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Misticismo en la selva

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Recorte del cuadro "Coin de table", obra de Henri Fantin-Latour en 1872, y en el que se ve a Rimbaud (derecha) y Verlaine (izquierda)
Recorte del cuadro “Coin de table”, obra de Henri Fantin-Latour en 1872, y en el que se ve a Rimbaud (derecha) y Verlaine (izquierda)

Mito, leyenda, genio, símbolo del exceso y la irreverencia, que con tan solo 19 años pasó por toda la historia de la poesía. Así se puede intentar definir a Arthur Rimbaud, cuya obra completa, en edición bilingüe, es pergeñada por Atalanta en un bello volumen.

Con una cuidada edición a cargo de Mauro Armiño, el libro reúne desde sus primeros poemas escolares en latín hasta sus poemarios finales, “Una temporada en el infierno” e “Iluminaciones”, pasando por los textos en prosa que incluye “Un corazón bajo una sotana” y su total correspondencia en la que se revela su estancia en África, y su apasionada relación con Verlaine, de amor, dependencia y odio, y la que mantuvo con su familia.

El volumen también incluye una biografía ilustrada, una cronología, un diccionario de personajes, la bibliografía más reciente y, en el prólogo, una semblanza de la figura de Rimbaud y un análisis de su poesía y de la influencia que ejerció sobre la visión poética del siglo XX.

Arthur Rimbaud (Charleville, 1854-Marsella, 1891), considerado por Paul Claudel un “místico en estado salvaje”, fue amante de Verlaine, con quien mantuvo una relación tortuosa; precoz, contradictorio y partidario del socialismo utópico de la Comuna de París y maduro traficante de esclavos en Etiopía, murió a los 37 años de un cáncer de huesos y con una pierna amputada, tras 63 días en el hospital, cerca de su madre y su hermana, y muy lejos de su lado salvaje.

La obra completa de Arthur Rimbaud se había publicado en España de forma poco cuidadosa; por ejemplo, su correspondencia sólo estaba disponible en breves antologías temáticas.

“Su poesía ha merecido más atención, pero aunque en la portada de alguna de las ediciones figure el título de ‘Obra poética completa’, las mejores versiones, a cargo de excelentes poetas, dejan de lado los veintidós poemas que conforman el llamado ‘Album zutique’, cuyo contenido escatológico o las dificultades que plantea su complejo argot parecen haber inducido a los traductores a descartarlos”, dice este volumen en su contraportada.

La obra de Rimbaud es inseparable de su propia vida. Poeta a los 14 años, sorprende ya a sus profesores por la perfección con la que compone sus versos, y a los 19 años prácticamente tiene concluida su obra poética.

En el prólogo del libro, Mauro Armiño, Premio Nacional de Traducción y especialista en la literatura francesa, de la que ha traducido a Proust, Molière, Camus, Rouusseau o Voltaire, recuerda que “el paso fugaz de Arthur Rimbaud por la poesía francesa, “que fue calificado en vida como de ‘meteoro'”, es uno de los tópicos más vivos y certeros.

El poeta llegó a París en septiembre de 1871 “y, en año y medio, hasta mayo de 1873, reduce a cenizas la poesía parnesiana- escribe Armiño-, para luego, tras el episodio de Bruselas y la entrega del manuscrito de su único libro publicado, ‘Una temporada en el infierno'(septiembre de 1873), hundirse en un silencio inexplicable e inexplicado.

Tuvo una adolescencia difícil, hijo de una familia desestructurada con un padre capitán del ejército que solo pasaba por casa cuando se lo permitía su destino, como recuerda Armiño.

Rimbaud se escapaba frecuentemente a París y fue allí donde conoció a Paul Verlaine. Su relación terminaría en un enfrentamiento violento. Verlaine le disparó y fue condenado a prisión, denunciado por él.

Después escribiría “Una estación en el infierno” y se trasladaría a África, para vivir del comercio de armas e incluso de esclavos.

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El vocabulario de las imágenes ausentes

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"Laura" (1944), uno de los grandes 'noir' de los 40
Fotograma de “Laura”, dirigida por Otto Preminger, uno de los grandes ‘noir’ de los 40

El cine, a veces, no enseña ciertas imágenes y solamente las sugiere a través de fotogramas para dejar al espectador que imagine más allá de lo que ve, que sueñe o que viaje.

Los expertos Javier Ocaña y Carlos Losilla se caracterizan por acercarse a la metáfora que esconde la imagen en movimiento, más allá de la instantánea que se ve.

El periodista Javier Ocaña repasa cómo el cine ha adaptado el mito de la mujer a la ventana a la imagen en movimiento, una de las características más “esenciales” de la gran pantalla.

Este mito parte de pintores como Caspar David Friedrich (1774-1840), un romántico alemán que en 1822 retrató a su esposa de espaldas mirando hacia el exterior en un cuadro titulado “Mujer asomada a la ventana”, subraya Ocaña.

Al hablar de este mito, no puede faltar el conocido cuadro de Dalí (1904-1889) “Muchacha en la ventana”, un retrato que para Ocaña representa la evolución de los primeros cuadros de Friedrich.

En este breve repaso, Ocaña destaca a Edward Hopper (1882-1967), un estadounidense que ilustró la ventana en muchos de sus cuadros como en “Sol de la mañana”, en el que el los rayos de sol iluminan a una mujer a través de la ventana.

El cine se ha encargado de abundar en ese simbolismo y así en “Madame Bovary” (1949), de Vincenti Minelli, las secuencias en las que la ventana está cerrada esconden el sentimiento de prisionera que la protagonista siente en la relación con su marido mientras que la ventana abierta refleja la esperanza para empezar una nueva vida.

En estas imágenes, el espectador no debe fijarse sólo hacia donde mira el personaje, sino también hacia su interior y a la metáfora que acompaña a la ventana, agrega Ocaña.

“La extraña pasajera” (1942), “El mundo de Apu” (1959) o “Las vírgenes suicidas” (1999) son ejemplos de cintas que juegan con este mito.

En España, Benito Zambrano utilizó este recurso en “Solas” (1999), retratando el régimen dictatorial y la sociedad patriarcal, y Manuel Summers hizo lo propio en “La niña de luto”, en el que dos jóvenes novios no se pueden casar porque continuamente están de luto en la familia.

Por su parte, el profesor de cine de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona Carlos Losilla se detiene en la imagen ausente en el cine clásico, y apunta que la capacidad de síntesis y narración del cine clásico no la tiene el cine actual.

“Las películas actuales tienden a contarlo todo”, mientras que el cine clásico guarda algo más de misterio para dejar “volar la imaginación a través de lo que el espectador ha visto”, argumenta.

Losilla se refiere especialmente a películas que invitan a pensar más allá de la imagen; como “Laura” (1944), de Otto Preminger, “Buenos días tristeza” (1958)”, del mismo autor; “La mujer del cuadro” (1944), de Fritz Lang, o “Profesor Chiflado” (1963), de Jerry Lewis, todas ellas rodadas entre 1940 y 1970.

En “Laura”, hay una secuencia que refleja el significado de imagen ausente en la que la cámara avanza y después retrocede para enfocar el rostro del detective que se ha quedado dormido en la casa donde presuntamente hay una mujer asesinada.

Esa secuencia desvela que el hombre ha dormido durante un periodo de tiempo, pero el espectador no sabe cuánto, y eso es con lo que juega la imagen ausente.