segunda guerra mundial

Hilda Krüger, la Mata Hari nazi

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Nadie hubiera dicho que Krüger tenía mimbres para ser estrella. Ni era alta ni poseía el encanto anguloso de divas como Marlene Dietrich. Los tugurios del Berlín de entreguerras o la segunda línea de un buen cabaret parecían ser su destino. Pero en su poder retuvo una carta más poderosa. Su íntima relación con el ministro de Propaganda nazi, Joseph Goebbels. Gracias a él ascendió y multiplicó sus intervenciones cinematográficas, aunque también por él tuvo que salir de Alemania, debido a los celos de su esposa, la terrible Magda.
Nadie hubiera dicho que Krüger tenía mimbres para ser estrella. Ni era alta ni poseía el encanto anguloso de divas como Marlene Dietrich. Los tugurios del Berlín de entreguerras o la segunda línea de un buen cabaret parecían ser su destino. Pero en su poder retuvo una carta más poderosa. Su íntima relación con el ministro de Propaganda nazi, Joseph Goebbels. Gracias a él ascendió y multiplicó sus intervenciones cinematográficas, aunque también por él tuvo que salir de Alemania, debido a los celos de su esposa, la terrible Magda.

Hilda Krüger, atractiva y sofisticada actriz alemana, fue la protagonista uno de los episodios más extravagantes a mediados del siglo XX. Admirada por Joseph Goebbels, el omnipotente ministro de Propaganda de Hitler, partió a Estados Unidos, primero, con la aparente intención de seguir su carrera en Hollywood.

Pero poco tiempo después se dirigió a México, dejando atrás intensas relaciones con el magnate J. Paul Getty y Gert von Gontard, heredero del emporio cervecero Anheuser-Busch. La vida y obra de esa espía nazi está en México a través de la novela de espías “Hilda Krüger”, que sorprende por un rasgo esencial: todo lo que narra, ocurrió.

Hilda Matilde Kruger Grossmann nació en Colonia, Alemania, el 9 de noviembre de 1912. Comenzó su carrera como actriz desde niña actuando en obras de teatro escolares. Durante su juventud participó en películas mediocres del cine alemán cuando estaba bajo el control del poderoso jefe de propaganda nazi Joseph Goebbels, quien convirtió a la actriz en su amante. Salió expulsada de Alemania en 1939, cuando Magda Goebbels descubrió la infidelidad de su marido. Viajó a los Estados Unidos donde intentó incursionar en Hollywood. En la meca del cine le ofrecieron sólo papeles secundarios.

En Los Ángeles se hizo amante de dos multimillonarios que se rindieron ante su belleza: el petrolero Jean Paul Getty y un heredero de la familia Anheuser-Busch, los dueños de la cervecera Budweiser. La cómoda, espectacular y lujosa existencia que le ofrecían los millonarios con propuestas de matrimonio no fue suficiente para eliminar su pasión nacionalista de contribuir a la grandeza de la Alemania Nazi. Hilda, como gran parte del pueblo alemán, fue seducida por el futuro luminoso que prometía el Führer: un Tercer Imperio (Reich) de mil años, similar al de Roma y Constantinopla.

El destino le reservó un mejor papel acorde a su deseos cuando los servicios de Inteligencia del ejército alemán le solicitaron que colaborara con los oficiales que realizaban importantes misiones en México. Es en febrero de 1941 que la actriz se mudó al Distrito Federal por lo que demandaba su patria: mandar petrolero mexicano de contrabando al puerto de Hamburgo; monitorear los movimientos militares de los Estados Unidos; realizar espionaje industrial y enviar toneladas de metales estratégicos para la guerra, entre otras acciones. Para proteger esas actividades, Hilda se metió a la cama de importantes funcionarios mexicanos. El principal: el secretario de Gobernación Miguel Alemán Valdés.

Un año después Hilda es descubierta por el contraespionaje estadounidense. Fue encarcelada por breve tiempo. Para evitar su extradición, Miguel Alemán le arregla una boda con un nieto del exdictador Porfirio Díaz: Ignacio de la Torre. Tras abandonar el espionaje inició su carrera en el cine mexicano participando en cuatro películas. También incursionó en la historia de México, la escritura, y abandonó a su “marido” para retornar a la maravillosa vida de los multimillonarios: se casa con Julio Lobo Olavarría, el “Rey del Azúcar”, dueño de una fortuna en Cuba. Julio e Hilda se divorciaron al año. Su matrimonio le dejó un lujoso apartamento frente a Central Park, en el edificio Hampshire House, que le había regalado su marido. Ahí transcurrieron sus últimos días antes de viajar al descanso eterno.

Se trata de la más reciente entrega editorial de Juan Alberto Cedillo, autor de “Los nazis en México”. Con estricto apego a la realidad histórica, señala que en la capital mexicana esa espía habría de ganarse los favores de connotados políticos, principalmente Miguel Alemán, secretario de Gobernación del entonces presidente Manuel Avila Camacho.

Alemán era el previsible candidato a la presidencia. Pocos conocían el velado objetivo de la hermosa rubia, que era obtener información clave para el régimen nazi, destaca el libro que continúa la lista de obras notables en el panorama de la investigación histórica, como “Los nazis en México” o “La Cosa Nostra en México”, llevada a la televisión por History Channel.

Cedillo novela con minucioso detalle las andanzas de Krüger en una compleja operación de espionaje durante la II Guerra Mundial, que incluía redes de comunicación por todo el continente y vínculos con ciudadanos de origen alemán radicados en México, para llevar a cabo atentados y sabotajes y procurarle al Reich secretos industriales y materias primas bélicas, además de proyectos para incursionar en Estados Unidos y cambiar la historia.

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En las entrañas del diablo

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"El aspecto del diablo" (Roca editorial) es un thriller que deambula entre la realidad y la ficción hasta conformar un peliagudo relato con aires de pesadilla. Parte de culpa la tiene su ambientación, en medio de una Europa que se prepara para el estallido de la Segunda Guerra Mundial y que ya sufre las consecuencias sociales del inminente ascenso nazi
“El aspecto del diablo” (Roca editorial) es un thriller que deambula entre la realidad y la ficción hasta conformar un peliagudo relato con aires de pesadilla. Parte de culpa la tiene su ambientación, en medio de una Europa que se prepara para el estallido de la Segunda Guerra Mundial y que ya sufre las consecuencias sociales del inminente ascenso nazi

Con su novela, “El aspecto del diablo”, el británico Craig Russel recurre a “la memoria de una época aterradora”, la Checoslovaquia de entreguerras que presagia el avance del nazismo, en un intento de conjurar los extremismos que acechan hoy a Europa.

Así lo explica el escritor escocés en Praga, escenario de la trama de su “thriller de suspense” publicado por Roca Editorial.

“Estamos discurriendo sobre los peligros de ‘nativismo’, del nacionalismo, la xenofobia…, con la perspectiva de dónde estamos hoy y el hecho de que estas cosas están empezando a retornar a nuestras sociedades”, indica el creador del comisario Jan Fabel.

Al referirse al auge actual de ideologías extremistas y excluyentes, Russell (1956) reconoce que las circunstancias no son ahora las mismas: “estamos en un ambiente cultural, social y tecnológico completamente diferente debido al internet y la evolución de las comunicaciones”.

No obstante, “tenemos mucho de qué preocuparnos”, advierte el autor de las exitosas series protagonizadas por el alemán Fabel (“Muerte en Hamburgo”, “Cuento de muerte”, “Resurreción”) y Lennox (“Lennox”, “El beso de Glasgow”, “El sueño oscuro y profundo”).

“Es verdad que las fuerzas entonces (en 1935) eran más grandes y titánicas que hoy, pero quitarle hierro al asunto es una forma de pensar insidiosa”, prosigue.

Para el autor de “Miedo a las aguas oscuras”, la memoria “de una época pasada aterradora” es clave para prevenir el extremismo.

Y por eso se remonta en “El aspecto del diablo” (“The Devil Aspect”) a la década de los 30 en la antigua Checoslovaquia.

Otoño de 1935. Un momento que destila tensiones nacionalistas entre la población de habla alemana y checa, y lleva a algunos personajes, con sentido de premonición, a temer que los vientos que soplan en Alemania, donde Adolf Hitler había ascendido al poder dos años antes, acabe por sacudir con virulencia al resto de Europa.

Con este contexto histórico, que pesa como una losa en el ánimo de figuras como la judía Judita Blochová, la trama de la obra adopta su genuino perfil negro al abordar el mundo de la locura.

Y Russell lo hace a través de personajes desquiciados, zambulliéndose en el mundo de la mitología eslava, rica en la temática diabólica.

A diferencia de la amable tradición escocesa donde el diablo es más un embaucador bromista que otra cosa, Russell desempolva aquí terribles y pavorosas leyendas sobre dioses y demonios eslavos como Veles, Chernobog el Oscuro, Svarog o Perún Dazbog.

Son espíritus oscuros que parecen haber tomado posesión de algunos personajes de esta novela inspirada también en las teorías sobre el desdoblamiento de la personalidad del psicoanalista suizo Carl Gustav Jung, discípulo de Sigmund Freud y del que Russell se declara deudor.

Una locura que en mayor o menor grado parece atormentar a todos, incluido al inspector Lukas Smolak, quien para investigar en la capital bohemia una serie de asesinatos decide asesorarse con el personal de un sanatorio psiquiátrico, el Castillo de las Águilas, donde están confinados los llamados “Seis Diabólicos”.

Estas figuras, con trastornos psicóticos, han cometido crímenes horrendos que ellos mismos cuentan bajo los efectos de sedantes, en una narrativa con unas dosis de realismo e inocencia que ponen la piel de gallina al lector.

Es el caso, por ejemplo, de Hedvika Valentova, una mujer de mediana edad que cocinó a su marido para crear un suculento plato, y se lo dio a comer a su cuñada en venganza por supuestos maltratos que sólo se produjeron en su mente.

Aunque dice que para él no existe el mal de por sí en las personas, ni se puede personificar la figura del diablo, Russell sí advierte de la maldad que se da en determinadas condiciones.

“Mi sentimiento personal es que el mal no existe y es algo que asignamos a nuestra falta de empatía. Si vemos lo que pasaba con los nazis, vemos que era una falta de empatía colectiva. Eso es el mal”, sentencia el escocés.

En este contexto recuerda la expresión “banalidad del mal” que acuñó la filósofa Hannah Arendt durante el juicio israelí al criminal de guerra alemán Adolf Eichmann para intentar definir la forma fría y burocrática, defendida como el cumplimiento de un deber, con la que algunos jerarcas nazis aplicaron las leyes para acabar con millones de judíos.

Desde este punto de vista, Russell admite que su obra es “decididamente un estudio sobre el mal”.

Sobre el género literario de la obra, cuya primera tirada en castellano es de 10.000 ejemplares, el autor afirma que hizo “de manera consciente una novela gótica tradicional, según el canon clásico”.

Paz y odio en el vagón 2419D

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Vista del vagón en el que se firmó el Armisticio de 1918 cerca de Compiègne
Vista del vagón en el que se firmó el Armisticio de 1918 cerca de Compiègne

Toda la fragilidad de la paz más efímera, la que vivió el mundo de 1918 a 1939, se concentra en un sencillo vagón de tren, escenario del armisticio que puso fin a la I Guerra Mundial hace ahora cien años.

Con cuerpo de madera y chasis de acero, el vagón-restaurante 2419D acogió en un bosque en Compiègne, a unos 70 kilómetros al norte de París, a un grupo de militares y diplomáticos de largos bigotes. Genuinos especímenes de aquello que Stefan Zweig denominó “el mundo de ayer”.

Aquellos hombres, representantes de Francia, el Reino Unido y Alemania, rubricaron el final de más de cuatro años de combates en un vagón que, dos décadas después, se convertiría paradójicamente en símbolo de la capitulación francesa ante Adolf Hitler.

Pero primero el armisticio. El 8 de noviembre de 1918, una Alemania exhausta envió una delegación plenipotenciaria a Compiègne para firmar un alto el fuego.

El mariscal Ferdinand Foch, comandante en jefe de los Aliados, había elegido una perdida vía ferroviaria que utilizaba la artillería pesada para citar a la comitiva alemana -encabezada por el ministro de Estado Matthias Erzberger- fuera de miradas curiosas.

“¿Cuál es el objeto de su visita?”, preguntó Foch a Erzberger tras intercambiar saludos protocolarios y revisar sus credenciales.

“Venimos a recibir las condiciones de las Potencias Aliadas relativas a la conclusión de un armisticio por tierra, mar y aire, en todos los frentes y colonias”, respondió el alemán.

“No tengo ninguna proposición que hacerles”, les espetó el mariscal francés, que marcaba así desde el inicio la atmósfera tensa que presidió la reunión.

Foch quería escuchar de los alemanes que venían a pedir el armisticio. Sólo entonces les ofrecería sus condiciones.

“Fue un ambiente correcto, pero muy frío. Había millones de muertos sobre la mesa…”, explica a Efe Bernard Letemps, presidente del museo Memorial del Armisticio, donde se exhibe un vagón idéntico y de la misma serie que el usado entonces.

Los alemanes recibieron con consternación las draconianas exigencias que les imponían los vencedores -como devolver Alsacia y Lorena o unas astronómicas compensaciones materiales- y las transmitieron a Berlín con la obligación de responder en 72 horas.

El 11 de noviembre, cerca de agotarse el plazo, las delegaciones volvieron a reunirse, a las 02.15 de la madrugada, y tres horas después firmaron los 24 artículos del armisticio.

“Quien redactó el texto puso el papel carbón del revés, así que no hay más ejemplares que el original”, que se conserva en el Ministerio de Defensa francés, relata Letemps.

El vagón todavía sirvió para viajar a la localidad alemana de Tréveris y prolongar tres veces el alto el fuego, hasta la firma del tratado de Versalles en junio de 1919, tras lo cual se expuso primero en el Palacio de los Inválidos y después en Compiègne.

Pero su simbología gloriosa pronto iba a cambiar. El 22 de junio de 1940, la Alemania nazi había ocupado más de la mitad de Francia y Hitler viajó para culminar su ansia de venganza y obligar a los franceses a firmar su rendición en el mismo coche-restaurante 2419D.

“Hitler se sentó en el mismo sitio donde se había sentado Foch. Sacaron el vagón del interior del memorial, lo colocaron en el mismo lugar de 1918 y después de que el general Keitel leyese las condiciones del armisticio, Hitler se marchó. Pusieron el vagón en un carro y se lo llevaron a Berlín”, rememora Letemps.

Objetos como ceniceros, lámparas o teléfonos que se guardaban en el vagón habían sido escondidos antes por el conservador, que evitó así que se los llevasen los nazis. Hoy esos testigos silentes de la historia están expuestos en el memorial.

El sueño del “Führer” era exhibir su botín en la anhelada nueva capital, Germania, que proyectaba el arquitecto Albert Speer.

Pero cuando en diciembre de 1944 las cosas se ponen feas para los nazis, Hitler desplaza el vagón a Crawinkel, cerca del campo de concentración de Ohrdruf, donde unos 10.000 deportados construían 24 grandes túneles en la montaña que iban a servir como cuartel.

En abril de 1945 el lugar se convierte en el primer campo liberado por los estadounidenses. Los generales Eisenhower y Patton descubren montañas de cadáveres apilados que muestran a los habitantes del pueblo, cuyo alcalde se suicidará días después.

Los liberados incendian las barracas que los nazis utilizaban como almacenes y como vivienda. Entre dos de esas barracas, estaba el 2419D que cae pasto de las llamas, salvo el chasis de acero, que todavía se utilizará durante décadas como remolque para transportar material en la estación de Gotha.

Arendt, la verdad en la neblina

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A la filósofa Hannah Arendt le pasó algo que los guionistas de Sexo en Nueva York podrían haber aprovechado: su primer novio, el primer e intensísimo y romeojulietanesco amor de su vida, se hizo nazi. Se enamoró hasta las cachas de su profesor, Martin Heiddegger
A la filósofa Hannah Arendt le pasó algo que los guionistas de Sexo en Nueva York podrían haber aprovechado: su primer novio, el primer e intensísimo y romeojulietanesco amor de su vida, se hizo nazi. Martin Heidegger y Hannah Arendt vivieron un intenso romance en Marburgo desde finales de 1924 hasta la primavera de 1926. Hannah tenía 17 años cuando conoció a su profesor de filosofía, que había cumplido los 35 y estaba casado. No hay más que leer las cartas de amor entre ambos para comprender la profundidad de la relación, que fue para ambos la más importante de su vida. Aunque el alejamiento físico se produce en 1926, los dos siguieron escribiéndose hasta julio de 1975, fecha de la última misiva de Heidegger, un año antes de su muerte.

La gran filósofa alemana de origen judío Hanna Arendt, fallecida en 1975 en Estados Unidos, es justamente recordada gracias a una biografía de la escritora francesa Laure Adler. En ‘Hanna Arendt’, que ha editado Destino, Adler, también autora de una conocida biografía de Marguerite Duras y de varios estudios sobre el feminismo, se acerca a esta imponente pensadora, sin duda una de las figuras más fascinantes de todo el siglo XX, con el ánimo de acercarla al gran público.

Hija de padres judíos laicos, Hanna Arendt, cuyo legado va adquiriendo cada vez más peso, fue una intelectual adelantada a su tiempo que supo crear una obra lúcida y brillante que va desde la filosofía a la religión, pasando por la política y la ética.

Nació en Linden (Hanover) y creció en Konigsberg, la ciudad de su admirado Emanuel Kant, y Berlín, estudió Filosofía en Marburgo con Heidegger, con quien mantendría un breve romance a finales de los años 20 y a cuyo favor testificaría dos décadas después, cuando se estudiaba el alcance de su pasada vinculación con el nazismo.

A ella, aquellos años oscuros le supusieron la pérdida del derecho a la enseñanza y la obligaron a escapar, primero a Francia, donde trabajó ayudando a enviar niños judíos en peligro a Palestina, y, finalmente, a Nueva York, donde residiría hasta su muerte y donde obtendría la nacionalidad estadounidense.

Fue, dice Adler en la introducción de su libro, “una intelectual libre, ejemplo de independencia y valentía”, que, en nombre de sus propias ideas, sola, sin escuela ni sostén, optó durante 60 años por preguntarse lo que produce el mal y lo que no funciona”.

Es, añade su biógrafa, una pensadora “que sabe diagnosticar las causas del mal que gangrena nuestras sociedades” pero también “que cree en la fuerza del bien, en los recursos de nuestra humanidad”, una persona en quien se aúnan “la voluntad de creer en una ley moral compartida por todos y la interrogación sobre la fragilidad de los asuntos humanos”.

Con su relato, Laure Adler, cuya biografía viene a sumarse a las que antes hicieron Elisabeth Young-Bruehl —recientemente reeditada—, Julia Kristeva o Martine Leibovici, trata de “restituir la fuerza y la valentía de los combates que libró durante toda su existencia” esta mujer tan buena conocedora del sufrimiento y el desgarro como persona luminosa, y de “despertar el deseo de leer, releer y meditar sobre lo que escribió”.

Autora de obras como ‘Los orígenes del totalitarismo’, donde reflexiona sobre el totalitarismo tanto de Hitler como de Stalin (1951), ‘La condición humana’ (1958), ‘Eichmann en Jerusalén’, en torno al proceso al nazi Adolf Eichmann y que le acarreó fuertes críticas en Israel, o ‘La vida del espíritu’, Hanna Arendt fue siempre, dice su biógrafa, “una sirviente del espíritu” para quien la verdad fue siempre “el más elevado signo del pensamiento”.

La incómoda Arendt

A través de sus abuelos , Hanna Arendt conoció el judaísmo reformista alemán de principios del siglo XX, y si bien no perteneció a ninguna comunidad religiosa, siempre se consideró judía, aunque estudió en profundidad el cristianismo.

En 1924 ingresó a la universidad de Marburgo (Hesse) y durante un año asistió a las clases de Filosofía de Martín Heidegger y de Nicolai Hartmann, y a las de teología protestante de Rudolf Bultmann, además de griego.

Arendt mantuvo un romance con Heidegger, padre de familia de 35 años, que tuvieron que mantener en secreto. A comienzos de 1926, al no soportar más la situación, ella decidió cambiarse de universidad y se trasladó durante un semestre a la universidad Albert Ludwig, en Friburgo, para aprender con Edmund Husserl. A continuación, estudió Filosofía en la universidad de Heidelberg (Baden-Wurtemberg) donde se doctoró en 1928 bajo la tutoría de Karl Jaspers, con la tesis “El concepto del amor en San Agustín”, el primer libro que publicó un año después en Berlín. A su vez estableció una importante relación de amistad con Jaspers, que duraría hasta la muerte de él.

En Berlín se relacionó con el filósofo Günther Stern (que se llamaría más tarde Günther Anders), con quien se casó poco después. También comenzó a escribir notas periodísticas sobre su especialidad, la filosofía, mientras participaba de seminarios dictados por Paul Tillich y Karl Mannheim y se interesaba cada vez más por cuestiones políticas.

Analizó la exclusión social de los judíos, a pesar de la asimilación, en base al concepto de «paria», empleado por primera vez por Max Weber. A este término opuso “parvenu” (advenedizo), inspirada por los escritos de Bernard Lazare. En 1932 publicó en la revista Geschichte der Juden in Deutschland (Historia de los judíos en Alemania) el artículo «Aufklärung und Judenfrage» (La Ilustración y la cuestión judía), en el que desarrolla sus ideas sobre la independencia del judaísmo, enfrentándolas a las de los ilustrados Gotthold Ephraim Lessing y Moses Mendelssohn y el precursor del Romanticismo Johann Gottfried Herder.

Con el acceso al poder de Alemania del nazismo, el 30 de enero de 1933, su esposo se trasladó a París, mientras que ella permaneció en Berlín y comenzó su actividad política, estudiando la persecución de los judíos, que estaba en sus comienzos. Su casa sirvió de estación de tránsito para refugiados y en julio de 1933 fue detenida durante ocho días por la Gestapo. Al ser liberada se trasladó a París, pasando por Checoslovaquia e Italia.

En Francia ayudó a jóvenes judíos a trasladarse a Eretz Israel y a denunciar la persecución que sufrían los judíos alemanes, por lo que se le retiró la ciudadanía alemana en 1937, convirtiéndola en apátrida. Ese año se separó de su marido y tres años más tarde se casó con Heinrich Blücher.

Distanciándose de Nietzsche y Heidegger, aseveraba que la pasión del pensar y la voluntad del poder deben tener siempre un objetivo racional y razonable, y que para ello era indispensable elaborar juicios valorativos bien fundamentados. Con ello anticipaba una crítica a las actuales corrientes relativistas. Aprendió mucho de su maestro Martin Heidegger (1889-1976), a quien nunca dejó de amar, pero como Aristóteles con respecto a Platón, siempre fue más amiga de la verdad
Distanciándose de Nietzsche y Heidegger, aseveraba que la pasión del pensar y la voluntad del poder deben tener siempre un objetivo racional y razonable, y que para ello era indispensable elaborar juicios valorativos bien fundamentados. Con ello anticipaba una crítica a las actuales corrientes relativistas. Aprendió mucho de su maestro Martin Heidegger (1889-1976), a quien nunca dejó de amar, pero como Aristóteles con respecto a Platón, siempre fue más amiga de la verdad

Al rendirse Francia a Alemania en 1940, ella fue internada con otros emigrados, pero consiguió huir y logró que se le permitiera ingresar en Estados Unidos, junto a su esposo y su madre. Allí colaboró en numerosas revistas y, tras haber sido invitada sucesivamente por las universidades, enseñó teoría política en la School for Social Research de Nueva York.

En 1951 se nacionalizó estadounidense y trascendió el ámbito universitario con su trabajo titulado “Los orígenes del totalitarismo”, en el que, mediante el análisis del imperialismo del siglo XIX y de los regímenes totalitarios del XX, intentaba reconstruir las vicisitudes histórico-políticas que desembocaron en el antisemitismo.

Durante la década del ’50 del siglo pasado Hannah Arendt también modificó su apreciación sobre el sionismo, que había apoyado en los años ’30 y ’40 y también asumió una postura crítica sobre el Estado de Israel.

A partir de la publicación de sus crónicas en el New Yorker fue sumamente criticada por dos motivos: primero, su opinión sobre Eichmann, a quien consideraba un hombre banal que estaba convencido de que su deber era cumplir estrictamente las órdenes recibidas, enviar la mayor cantidad de judíos a los campos de exterminio ubicados en el territorio polaco sin tener conciencia del mal que estaba llevando a cabo; y segundo, debido a la acusación a los “dirigentes judíos” en los ghettos por no haber actuado correctamente al aceptar elaborar las listas para las deportaciones que le solicitaban los nazis.

A principios de la década del ‘60 todavía era común escuchar que los judíos, en su gran mayoría, “fueron como corderos al matadero”. Además, fue justamente el juicio a Eichmann el que inició el cambio de actitud hacia los sobrevivientes y las víctimas de la Shoá, que se acentuó a partir de los testimonios de aquellos que padecieron en carne propia el horror.

Estos hechos que Arendt no tomó en cuenta generaron que muchos de quienes habían sido sus amigos por años decidieran dejar de serlo, pues consideraron inaceptable en una intelectual de su categoría los ignorara. También fue criticada por su relación con de Martin Heidegger, no por la mantenida en su juventud, sino por haberla renovado en 1950, cuando visitó Alemania.

De este modo, Hannah Arendt es el único escritor político apreciado, a la vez, por doctrinarios de la izquierda más radical –aun tratándose de una autora obviamente antimarxista—, por politólogos liberales –aun cuando convirtió el liberalismo en su blanco—, así como por comunitaristas y autores archiconservadores

Una princesa pacifista contra Hitler

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Noor siempre fue educada en los valores pacifistas, pero la situación en Europa le revolvía el estómago, así que decidió tomar cartas en el asunto y apuntarse en la WAAF, la sección femenina del ejército inglés. Fue allí donde aprendió todo lo que pudo y más sobre las comunicaciones por radio
Noor siempre fue educada en los valores pacifistas, pero la situación en Europa le revolvía el estómago, así que decidió tomar cartas en el asunto y apuntarse en la WAAF, la sección femenina del ejército inglés. Fue allí donde aprendió todo lo que pudo y más sobre las comunicaciones por radio

Noor Inayat Khan, la denominada “Princesa Espía” durante la Segunda Guerra Mundial, nació en 1914 en San Petesburgo. Su padre, Inayat Khan, pertenecía a la aristocracia india y era maestro sufí. Conoció a su madre en los Estados Unidos en la época en la que se expandió el sufismo en Norteamérica. Noor se crió en un ambiente familiar culto y armonioso donde la música era una constante, allá donde estuvieran, en Rusia o en Francia. Componía, como su padre, música para piano y arpa.

Noor estudió Psicología Infantil y Música en la Universidad de la Sorbona. Desafortunadamente, la muerte de su padre, cuando Noor tenía solamente 13 años, cambió su forma de vida. Tuvo que hacerse cargo de sus hermanos, ya que la salud de la madre había quedado devastada ante la muerte de su marido. Unos años después comenzaría la Segunda Guerra Mundial. Durante este tiempo Noor publicó su libro de fábulas budistas para niños ‘Veinte Cuentos Jataka’.

París fue invadido por los nazis, y Noor con su madre y dos hermanos escaparon de Francia en el último barco posible para el Reino Unido. A pesar de haber conseguido huir, Noor y un hermano no se conformaron. Decidieron dar un paso adelante. El hermano se registró en el ejército británico y ella fue reclutada por el SOE gracias a su conocimiento y dominio del inglés y el francés.

El SOE es el Servicio de Operaciones Especiales del MI5 del Reino Unido, durante la Segunda Guerra Mundial fue un departamento activo donde reclutaban mujeres que hablaban perfectamente francés. Su objetivo era boicotear la invasión nazi en Francia desde dentro. A pesar de su voluntad para ayudar, Noor no pasó las pruebas. Su fragilidad física le impidió seguir el intenso entrenamiento al que se sometían tanto hombres como mujeres. Pero también influyó en su comportamiento, su moral y ética, que seguían grabadas fielmente en su espíritu por el sufismo. No lograba sujetar una pistola en la mano y era incapaz de mentir.

Aún así, la enviaron a territorio nazi en un paracaídas y con una maleta que contenía la emisora de radio para enviar mensajes en morse y en clave. El nombre de guerra de Noor en el SOE era Madeleine.

Emprendió esta aventura de espaldas a su madre, que nunca supo la actividad a la que se dedicaba su culta hija hasta el final de su vida. El SOE se encargaba de entregar las cartas de Noor a su familia, de forma que no hubiera ninguna sospecha de que la agente se encontraba en Francia en una misión especial.

El promedio de vida de un agente de la resistencia en territorio nazi era de unas tres semanas. Noor consiguió burlar a la Gestapo durante cuatro meses. Finalmente, la descubrieron, pero no por un error de la princesa, si no por una traición de la hermana de un agente francés que vendió su paradero por dinero.

En los cuatro meses que sobrevivió en Paris, Noor cargaba todos los días con su pesada maleta de 14 kilos de hotel en hotel, de casa en casa. Su camino cambiaba para burlar a los nazis y poder seguir enviando mensajes. Se hizo cada vez más osada e incluso, en una ocasión, emitió información desde un edificio cercano al centro de operaciones de la Gestapo en París.

Tras su captura, los nazis se apoderaron de la radio y continuaron emitiendo mensajes a la SOE con información falsa. Mensajes que pasaron por reales durante meses ya que los británicos pensaron que era Noor quien los enviaba.

Sin embargo, la princesa ya estaba en el campo de concentración de Dachau junto a otras agentes de la resistencia. Fue calificada como prisionera altamente peligrosa, ya que intentó escaparse varias veces, por lo que era aislada de otras prisioneras y esposada.

Testigos de la muerte de estas valientes mujeres, dijeron después de la Segunda Guerra Mundial que la princesa frágil, que no tenía resistencia en la formación militar, se mantuvo firme en silencio mientras la torturaban. Nunca traicionó a los suyos. En 1944, antes de recibir un tiro en la nuca, su última palabra fue: ¡Liberté!

Noor Inayat recibió las medallas post mortem de Francia (Cruix de Guerre) y del Reino Unido (George Cross).

Desolación para nazis a precio de saldo

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Los moai, las gigantescas estatuas de la Isla de Pascua, constituyen la expresión más importante del arte escultórico Rapa Nui y se han convertido en su seña de identidad. No obstante, a pesar de su fama mundial y la multitud de estudios realizados sobre ellos, todavía quedan muchas preguntas sin resolver en torno a estos gigantes de piedra
Los moai, las gigantescas estatuas de la Isla de Pascua, constituyen la expresión más importante del arte escultórico Rapa Nui y se han convertido en su seña de identidad. No obstante, a pesar de su fama mundial y la multitud de estudios realizados sobre ellos, todavía quedan muchas preguntas sin resolver en torno a estos gigantes de piedra

En 1937, la ahora paradisiaca Isla de Pascua tenía poco valor para el Gobierno chileno, que la ofreció en venta a la Alemania nazi. Era un tiempo en el que la lepra campaba en el lugar y dos compañías ganaderas explotaban a sus pobladores con métodos esclavistas.

Este panorama es retratado por el historiador y periodista español Mario Amorós en “Rapa Nui, una herida en el océano”, libro que narra la historia de “sufrimiento y de opresión” que vivió el pueblo originario de la isla durante ocho décadas.

Amorós cuenta haber realizado un esfuerzo de síntesis para contar la historia de Isla de Pascua desde sus orígenes y aportar aspectos nuevos de su pasado, sobre el que cree que existe “un gran desconocimiento”.

La Isla de Pascua, denominada Rapa Nui en la lengua de su pueblo originario, los rapanuis, y ubicada a unos 3.800 kilómetros al oeste de la costa de Chile, en el océano Pacífico, es uno de los destinos turísticos más conocidos del país austral y fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1995.

Los 887 moáis, las icónicas y mundialmente conocidas esculturas de piedra que hay en la isla, son su mayor seña de identidad.

Hace unas décadas la situación era muy diferente y los propios rapanuis buscaron escapar de un lugar en el que fueron confinados a sólo una parte de su territorio, y explotados y violados en sus derechos más elementales como mano de obra barata por dos compañías privadas a las que Chile arrendó las tierras de la isla.

La lepra se extendía, las condiciones médicas y sanitarias eran precarias y el Gobierno de Chile, que veía la isla como destino perfecto para deportados políticos, la llegó a ofrecer en venta a países extranjeros, entre ellos la Alemania nazi, para financiar la construcción de dos busques de guerra para la Armada.

Este punto es uno de los más novedosos que divulga el libro de Amorós, que se hace eco de una investigación del profesor húngaro Ferenc Fischer presentada en un congreso de Historia en Cádiz, en 2011.

Fischer desveló que en 1937 hubo conversaciones entre la embajada alemana en Chile y el Gobierno del país austral por la venta de Rapa Nui para costear los buques de guerra.

En ese mismo año, Chile ofreció la venta de Rapa Nui a Estados Unidos, Japón y Reino Unido.

“Detrás de la imagen de una isla reconocida universalmente por los moáis hay una historia muy dura de sufrimiento y de opresión por responsabilidad del Estado de Chile, que miró la isla como una colonia”, resumió Amorós.

En 1888, por el llamado Acuerdo de Voluntades, el pueblo rapanui cedió a Chile la soberanía de Isla de Pascua, pero no la propiedad de sus tierras.

No obstante, el Estado chileno arrendó Rapa Nui a dos empresas privadas para su explotación ganadera, a la Compañía Merlet, en 1895, y a la Compañía Exploradora de la Isla de Pascual, en 1903.

Ambas sometieron a los rapanuis al confinamiento y produjeron “toda clase de vejaciones y atropellos a los Derechos Humanos, utilizando a la población como esclavos (y) obligándolos a trabajar en extenuantes jornadas”, relató en 2003 la Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato con los Pueblos Indígenas.

Con la entrada y expansión de la lepra, la isla se transformó en un lugar “maldito”, y el peligro para los habitantes del continente hizo que la enfermedad se usara para prohibir a los rapanuis salir del territorio insular.

El acuerdo entre Chile y las compañías privadas se mantuvo hasta 1953, pero no fue hasta 1966 que el Estado reconoció los derechos civiles y políticos de los rapanuis y admitió haber incumplido el Acuerdo de Voluntades.

En la actualidad, los descendientes de aquellos isleños han demandado a Chile ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

En su denuncia no impugnan la pertenencia de la isla a la República de Chile, pero piden la restitución de sus tierras ancestrales y de los recursos naturales.

Exigen también las disculpas públicas del Estado de Chile por el régimen de esclavitud y las violaciones de los derechos humanos que sufrieron hasta mediados de los años 60.

“Tengo entendido que es una de las causas relacionada con los pueblos originarios de América más importante que maneja la CIDH”, dijo Amorós.

“Creo que va a ser un proceso largo, pero dentro de unos años la CIDH dirá lo que como historiador yo creo: que el pueblo rapanui tiene razón en su reclamo para recuperar sus tierras ancestrales y gestionar los recursos naturales de la isla”, concluyó el autor

Las chicas son guerreras y surcan los cielos

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Estas avispadas y hábiles mujeres no tenían nada de sobrenatural.  Pero sí una gran habilidad y una gran valentía. Sus nombres eran Polina Osipenko, Valentina Grizodúbovatres y Marina Raskova. Las aviadoras militares del 588º Regimiento de Bombardeo Nocturno de la Unión Soviética, a quienes los alemanes tenían auténtico pánico. Tanto, que se ganaron a pulso el sobrenombre de “Las brujas de la noche”
Estas avispadas y hábiles mujeres no tenían nada de sobrenatural. Pero sí una gran habilidad y una gran valentía. Sus nombres eran Polina Osipenko, Valentina Grizodúbovatres y Marina Raskova. Las aviadoras militares del 588º Regimiento de Bombardeo Nocturno de la Unión Soviética, a quienes los alemanes tenían auténtico pánico. Tanto, que se ganaron a pulso el sobrenombre de “Las brujas de la noche”

No eran escobas en lo que volaban, pero casi. No había otra cosa para hacerlo, así que estas «brujas» soviéticas no tenían más opción que la de usar un avión de instrucción para ir a la batalla. De contrachapado y tela. Un modelo biplaza que en su versión individual era utilizado para fumigar los campos, para que se vayan haciendo una idea del panorama. Con él debían ir, dejar la carga y, con un poco de suerte, volver. Y lo hicieron. Una y otra vez. Tantas, que a día de hoy sus hazañas todavía son recordadas. Era su sueño. Querían ir al frente. Ahora, son leyenda. Lera Jomiakova, Tamara Kazarinova, Lilia Litviak, Katia Budanova, Masaha Kuznetsova, Masha Dolina… «Las brujas de la noche». Como ya hiciera Svetlana Alexievich, en «La guerra no tiene rostro de mujer», narrando la historia de Aleksandra Popova, Lyuba Vinogradova ha querido recoger las vidas de un puñado de las pilotos rusas que combatieron en la Segunda Guerra Mundial.

Los hombres caían como chinches en combate y el Ejército Rojo las necesitaba –la autora hace referencia a unas estadísticas que leyó «hace un tiempo» en las que de, los nacidos en el año 23, sólo el 3% sobrevivió–. Hasta un millón de mujeres –más enfermeras– llegaron a desfilar por las tropas soviéticas. Pero aquí se recogen unas muy concretas, aquellas que lo hicieron a los mandos de un avión. «En proporción eran una minoría comparadas con sus compañeras, pero sí que inspiraban a las demás», comenta la Vinogradova –colaboradora habitual de Antony Beevor y Max Hasting–. Buena culpa de ello la tuvo Marina Raskova. Había forjado su nombre pilotando durante los años 30 y su popularidad fue tal que las adolescentes querían ser como ella. «Sin su figura, hubiera sido imposible hacer un regimiento exclusivo de mujeres. Hubieran llamado a alguna para un escuadrón masculino, pero ya», comenta. La propaganda, siempre atenta a cualquier oportunidad, también ayudó: «¡Muchachas, a pilotar!», rezaba. Después se utilizaron sus hazañas para dar visibilidad a un país abierto y plural. Siendo la realidad que las mujeres estaban ahí.

Así, centenares de muchachas, cuyas edades difícilmente pasaba la veintena, se enamoraron de la idea de realizarse en el cielo. «Todavía les brillaban los ojos cuando recordaban esa época durante las entrevistas que hice a las supervivientes», recuerda la investigadora. Algunos nazis les llamaban “bisexuales” pues creían que eran mitad hombres por la valentía que emanaban.

Tres fueron los regimientos exclusivos para ellas: «586», de caza; «587», de bombardero pesado; y «588», el nocturno de las «Brujas de la noche». Un mote que Vinogradova no ha logrado desmenuzar en su totalidad, pero que sí cree que fueron ellas mismas las que se lo pusieron. Nada de los nazis. A donde sí ha llegado es a cómo «fardaban –explica– de que los alemanas les tuvieran miedo». Casi tanto como el que tenían los comandantes soviéticos: «No querían enviarlas al frente porque no se podían permitir que al verlas, tras un derribo, pensaran/descubrieran que se habían quedado sin hombres». Muestra del machismo que todas ellas sufrieron. «Por supuesto que lo vivieron. A día de hoy Rusia sigue siendo uno de los países que más discrimina a la mujer en este sentido. Y entonces los soldados y pilotos se tomaban como una ofensa personal a su hombría que una mujer estuviera a su nivel, o por encima».

Defendieron a los suyos pese a que estos no confiaban en ellas. Terminaron siendo admiradas por sus compatriotas, y siendo un ejemplo para las jóvenes de la URSS. Años después, son leyenda. No sólo combatieron a los nazis en la oscuridad de la noche a bordo de rudimentarios aviones, sino que se enfrentaron a los convencionalismos hasta salir victoriosas.