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Antídotos contra la nueva cara del fascismo

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Fomentar el miedo y el recelo hacia las personas que salen de los cánones previamente establecidas por el fascismo sigue siendo un signo de este movimiento de corte involucionista
Fomentar el miedo y el recelo hacia las personas que salen de los cánones previamente establecidos por el fascismo sigue siendo un signo de este movimiento de corte involucionista

El filósofo holandés Rob Riemen, fundador del Nexus Instituut, considera necesario “llamar al fascismo por su nombre” y propone los valores de un “humanismo europeo” como arma para combatirlo, según explica.

Riemen, autor del ensayo, “Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre fascismo y humanismo” (editado en catalán por Arcadia y en castellano por Taurus), considera “ridículo y estúpido” decir que esta ideología “es algo del pasado” o usar palabras alternativas para referirse a ella como “populismo o extrema derecha”.

El filósofo subraya, igualmente, que algunos pensadores del siglo XX, como Albert Camus y Thomas Mann, ya advirtieron de la permanencia del fascismo más allá del final de la II Guerra Mundial.

“Puedes compararlo con el cuerpo humano: la sociedad es un cuerpo político y si no lo cuidas puede enfermar”, afirma el autor, y añade, evocando a “La peste”, de Camus, que se trata de “una especie de virus” que se expande y evoluciona: “el fascismo no volverá con uniformes negros y esvásticas”, dice.

Para Riemen, el espíritu de la “democracia real” desborda las instituciones y consiste en “hacer justicia a la dignidad de cada ser humano” y “elevar a los ciudadanos” mediante un gobierno y una sociedad centrados en la educación, las artes y las humanidades.

“Esto viene acompañado de la responsabilidad de usar nuestra propia libertad para vivir una vida mejor nosotros mismos y para cultivar los valores espirituales y morales”, explica.

Sin embargo, el filósofo denuncia que en la “democracia de masas actual” predominan los “valores comerciales: eficiencia, productividad y beneficios”, y “las personas ya no cultivan sus propias mentes”.

Si “fomentas el odio y el miedo continuamente y juegas a señalar a otros como culpables, sean migrantes o judíos”, cuando la sociedad se ve “golpeada por la crisis económica que hace sentir inseguras a las personas”, la violencia acaba surgiendo, afirma.

Como solución, Riemen apela a la tradición del “humanismo europeo” y a la teoría política de la socialdemocracia que, por un lado, “acepta que es necesaria una especie de economía capitalista y de intercambio comercial” y, por otro, considera que la “máxima prioridad del gobierno es cuidar a la gente, a los más vulnerables”.

Se trata de buscar los “valores universales de justicia, belleza y bondad” que atraviesan fronteras y nacionalidades y pueden encontrarse, bajo distintas formas, “en la cultura japonesa, china o aborigen”.

“Nuestra auténtica identidad es lo que tenemos en común y nos hace ciudadanos del mundo: todos podemos crear belleza, todos podemos y debemos hacer justicia” afirma y se desmarca así de cualquier forma de “eurocentrismo”.

El filósofo recupera el concepto de “verdad metafísica”, que no puede ser definida por la ciencia y la tecnología, y reivindica la importancia de las artes “para expresar nuestro yo interior: nuestros miedos, nuestras frustraciones y esperanzas”.

Riemen lamenta la respuesta negativa de las “elites políticas e intelectuales” a su anterior ensayo, “Nobleza de espíritu” (Taurus, 2017), y considera que “forman parte del problema” dado que “no tienen interés por un cambio profundo en nuestra sociedad”.

“El fascismo va de abajo hacia arriba, así que la lucha contra él ha de ir en la misma dirección”, afirma.

El filósofo, nacido en una familia humilde, reconoce que es difícil convencer a una población empobrecida y con necesidades materiales sobre la importancia de los valores espirituales.

En este sentido, considera que “una sociedad completamente capitalista, sin justicia social, nunca podrá cultivar el espíritu de la democracia”.

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Sentimientos en el túnel de la razón

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Descendemos tanto a nivel biológico, como psicológico e incluso social de un largo linaje que comienza con tan solo unas pocas células vivas; nuestras mentes y culturas están ligadas por un hilo invisible a la antigua vida unicelular y hay una poderosísima fuerza de autoconservación que lo gobierna todo, inherente a la propia química de la vida. La misteriosa naturaleza de las cosas nos ofrece una nueva forma de entender el mundo y también del lugar que nosotros ocupamos en él
Descendemos tanto a nivel biológico, como psicológico e incluso social de un largo linaje que comienza con tan solo unas pocas células vivas; nuestras mentes y culturas están ligadas por un hilo invisible a la antigua vida unicelular y hay una poderosísima fuerza de autoconservación que lo gobierna todo, inherente a la propia química de la vida. La misteriosa naturaleza de las cosas nos ofrece una nueva forma de entender el mundo y también del lugar que nosotros ocupamos en él

El neurocientífico portugués Antonio Damasio, premio Príncipe de Asturias de Ciencia en 2005, considera que “estamos tan centrados en las matemáticas, los números y la tecnología que nos hemos olvidado de lo que nos construye como seres humanos: los sentimientos”.

Damasio, que es director del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California y autor de conocidos libros en su campo como “El error de Descartes” y “En busca de Spinoza”, es también quien firma “El extraño orden de las cosas”, en el que defiende que los sentimientos son la base de la cultura humana.

El libro revoluciona el paradigma sobre el origen de las emociones y las culturas, aportando una nueva visión sobre cómo cuerpo y mente están relacionados y cómo nuestras formas de organización social descienden de las formas de vida unicelulares a lo largo de millones de años.

“La novedad del libro radica en que actualmente la gente tiende a despreciar los sentimientos. Nos hemos centrado en la ciencia y la tecnología, pero en realidad la clave de todo está en los sentimientos, porque somos seres que sentimos: ésta es la clave. El resto de cosas, como el intelecto o la visión del mundo, vienen después del ser”, subraya Damasio.

El autor también aclara el significado del título: “‘Extraño orden de las cosas’ viene porque en la evolución hay cierto orden: empezamos con la regulación de la vida, después con los sentimientos y, por último, con la creación de productos culturales”.

Damasio añade que “en el libro explico por qué tenemos preocupaciones por el mundo, por qué tenemos sentimientos y a través de ellos creamos la cultura. Es a partir de los sentimientos que surge la humanidad”.

El neurocientífico habla de su preocupación acerca de las problemáticas sociales actuales, las cuales achaca a “una gran crisis que ha derivado en un populismo que amenaza en destruir las democracias actuales”.

Damasio ha reivindicado que “muchos de estos problemas no los podemos solucionar solo usando la razón o el conocimiento, sino que debemos aplicar también los sentimientos”.

“La actitud basada solo en el conocimiento crea dogmatismos, de lo que viven los grandes sistemas fascistas. La parte emocional, sin embargo, es la que nos permite activar los mecanismos de negociación, que servirán para solucionar las crisis”, asegura Damasio.

Según el neurocientífico, la clave está en entender los sentimientos y “entender también que tienen mucha variedad. Hay emociones positivas, como la compasión, la comprensión o el amor, y también negativas, como la ira, el desprecio o el orgullo, por lo que, si queremos progresar, debemos promover las buenas emociones”.

Damasio expone que, “si alguien te grita que hagas algo, pese a que sea completamente racional, tu primera reacción será de no querer hacerlo. Sin embargo, si intentas persuadir y negociar, con el afecto por delante, muy probablemente esa persona sí te escuche.”

Y sentencia que “la ciencia y la razón no salvarán el mundo: lo que necesitamos es la negociación combinada con sentimientos. A través de la negociación podemos llegar a un consenso para garantizar la supervivencia de la humanidad; si no, podemos entrar en una espiral de destrucción absoluta”.

Para recalcar el papel fundamental que han ejercido los sentimientos en el desarrollo del mundo actual, Damasio apunta que “la cultura y el intelecto nacen esencialmente del lenguaje, pero el lenguaje no habría existido nunca si apartamos los sentimientos”.

El rock como modelo predecible de consumo

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Dylan y Ginsberg durante la visita a la tumba de Jack Kerouac en 1975
Dylan y Ginsberg durante la visita a la tumba de Jack Kerouac en 1975

La música rock fue desde sus inicios objeto de numerosas críticas, y no únicamente de furibundos padres alarmados ante el inaceptable movimiento de caderas de Elvis Presley, o los aullidos desaforadamente sexuales de Little Richard. Había algo en la música rock que la hacía “menor” en comparación con la sacrosanta música clásica o incluso con un jazz ya aceptado y asentado como la música de una selecta minoría, más o menos intelectual. Incluso el folk estaba sancionado por ser una música de raíces.

Ese algo era, precisamente, que el rock era “mayor”. Se vendía mucho más que otros estilos musicales. No estamos hablando únicamente de elitismo. El público del rock lo constituía una numerosísima caterva de histéricos adolescentes, nacidos del optimismo ante el fin de la Segunda Guerra Mundial, acríticos para con cada nuevo producto que se les vendía. Si éstos eran los aficionados, ¿qué podía esperarse de la chillona música que escuchaban?

Esto, por supuesto, es una visión sesgada. Claro que hubo discusión acerca de qué artista era mejor que otro, o qué canción valía la pena y cuál era una auténtica gozada, pero sus principales valedores, incluso en el caso de los artistas más populares, eran jóvenes. A veces, también eran negros, lo cual no hacía mucho por mejorar el aspecto callejero o inferior del asunto a los ojos del respetable hombre blanco que debía decidir la asignación económica que su hijo o hija adolescente iba a poder dedicar a comprar música.

Sea como fuere, el rock se consolidó como un negocio cada vez más rentable, por cuanto sus fans (y entre ellos los futuros músicos) iban creciendo y entrando en un mercado laboral en expansión, debido justamente a la previsión de la enorme demanda que estos jóvenes harían de productos de todo tipo (incluidos reproductores de música, singles y discos de larga duración —cada vez más solicitados por músicos y, sobre todo, emisoras de radio necesitadas de cubrir holgadamente su programación—, y entradas de conciertos) cuando gastasen su recién adquirido primer sueldo. A este respecto resulta altamente revelador un texto de Tony Judt, contenido en su obra Postguerra: “Hasta aquel momento (finales de la década de 1950), la gente joven no había siquiera constituido una entidad diferenciada de consumidores”

Todo este marcado carácter de fenómeno sociológico y económico de masas no hacía sino poner de manifiesto la inferioridad del rock. Simon Frith lo explica muy bien: “El acierto con el que logramos explicar la consolidación del rock ‘n’ roll o la aparición de la música disco se toman como prueba de su falta de interés estético”. Fue entonces perfectamente normal que en algún momento no muy posterior algunos músicos de rock empezasen a desarrollar ciertas inquietudes artísticas.

Jeff Nuttall habla, en su libro Las culturas de posguerra (1968), de cómo un suceso de la magnitud de un hongo atómico fue por sí solo el detonante de toda una corriente de críticas contra el mundo que los jóvenes habían heredado, y de la elección de las artes (entre ellas, la música rock) como forma idónea (quizá la única) de expresar el malestar y desasosiego continuos propios de la sociedad de la Guerra Fría.

Más cerca en el tiempo, y con menor carga lisérgica, José Manuel Azcona menciona a Jack Kerouac, William Burroughs y Allen Ginsberg como referentes indispensables para entender el maridaje entre la música para adolescentes de Elvis, The Beatles o The Rolling Stones, carente en principio de componente intelectual alguno, con las ideas contraculturales del Movimiento Hippie, heredero natural del inconformismo propio de la Beat Generation.

Es en este contexto donde aparece la figura de Bob Dylan, quien, con su formación folk y sus letras hondas y comprometidas hasta un extremo impensable para los adolescentes fans de los Everly Brothers o The Beach Boys, era un improbable o vago modelo pop. Cuando dio el salto al rock electrificado, abandonando el sonido acústico de sus inicios (y siendo duramente criticado por ello desde instancias folk), trajo consigo la reputación ganada, transformando el escenario y abriendo un nuevo abanico de posibilidades líricas en el rock. De repente, el rock tuvo una vertiente elevada en lo intelectual (que con los años se vería sancionada incluso con la concesión de galardones que, como el Premio Príncipe de Asturias en 2007, habían estado tradicionalmente destinados a literatos). Mark Polizzotti escribe:

Se ha escrito tanto sobre Dylan y sobre Highway 61, que cualquier comentario añadido parece redundante. Al ser la estrella de rock oficial de la gente pensante, Dylan ha sido carnaza intelectual para generaciones de comentaristas. Otros artistas han vendido más discos, desde los Beatles hasta Michael Jackson o Mariah Carey, pero ninguno de ellos ha inspirado el mismo nivel de reverencia o de referencia.

La revigorizada vertiente lírica que Dylan introdujo fue importante para todo el rock posterior. Para el rock progresivo es quizá el primer peldaño, no el más importante, en su ascensión hacia unas más elevadas cotas de creación artística. Algo que formaba parte de sus ambiciones, tanto o más que la venta de discos.

Esta fase de la contracultura juvenil tuvo muy probablemente en el festival de Woodstock su punto álgido, al menos en cuanto a notoriedad mediática. El evento, organizado por cuatro veinteañeros y celebrado durante tres días de agosto de 1969 en una granja a las afueras de un pueblo del estado de Nueva York, suscitó todo tipo de comentarios, algunos no muy positivos. Uwe Schmitt, con motivo de unos programas de radio con el hilo conductor de la fiesta en la historia, nos lo cuenta así:

En Europa el debate sobre el fenómeno de masas que había sido Woodstock se inició en el otoño de 1970, cuando el documental de tres horas de Michael Wadleigh permitió al menos una visión parcial. La película dividió a la crítica cultural en dos campos hostiles que no tenían nada que envidiarse en cuanto a animosidad. Mientras unos no se cansaban de ensalzar beatíficamente el mito de una fiesta gigante de la paz que mostraba definitivamente el camino hacia una nueva sociedad libre a los hijos de Marx y de la Coca-Cola y al establishment, tan odiado por ellos, los otros condenaban la visión de Woodstock como peligrosa o demasiado cándida. Se produjo una curiosa coalición de rechazo entre los escritores ultrarreaccionarios y los representantes de la intelectualidad de izquierda, que tildaron por su parte a Woodstock de ejemplo frankfurtiano de manual en el que se mostraba un movimiento de masas desviado hacia el servilismo del explotador capitalista. Merece la pena retomar el hilo de estas agrias polémicas, que nos vuelve a llevar directamente a una época de esperanzadas rebeliones de la que el símbolo de Woodstock fue a menudo aislado y, por así decirlo, expulsado de manera fatal.

“La Dialéctica de la Ilustración” de Horkheimer y Adorno, con su concepto de la industria cultural, así como la obra de Enzensberger “Industria de la conciencia” ocuparon un lugar destacado entre los recursos argumentativos de los detractores de Woodstock. Estos escritos, utilizables por igual como meras proclamas o en exposiciones serias, se vieron apoyados a gusto del consumidor por declaraciones menos difundidas de testigos contemporáneos. Por ejemplo, por la crítica de Jürgen Habermas al “comportamiento moderno del ocio” que “no sería voluntario sino que dependería del ámbito de la producción en forma de “ofertas para el tiempo libre”. Una frase tomada de “Integración y desintegración”, artículo de Adorno y Benjamin publicado en 1942, presenta una línea de ataque similar: “La idea de que en una sociedad sin clases se prescindirá en gran medida del cine y la radio, que probablemente ya ahora mismo no sirven a nadie, no es en modo alguno absurda”. ¿La sociedad sin clases?

Nadie vacilaba entonces en aplicar burlonamente estos imponentes conceptos a la nación sin clases de aquel fin de semana en Woodstock. Y sólo unos pocos objetaron a esta elevada crítica no haber entendido precisamente lo esencial de la revuelta juvenil. .

Así que no era suficiente con las letras de protesta. Nada de lo que se dijera en una canción podría conmover o hacer cambiar de opinión a quien pensaba que cualquier cosa salida de un amplificador con guitarras eléctricas era inválida por cuanto estaba socialmente condicionada o políticamente predeterminada; incluso si el mensaje se lanzaba precisamente contra la opresiva élite responsable de la Guerra de Vietnam, por poner un ejemplo típico, usado precisamente en el festival de Woodstock.

Repostería para mal hablados

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Con la proliferación de estas palabras el lenguaje no tiene por qué perder, porque hay insultos muy elegantes
Con la proliferación de estas palabras el lenguaje no tiene por qué perder, porque hay insultos muy elegantes

Insultar con ingenio e inteligencia requiere clase, elegancia y una preparación que no todo el mundo tiene, según defienden los riojanos Ángel María Fernández y José Antonio Ruiz en su libro “Insultario”, concebido como un manual de autodefensa ante las ofensas cotidianas.

De profesión profesor y albañil, respectivamente, estos quintos del 73 de Arnedo (La Rioja) apelan al sentido del humor como excusa para lanzarse improperios, siempre desde el cariño, según cuentan.

Amigos desde la infancia, un día comenzaron a enviarse sesudos improperios por SMS, y poco a poco, uno picaba al otro, para comprobar quién soltaba “la parida mas surrealista y absurda”, ha explicado Fernández.

Cinco años después, reconocen estar “enganchados a insultarse”, ahora a través de WhatsApp, pero según ha bromeado Ruiz, las ofensas de su amigo son aún “peor”, porque “tiene carrera”.

“Sin insulto no hay halago”, ha añadido, pero “hay que odiar rápidamente para que se pase el enfado”, como una especie de terapia liberalizadora.

Hay que tener “desparpajo”, pero también hay que ser “cariñoso”, por muy “bruta” que sea la expresión que se lance, precisa el profesor, quien sostiene que los dos son igual de “mamarrachos”.

En el “Insultario” también hay insultos que hay que leer dos veces para llegar al fondo de la ofensa, porque estos amigos rehuyen el improperio “grueso” que se lanza sin sentido a cualquiera, ha añadido Fernández.

“El insultador pretende herir al insultado, por lo que en ocasiones suele caer en lo más burdo y simplón, que es lo fácil, hay que ofender con ingenio”, defiende.

Su amigo lamenta que con las redes sociales “se ha perdido el arte de insultar a la cara, ahora es todo virtual”.

“Te daría hostias de dos en dos hasta que fueran impares” y “No digo que sea precisamente hoy, pero en cuanto puedas vete a la mierda” son dos de las frases que aparecen en el manual, ilustrado por Carmelo Baya y editado por Pepitas de Calabaza.

También hay “maldiciones paganas” como: “Un tacto rectal y una colonoscopia cada dos horas es lo que te deseo”, “Ojalá la película sea coreana sin subtítulos”, “Lo que te iría bien es cogerte la chorra con la cremallera” y “Ojalá se te termine el plastidecor de color carne y tengas que colorear con el naranja muy flojito”.

En el libro ironizan sobre modas y “postureo”, de modo que lanzan pullas a veganos, runners, hipsters, metrosexuales y tertulianos.

Los autores no descartan publicar un segundo volumen, aunque, para compensar, entienden que estaría bien recopilar halagos en un “Piropario”.

Insultos de manual

“Incrúspido”, “cayuco”, “ufanero”, “rompegalas”; los insultos también pueden -y deben- usarse “con propiedad”, como demuestra un nuevo compendio que recoge los vocablos necesarios para salir del paso en cualquier ocasión y rompe con la idea de lo que son “las buenas y las malas palabras”.

“Todo el día insultamos”, y “a todos”, incluso a nosotros mismos-, por lo que el “Diccionario de insultos” ayuda a dejar fluir esa “catarsis” que, tras un momento de rabia, nos mantiene “firmes”, señala Pilar Montes de Oca, directora de la editorial Algarabía.

El abanico de insultos, recogidos del léxico de todos los países de habla hispana, es casi inagotable. Y es que, ¿por qué limitarse a emplear el término “tacaño” teniendo “durañón”, “codo” y “cenaoscuras”? ¿Por qué conformarse con el habitual “torpe” cuando existen “pañuso” o “chambón?

El compendio, de más de 2.000 entradas, es un diccionario de uso, que aporta ejemplos destinados a evitar la excesiva reiteración de palabras como el popular “pendejo” en México, que, desde el punto de vista de Montes de Oca, está “demasiado usado y es altisonante”.

“Si estás en una escuela y dices ‘oiga, profesor, usted es un pendejo’, te van a correr (echar) de la escuela (…), si le dices ‘oiga, ¿no cree usted que su pregunta es muy zafia, profesor?’, lo estás insultando igual, pero de otra manera”, ejemplifica la lingüista.

Las palabras provienen de una investigación en diccionarios como el de la Real Academia de la Lengua, el María Moliner, el etimológico de Joan Corominas o el de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua.

Tras meses de trabajo, Montes de Oca se plantea: ¿Hay buenas o malas palabras? ¿Las buenas palabras dónde están, o por qué hay una palabra que está bien u otra que está mal?

Mientras que algunos insultos “pueden ayudar” a expresarse, “esas palabras que tienen que ver con el sexo, con la enfermedad y la integridad física (como ‘promiscuo’, ‘tullido’ o ‘gordo’), generalmente son las que se convierten en malas palabras”, señala.

Fuera de la recopilación han quedado términos “normales, los que utiliza todo el mundo”, a pesar de que se han infiltrado algunos de ellos, como “boludo”, pero haciendo referencia a la acepción original, que en ocasiones data de siglos atrás.

Es el caso de “boludo”, que en el diccionario aparece con la descripción de “torpe, lento”: “De ahí que los argentinos lo utilicen para decir que alguien es muy tonto, pero era torpe en el original”, explica la lingüista.

De acuerdo con los estudios, “las malas palabras se van desgastando y se van utilizando más; mientras más se utilizan, se va desgastando esa carga que tenían”.

Esto sucedió con la palabra “buey” en México, que inicialmente se empleaba para decir a alguien que era tonto y más tarde se convirtió en una muletilla, como en Argentina ocurre con “che”, relata Montes de Oca.

“No es que utilicemos más o menos (insultos), simplemente los jóvenes están más abiertos a utilizar las palabras que antes, que había una costumbre de que no podías usar malas palabras delante de tu papá”, añade.

En definitiva, argumenta, con la proliferación de estas palabras el lenguaje no tiene por qué perder, porque “hay insultos muy elegantes “.

Y empleándolos, también “te estás llenando de cultura y de lenguaje antiguo”.

“Es un libro para insultar con propiedad, y un diccionario que les va a servir a todos”, concluye la lingüista, quien aspira a que el volumen se quede en el escritorio de los lectores y que, cuando envíen un mensaje de WhatsApp, este finalice con un inesperado “¡indino!”.

Lo que puede ocurrir con el café

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Lo que puede ocurrir con el café
Está demostrado que tomar una taza de café mejora el control de velocidad y los movimientos del coche

“¿Sabías que el café podría aliviar el dolor de cabeza? ¿Y que podría prevenir enfermedades neurodegenerativas? ¿Conocías que puede reducir la presión arterial y limpia los vasos sanguíneos? ¿Y sabes que el consumo de café podría aumentar el rendimiento deportivo?”

Éstas y otras conclusiones científicas han sido recogidas en la colección de fichas tituladas “Aprendiendo sobre el café”, recientemente publicadas por el Centro de Información Café y Salud (CICAS), y que, de forma clara y sencilla, explican a los consumidores los efectos de la ingesta moderada de esta bebida.

Esta información puede resultar de gran interés para la gran mayoría de la población dado que, según datos del Cicas, el 80 % de los españoles consumen café a diario, casi 9 de cada 10 (87 %) lo asocian a estar con gente y un 75 % consideran que su uso moderado es un hábito saludable, aunque sólo el 24 % saben que puede reducir el riesgo de diabetes y otras enfermedades.

Efectos positivos

El estudio publicado en la revista The New England Journal of Medicine pone de manifiesto que aquellas personas que consumen café a diario reducen su riesgo de muerte por enfermedad cardiovascular, respiratoria, ictus, diabetes, infecciones y lesiones.

Por su parte, el análisis de la revista de la American Heart Association (AHA), Circulation: Heart Failure demuestra el efecto cardioprotector del café, al igual que lo defiende la Fundación Española del Corazón.

Sobre los efectos del café en la alerta y en las enfermedades neurodegenerativas da respuesta la ficha “El café y el cerebro”. Varios estudios demuestran que la cafeína mejora el rendimiento cognitivo, la capacidad de alerta, atención y concentración, hechos de especial interés en la conducción.

En cuanto a las enfermedades neurodegenerativas, distintas investigaciones concluyen que el contenido de antioxidantes del café ejerce un efecto protector frente a un número de enfermedades en las que está implicado el estrés oxidativo de las células, como ocurre con el párkinson o el alzhéimer.

Siempre con moderación

Cómo afecta el consumo de café en los deportistas es otra de las cuestiones que se plantea en “El café y el deporte”. A este respecto, existen evidencias de que el café puede mejorar la velocidad y la potencia en esfuerzos cortos pero intensos y que mejora la resistencia a la fatiga.

En “El café y su cafeína“, los expertos señalan que el consumo moderado de esta sustancia (300 mg o tres-cuatro tazas diarias), además de tener efectos positivos sobre el rendimiento mental, la alerta y la concentración, puede formar parte de un estilo de vida saludable, activo y de una dieta equilibrada.

Dosis letal

Un estudio publicado en Mayo Clinic Proceedings ha puesto en alerta a los más cafeteros, tras concluir que el consumo de más de 28 cafés a la semana, cuatro diarios, aumenta el riesgo de muerte un 21% y, en las personas menores de 55 años, el riesgo de una mayor mortalidad puede ser incluso superior al 50%.

Aunque la cifra puede sonar algo escandalosa, los autores de este trabajo, pertenecientes al Arnold School of Public Health de la Universidad de Carolina del Sur (Estados Unidos), recuerdan que el último Estudio Nacional del Café realizado en este país reveló que más del 60% de la población adulta bebe café todos los días, con una media de tres tazas diarias.

El estudio trataba de analizar los efectos del consumo de café en caso de muerte por todas las causas y las muertes por enfermedades cardiovasculares, para lo que utilizaron una cohorte de más de 43.000 personas de 20 a 87 años, con un seguimiento medio de 17 años (entre 1979 y 1998).

Durante el seguimiento se registraron 2.512 muertes (de las que el 87,5% fueron hombres), y el 32% de estas muertes están provocadas por una enfermedad cardiovascular.

Además, se observó que aquellos que consumían mayores cantidades de café (tanto hombres como mujeres) eran también más propensos a fumar y tenían niveles más bajos de capacidad cardiorrespiratoria.

La tasa de mortalidad más significativa se notificó en quienes tomaban más de 28 cafés a la semana, que tenían un riesgo de mortalidad un 56% mayor.

Además, las mujeres más jóvenes que consumían más de 28 tazas de café por semana también tenían un riesgo más de dos veces mayor de mortalidad por cualquier causa, en comparación con quienes no bebían café.

Los investigadores sugieren que las personas más jóvenes deberían evitar el consumo excesivo de café. Sin embargo, subrayan que se necesitan más estudios en diferentes poblaciones para evaluar la información sobre los efectos del consumo de café a largo plazo y su relación con un aumento de la mortalidad por enfermedad cardiovascular.

Trabajo dignificante… y deprimente

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Trabajar en fin de semana se relaciona con un mayor riesgo de depresión en ambos sexos, aunque es mayor en las mujeres
Trabajar en fin de semana se relaciona con un mayor riesgo de depresión en ambos sexos, aunque es mayor en las mujeres

El auge de la globalización y de la economía 24/7 está demandando que las personas trabajen largas jornadas y fines de semana. Un estudio observacional llevado a cabo por universidades londinenses ha encontrado que estas condiciones laborales contribuyen a empeorar la salud mental en general, pero sobre todo la de las mujeres.

Según los datos que manejan los autores, esta tendencia de trabajo que denominan ‘antisocial’ se está expandiendo en todo el mundo. “En los países de Asia oriental ha aumentado el riesgo de muerte por exceso de trabajo. En Reino Unido, el estrés laboral se traduce en días de trabajo perdidos cada año. Y en el ámbito de la UE, casi una cuarta parte de la gente trabaja la mayoría de los sábados y una tercera parte, al menos un domingo al mes.

Estudios previos habían encontrado una relación entre estas fórmulas laborales y la depresión, pero la mayoría se habían centrado en hombres y en ciertos tipos de trabajo. La investigación actual, cuyos resultados se han publicado en la revista Journal of Epidemiology& Community Health, tiene por objetivo indagar cómo afectan este tipo de jornadas tanto a hombres como a mujeres.

Para averiguarlo, el equipo se basó en datos de un estudio longitudinal llamado Understanding Society (UKHLS), que ha estado haciendo un seguimiento de la salud y el bienestar de una muestra representativa de 40.000 hogares en todo Reino Unido desde 2009.

Mayor riesgo en fin de semana

Los investigadores se centraron en los datos de 11.215 hombres y 12.188 mujeres de la segunda ola del UKHLS, entre 2010 y 2012, que incluía información sobre el empleo. Tuvieron en cuenta la edad, los ingresos, la salud y las características del trabajo.

Las diferencias por género son evidentes: las mujeres que trabajan unas 55 horas semanales tienen un 7,3 % más síntomas de depresión que las que tienen una semana laboral estándar de 35 a 40 horas. Sin embargo, entre los hombres no hubo diferencias en el número de síntomas depresivos en función de las horas semanales trabajadas.

El estudio ha constatado diferencias de género en cuanto a los patrones laborales. Por ejemplo, los hombres trabajan más horas en empleos remunerados que las mujeres. Casi la mitad de los hombres, frente a menos de una de cada cuatro mujeres, sobrepasa el horario estándar.

Además, el estudio subraya que trabajar en fin de semana se relaciona con un mayor riesgo de depresión en ambos sexos, aunque es mayor en las mujeres.

“Este es un estudio observacional, por lo que, aunque no podemos establecer las causas exactas, sí sabemos que muchas mujeres se enfrentan a una doble carga porque asumen una mayor proporción de tareas domésticas que los hombres, lo que conduce a un total de horas extensivo, presiones de tiempo adicionales y responsabilidades abrumadoras”, destaca Gill Weston, investigadora del Instituto de Epidemiología y Atención de la Salud de la University College London y autora principal del trabajo.

“Si se tienen en cuenta estas tareas domésticas no remuneradas y el cuidado de otras personas, las mujeres trabajan más tiempo que los hombres, en promedio, lo que se ha relacionado en investigaciones anteriores con una salud física más deficiente”, agrega.

Vida laboral y maternidad

También se pone en evidencia que tener hijos afecta a la vida laboral de hombres y mujeres de diferente maneras. Los padres con hijos trabajan más horas que los que no los tienen. En cambio, casi la mitad de las madres del estudio trabajan a tiempo parcial, en comparación con solo uno de cada siete (15 %) hombres.

“También encontramos que los trabajadores con más síntomas de depresión son los de más edad, con ingresos más bajos, fumadores y con actividades físicamente exigentes –dice Weston–. Y esto se puede aplicar tanto a hombres como a mujeres”.

“Esperamos que nuestros hallazgos animen a los empleadores y a los responsables políticos a pensar en cómo reducir las cargas y aumentar el apoyo a las mujeres que trabajan muchas horas o de forma irregular, sin restringir su capacidad de trabajar cuando lo deseen”.

En su opinión, “unas prácticas de trabajo más justas podrían beneficiar tanto a los trabajadores como a los empleadores de ambos sexos”.

Películas que mitigan la angustia vital

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Fotograma de Freaks, cinta que fue cortada, censurada, prohibida y denigrada durante décadas
Fotograma de Freaks, cinta que fue cortada, censurada, prohibida y denigrada durante décadas

El cine, además de evasión, reflexión y recreo artístico, puede ayudar a tener una vida mejor, o al menos así lo defiende el escritor y periodista especializado en psicología Francesc Miralles en su libro “Cineterapia”, donde a través de 35 películas da las claves de una existencia más satisfactoria.

Con las tarifas que manejan las consultas de psicología, merece la pena intentar esta “Cineterapia”, que edita Oniro del Grupo Planeta, y que solo con películas puede aplacar algunos de los males más corrientes del hombre contemporáneo, como la violencia, a través de “A Clockwork Orange”, de Stanley Kubrick, o los conflictos de fe con “The Seven Seal”, de Ingmar Bergman.

“Dersu Uzala o el cine de Eric Rohmer funcionaban en un tiempo en el que los espectadores tenían más paciencia y ahora pueden estar bien como efecto relajante. Cuando lo que hay es apatía, depresión, estados melancólicos, a lo mejor necesitas una películas más cañera como Trainspotting”, asegura Miralles.

“Cineterapia” está lleno no solo de consejos prácticos para la vida, sino de anécdotas cinéfilas jugosas que entretienen por este recorrido entre el celuloide y los estados de ánimo más reconocibles.

Está usted intentando superar un desencanto amoroso? Miralles recita “Eternal Sunshine of the Spotless Mind”, de Michel Gondry. “Analiza muy bien por qué pequeños detalles empieza a naufragar una pareja, esa fragmentación de los recuerdos. Plasma perfectamente lo que es un naufragio sentimental, por qué por mucho que se quieran dos personas y lo intenten, a veces pueden más los roces del día a día”, explica.

En esta primera sesión, Miralles ya demuestra que lo suyo no es exactamente la autoayuda, sino que asume como innata la insatisfacción. “El ser humano es un animal que necesita el conflicto permanente, cuando no lo tiene fuera lo tiene dentro. La insatisfacción forma parte de nuestra estructura mental y es la que nos ha hecho diferenciarnos de los otros animales”, asegura.

Si es usted de los que se quedan paralizados por el miedo, seguramente no ha visto con los ojos de Miralles un clásico popular como “Alien”.

“El monstruo que tiene en vilo la película apenas se ve unos segundos y eso es muy significativo de cómo suceden las fobias: ni las vemos ni probablemente van a suceder. Ridley Scott captó muy bien la mecánica del miedo”, razona.

Un mal tan cotidiano como el estrés o la saturación de estímulos externos pueden encontrar bálsamo en el cine oriental, en concreto en la cinta coreana “3-Iron”, de Kim Ki-duk.

“Alguien que está estresado, que sufra la intoxicación de Twitter, Facebook, teléfonos y ordenadores, se encuentra con una historia muy sencilla y muy poética sin palabras. Una película que te descarga”, asegura.

Y así, también analiza los mandamientos de la Iglesia Jedi de “Star Wars”, la fuerza del tesón a través de “The Straight Story”, de David Lynch, el elogio al diferente en “Freaks”, de Tod Browning, o los vínculos familiares a través de “The Godfather”, de Francis Ford Coppola.

“Las películas normalmente son analizadas por expertos en cine según sus aspectos técnicos. Hablan de la trayectoria del director, los actores, la fotografía, pero pocas veces se centran los artículos en lo que es la psicología que hay detrás de cada película que, en un nivel básico, se puede aplicar a la vida diaria”.

Y, sobre todo, recuerda cómo “el cine es mucho más absorbente que la novela. Una persona que padezca una depresión importante va a ser difícil que se concentre en una novela. Exige del lector un esfuerzo de atención e imaginación, pero cuando te encierras a oscuras en una sala de cine sabes que te apartas de tu mundo”, concluye.