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Punk primigenio en tierra de incas

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El nombre original del grupo era Sádicos, pero por autocensura le quitaron la d, con lo que además sonaba como el inglés Psycho, es decir psicótico. Al menos esa es una de las versiones que circulan
El nombre original del grupo era Sádicos, pero por autocensura le quitaron la d, con lo que además sonaba como el inglés Psycho, es decir psicótico. Al menos esa es una de las versiones que circulan

El documental Saicomanía aborda los mitos y leyendas que rodean a ‘Los Saicos’, grupo cuya fulgurante trayectoria en la Lima de 1965 ha mantenido durante décadas una pregunta: ¿Realmente el primer grupo punk es peruano?

Antes de que los MC5 de Detroit grabaran su primer sencillo y de que James Newell se convirtiera en Iggy Pop, cantante y líder de ‘The Stooges’, cuatro jóvenes hacían temblar los teatros de Lima en las matinales de los domingos al ritmo de canciones como Demolición, Cementerio, Fugitivo de Alcatráz o Salvaje. Pero, ¿por qué este grupo, con un sonido directo, espontáneo y adelantado a su tiempo fue olvidado al poco de disolverse y ha pasado desapercibido para la historia de la música mundial?

Hector Chávez, director de Saicomanía, tuvo su primer contacto con el grupo cuando en una tienda de vinilos del centro de Lima el vendedor le ofreció un antiguo sencillo de una banda peruana al exagerado precio de 100 soles (39 dólares o 28 euros). Por supuesto, se trataba de ‘Los Saicos’. La novedad impulsó a Chávez a interesarse por aquel grupo para descubrir más tarde que aquellos cuatro peruanos eran todo un fenómeno entre los coleccionistas. De esto surge la idea del documental, un proyecto “autofinanciado” que le ha llevado a entrevistar a personajes que van desde Adam Renshaw, fundador y director de la revista “Punk” al propio Iggy Pop.

Trayectoria fulgurante

El origen del grupo se remonta a 1964, cuando Pacho Guevara, Edwin Flores, Rolando Carpio y César Castrillón decidieron en el barrio limeño de Lince, donde hoy existe una placa para celebrar aquella decisión, que la mejor forma de divertirse y conocer chicas era crear un grupo de rock.

“Nosotros nunca intentamos proyectarnos, hacer algo nuevo. Nosotros hacíamos lo que sentíamos, sin ninguna intención futura”, señala Pancho Guevara, batería de ‘Los Saicos’.

La trayectoria del grupo fue tan fulgurante como breve. Fue terminar su primer concierto, bajar del escenario y recibir ofertas para tocar en televisión y grabar su primer sencillo. Sin embargo, algo más de un año y seis discos después, la banda se disolvía, justo en el momento en que aparecían ofertas para tocar en Argentina y México. Los integrantes del grupo decidieron que ya era hora de terminar la universidad y comenzar a trabajar. Tuvieron que pasar 30 años y una cinta de casete fue todo lo necesario para que finalmente el grupo fuera escuchado lejos de Perú.

Cuenta Guevara que a finales de los años 90 alguien llevó una cinta del grupo a Radio Nacional de España, donde programaron una de las canciones. El éxito fue tan grande que poco tiempo después se editaba en ese país una recopilación de todos sus discos. “No me lo explico, no tengo forma de explicármelo, pero me parece asombroso lo que ha ocurrido”, asegura entre risas Guevara.

‘Demolición’ como himno

El músico Gonzalo Alcalde, uno de los mayores expertos en la obra de ‘Los Saicos’, explicó que la reivindicación del grupo en Perú data de la escena punk de los años 80, cuando Demolición pasó a convertirse en himno y el grupo reclamado como el primero punk (o “protopunk”) de la historia.

“En Perú hubo mucho rollo en los años 80 de reivindicar esa canción porque se vio en ella un tema revolucionario”, recuerda Alcalde, pero el músico lo considera un error, ya que el grupo carecía de toda intención política. En su opinión, para los integrantes del grupo “era algo adolescente, divertirse y mandar el mundo a la mierda. Pero eso, los hace aún más sorprendentes, un grupo que escuchaba la música más normal de entonces, Elvis, ‘The Beatles’, y que sin embargo logró hacer algo tan salvaje y particular”.

Chávez coincide: “Lo del año es crucial, importantísimo, si hablamos de ‘Los Saicos’ es por eso, si la música la hubieran hecho a finales de los 60 no estaríamos conversando ahora”.

Para Alcalde, calificar al grupo de precursores de la música punk es “una tontería”, ya que a pesar de su particular sonido es imposible que llegaran a influir a otros grupos por la sencilla razón de que “nadie los conoció entonces fuera de Perú”. Sin embargo, hoy en día su “long play” es una pieza de colección, fueron el primer grupo de Latinoamérica en grabar sólo temas propios y en castellano y las entradas para la presentación del documental en Lima se vendieron en 20 minutos. Quizá no iniciaron el punk, pero para Chávez y Alcalde, ‘Los Saicos’ son el grupo más importante de la historia del rock peruano.

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Magos del chupa chup lisérgico

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The Blues Magoos, en una foto promocional de 1966
The Blues Magoos, en una foto promocional de 1966

Algunos álbumes atrapan a una banda en un punto de inflexión, un pie en el pasado y el otro dando un paso hacia un futuro desconocido pero prometedor.

Si los Beatles, agotados y hastiados por la constante presión para producir, hubiesen detenido el tiempo un día a fines de 1965, su legado habría sido fácil de destilar: algunos éxitos del pop con alegría adolescente, la “beatlemania” , una película pop clásica, “A Hard days night”… Pero dos álbumes, “Beatles For Sale” y “Help!”, que denotaban cierto cansancio; el antiguo frenesí de sus días de Hamburgo y The Cavern, y “Help!” (grabado en dribs y drabs durante seis meses) canjeados por una reveladora canción de Lennon, el gran single de Ticket to Ride y el éxito marca de la casa McCartney, Yesterday.

Al igual que Buddy Holly, que dejó un legado para la música pop, pero también en los magníficos acordes de “True Love Ways” mejorados con cuerdas, el público especulaba acerca del rumbo que iban a tomar los Beatles: hacia las baladas (McCartney) o hasta música desnuda emocionalmente (Lennon).

Pero “Rubber Soul” de diciembre del 65 fue de nuevo un álbum diferente: un pie en el pasado (economía popular), pero en dirección a ese futuro desconocido y prometedor (In My Life, Norwegian Wood, Nowhere Man).

Revólver, del ’66 estaba en ese futuro desconocido.

Echando la vista atrás, mientras que 1967 es aclamado como el gran año para los álbumes de debut, 1966 fue el momento en que muchas bandas británicas de la primera ola post-Beatles llegaron a su punto máximo: “Aftermath” fue el primer álbum de los Stones enteramente escrito por Jagger-Richards; “Face to Face” de los Kinks; el “A Quick One”, la mini-ópera de The Who. . .

Y en los Estados Unidos, todas las bandas se pusieron al día con la Invasión británica y crearon sus propios estilos distintivos: los Beach Boys con “Pet Sounds”, los Byrds con el álbum “Fifth Dimension” que incluía Eight Miles High; la búsqueda de sonidos de Lovin ‘Spoonful (Daydream, Did you ever have to make up your mind, Summer in the City, Rain on the Roof, Nashville Cats). . .

Justo entonces los singles y los álbumes competían en igualdad de condiciones, pero durante el año siguiente el LP se convertiría en la forma dominante: los Blues Magoos, del Bronx de Nueva York, lanzaron su álbum de debut, que tenía un pie en el pasado y el otro que buscaba un punto de apoyo en un futuro desconocido y prometedor.

Ese álbum fue “Psychedelic Lollipop”, uno de los primeros en usar la palabra “psicodélico” en su título, y  que los llevó a las listas de éxitos con el sencillo clásico de garage-punk We Ain’t Got Nothin ‘Yet.

El álbum mostró que tenían compositores en sus filas: el apunte cualitativo de One By One vino de Ron Gilbert y Peppy Thielhelm (de sólo 16 años en ese momento); otros vinieron de la mano de Gilbert con Ralph Scala y Mike Esposito.

El otro material del disco los mostró con un pie firme en su esencia burbujeante, y otro en el pasado de la sala de baile: cubrían el espectro de James Brown con I´ll go crazy, Tobacco Road, de JD Loudermilk, y la balada Sometimes I think about. Incluso hubo algo de relleno para She’s Coming Home justo al final.

Pero fue más que un debut meramente prometedor y, al igual que con los álbumes de estreno de Moby Grape y Country Joe and the Fish, al año siguiente, Psychedelic Lollipop cubrió mucho terreno, desde rock y soul hasta baladas y pop.

Entonces, ¿dónde estaba el gen “psicodélico” y las insinuaciones de aturdimiento que conquistarían el mundo sólo seis meses después? Por extraño que parezca, fue en su tratamiento de la familiar Tobacco Road, que cuenta con una parte de guitarra sesgada de Esposito. Consiste en un emocionante viaje en solo cuatro minutos y medio.

Gracias a “Electric Comic Book”, The Blues Magoos se ganaron una plaza como teloneros de The Who y Herman´s Hermits (de estos últimos en una gira “mundial”), y si bien el álbum no apareció en las listas de éxitos, podría decirse que es una colección interesante y que mantenía el sesgo de la apertura.

Su distintivo sonido de órgano y guitarra era más integrado y experimental. Pipe Dream abundaba en el viaje y las lisergias que, sin embargo, vivían atrapadas en temas excesivamente cortos si se les compara con la avalancha experimental que se avecinaba.

Incluyeron algunos rellenos de factura superficial mientras exploraban el formato del álbum conceptual (típico del período): en la cara A con el guiño a Zappa Intermission, y cerrando la cara B con That’s All Folks, una parodia centelleante del tema de Looney Tunes.

Otras pistas como Life Is Just a Cher O’Bowlies eran frívolas e indignas, o una diversión con drogas, según el punto de vista y el estado de ascensión y ‘rollo’ de quien la escuchaba.

The Blues Magoos también demostraron su interés en mantener esa audiencia en vivo con una versión de seis minutos de Gloria de la banda seminal Them (entonces un estándar en vivo para muchos conjuntos), que en cierto modo traicionó sus raíces de banda de garaje y replicó el estilo de Tobacco Road.

Todas las canciones de “Electric Comic Book” son cortas. Aparte de Gloria, solo una más rompió la marca de los tres minutos (Let’s Get Together por apenas tres segundos). Era como si ya no pudieran estirar más el chicle, así que cada lado corrió a poco más de 15 minutos.

De este modo a pesar de las buenas sensaciones, el hecho de tener cierto pedigrí en la composición, moverse en un un sonido que abarcaba una horquilla relativamente amplia y firmar un debut que tenía un pie en el pasado y otro en el futuro inminente, los Blues Magoos nunca lograron despegar.

Su historia termina efectivamente allí, aunque hicieron un álbum más antes de dividirse en el ’68, “Basic Blues Magoos”.

Sin embargo, como con muchas bandas de la época, se volvieron a formar (Castro y algunos nuevos músicos giraron como Blues Magoos durante un par de años y luego se separaron) y en los últimos tiempos casi todos se reunieron para algunos shows.

Su momento, en cualquier caso, se ubica entre 1966 y 1968, un tiempo en el que lograron cierta repercusión internacional gracias, sobre todo, a que sus discos venían avalados por los establos “Mercury Records”. Ello les llevó, entre otras cosas, a aterrizar en España, camuflados entre la vorágine yeyé, con tres fascinantes EPs.

Un pequeño fragmento de su legado sobrevino cuando de Deep Purple con “Black Night” reivindicaron el riff de bajo  de We Ain’t Got Nothin ‘Yet. . . tal como los Blues Magoos lo concibieron, sin vergüenza y con las pupilas extasiadas por la visión de un horizonte musical reluctante.

Los efluvios del rock

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Bailarinas del histórico programa musical para jóvenes "Beat Club"
Bailarinas del histórico programa musical para jóvenes “Beat Club”

Es evidente que la música pop-rock ha tenido una gran influencia incluso en los sectores más indiferentes. Las figuras del rock solían ser los difusores de fenómenos como el uso del LSD, de la popularidad de la meditación trascendental, y del interés por las religiones orientales y el misticismo. La música de rock, sus ídolos y el estilo de vida que crearon en parte, fueron manifestaciones de una toma de conciencia sexual.

Hay una letra de la ópera rock, «Tommy» que sintetiza las implicaciones emocionales de la sexualidad en la cultura pop: «Mírame, siénteme, tócame, cuídame». En ella hay necesidad de reconocimiento, de contacto físico, de estímulo; éstas son las implicaciones importantes de la conducta sexual imperante.

Muchos de los solistas o grupos más conocidos dedicaron gran atención al sexo, ya sea en las letras de las canciones o en el comportamiento en escena. Posiblemente los más influyentes en esto son los Rolling Stones, en la famosa composición suya «Satisfacion» dicen:

Cuando voy viajando por el mundo.
Haciendo esto y cantando aquello,
E intentando encontrar alguna chica que me diga
«chico, mejor déjalo», quizá la semana próxima,
ya ves que estoy perdiendo.
No puedo tenerlo, no, no, no.

La frase «ya ves que estoy perdiendo» se refiere a las chicas que no quieren tener relaciones sexuales porque están en su período menstrual.

También los referidos Stones compusieron una canción, «Stray Cat Blues», hablan en ella de relaciones sexuales variadas, entre ellas relaciones sexuales con las fans menores de edad (trece años).

A menudo el sexo ha sido empleado con motivo de atracción, es el caso de la obra musical «Hair», que despertó atención entre el público por actuar en algunas escenas los intérpretes desnudos. Además las letras son muy explícitas, por ejemplo la titulada «Sodomy».

De hecho sucede que la conducta erótica en escena y los problemas con la ley por esta causa impulsaron mucho la carrera de un artista. El líder de The Doors, Jim Morrison, tuvo frecuentes actuaciones escandalosas hasta su muerte, ocurrida en París de ataque cardiaco. Él fue un líder «político-erótico», en escena hacía una auténtica creación dramática. Dijo en cierta ocasión al principio de su carrera: «Soy afortunado, ya que he encontrado un medio perfecto para expresarme. Cuando canto mis canciones en público es una obra dramática, pero no una obra como las que ponen en el teatro, sino una obra social, una acción real.»

La cantante Tina Turner del grupo de soul Ike & Tina Turner tiene una voz muy amplia y cálida que usa en sus actuaciones de un modo marcadamente erótico, además ella y las coristas del grupo, The Ikettes, empleaban en directo el exhihibicionismo más audaz. También Tina Turner igual que Morrison tuvo frecuentes roces con la ley por esta causa. En esta línea de exhibicionismo están algunos grupos creados en la primera mitad de la década de los 70 del pasado siglo, todos tienen una cantante que actúa de un modo agresivo y sexual, la calidad de todos ellos era penosa, pero a algunos como Mama Lyon, resultaba francamente atractivo verlos en vivo.

Jimi Hendrix, que en sus comienzos perteneció al grupo de Ike & Tina Turner, se hizo famoso en un principio por su extravagante conducta erótica durante la actuación. Jimi Hendrix tocaba la guitarra entre sus piernas, con sus dientes, pegada a su trasero, besándola y acariciándola.

Hay otros muchos casos de fusión entre música y conducta erótica en escena. Por ejemplo, un grupo llamado Black Widow actuó con una chica que entró en trance después de ser azotada y desnudada por el cantante solista durante el número final.

Frank Zappa, director del grupo The Mothers of Invention, fue un maestro en el viaje erótico. El grupo era de los más avanzados musicalmente y Zappa, un teórico de la ideología underground. En una de sus
actuaciones en Nueva York soltó en escena un enorme globo que se hinchó más y más erecto, cuando tenía unos cinco metros estalló en el techo.

El líder de los Rolling Stones, Mick Jagger, es realmente la figura más influyente en cuanto a su comportamiento privado y público. Desde un principio jugó en escena la carta de la provocación por medio de una sensualidad descarada, de este modo rompió moldes a millares y despertó los mayores entusiasmos entre el auditorio; algunos dicen que también provocó destrozos de locales y en su actuación en Livermore durante el festival de música de Altamont, cerca de San Francisco, en 1969, un pequeño grupo de Hell’s Angels encargado de mantener el orden empezó a molestar a la audiencia y un hombre que se les enfrentó murió apaleado muy cerca de donde Mick Jagger actuaba con un estilo parecido al ritual de un chamán.

En su película “Performance” Jagger se revela como un extraordinario actor. Se le puede ver en papel de un correcto hombre de negocios y alternativamente en papel ambiguo de una sexualidad indefinible. En escena despide un fuerte aroma de bisexualidad, el uso del micrófono está impregnado de insinuaciones eróticas, así una cantidad importante de gente se identificaba con él y era idolatrado y capaz de conducir al auditorio a niveles orgiásticos.

A finales de los 60 y los primeros 70 surgió en Inglaterra el movimiento musical llamado «gay power» que se podría traducir como el “poder del homosexualismo” en el campo del espectáculo musical. Los grupos pertenecientes al movimiento aparecía en escena vestidos de mujer, llevan maquillaje, pestañas postizas y a veces minifalda.  De todos los pertenecientes al movimiento los que alcanzaron más notoriedad fueron Lou Reed, David Bowie y Alice Cooper.

«Alice» hablaba así en 1975 de su ambigua conducta sexual: «El público que nos ve no ha tratado suficientemente su propia sexualidad, cuando nos ve le damos que pensar sobre ello. Me gustaría tocar para el Woman’s Lib o para el Gay Liberation en los que mucha gente está tratando de liberarse de los roles impuestos por la sociedad.»

Las Women’s Lib también se implicaron en la música juvenil; sus ideas de ética sexual están expresadas en una canción titulada “Angel of the morning” en ella una chica dice que no la atarán cadenas sexuales y que no confiará en su novio ni dentro de su casa.

En los primeros 70 auténtica subcultura nació basada en la mujer como agresor, en torno a la música rock. Son las llamadas grupistas. La grupista es una chica que se relaciona con figuras de la música juvenil y, frecuentemente, se acuesta con todas las que puede. En este sentido había una verdadera competencia entre ellas por ganarse los favores de las estrellas para luego alardear de sus conquistas. Además existen categorías bien definidas entre ellas. Las más importantes son las que tienen relaciones sexuales con todo un grupo de rock, y van siempre con ellos como una especie de mascotas, en un día pueden tener relación sexual, desde con un miembro del equipo de sonido al cantante solista. Las peor consideradas eran las grupistas que no aspiran más que a tener el mayor número de contactos posibles con personalidades del mundo musical.

Ya lo decía Paul Simon en su famosa y comercial canción “Cecilia”. En ella el amante es inmediatamente reemplazado cuando va a lavarse la cara. El atractivo de estas relaciones está en la consecución de una intensa estimulación, y en la ausencia del sentimiento de culpa en una sexualidad impersonal hay un deshumanizado acercamiento a las relaciones orientado·hacia la sensación y hacia la cosa, este es uno de los pasos más importantes de la cultura o la ideología Woodstock. Se apreció, por ejemplo, este fenómeno en los nombres que tomaron muchos grupos de rock: Cannet Heat (Calor enlatado), Flying Machine (Máquina voladora), Grateful Dead (Grata muerte), Strawberry Alarm Clock (Alarma de fresa). Todos nombres de objetos inanimados.

Todo esto pertenece a un tipo de vida del que fueron los máximos exponentes dos artistas hoy desaparecidos: Jimi Hendrix, que lo dio todo y se quemó en unos pocos años, junto con él Janis Joplin de la que su biógrafa, Myrna Friedman dice en su libro: “Janis era la representación de todo lo que preocupaba a los jóvenes de los sesenta. A pesar de su extraordinario éxito se sentía muy sola, para sus fans era el resumen de su propia soledad”. Janis decía de sí misma: “Sólo tengo sentimientos en la escena. Voy a escribir una canción de amor para un concierto de 25.000 y luego voy a volver a mi habitación sola”.

La sustancia de las Pilares

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Mientras en Francia tenían a François Hardy, aquí en España se disfrutaba del estilo yeyé con Pili y Mili, fabuloso dúo de hermanas gemelas que eran puro pop y hasta psicodelia
Mientras en Francia tenían a François Hardy, aquí en España se disfrutaba del estilo yeyé con Pili y Mili, fabuloso dúo de hermanas gemelas que eran puro pop y hasta psicodelia

El cine español fue “bautizado” en la misa de doce del Pilar de Zaragoza en 1896, pero desde entonces han sido muchos las Pilares sobre las que se ha levantado el séptimo arte de España, desde Pili, la de Pili y Mili, a Pilar Bardem y Pilar López de Ayala o el filme “¿Qué te juegas, Mari Pili?”, de Ventura Pons.

“Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza”, con solo un minuto de duración, fue rodada el 11 de octubre de hace ahora 116 años por Eduardo Jimeno Peromata y su hijo Eduardo Jimeno Correas, conocidos como “Los Jimeno”.

Supuso entonces lo que la llegada del tren de los hermanos Lumière al cine universal: el estreno de lo que todavía no era un arte sino una técnica, casi un truco de prestidigitación. Y tras ese Pilar fundacional, muchas otras han ejercido de “pilares de contención” del cine español o incluso del cine internacional.

Las más populares han sido tres actrices: Pilar Bayona, más conocida como la Pili de Pili y Mili, Pilar Bardem, miembro de una de las sagas más ilustres del cine español, Pilar López de Ayala, la estrella más reciente con este nombre, y la director Pilar Miró.

La primera de ellas había nacido, precisamente, en Zaragoza, el mismo día que su hermana gemela Aurora, con la que debutó en el cine de los sesenta con el elocuente título “Como dos gotas de agua”, de Luis César Amadori.

El talento simétrico de ambas para la comedia, la canción y el baile las convirtió en estrellas juveniles del cine autárquico en esa época del franquismo gracias a otros títulos como “Un novio para dos hermanas” o “Princesa y vagabunda”. Cuando Aurora se casó, Pili recuperó su nombre de Pilar Bayona y emprendió una carrera en solitario menos afortunada.

Pilar Bardem, aunque no tenía hermana gemela, sí tenía una familia de genes cinematográficos dominantes. Su hermano, Juan Antonio Bardem, fue uno de los maestros del cine español de todos los tiempos, responsable de clásicos como “Calle Mayor” o “Muerte de un ciclista”.

Su hijo Javier, fue el primer actor español en ganar el Óscar por “No es país para viejos”, de los hermanos Coen, y la saga la siguen Carlos y Mónica Bardem.

Pero ella tiene una carrera autónoma si no tan deslumbrante, sí notabilísima, recompensada con el premio Goya por su impactante papel en “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”.

Otra Pilar con Goya es Pilar López de Ayala, surgida de la serie juvenil “Al salir de clase”, pero pronto fichada para la gran pantalla, donde brilló especialmente como “Juana la Loca”, en la versión de Vicente Aranda. Sofisticada y etérea, ha trabajado con José Luis Guerín, Juan Carlos Fresnadillo, Montxo Armendáriz o Gustavo Taretto.

Y otra más es Pilar Miró, que lo obtuvo, en 1997, por “El perro del hortelano” el mismo año en el que la que fuera controvertida directora general de RTVE y autora de cintas que son ya parte de la historia del cine español, como “El crimen de Cuenca” o “Beltenebros”, murió de un ataque al corazón.

Y aunque todo el mundo la conozca por su nombre artístico, Ana Belén se llama en realidad María Pilar Cuesta. Su campo más productivo es el de la canción, pero como actriz ha protagonizado títulos tan relevantes como “Zampo yo”, en sus inicios, “La colmena” en los años ochenta y ya en la madurez “La pasión turca”.

Curiosamente, Pilar se llamaba su personaje en “Libertarias”, de Vicente Aranda, pero no es la única Pilar ficticia que ha llamado la atención. De hecho, la única Pilar que tiene un Óscar no fue una actriz sino un personaje: el que encarnaba la griega Katine Paxinou en la adaptación de Sam Wood hizo en 1943 del inmortal título de Ernest Hemingway “¿Por quién doblan las campanas?”, con Ingrid Bergman y Gary Cooper.

Otra Pilar que ganaría un Óscar en el marco de esa contienda y ya con el nombre en la partida de nacimiento, fue Pilar Revuelta por los decorados de “El laberinto del fauno”, de Guillermo del Toro.

Su trabajo, más allá del reconocimiento de Hollywood, ha sido fundamental para el cine español del siglo XXI, desde “Los abrazos rotos” a “Lo imposible”, ahora en cines, pasando por “La gran aventura de Mortadelo y Filemón”.

También se llamaba Pilar el hilarante personaje de María Esteve en “El otro lado de la cama”, aficionada a las enumeraciones, como también tenía ese nombre el completamente trágico, maltratado y premiadísimo rol de Laia Marull en “Te doy mis ojos”, de Icíar Bollaín.

Sin embargo, las únicas que consiguieron que las Pilares pasaran a título un filme español fueron Maria Antonieta del Real, en el título mudo “Pilar Guerra”, de 1925 y Mercè Lliexà en la cinta de Ventura Pons “¿Qué te juegas, Mari Pili?”, comedia en la barcelona preolímpica. Aunque también Portugal llegó a presentar para los Óscar “José y Pilar”, el documental sobre José Saramago y su mujer, Pilar del Río.

Barcelona subterránea

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Pan y Regaliz, uno de los grupos contundentes de la escena underground que se coció en Barcelona a finales de los 60 y los primeros 70 del pasado siglo
Pan y Regaliz, uno de los grupos contundentes de la escena underground que se coció en Barcelona a finales de los 60 y los primeros 70 del pasado siglo

La década de los setenta, clave para entender la evolución de este país, tiene como capital cultural la ciudad de Barcelona. Este es el marco geográfico por donde circula una generación rupturista venida de toda España que creará, desde una postura puramente underground, un espacio de libertad donde se producirá una auténtica revolución en las costumbres y una explosión de creatividad. La Barcelona de los setenta es la ciudad que vio nacer y morir la contracultura más activa y activista en medio de una fiesta que parecía no tener final.

A través de una serie de entrevistas e imágenes de archivo, el documental “Barcelona era una fiesta (Underground 1970-80)”, dirigido por Morrosko Vila-San-Juan, recrea el ambiente underground de aquella Barcelona que comenzó a agitarse unos años antes de la muerte de Franco y que se fue marchitando en el mismo momento que se consolidó la transición democrática y Madrid tomó el relevo cultural con su famosa “movida” … Música, cómic, prensa marginal, drogas, libertad sexual y valores hippies se dan la mano en una ciudad que parecía hervir a las Ramblas y que tuvo en la sala Zeleste uno de sus locales de referencia.

Si de ese periodo histórico hay al menos innumerables y excelentes testimonios musicales, sobre el decenio inmediatamente posterior, el de 1980, la opacidad y desconocimiento consiguiente son mayúsculos. Se recuerda que fueron años convulsos en la ciudad, de agitación social pero también de cambios profundos generacionales, estéticos y artísticos. Una de sus expresiones más visibles fue la eclosión de una poderosa escena punk y hardcore, con sus looks inconfundibles y sus desaforados ritmos presentes en multitud de garitos del centro y el cinturón. “Pero había más, mucho más que eso”, sostiene el realizador Morrosko Vila-San-Juan. “Mi aproximación se debía a mi interés por la expresión escrita de aquella escena underground, es decir, cómics, fanzines, revistas y otras expresiones de todo tipo, y lo que menos me interesaba era la música”. Durante el rodaje de su espléndido largometraje, Vila-San-Juan fue adquiriendo noción de que “se trató de un movimiento musical (la onda layetana) muy importante pero que quedó muy silenciado por la movida madrileña”.

Nazario, Mariscal, Montesol, Onliyú, Pau Riba, Pepe Ribas, Juanjo Fernández, Josep M. Martí Font, Ramón de España, Quim Monzó, Marta Sentís, Pepicheck y Oriol Tramvia, entre otros, explican cómo vivieron aquella época fiesta y utopía.

Underground en papel

En el libro Barcelona, del rock progresivo a la música layetana (Milenio), Àlex Gómez-Font trata de forma exhaustiva una etapa histórica tan creativa como olvidada o minusvalorada por escritores, ensayistas y aficionados musicales actuales. Difícil de entender tratándose, como dice el histórico productor y promotor de la sala Zeleste y de multitud de músicos, Rafael Moll, “la sensación de libertad era tan amplia y real que creábamos y grabábamos la música que nos apetecía. Sólo desde esta situación se puede entender un caso como el de Gato Pérez, que en un lapso de tiempo relativamente breve pasó de tocar en Sloblo, un grupo tipo The Band, a hacerlo en una formación guitarrera como Secta Sònica para acabar como renovador de la rumba catalana”.

De esa simple e incompleta percepción, dos libros se encargaron de poner un poco de claridad y perspectiva. En Harto de todo. Historia oral del punk en la ciudad de Barcelona (1979-1987), Jordi Llansamà, dueño de la discográfica, editorial y tienda B Core, recoge de forma sistemática y apasionada a la vez los datos que sitúan una escena muy prolífica:la eclosión del punk y hardcore catalanes (Frenopaticss, Sentido Común, Último Resorte, Skatalà…), la oferta de innumerables fanzines (Blitzkrieg Bop, 32 Imbéciles, Rompeolas); la red de radios libres, encabezadas por Radio P.I.C.A., los comercios y locales que conformaron otro circuito urbano desconocido para buena parte de la ciudadanía (Informe, el Café Volter, y se podrían añadir la pizzería Rivolta, el Boogie, Fantástico, Piaf o el Increíble Pero Cierto). El propio Llansamà parafrasea lo que escribe en el libro cuando reivindica “una Barcelona que vivió una escena punk, que no sólo eran cuatro fotos sino una actitud de cambio y desafío; es una proclamación de que el punk existió aunque entre todos quisieron hacer como si nada, los medios, la industria, la ciudad bienpensante”.

Por su parte Joni D. (por Joni Destruye, aunque su nombre sea Jesús Sahún y haya nacido en Barcelona en 1968) es el autor no menos apasionado y bastante más heterodoxo de Que pagui Pujol!; una crónica punk de la Barcelona dels 80 (La Ciutat Invisible Edicions). El contenido del volumen está a la altura del currículo del autor: tomó parte a los 16 años de la primera okupación conocida de Barcelona, en la calle Torrent de l’Olla; sacó adelante fanzines como Melodías Destructoras o el glorioso N.D.F. (Niños Drogados por Frank Sinatra), militó en bandas punkies como Juanito Piquete y los Mataeskiroles, Anti/Dogmatikss o Epidemia, y actualmente es el responsable de la discográfica Kasba. Representa de alguna manera la vertiente más política y social de un movimiento que “al principio quizás no supimos asumirlo, al pretender de buenas a primeras romper con todo, sin pararnos a pensar en esa generación que se había creado con la transición”.

Ambos protagonistas-cronistas coinciden en dotar de un valor añadido a lo vivido en Barcelona en relación con la escena madrileña: “Aquí apareció una dimensión realmente política y comprometida con el momento que no se vio en Madrid. Pero paradójicamente fue el eco mediático y el apoyo del alcalde Tierno Galván los que convirtieron a la Movida en el único protagonista –glamuroso pero también muy creativo– de la historia”. Y la otra movida, la de Barcelona, pasó a mejor vida.

Hendrix y Hooker en el mayo del 68 de Miami

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Jimi Hendrix en el Miami Pop Festival, el 18 de mayo del 68
Jimi Hendrix en el Miami Pop Festival, el 18 de mayo del 68

Durante dos días de mayo de 1968, miles de jóvenes se reunieron en los terrenos de un parque de Miami para disfrutar de la música del legendario Jimi Hendrix y del pionero del blues John Lee Hooker, un gran encuentro al aire libre que configuró el mítico festival de Woodstock de 1969.

Hendrix fue la gran estrella del festival, como lo sería aún más en Woodstock, el evento pop más icónico de la historia. Pero junto al virtuoso guitarrista zurdo triunfaron también en Miami otros como Chuck Berry, el padre del rock’n’roll, o el inclasificable Frank Zappa.

Cerca de 25.000 jóvenes se acercaron al Gulfstream Park, en Miami, para ver a sus ídolos, el 18 y el 19 de mayo de 1968. Era la época del «haz el amor y no la guerra», con el conflicto bélico de Vietnam (1955-1975) como telón de fondo y unas ganas desatadas de pasarlo bien.

Si, como dice Michael Lang, el promotor que estuvo detrás del Miami Pop Festival, en este evento “se plantó la semilla de Woodstock”, las fotografías de Ken Davidoff certifican el brillo de esas jornadas de música a lo grande, en directo, aún lejos del control de las grandes corporaciones y la industria musical.

Davidoff reconoce que en ningún momento entonces fue consciente del valor histórico y repercusión de aquellos días; pero, medio siglo después, el recuerdo de las instantáneas que tomó, cámara en mano y descomunal flash, empapan de juvenil entusiasmo sus respuestas.

“¡Sentía uno tanta libertad entonces! Ahora, si quieres sacar fotografías en un concierto tienes que rellenar una solicitud, decir quién va a tomarlas, firmar un contrato de no venta de las fotos y cosas así”, cuenta Davidoff, quien evoca sonriente un puñado de anécdotas curiosas.

Por ejemplo, la que desvela por qué solo cuelgan en la muestra dos instantáneas de la actuación nocturna de Hendrix.

Cuenta con gracia el fotógrafo que durante el concierto nocturno de Hendrix tuvo que usar un flash de grandes dimensiones con una batería de 500 voltios y, tras una primera foto, decidió acercarse al escenario para sacar un primer plano del músico.

Fue entonces que “Jimi se detuvo y dijo: ‘No más flashes’. Y pensé que se refería a mí, que le deslumbraba; por lo que bajé mi cámara y no tomé ninguna foto más”, recuerda.

Pero lo cierto es que Hendrix no se había dirigido a Davidoff, sino al responsable de las luces del concierto que encañonaba tenaz un foco contra el rostro del artista.

Especial cariño siente Davidoff por la fotografía en que aparece junto a Hendrix la primera mujer de Paul McCartney, Linda Eastman, también fotógrafa, y aquellas otras en que capta a Hooker y Zappa, aunque su objetivo prioritario y casi exclusivo, reconoce, era Hendrix.

Ensalza Zamanillo, director del Museo de Historia de Miami, el “candor” y las “espontaneidad” de las instantáneas del festival tomadas por Davidoff, entonces un chico de 16 o 17 años, estudiante de ‘high school’, encandilado con Hendrix.

Gracias a sus imágenes, se puede capturar en la muestra la atmósfera y autenticidad de un festival pionero, sin patrocinadores, surgido del empuje de una idea que germinó en la mente de dos jóvenes atrevidos, Lang y Ric O’Barry.

Un acontecimiento sin el cual, subraya el experto, “no hubiera podido realizarse Woodstock”. Así al menos se lo aseguró Lang: “Si no hubiera organizado este festival en Miami, no habría hecho Woodstock”.

Y en Sudamérica, la otra batalla de bandas ‘flequilleras’

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The Shakers
The Shakers

“La música puede revolucionar vidas” la prueba son Los Shakers. Una banda simil Beatles que se realizó como una de las expresiones más originales y ricas de la música latinoamericana. Cuatro montevideanos que conquistaron américa y casi el mundo. Por primera vez un libro recoge esa historia.

Pero, además, contiene enfoques especiales, con jugosos anecdotarios, sobre las áreas que los cuatro han transitado: el cine, el estudio de grabación, las giras internacionales, cómo tocaban en vivo, y la disección aguda de sus diversas grabaciones y sus entretelones.

No se limita al período 1965-1969, abarca toda la “prehistoria” del grupo y se lanza también a las épocas de Opa, al «período de oro» de Osvaldo junto a Mariana Ingold, ¡relatado por ella misma!, releva el aporte de Hugo y Osvaldo Fattoruso a esa marca registrada oriental que es el candombe, contiene un alucinante collage de las andanzas de Hugo por Japón (esa otra tierra oriental) y culmina con un retrato multiforme de Hugo Fattoruso y su obra solista, que trasciende lo convencional.

Los Shakers lanzaron su primer sencillo en 1965: “Break it All”, un rock and roll que se presenta como un llamado al baile pero que en pocos segundos se convierte en uno a la destrucción masiva. Al escuchar esta canción se tiene la sensación de que la música no llega hasta uno guiada por las musas, sino cabalgando sobre las ondas expansivas de una explosión. Esta expresividad, difícil de encontrar en las canciones de pop y rock que sonaban en las radios de aquella época, hizo que varias décadas más tarde “Break it All” fuese seleccionada como parte de Nuggets II: Original Artyfacts From the British Empire and Beyond (Rhino, 2001), uno de los más respetados compilatorios internacionales de psicodelia y rock de garaje donde, vale la pena anotar, también aparece el grupo peruano We All Together, aunque con una canción grabada varios años después, ya a finales de los sesenta: “It’s a Sin to Go Away”.

Dos años más tarde, en su segundo álbum, Shakers for You (1967), los uruguayos desplegaron una nueva exuberancia musical que les permitió adaptarse a los cambios que se iban introduciendo en el rock de la época. Aquí encontramos a la banda trabajando melodías psicodélicas y elementos exóticos, aunque casi siempre bajo sus propios criterios, como en la canción que abre la placa (“Never, Never”), en la que fusionan el rock y la bossa nova. Detrás del cambio estilístico también parece haber uno estético, en tanto la expresividad de sus primeros discos —una básica, directa y, hasta cierto punto, primitiva— fue reemplazada por la búsqueda de nuevas formas musicales: el lenguaje transnacional del rock se mezcló con timbres y motivos regionales (no necesariamente sudamericanos) para así aportar exotismo y una mayor gama sonora a las canciones. Esto se nota especialmente en la última del disco, “Hope You Like It”, una joya de la psicodelia de la década, cuyo uso de motivos orientales, disonancias y guitarras invertidas colocan a Los Shakers dentro de la corriente más experimental del rock de la época.

Los Mockers
Los Mockers

El aporte de Los Mockers, la otra gran banda uruguaya de mediados de los sesenta, es sintetizar las dos fases de Los Shakers en un único estilo. Destacaban tanto la performance de Polo Pereira, un cantante iracundo cuyo fraseo vocal supera al de Mick Jagger en lo que a provocación sexual y arrogancia juvenil se refiere, como la habilidad técnica de los músicos, que podían pasar de pasajes de ritmos barbáricos a momentos de sutil psicodelia y exuberancia.

Otra interesante banda latinoamericana de la época que decidió cantar en inglés fue Los Vidrios Quebrados. Formada en 1964 por unos estudiantes de Derecho de la Universidad Católica de Chile, el grupo editó un único disco: Fictions (1967). En este no encontraremos ni la expresividad desbordada de Los Mockers, ni el exotismo instrumental de la segunda etapa de Los Shakers, pero sí una sobriedad instrumental y vocal que convierten a la banda en una suerte de precuela olvidada de grupos estadounidenses de los ochenta, como Green On Red y The Rain Parade.

Vidrios Quebrados
Vidrios Quebrados

Esto no es casualidad, ya que estos comparten con Los Vidrios Quebrados una misma influencia: The Byrds. Más aun, ciertas preferencias minimalistas en los arreglos de las canciones y en la mezcla de Fictions hacen que las canciones de Los Vidrios Quebrados tengan un sonido que ha logrado mantenerse joven aunque hayan pasado cinco décadas. Las letras merecen una mención aparte. Por ejemplo, la primera canción del álbum, “Oscar Wilde”, está cantada en primera persona por alguien que personifica al escritor irlandés, y que, en pocas estrofas, se las arregla para elaborar una conmovedora autobiografía comparable a las mejores viñetas hechas por Ray Davies de The Kinks.

Todos estos grupos —Los Shakers, Los Mockers, Los Vidrios Quebrados— se emparentan de un modo natural con algunas excelentes bandas peruanas como Los Texao, Traffic Sound y Laghonia, quienes a menudo son vistos por encima del hombro por periodistas y críticos que parten de la idea de que el rock que se practica en Sudamérica solo alcanza la mayoría de edad cuando es escrito y cantado en castellano. Curiosamente, la canción “Meshkalina” de Traffic Sound ya es considerada un clásico por los fanáticos de la psicodelia y el rock de garaje en el mundo.

Laghonia
Laghonia

De hecho, si un grupo peruano como Los Saicos es admirado en países anglosajones sin importar que cante en español, ¿por qué no podríamos reconocer los aportes que los grupos sudamericanos de los sesenta le hicieron al mismo género, pero escribiendo canciones en inglés? Si estamos en capacidad de disfrutar una canción como “David Watts” de The Kinks, ¿por qué no podríamos admirar una como “Oscar Wilde” de Los Vidrios Quebrados? Vaya a saber si Los Shakers, Los Mockers, Los Vidrios Quebrados, Traffic Sound o Laghonia hicieron rock legítimamente uruguayo, chileno o peruano, respectivamente. Lo que hicieron fue rock legítimamente bueno que, en ocasiones, llegó a la altura de lo que hacían los grandes referentes del género en Estados Unidos o Inglaterra. Y eso es un logro. En cualquier idioma.