stanley kubrick

Antes y después de la odisea espacial

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Basándose, cosa que desconocía hasta hace bien poco, en una novela de John Wyndham. “El pueblo de los malditos” (1960) llegaba aún en blanco y negro y nos transportaba a Midwich, un poblado cuyos habitantes parecían haberse puesto de acuerdo para perder súbitamente sus vidas. Después descubríamos que en realidad no era así, y simplemente habían perdido la consciencia. O “revivían”, con la sensación de haber experimentado un largo y profundo sueño. Y lo hacían para descubrir que, del mismo modo repentino, todas las mujeres del pueblo se habían quedado embarazadas y un puñado de niños estaban en camino. Niños que crecían entre la confusión de unos padres que no se explicaban ni el baby-boom, ni el prodigioso desarrollo de unos pequeñajos que habían nacido con unos ojos extraños, decían.
Basándose en una novela de John Wyndham. “El pueblo de los malditos” (1960) llegaba aún en blanco y negro y nos transportaba a Midwich, un poblado cuyos habitantes parecían haberse puesto de acuerdo para perder súbitamente sus vidas. Después descubríamos que en realidad no era así, y simplemente habían perdido la consciencia. O “revivían”, con la sensación de haber experimentado un largo y profundo sueño. Y lo hacían para descubrir que, del mismo modo repentino, todas las mujeres del pueblo se habían quedado embarazadas y un puñado de niños estaban en camino. Niños que crecían entre la confusión de unos padres que no se explicaban ni el baby-boom, ni el prodigioso desarrollo de unos pequeñajos que habían nacido con unos ojos extraños, decían

El cine de ciencia ficción, infravalorado desde sus orígenes, tiene la oportunidad de reclamar su lugar en el cine de calidad, según explica el escritor y periodista Javier Memba en su libro ‘La década de oro de la ciencia-ficción (1950-1960)’.

Editado por T&B Editores, Javier Memba, cinéfilo y aficionado a la ciencia ficción, realiza un exhaustivo repaso a este género, contemplando sus orígenes literarios en novelas como ‘La Odisea’, ‘Los viajes de Gulliver’ o ‘Rebelión en la granja’, para luego incidir en la década gloriosa de este género cinematográfico, de 1950 a 1960.

En una entrevista, el autor sitúa el comienzo de esta década de oro con películas como ‘Cohete K-1’, de Kurt Neumann, y ‘Destino a la luna’, de Irvin Pichel.

Recluido en la serie B, el cine de ciencia ficción nunca se libró de ser el típico “cine para adolescentes” y de baja calidad, ya que incluso en su mejor época “siempre estuvo infravalorado”, asegura Javier Memba.

Según el escritor, Kubrick consigue en los 60 con ‘2001: Odisea en el espacio’ que la ciencia ficción alcance su madurez, pero autores como George Lucas y su saga de ‘La guerra de las galaxias’ recurren a “contenidos infantiles” que lo transforma de nuevo en “cine para niños”.

Durante su época dorada, el cine de ciencia ficción aprovecha la paranoia colectiva creada por la Guerra Fría y así, la mayoría de los argumentos giran en torno a Marte, la amenaza del Planeta Rojo, como metáfora del miedo al comunismo.

Javier Memba señala que hoy en día el género se ha devaluado, es una ciencia ficción “muy positivista”, heredera de Julio Verne, donde impera “el buen rollito”, en vez del trasfondo social y político propio de ‘La guerra de los mundos’ o ‘El planeta de los simios’.

Para el escritor, el hecho de que en España no se haya desarrollado el género no ha sido por falta de presupuesto, sino por la presencia de “el Santo Oficio” en la vida española, donde la fantasía era sinónimo de brujería y su práctica “estaba penada con la cárcel”.

Memba ha incluido en el libro una selección de 20 películas de la época dorada del género, entre las que siente especial predilección por ‘La mujer y el monstruo’, de Jack Arnold, una versión de ‘La bella y la bestia’ con una “sensualidad inusitada”.

Después de 2001

“2001, una odisea del espacio” (Stanley Kubrick, 1968) marcó la cima del cine de ciencia ficción pero ni mucho menos su fin ya que, tras dejar de temer la invasión alienígena, ha viajado por el espacio y la inteligencia artificial, ha atemorizado con catástrofes y emocionado con los superhéroes.

Javier Memba repasa en su libro “La nueva era del cine de ciencia ficción (1971-2011). De la guerra de las galaxias a los superhéroes” la evolución de este género en los últimos 40 años a partir de la película de Kubrick, considerada por el autor como “insuperable” y que marcó un nuevo rumbo.

Tras “La década de oro en la ciencia ficción (1950-1960)”, Memba dedica este segundo libro sobre el género, también publicado por TB Editores, a los cambios radicales experimentados desde los años 70 hasta la actualidad, cuando la gran pantalla retomará un camino apuntado con Superman hace más de 30 años. La era posterior a “2001, una odisea del espacio” fue inaugurada, según relata el escritor, por “THX 1138” (1971), el primer largometraje de George Lucas que, seis años después, logró un hito con “La guerra de las galaxias” , de la que Memba destaca su carácter “simplista hasta el infantilismo”.

Los años 80 son descritos como los de asentamiento y eclosión de las sagas en la ciencia ficción: “La guerra de las galaxias”, “Star Trek” , los viajes en el tiempo de Marty McFly en “Regreso al futuro” , “Terminator”, “Superman” o “Robocop” . A principios de esta década, ve la luz una de las más trascendentes no del género sino de toda la historia del cine a juicio del autor, “Blade Runner” , de Ridley Scott, director del que alaba también “Alien, el octavo pasajero” , una “sombría” visión de este cine frente al “buenrollismo” de Lucas y Spielberg.

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La naranja mecánica y los Stones

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The Rolling Stones, en 1972, año del estreno de "La naranja mecánica"
The Rolling Stones, en 1972, año del estreno de “La naranja mecánica”

Muchos años después del estreno de “La naranja mecánica” (1972), pocos recuerdan que Stanley Kubrick pudo firmar una de sus cintas más impactantes gracias a que los Rolling Stones se apearon del proyecto por un problema de agenda y acabaron revendiendo los derechos de la novela para el cine.

¿Cómo habría sido “La naranja mecánica” con Mick Jagger como Alex DeLarge y el resto de la banda -Bill Wyman, Charlie Watts, Keith Richards y Brian Jones- en el papel los inquietantes “drugos” que bebían leche en el bar “Milk More”?

El director previsto era John Schlesinger, autor de películas como “Cowboy de medianoche” o “Marathon Man”, y el proyecto pretendía dar un empujón a la carrera cinematográfica de Jagger, que estaba a punto de estrenar dos cintas llamadas al fracaso: “Ned Kelly” y “Performance”.

Aunque físicamente, el cantante de “Brown Sugar” podría haber funcionado como el psicótico y ultraviolento protagonista, se puede casi afirmar que la Historia del Cine agradeció que las agendas no cuadraran, pues parece improbable que el tándem Stones-Schlesinger pudiera superar el resultado del que hoy es un clásico del cine y entonces una bomba de relojería.

Y, de hecho, el realizador declinó la oferta por tratarse de un filme demasiado polémico en su reflexión sobre la violencia. “No es la clase de temas que particularmente me gusta abordar”, aseguró entonces.

“La naranja mecánica”, el libro, era una de las cinco novelas que Anthony Burgess había escrito deprisa y corriendo en 1961 para poder pagar la operación de su mujer, a la que habían diagnosticado un tumor cerebral. Según el propio autor, un libro prácticamente de encargo.

Se había inspirado en la violación que ella sufrió en 1944 mientras Burgess estaba sirviendo al ejército británico en Gibraltar. Y vendió los derechos para el cine con urgencia a un productor teatral del off Broadway llamado Si Litvinoff por la nimia cantidad de 500 dólares.

Beethoven por…Los Beatles

En mayo de 2008, una carta de Litvinoff a Schlesinger descubrió este curioso y poco conocido proyecto que, además, pensaba contar no con la música de Beethoven que utilizó sabiamente Kubrick, sino con una banda sonora de los Beatles.

“En cuanto leas el guión y la novela estoy convencido de que verás el increíble potencial que todos vemos en este proyecto”, le escribía Litvinoff a Schelsinger. “Esta película debería romper los moldes con su lenguaje, su estilo cinematográfico y su música”, proseguía el productor.

Para los fans de los Stones, hay que aclarar que el “Singin’ in the Rain” para las escenas de violencia fue idea del actor finalmente protagonista, Malcolm McDowell, por lo que nunca se llegó a pensar poner ese estándar en la boca más famosa del rock.

En la biografía de Stanley Kubrick escrita por John Baxter, recordaban cómo Jagger había manifestado su entusiasmo por el libro de Burgess, pero no era el único músico que había caído en el embrujo de “La naranja mecánica”.

Elvis Costello se convirtió en coleccionista de copias de la primera edición del libro, mientras que Paul Cook, batería de los Sex Pistols había dicho: “Odio leer. Solo he leído dos libros. Uno era acerca de los hermanos Krey. Y el otro ‘La naranja mecánica'”.

Al propio autor de la novela se le llegó a encargar un guión, que pudo ser hojeado por el crítico Adrian Turner, quien según John Baxter fue demoledor en su opinión: “Tenía unas trescientas páginas y era ilegible. Burgess se había limitado a transcribir el libro palabra por palabra”, dijo.

Litvinoff retuvo durante unos meses los derechos de la novela, pero los Stones, que por entonces se acababan de autoproclamar “la banda de rock más grande del mundo”, decidieron abandonar el proyecto.

Fue entonces cuando el libro volvió a caer en manos de Stanley Kubrick, quien ya lo había leído con cierto desinterés años antes, pero que tras ver naufragar su ambicioso proyecto de rodar la vida de Napoleón Bonaparte, desenterró la posibilidad de dirigir “La naranja mecánica”. El resto, como quien dice, ya es Historia

Los conatos napoleónicos de Kubrick

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La obsesión de Kubrick por la figura de Napoleón comenzó en 1967, cuando empezó a acumular información con el objetivo de realizar el que iba a ser su mayor trabajo cinematográfico con David Hemmings como Bonaparte y Audrey Hepburn como Josefin
La obsesión de Kubrick por la figura de Napoleón comenzó en 1967, cuando empezó a acumular información con el objetivo de realizar el que iba a ser su mayor trabajo cinematográfico con David Hemmings como Bonaparte y Audrey Hepburn como Josefin

Stanley Kubrick es considerado por muchos como uno de los más influyentes cineastas del siglo XX, su precisión técnica, la gran estilización de sus películas, su marcado simbolismo, su perfeccionismo y el ser un adelantado a su tiempo son aspectos que han ayudado a que algunos de sus largometrajes como “Lolita”, “La naranja mecánica”, “El Resplandor” o “La chaqueta metálica” puedan ser considerados como piezas de culto para los amantes del séptimo arte.

Gracias a una edición del libro “Stanley”s Kubrick”s Napoleon: The Greatest Movie Never Made”, publicada por la editorial Taschen, conocemos mucho más de uno de sus grandes proyectos inacabados: llevar a la pantalla la vida de Napoleón.

Un intento fallido recogido en esta obra de más de 100 páginas que contiene sus cuadernos, anotaciones y fotografías recopiladas por el director, una compleja labor que incluye todos los elementos que Kubrick recopiló con la intención de poner en marcha la filmación de una cinta que hubiera tenido una duración de tres horas y que iba a ser rodada en Reino Unido, Francia y Rumanía.

La obsesión de Napoleón Bonaparte por la que fuera su primera esposa, Josefina de Beauharnais, es bien conocida.

La de Kubrick por la figura de Napoleón comenzó en 1967, cuando empezó a acumular información con el objetivo de realizar el que iba a ser su mayor trabajo cinematográfico con David Hemmings como Bonaparte y Audrey Hepburn como Josefina.

Pero en este largo y tortuoso camino se cruzó “La naranja mecánica”, lo que, unido a los serios problemas que estaba encontrando para lograr financiación para su historia napoleónica, le hizo posponer por primera vez una producción que sería retrasada mil veces más y que se quedaría para siempre en la mente del extraordinario cineasta sin poder concluirse.

Y es que Kubrick estaba convencido de que Napoleón era el hombre más interesante que jamás había pisado la tierra, su pasión desmedida por la figura del francés (leyó 500 libros sobre el tema) es palpable a través de las cartas, anotaciones y reflexiones recopiladas en este libro.

A nivel cinematográfico, exhaustivas notas de producción, la cuidadísima planificación del rodaje o la completa base de datos en formato de fichas escritas a mano realizadas por un grupo de estudiantes de Oxford contratados para la ocasión por el cineasta.

Sin olvidar por supuesto el guión, que comienza con un Napoleón de cuatro años que sostiene un oso de peluche en brazos y que finaliza con el general en su destierro de Santa Helena, dictando sus memorias y recordando por supuesto a su amada Josefina.

Una pena lo que pudo ser y no fue. Un interesante proyecto que desgraciadamente supone una oportunidad perdida para el mundo del cine.

Al menos con iniciativas editoriales como ésta permanece viva semejante empresa inacabada en la memoria de multitud de fieles seguidores del genial Kubrick.