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El altruismo no va a misa

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Las sociedades secularizadas son más pacíficas y generalmente más ‘sanas’ que las de aquellos países que se anclan en valores religiosos
Las sociedades secularizadas son más pacíficas y generalmente más ‘sanas’ que las de aquellos países que se anclan en valores religiosos

Un estudio sobre 1.170 niños de seis países podría acabar con la idea de que enseñanza religiosa y valores morales van de la mano. Según el trabajo, los niños criados en entornos familiares religiosos tienden a mostrarse menos generosos que los de familias no creyentes, además de ser más severos a la hora de entender y aplicar los castigos.

Muchos padres que dan a sus hijos una educación religiosa están convencidos de que, gracias a ello, sus niños son más empáticos y justos. No obstante, este estudio revela precisamente lo contrario.

“Normalmente se piensa que la religiosidad está vinculada con el autocontrol y la moralidad. Esta creencia está tan profundamente arraigada en la sociedad que, en algunos ambientes, las personas que no son religiosas se llegan a considerar moralmente sospechosas”, comenta a Sinc Jean Decety, autor principal del trabajo e investigador en el departamento de Psicología de la Universidad de Chicago (Estados Unidos). Por ejemplo, “en Estados Unidos las personas no religiosas tienen pocas posibilidades de ser elegidas para altos cargos políticos”, opina.

“Por lo tanto, está comprobado que la religión influye en los juicios morales de la sociedad y su comportamiento hacia otros, y precisamente es esa relación entre moral y religión la más polémica de todas, aunque no siempre es positiva”, señala Decety.

El equipo de investigadores evaluó el comportamiento de 1.170 niños de entre cinco y doce años procedentes de seis países: Canadá, China, Jordania, Turquía, Estados Unidos y Sudáfrica.

La mayoría de los niños se había criado en ambientes cristianos (23,9%), musulmanes (43%) o no religiosos (27,6%), aunque en el estudio también se incluyeron judíos (2,5%), budistas (1,6%), hindúes (0,4%) y hogares agnósticos (0,2%).

Para el experimento se dieron a los niños varias pegatinas para que las compartiesen con otros compañeros de su escuela y su mismo grupo étnico. Los de mayor edad se mostraban más generosos, pero la religión también se puedo relacionar con su comportamiento.

Los más religiosos se mostraban menos predispuestos a compartir, mientras que los más altruistas eran los que procedían de familias ateas o agnósticas.

Otro descubrimiento es que los niños religiosos juzgaban el daño interpersonal de una manera más severa y consideraban que los castigos debían ser mayores que en el caso de los no religiosos.

Según los investigadores, estos datos concuerdan con estudios realizados previamente en adultos, pero los que se han obtenido ahora muestran cómo se desarrollan las actitudes sociales y culturales en la etapa infantil, un periodo más delicado a la hora de aprender.

Secularización para la moralidad

Teniendo en cuenta los resultados del estudio, los investigadores plantean si la religión es realmente fundamental para el desarrollo de la moralidad.

“Las sociedades secularizadas son más pacíficas y generalmente más ‘sanas’ que las de aquellos países que se anclan en valores religiosos”, opina Jean Decety. “Los países democráticos con poca fe religiosa –como Países Bajos, Suecia, Dinamarca, Japón, Bélgica o Nueva Zelanda– a día de hoy tienen los niveles más bajos de criminalidad en el mundo y en ellos destaca el bienestar de sus ciudadanos”.

Según sostiene el investigador, algunos estudios sociológicos avalan que los hogares seculares otorgan una buena base moral a los más pequeños. Este tipo de enseñanza aportaría, en opinión de Decety, valores éticos fuertes para las futuras generaciones.

“Espero que la sociedad empiece a entender que la religión no garantiza la moralidad y que comprenda que una y otra son cosas distintas”, resalta.

El autor afirma que seguirá con su investigación y quiere ampliarla incluyendo a niños de edades comprendidas entre cuatro y ocho años, procedentes de 14 países: Canadá, China, Cuba, Colombia, Argentina, Chile, Sudáfrica, Turquía, Jordania, Taiwan, Tanzania, Etiopía, Noruega y México.

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En manos del maquiavélico ‘Big Data’

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Algunos modelos matemáticos limitan las posibilidades educativas de ciertas personas y sectores de la población
Algunos modelos matemáticos limitan las posibilidades educativas de ciertas personas y sectores de la población

Las matemáticas son, para muchos, una ciencia hermosa. Pero algunos algoritmos -vitales para decidir cosas que nos afectan directamente (como la cesión de un préstamo o la obtención de un trabajo)- se basan en estadísticas falsas o sesgadas que fomentan la desigualdad y la discriminación en el mundo. Al menos, así lo asegura Cathy O’Neil.

La exprofesora del prestigioso Barnard College de la Universidad de Columbia, en EE.UU., quien trabajó como analista de datos en Wall Street, dejó el mundo académico y financiero para convertirse en uno de los miembros más activos del movimiento Ocuppy Wall Street (OWS), que denunció los excesos del sistema financiero a partir de 2011.

Cinco años después de que naciera aquel movimiento intelectual, O’Neil acaba de publicar su libro, “Weapons of Math Destruction”(Armas de destrucción matemática), en el que describe cómo los algoritmos gobiernan nuestras vidas (y tienden a desfavorecer a los más desfavorecidos).

“Vivimos en la era de los algoritmos”, escribe la matemática. “Cada vez en mayor medida, las decisiones que afectan nuestras vidas -a qué escuela ir, si podemos o no obtener un préstamo o cuánto pagamos por nuestro seguro sanitario- no están tomadas por humanos, sino pormodelos matemáticos”.

En teoría, explica la especialista, esto debería conducir a una mayor equidad, de forma que todo el mundo fuera juzgado bajo las mismas reglas y se eliminara el sesgo. Pero, según O’Neil, lo que ocurre es exactamente todo lo contrario.

El lado oscuro del Big Data

Los algoritmos funcionan a modo de “recetas” creadas por computadoras para analizar grandes cantidades de datos. Un algoritmo puede recomendarte una película o protegerte de un virus informático, pero eso no es todo.

Hay ciertos algoritmos que O’Neil define como “opacos, desregulados e irrefutables”. Pero lo más preocupante, asegura, es que refuerzan la discriminación.

La primera característica de estos algoritmos, le cuenta O’Neil al Servicio Mundial de la BBC, es que “toman decisiones muy importantes en la vida de las personas”.

Por ejemplo, si un estudiante pobre en EE.UU. trata de pedir un préstamo, el sistema lo rechazará por ser demasiado “arriesgado” (en virtud de su raza o vecindario) y será aislado de un sistema educativo que podría sacarle de la pobreza, quedando atrapado en un círculo vicioso.

Este es tan sólo un ejemplo de cómo esos algoritmos respaldan a los más afortunados y castigan a los más oprimidos,creandoun “cóctel tóxico para la democracia”, explica O’Neil.

Pero, además, la académica dice que “(esos algortimos) son, en cierto sentido, opacos: la gente no comprende cómo son computarizados. Y, a veces, son secretos”. “Una de las cosas que más me preocupa es que estas puntuaciones -los algoritmos nos avalúan y puntúan- no son visibles para nosotros”, explica.

“Por ejemplo, cuando llamamos al servicio al cliente (de una empresa) a veces nos puntúan según nuestro número de teléfono y el perfil que tienen registrado de nosotros. Y deciden si somos un cliente de alto o de bajo valor. Si somos de valor reducido, puede que nos hagan esperar más tiempo”.

De acuerdo con la matemática, esos modelos ocultos manejan nuestras vidas desde que empezamos la escuela primaria hasta que nos jubilamos.

Los modelos están presentes en infinitos aspectos de nuestra vida personal y profesional: controlan resultados académicos de estudiantes y alumnos, clasifican currículos vitae, conceden o deniegan becas, evalúan a trabajadores, determinan votantes, establecen penas de libertad condicional y vigilan nuestra salud. Y todos ellos, dice O’Neil, esconden bucles de retroalimentación perjudiciales.

Comprendiendo el algoritmo

Simplemente, no describen la realidad tal y como es, sino que la modifican, expandiendo o limitando nuestras oportunidades en la vida. “Estos algoritmos son destructivos y debilitan su propio objetivo original, como la mejora del sistema educativo, por ejemplo”, dice O’Neil.

“Uno de mis ejemplos favoritos es el modelo de puntuación de valor agregado del profesor, y está muy extendido en Estados Unidos. Tiene que ver con el esfuerzo para librarse de los malos profesores”.

“Los resultados de los alumnos están informatizados, y los maestros ganan puntos si sus estudiantes obtienen mejores resultados de lo esperado (y viceversa). El verdadero problema es que nadie entiende (este sistema) realmente, lo cual estaría bien si funcionara a la perfección. Pero no es el caso”, advierte la exanalista.

Lo que ocurre, asegura, es que tienen “mucho ruido estadístico” y son “inconsistentes”. De hecho, algunos profesores han sido despedidos por fallas en esta tecnología, señala.

O’Neil dice que las personas encargadas de la modelación (y fabricación) de esos algoritmos deberían asumir una mayor responsabilidad sobre cómo se están usando estos modelos matemáticos. Pero, al final, está en nuestras manos informarnos más sobre ello, hacernos las preguntas adecuadas y comprender mejor cómo funcionan los modelos matemáticos que rigen nuestras vidas.

“Es muy difícil luchar contra sistemas de puntuación que ni siquiera sabes que existen. Por eso, una de las cosas que reivindico en mi libro es que la gente los rebata”.

“Hay muchas formas de adelantarnos al sistema. Por ejemplo, si hago una búsqueda en internet sobre un problema de salud siempre lo hago desde una ventana de incógnito”, dice O’Neil.

La clave, advierte, es “asegurarse de que las personas (y los algoritmos) que recopilan información sobre ti en internet no obtienen ‘malas noticias'”.

Colaboradores contra machos alfa en la batalla por el sexo

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La reproducción sexual ha prevalecido por los machos que cooperan en la crianza
La reproducción sexual ha prevalecido por los machos que cooperan en la crianza

La reproducción sexual, es decir, la que implica a dos individuos debería desaparecer, según los criterios de la biología evolutiva darwinista. Comparada con la reproducción asexual en la que todos los individuos producen descendientes, la reproducción por apareamiento, en la que se producen machos que no contribuyen a la producción de las crías, sino que emplean buena parte de su energía en competir por las hembras, presenta una eficacia del 50 por ciento.

Aplicando la Teoría de la Evolución y teniendo en cuenta que la reproducción sexual es la mitad de eficiente que la asexual ¿cómo puede haberse mantenido?, ¿por qué, descendiendo de organismos unicelulares, la mayoría de los organismos vivos abandonó la reproducción asexual, más eficiente y menos costosa?

Esas dos preguntas han ocupado a la comunidad científica durante décadas. Graham Bell, biólogo y profesor de la Universidad McGill de Canadá, bautizó en 1982 la cuestión como “El rey de los problemas de la biología evolutiva”.

La repuesta es ofrecida por Juan Carranza, investigador de la Universidad de Córdoba, y Vicente Polo, de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Un biólogo y un físico, respectivamente, que han propuesto la introducción de un tercer elemento para encontrar una explicación y en la que sugieren que los machos que cooperan con las hembras en la crianza han podido ser cruciales para que no haya desaparecido el sexo al inicio de su evolución.

Como si se tratase del juego de piedra, papel o tijera, Carranza y Polo han “jugado” con las variables genéticas de tres tipos de individuos: los sexuales competitivos (tipo costoso, según la terminología de Carranza y Polo), los asexuales –es decir, los dos tipos comparados durante décadas– y los sexuales no competitivos (tipo no costoso), aquellos individuos macho que colaboran en la crianza –basta pensar en las aves macho que ayuda a alimentar a sus polluelos–.

La conclusión es que los individuos sexuales de tipo no costoso pueden ser más productivos que los asexuales, si bien los de tipo costoso, empleados en competir por las hembras acaban por predominar en la población sexual, lo que permite a los eficaces asexuales invadir y corregir su presencia, dejando hueco a los de tipo no costoso y estableciendo así una dinámica en el que la piedra (tipo costoso) gana a la tijera (no costoso), ésta al papel (asexuales) y el papel a la piedra.

Juan Carranza explica que los machos que no ayudan a las hembras son especialistas en competir con otros machos para ganar hembras, de modo que pueden extender rápidamente su ADN, pero hacen a la población menos eficiente ya que no contribuyen en producir descendientes.

En esas circunstancias, la investigación sugiere que las hembras asexuales (partenogenéticas) al inicio de la evolución podrían haberse extendido mucho más que las sexuales. La asexualidad, la producción de clones, presenta limitaciones en un plazo medio que pueden ser mejoradas por el sexo.

Si el sexo llega en modo de machos que colaboran en la crianza de modo que las hembras pueden producir casi el doble de crías de las que producirían sin la ayuda de los machos, entonces ese modo de sexo puede ser más ventajoso que la asexualidad.

Una vez que predomina el sexo con machos colaboradores es muy probable que los machos más competitivos invadan la situación ya que ganarían fácilmente a los colaboradores, menos competitivos que ellos, volviendo a comenzar el ciclo. Para Carranza, “lo interesante es que en esta dinámica de ciclos el sexo no se extingue y aporta el tiempo evolutivo y las oportunidades para la aparición de linajes con reproducción sexual obligada como tantos existentes hoy día en la Tierra”.

El planteamiento de Carranza y Polo ha resultado absolutamente innovador y es el resultado de 20 años de trabajo desarrollado por Carranza en la Universidad de Extremadura, primero, y la Universidad de Córdoba, después, y de la colaboración entre dos disciplinas como la biología y las matemáticas.

El castellano alegra; las canciones en inglés, deprimen

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Investigadores de Estados Unidos y Australia han desarrollado un ‘hedonímetro’ que permite analizar el contenido emocional del lenguaje. Tras estudiar 100.000 vocablos de 10 idiomas diferentes, han determinado que, en positividad, el español se sitúa a la cabeza de las lenguas
Investigadores de Estados Unidos y Australia han desarrollado un ‘hedonímetro’ que permite analizar el contenido emocional del lenguaje. Tras estudiar 100.000 vocablos de 10 idiomas diferentes, han determinado que, en positividad, el español se sitúa a la cabeza de las lenguas

El lenguaje es la mayor tecnología social desarrollada por la humanidad, capaz de reflejar en la mente el contenido de las historias que los propios hombres y mujeres elaboran y cuentan. El efecto de los idiomas en la configuración de los pensamientos ha sido durante mucho tiempo un tema controvertido. En 1969, Boucher y Osgood formularon la hipótesis de Pollyanna, que propone la existencia de un sesgo hacia la positividad en la comunicación humana.

Ahora, un equipo de investigadores de Estados Unidos y Australia ha podido confirmar esta hipótesis. En su trabajo han evaluado 100.000 palabras repartidas en 24 corpus de 10 idiomas diferentes en origen y cultura: español de México, francés, alemán, portugués de Brasil, coreano, chino, ruso, indonesio y árabe.

Las fuentes de estos corpus de palabras han sido varias: libros de Google Books, medios de comunicación como The New York Times, la red social Twitter, páginas web, subtítulos de televisión y de cine y letras de canciones musicales. Y en todos ellos se ha comprobado que las palabras alegres priman sobre las tristes.

Los investigadores, encabezados por Peter Sheridan Dodds de la Universidad de Vermont (Estados Unidos), apuntan que los resultados obtenidos prueban “una profunda huella de sociabilidad humana en el lenguaje”, lo que se refleja en que “las palabras del lenguaje humano natural poseen un sesgo hacia la positividad universal, en que el contenido emocional estimado de las palabras es consistente entre las lenguas bajo traducción, y en que este sesgo de positividad es independiente de la frecuencia de uso de las palabras”.

A partir de técnicas de minería de datos, el equipo de científicos localizó las 10.000 palabras más utilizadas en cada uno de los diez idiomas y seleccionó a nativos para que puntuaran en una escala de 1 a 9 puntos cada una de las palabras en función del optimismo que reflejaran, dando menos puntuación a las palabras negativas –como desgracia, muerte o cáncer– y más a las positivas –como cumpleaños, vida o sorpresa–.

En todos los corpus de palabras analizados se encontró un sesgo hacia lo positivo, aunque las mayores tasas se identificaron en las páginas web en español, los Google Books en español y Twitter en español, seguidas de las páginas web en portugués y Twitter en portugués. Las tasas más bajas se registraron, por el contrario, en las letras de las canciones en inglés, los subtítulos de las películas en coreano y los Google Books en chino.

A través de este método, los investigadores han desarrollado un hedonímetro, un sistema capaz de estimar la felicidad contenida en un texto escrito. El próximo objetivo será aplicar este método en otros lenguajes y en diferentes grupos demográficos.

Hacia la inevitable idiocracia

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La inteligencia del ser humano se ha empobrecido y el descenso hacia un confortable estado idiocrático puede ser irreversible o hasta necesario, si se considera que el intelecto es un concepto sobrevalorado
La inteligencia del ser humano se ha empobrecido y el descenso hacia un confortable estado idiocrático puede ser irreversible o hasta necesario, si se considera que el intelecto es un concepto sobrevalorado

La inteligencia es un concepto difícil de definir. Una definición sencilla la describe como la capacidad de generar información nueva combinando la que recibimos del exterior con aquella de la que disponemos en nuestra memoria.

Se trata de una capacidad general que implica varios factores: el pensamiento abstracto dirigido hacia la resolución de problemas o en la capacidad de adquirir conocimientos.

Durante el siglo pasado, el cociente intelectual de la población se incrementó en tres puntos en cada generación, lo que fue conocido como el efecto Flynn. Varias teorías han intentado explicar esta brillante explosión de la mente humana, como una mejor nutrición, el cuidado de la salud, la universalización de la educación e incluso la iluminación artificial. Sin embargo, esta tendencia parece haber sufrido un importante retroceso.

Investigadores noruegos han llegado a la conclusión de que la inteligencia de los jóvenes ha comenzado a caer al menos siete puntos por generación. Es decir, parece que nos estamos volviendo más tontos.

El descenso comenzó con los nacidos en 1975, que alcanzaron la edad adulta a principios de los años noventa. Según los autores del estudio, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), el motivo no es una cuestión genética, sino que se debe a aspectos ambientales como determinados cambios en la enseñanza o el sacrificio del hábito de la lectura en favor de los ordenadores y las pantallas.

Los investigadores noruegos afirman que el nivel de inteligencia de la humanidad está disminuyendo en las últimas décadas debido a transformaciones medioambientales y a un cambio en el estilo de vida de las personas, según un artículo publicado este lunes en la revista científica estadounidense Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS, por sus siglas en inglés), según RT.

Al decir de estos científicos, los resultados de pruebas de coeficiente intelectual (CI) aplicadas a cerca de 730.000 jóvenes noruegos en edad de cumplir el servicio militar obligatorio y efectuadas a lo largo de varias décadas, entre 1970 y 2009, muestran que se ha producido una disminución en el nivel de inteligencia, según wp.

Este dato contrasta con el llamado Efecto Flynn, nombre con el cual se designó un alza continua del CI sucedida durante la primera mitad del siglo XX y supuestamente de manera global, que según diversas teorías pudo deberse a una mejora sustancial de factores tales como la nutrición, la salud o la educación.

Ahora, según las conclusiones del nuevo estudio, el coeficiente intelectual de la humanidad no solo se ha estancado en las últimas décadas, sino que ha disminuido un promedio de 7 puntos por generación a causa de alteraciones en el medioambiente y cambios en el estilo de vida de las personas, aseguran los autores de dicha investigación.

Esos datos parecen ser refrendados por otra investigación, llevada a cabo en Reino Unido, que escudriñó en el CI de los británicos y determininó que ha disminuido entre 2,5 y 4,3 puntos desde 1945.

España y su ecuación para la felicidad

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Si traes conciencia, gratitud, e incluso frivolidad a tu día, probablemente te sentirás más alegre
Si traes conciencia, gratitud, e incluso frivolidad a tu día, probablemente te sentirás más alegre

Un equipo de investigadores ha desarrollado un nuevo índice para medir la felicidad de un país. Denominado HAIN (HAppiness INdex), se basa en cinco dimensiones: desarrollo, libertad, solidaridad, justicia y paz. La proyección de este índice para España se situaría actualmente en 0,72 sobre 1, con una ligera tendencia a la baja para los próximos años. Según el trabajo, para incrementar el nivel de felicidad actual en España, es necesario invertir más en educación, investigación y desarrollo.

Científicos de la Universitat Politècnica de València (UPV) y la Universitat de València (UV) se han basado en variables cuantitativas extraídas de diferentes bases de datos oficiales como los Informes de Desarrollo Humano de la ONU, el Banco Mundial de Datos y Eurostat entre 1989 y 2015 para medir la felicidad de España.

“Actualmente, los índices de felicidad se basan en cuestionarios que responden una muestra determinada de la población. Se trata pues de valores muy subjetivos. A diferencia de ellos, nuestro índice se construye a partir de datos objetivos, estadísticas oficiales que representan a toda la población de un país”, explica Joan C. Micó, investigador del Instituto de Matemática Multidisciplinar de la UPV.

Entre sus novedades, este índice destaca también por incluir nuevas variables cuantitativas como la calidad de la educación, la migración y las exportaciones e importaciones de bienes y servicios. El índice establece un valor mínimo de 0 y un máximo de 1.

La ecuación para obtener el índice de felicidad es la media geométrica de los valores correspondientes a las cinco dimensiones: desarrollo, libertad, solidaridad, justicia y paz. Esta ecuación es dinámica, es decir, varía con el tiempo en función de todas las variables que describen esas dimensiones, como población, nacimientos, índice de alfabetización, renta per cápita, esperanza de vida, etc.

“Este índice forma parte de un modelo matemático que proporciona reglas objetivas de cómo incrementar la felicidad de una sociedad (con las variables de control) respecto a diferentes escenarios (variables exógenas)”, apunta Micó. De esta forma, además de un índice descriptivo, el trabajo de los investigadores de la UPV y la UV ofrece una herramienta de toma de decisiones sobre la mejora de la felicidad en una sociedad.

Ligera tendencia a la baja los próximos años

El nuevo índice ha sido usado para estudiar la evolución de la felicidad de la población en España. Los investigadores calibraron el modelo para el período 2004-2009, lo validaron para el período 2010-2015 y han realizado un análisis predictivo de la felicidad en España para el periodo 2016-2030.

En esta predicción, el equipo de la UPV y la UV propone diferentes escenarios económicos (expansión, recesión y tendencial del pasado), así como distintas estrategias de inversión pública en Educación, I+D+i y Seguridad. “Tomamos como referencia el gasto en estas áreas porque es donde los políticos pueden tomar sus decisiones de una forma más realista”, apunta María T. Sanz, profesora del Departament de Didàctica de la Matemàtica de la UV.

Entre sus conclusiones, destaca que, para incrementar el nivel de felicidad actual en España, es necesario invertir más en educación, investigación y desarrollo.

“Según nuestras predicciones, para 2018 este índice estaría en torno a 0,72, con tendencia a la baja (aunque ligera) en los próximos años, frente a un mínimo real que se alcanzó en 2003 de 0,69 y un máximo real de 0.735 que se alcanzó en el año 2007, previo a la crisis. No estamos pues muy alejados de Suecia, el país más feliz en 2013 con ambos índices, HAIN (0,75) y el Índice de Satisfacción de Vida Global de la ONU”, remarca Antonio Caselles, miembro de The International Academy for Systems and Cybernetics Sciences.

Comparación con otros países

“Hemos seguido las pautas establecidas por los Informes de Desarrollo Humano de la ONU para la construcción de índices de calidad, y nuestro índice se ha comparado con el Índice de Satisfacción de Vida Global que emplea la ONU, del año 2013, en trece países europeos para los que la compleja tarea de obtener todos los datos necesarios ha sido exitosa”, apunta David Soler, también investigador del Instituto de Matemática Multidisciplinar de la UPV.

España era en 2013 el tercer país más feliz de esta lista, que encabeza Suecia y cierra Portugal, mientras que, con el índice de la ONU, que solo abarca la dimensión de desarrollo, ocupa la sexta posición. Además de estos tres países, el índice incluye también a Austria, Chipre, República Checa, Francia, Islandia, Letonia, Lituania, Croacia, Eslovenia y Reino Unido.

“2013 parece muy lejano, pero era el último año para el que se disponía del Índice de Satisfacción de Vida Global de la ONU, y nuestro objetivo era comparar ambos índices para ver si existía una correlación entre ellos, una forma de “validar” nuestro índice, y sí la hay”, destaca David Soler.

De cara al futuro, los investigadores señalan que su objetivo es calcular este índice de felicidad para el mayor número posible de países del mundo, compararlos y extraer posibles conclusiones, como, por ejemplo, la relación entre la felicidad y la región geográfica, el clima, la religión, etc.

“Queremos pulir también el modelo dinámico para más países, de forma que podamos incluir más variables sociales y económicas. El objetivo final sería que HAIN pueda utilizarse para encontrar estrategias adaptadas a problemas específicos de gobernanza en cada país”, concluye Antonio Caselles.

Comidas que incitan a la pasión

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De las propiedades terapéuticas del ajo se sabe todo, o casi todo, desde tiempo inmemorial
De las propiedades terapéuticas del ajo se sabe todo, o casi todo, desde tiempo inmemorial

El amor, la fecundidad y la energía primaveral son las tres condiciones que hacen de la griega Afrodita, la diosa del amor, la lujuria, el sexo y la belleza. Afrodisíaca es aquella sustancia que estimula o potencia el apetito sexual.

Desde tiempos memorables existen incontables recetas acerca de productos “milagrosos” que facilitaron la tarea del sexo para convertirlo en placer. Alimentos que, por sus propiedades y efectos en el cuerpo humano, se comercializan con la premisa de abrir esa apetencia.

Como la Venus romana (o la prehistórica Venus de Willendorf), Afrodita era la divinidad que encarnaba el amor, los colores y energía de la primavera, y la fertilidad. De este modo, el mito que traspasó la lingüística logró que entendiéramos como afrodisíacos aquellos productos, alimentos o sustancias que estimulan nuestro apetito sexual.

Principalmente, las propiedades y sus efectos en el cuerpo humano sirvieron como un remedio psicológico sano en gastronomías más que como un desinhibidor o impulsor de la capacidad sexual. No hay dote culinario que logre lo que la naturaleza no consigue. Aunque sí que facilitan la tarea, los beneficios medicinales que poseen algunas de las sustancias denominadas ‘afrodisiacas’.

La mitología culinaria es tan amplia como la astrología o el horóscopo. De esta manera, se pueden distinguir -por un lado- los alimentos que por su composición favorecen la tensión y el deseo previos al amor. Y por otro, aquellos que por su aparente exotismo sugieren propuestas creativas sobre la mesa. Combinaciones divertidas que se asemejan sospechosamente con los elementos del deseo carnal.

El ajo es uno de los alimentos más minimizados en la gastronomía mundial aunque en las últimas décadas se prestó especial atención a sus cuantiosos beneficios sobre el cuerpo humano. En la Grecia y Roma clásicas se le atribuían poderosas cualidades vigorizantes y, por ende, sexuales.

Originario de Asia, el ajo tiene cualidades de expectorante, antibiótico y antiséptico, además de revelarse como uno de los mejores amigos del corazón.

Es uno de los afrodisíacos por excelencia porque su consumo provoca la dilatación de los vasos sanguíneos y esto genera que la sangre fluya mejor. En la práctica sexual, la erección del pene y el clítoris dependen de la circulación sanguínea.

De similar modo, el apio es una de las hortalizas que más favorecen la labor del aparato circulatorio por lo que siempre se indicó como remedio en platos afrodisíacos. Si bien no se aconseja su consumo en exceso, sazonar ensaladas con su gusto y utilizarlo en sopas de verduras (apio, puerro, calabaza, batata) es lo más habitual.

Al estudio de las distintas verduras y plantas en función del deseo sexual se le denomina fitoterapia y contempla aquellas que, gracias a sus componentes, funcionan como estimulantes cardíacos o cerebrales. Aquí es donde nace la raíz del apetito.

En algunos casos, se dice que esas verduras aumentan la producción de estrógenos (la hormona sexual femenina) para paliar los efectos de la menopausia y así obtener una mejor práctica sexual. El perejil puede ser un potente aromático que contrarreste el mal aliento del ajo, un diurético para eliminar exceso de líquidos y uno de los mejores condimentos para hacer una buena digestión.

Sin embargo y más allá de la materia prima milenaria, existen una serie de productos y alimentos que por su imaginería y simbolismo se encuentran en los platos afrodisíacos más exquisitos.

Este es el caso de algunos mariscos como las ostras, almejas, mejillones y demás bivalvos que, por su parecido carnoso con los genitales femeninos, despiertan la imaginación del comensal. Algo así ocurría entre los chinos con respecto al aspecto sensual de los melocotones y sus jugos.

Del mismo modo, crustáceos del tipo del buey de mar, la centolla, el bogavante o la langosta no sólo se asociaron con el poderío económico sino que las actividades de morder, chupar y comerlos tuvieron una amplia significación erótica llevada hasta el fetichismo en nuestra sociedad contemporánea. Aunque el afrodisíaco rey sigue siendo el caviar.

El chocolate, las fresas, la canela o las almendras tienen su propia iconografía en el ámbito del erotismo. Uno de los postres más románticos y celebrados es el de las fresas con nata. La mixtura de colores intensos conjuga la estética afrodisíaca aunque sean las fresas con chocolate las consideradas como estimulantes de primera clase.

El chocolate revitaliza el sistema nervioso central ya que contiene una sustancia denominada teobromina que actúa como estimulante (el chocolate negro lo contiene diez veces más que el chocolate de leche común) mejorando la respiración y mejorando la circulación sanguínea. La canela tiene una larga tradición repostera como afrodisíaco que combina esta corteza desecada –en rama o polvo- con postres lácteos o pastelería.

En cuanto a las almendras, sus referencias en la literatura árabe clásica son numerosas pero más sorprendente es el uso de su aceite que, mezclado con la afrodisíaca jalea, era utilizado por Cleopatra en sus baños.

Con esta solución rejuvenecía su aspecto y conseguía cautivar a Julio César y posteriormente, a Marco Antonio. Un tipo de uso, de aplicación directa sobre la piel, muy distinto a los citados.