaustivo documento de esos meses que hicieron millonario al joven cantante y que llevaron al rock and roll a lo más alto de las listas de éxitos.

Imágenes que se complementan con los diseños que para muchos de los conciertos realizó la imprenta Hatch Show Print, una de las más conocidas de Estados Unidos y en activo desde hace más 130 años (se creó en 1879) en Nashville (Tennessee).

Un póster con la misma grafía que se usaba en la década de los cincuenta abre cada capítulo de un libro que sale a la venta con una tirada limitada de 1.956 ejemplares a un precio de 450 libras (700 dólares).

Además de dos ediciones de coleccionista de solo 125 ejemplares cada una, que incluyen una impresión de “Kneeling at the Mosque” o de “The Kiss”, dos de las fotografías más emblemáticas de aquella primera época de Elvis, con un precio de 1.000 libras (1.800 dólares euros).

Un libro que ayuda a entender el fenómeno de Elvis, la revolución que causó con su estilo absolutamente rompedor. Fue la primera estrella mundial de la música del siglo XX y marcó un antes y un después. Porque como dijo John Lennon y recoge el libro: “Antes de Elvis no había nada”.