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Sangre en cada resquicio del alma

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Helena Blavatsky habla de la sangre basándose en las milenarias enseñanzas orientales
Helena Blavatsky habla de la sangre basándose en las milenarias enseñanzas orientales

La sangre ha sido considerada desde hace muchos milenios como aposento del alma humana. En Egipto se creía que la sangre era el vehículo de la conciencia. El espíritu del ser humano se movía a través de la corriente sanguínea. En la Biblia se dice: “La sangre es el alma o vida de toda carne. (Levítico 17,14). Solamente os abstendréis de comer carne que tenga todavía su vida, esto es, su sangre. (Génesis 9,4). Esta es la razón teológica en que se basa la prohibición de comer la sangre y la importancia que tenía en todos los ritos expiatorios.

Para los pueblos de la antigüedad la sangre era el principio vital, llegándolo a identificar incluso con el alma. Algunos de ellos la utilizaban como un complemento de su dieta, como es el caso de los Masai en África. Por sus cualidades se consideró un reconstituyente para personas viejas o muy enfermas, cuyas funciones vitales son incapaces de crear suficiente energía; esto se decía del rey francés Luis XV, a quien se acusaba de beber sangre de muchachos jóvenes y sanos para reponer su cuerpo agotado por los placeres y excesos de todo tipo. Tampoco se puede olvidar el “mito del vampiro”, en el cual la sangre adquiere el significado de vida eterna, de inmortalidad.

Es Helena Blavatsky quien habla de la sangre basándose en las milenarias enseñanzas orientales: “los anatómicos yerran cuando dicen que el bazo es sólo la fábrica de los leucocitos o glóbulos blancos de la sangre, cuando en realidad es el cuerpo astral. Los glóbulos blancos son de naturaleza astral, y de este plano son exudados por medio del bazo. Los glóbulos rojos son, a manera de gotas de fluido eléctrico, la transpiración de los órganos exudadas de las células. Son ellos la progenie del principio fohático. El hígado es la conexión somática del deseo (Kâma, en sánscrito). Kâma es la vida y la esencia de la sangre, que se coagula cuando éste la abandona”.

El hígado y Marte

Existe un paralelismo entre el hígado y el planeta Marte, ya que el primero es el látigo que mantiene el ritmo vital en el ser humano, y el segundo es el dinamo del sistema solar, el cual envía un rayo rojo animador a todos los seres dentro de este esquema solar. Por tanto, el color rojo entra a formar parte del planeta Marte, de la sangre, del hierro (no olvidemos que la base de los glóbulos rojos es el hierro) y de Kâma (vehículo o cuerpo de deseos).

Dice Goethe, en Fausto, y según se expresa en un viejo aforismo citado por Rudolf Steiner: “Lo que tiene poder sobre tu sangre, tiene poder sobre ti”. Este es el profundo significado de la cita de Fausto: “Firma el pacto con tu sangre, entonces te tengo a ti, por medio de aquello que domina a todo hombre”.

La sangre cristaliza de forma diferente en cada ser humano, pues en ella se recoge la historia del alma humana: su evolución, sus pasiones, sus éxitos, sus fracasos, sus esperanzas, todo ello en formas etéricas que circulan por la sangre, por lo que podemos hablar de ella como una especie de “registro” del ser humano.

Un poco de historia

En la edad media, fue Miguel Servet quien escribió sobre la circulación menor (Pulmonar) de la sangre, “Restitución del Cristianismo”, 1548. Después William Harvey, 1628, hizo “el descubrimiento del siglo” al comprobar que la sangre circulaba por todo el cuerpo impulsada por el corazón. Karl Landsteiner, descubrió en 1900 que los glóbulos rojos tenían distintos tipos de aglutinógenos, que dieron origen a los cuatro grupos sanguíneos: A, B, AB y O. Y no será hasta 1940 cuando Landsteiner y Alexander Wiener, descubrirán el factor Rhesus (RH) de la sangre.

En su composición encontramos glóbulos rojos, encargados de transportar el oxigeno a las células; glóbulos blancos, encargados de defender el cuerpo de microorganismos extraños; las plaquetas, fragmentos de células de la médula ósea que ayudan a que la sangre coagule cuando se produce la rotura vascular; y por último el plasma sanguíneo, una sustancia amarillenta que transporta la mayor parte de los nutrientes.

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