terror

Terrorífica satisfacción garantizada

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William Castle, un director exitoso y también infravalorado por la historia
William Castle, un director exitoso y también infravalorado por la historia

Su verdadero nombre era William Schloss, y nació en Nueva York, en el seno de una familia de origen judío. “Schloss” significa “castillo” en alemán, por lo que Castle probablemente tradujo su apellido al inglés para evitar la discriminación que a veces soportaban los artistas judíos de la época.

William Castle es tal vez el único director que se hizo más famoso por lo que hizo fuera de la pantalla, que por lo que hizo dentro de ella, detrás de la cámara. Por un lado, fue productor de películas tan importantes como “La Dama de Shanghai” (The Lady from Shanghai) de Orson Welles y “La semilla del diablo” (Rosemary´s Baby) de Roman Polanski. Pero, sin lugar a dudas, lo que introdujo a Castle en la historia del cine fueron los trucos publicitarios o gimmicks con los que promocionaba sus películas.

Todo comenzó cuando producía una obra teatral protagonizada por una actriz alemana – Ellen Schwanneke – quien recibió una carta de Joseph Goebbels, ministro de propaganda del nazismo, invitándola a trabajar en Alemania. Castle la ayudó a escribir una enérgica respuesta – dirigida a Adolf Hitler -, y se encargó de que una copia llegara a los principales diarios. Algunos sostienen que hasta llegó a simular un atentado en el teatro en el que se representaba la obra, donde se rompieron algunos vidrios y se pintaron svásticas en las paredes.

Castle entró al mundo del cine realizando diversas tareas para Columbia Pictures, hasta que en el año 1943 tuvo la posibilidad de dirigir su primer film. Su carrera oscilaba entre la realización de westerns y policiales, siempre en producciones de bajo costos. Cuando vio “Las Diabólicas” (1955) de Henri Clouzot, junto a Robb White (escritor de cine y TV), decidió volcarse a la realización de films de terror.

El primer film en esta nueva dirección fue “Macabro” (Macabre, 1958) basado en la novela The Marble Orchard, película que marcó también el debut de los gimmicks que volverían a sus films tan populares. Para “Macabro”, Castle aseguró en mil dólares a los espectadores para el caso de que alguno muriera de miedo durante la función. El Banco Lloyd´s de Londres era el encargado de cubrir esta suma.

Para su siguiente film, “La Mansión Embrujada” (House on Haunted Hill, 1959) protagonizada por Vincent Price, Castle ideó la aparición de un esqueleto volando por encima de la cabeza de los espectadores en uno de los momentos de mayor tensión del film. Otra vez, los trucos ideados por Castle, lograron que La Mansión Embrujada sea un éxito en la taquilla.

La repercusión alcanzada por sus films, llevó a Columbia Pictures a contratar al realizador y a su colaborador y guionista Robb White. También en 1959, presentó “El Aguijón de la Muerte” (The Tingler), con el genial Vincent Price otra vez en el rol protagónico, interpretando a un científico que descubre que cuando una persona siente miedo, se forma un extraño monstruo dentro de su cuerpo que puede ser liberado solamente gritando desaforadamente. Para “complementar” este delirio lisérgico (el científico experimentaba con LSD), Castle ideó Percepto, un sistema que se colocaba en algunas butacas de la sala, y que generaba una pequeña descarga eléctrica que sorprendía a los desprevenidos espectadores. “El Aguijón de la Muerte” se transformó en una de las películas más taquilleras del realizador, además de ser la más extraña e interesante.

En “Trece Fantasmas” (13 Ghosts, 1960) y mientras el cine en tres dimensiones estaba viviendo un corto período de esplendor, Castle presentó el Illusion-O, mediante el cual el espectador elegía si quería ver los fantasmas del título utilizando unos anteojos – el “ghost viewer” – que le eran entregados a la entrada.

Al año siguiente, para “Homicida” (Homicidal, 1961), película que toma la idea del asesino con personalidad dividida de Psicosis estrenada un año antes – por algo a Castle lo llamaban “el hermano pobre de Hitchcock” – el realizador inventó el Fright Break (la pausa del miedo). En dicho “intervalo” los espectadores que estuvieran muy asustados podían salir de la sala y pedir el dinero de la entrada. A cambio, tenían que esperar hasta el final del film en el Coward´s Corner (el rincón de los cobardes). En un principio, los exhibidores se opusieron a la idea, pero Castle terminó demostrando que su idea funcionaba, transformando una vez más a sus películas en un éxito de público (luego de prohibir las funciones continuadas).

El “Barón Sardonicus” (Mr. Sardonicus, 1961), permitía a los espectadores decidir el destino final del barón del título, utilizando unas tarjetas fosforescentes con un dedo pulgar hacia arriba y otra con un dedo pulgar hacia abajo. Antes del final del film, el propio Castle aparecía en la pantalla y preguntaba a la audiencia que suerte merecía el barón. Como la audiencia siempre lo condenaba, algunos sostenían que Castle no había grabado el final por el cual el barón era salvado.

Sus siguientes films, no contaron con esta clase de gimmicks, pero Castle siguió creando originales ideas comerciales. Para “La Espía de Mis Sueños” (13 Frightened Girls, 1963), organizó un concurso por el cual eligió a las trece chicas del título original, filmando trece versiones distintas de la primera escena para que cada país creyera que su compatriota era la protagonista de la película.

“Camisa de Fuerza” (Strait-Jacket, 1964) contaba la historia de una mujer que salía de un manicomio luego de estar varios años, por haber asesinado a su marido y a su amante con un hacha. Para la ocasión, Castle repartió hachas ensangrentadas de cartón entre los espectadores.

La última vez que causó conmoción con una de sus ideas, fue con “Broma Macabra” (I Saw What You Did, 1965). Haciendo bromas telefónicas, unas chicas llaman a un hombre que acaba de asesinar a su esposa y le dicen “yo vi lo que hiciste”. Castle publicó en los avisos del film, un número de teléfono donde la gente llamaba y una voz grabada los invitaba a ver el film. La campaña publicitaria generó un aluvión de bromas, por lo que las compañías telefónicas amenazaron al realizador con iniciarle acciones legales. A último momento, Castle cambió por unos cinturones de seguridad en las butacas de los cines para contener a los aterrorizados espectadores.

Su siguiente film no contó con ningún tipo de truco publicitario, motivo por el cual “Amor Entre Sombras” (The Night Walker, 1965), por lo que pasó completamente desapercibido para la audiencia. La última película que dirigió fue “Shanks” con el mimo Marcel Marceau, y su último truco, ya en el rol de productor, lo ideó para “Invasión Infernal” (Bug, 1975) de Jeannot Szwarc, asegurando en un millón de dólares a la cucaracha más importante de la historia del cine (también había pensado colocar unos plumeros debajo de las butacas).

Mientras en la actualidad multitudinarios equipos se dedican a estudiar las estrategias para promocionar sus films, William Castle fue un artesano y creador que no sólo pensaba en las recaudaciones, también consideraba al cine como un espectáculo que excede los límites de la pantalla.

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El profanador profanado por su biografía

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A lo largo de más de treinta años de carrera y una veintena de películas dirigidas por él, Grau ha construido una filmografía heterodoxa y de gran variedad, moviéndose con soltura entre lo personal y lo comercial (a veces, coincidiendo en ambos), con grandes triunfos en taquilla y algún que otro proyecto frustrado
A lo largo de más de treinta años de carrera y una veintena de películas dirigidas por él, Grau ha construido una filmografía heterodoxa y de gran variedad, moviéndose con soltura entre lo personal y lo comercial (a veces, coincidiendo en ambos), con grandes triunfos en taquilla y algún que otro proyecto frustrado

Del cine de autor a los zombies y del coqueteo experimental al destape, la carrera de Jordi Grau (Barcelona, 1930) es una de las más versátiles y arriesgadas del cine español, un riesgo por el que ha pagado un precio, según cuenta en relación a sus memorias.

“Nunca he hecho una película con vocación comercial”, asegura el autor de “Una historia de amor” o “El espontáneo”, de los sesenta, y de los títulos de horror “Ceremonia Sangrienta” (1973) y “No profanarás el sueño de los muertos” (1974), que le han valido la etiqueta de director de culto.

“La única vez que acepté el reto fue en ‘Tuset Street’, con Sara Montiel, y fue el principio de mi fracaso, ahí perdí mi convicción”, relata durante una entrevista en su casa, rodeado de pinturas realizadas por él.

Las desavenencias con Sara Montiel son uno de los capítulos de sus memorias, “Confidencias de un director de cine descatalogado” (Calamar Ediciones), en las que desgrana lo que él llama “la trastienda” de su vida cinematográfica.

Grau da su visión de un conflicto muy aireado en su momento, incluyendo un inconsciente rechazo por parte del director a una supuesta invitación sexual de la estrella durante un encuentro en una habitación de hotel para hablar del personaje.

“Sara Montiel no me gustaba, ni como mujer ni como actriz. El problema fue creerme que yo podía mostrar otra faceta suya, la de un ser popular, sencillo y descarado. Pero ella quería ser una marquesa, la visión que tienen las porteras de las marquesas, porque esa era la base de su éxito”, indica.

La amistad de Grau con Federico Fellini también ocupa unas cuantas páginas. Una amistad que surgió en Roma, el día en que el autor de “La dolce vita” dio una charla en su clase de cine y, ni corto ni perezoso, el catalán le pidió una entrevista.

“Le caí simpático”, dice Grau, que acabó de impresionar al maestro cuando vio publicada la entrevista en una revista española, pese a que el improvisado periodista no había grabado nada ni tomado apenas notas.

El ánimo renovador del cineasta español -en realidad, fidelidad a su instinto- se vislumbró desde su primera película, “Noche de verano” (1962), un drama romántico con Paco Rabal, con una arriesgada lectura moral para la época, que le enfrentó con los productores, ligados al Opus Dei.

“Quería contar historias auténticas, que conocía, nada más”, señala. “¿He pagado un precio? Sí, pero casi diría que lo estoy pagando ahora. La última película que hice fue “Tiempos mejores” y de eso hace 15 años”.

Desde entonces, Grau ha intentado levantar varios proyectos, incluido un “Don Juan” basado en la versión menos popular de Tirso de Molina, pero ninguno ha acabado de fraguarse.

“Lo que ocurrió con ‘Tiempos mejores’ es que un productor importante quería entrar en el negocio, pero con la condición de que lo hicieran Carmen Maura y Andrés Pajares, que están muy bien, pero no eran los personajes de mi película”, explica.

Grau no pasó por el aro y la cinta se quedó sin el soporte de producción que necesitaba. “Ese fracaso ha hecho que me haya ido encontrando desde entonces con la oposición de los productores”, dice.

Pero antes de llegar a ese punto hay una veintena de títulos a revisar, incluido “La trastienda”, un alegato contra la doble moral burguesa, que fue un éxito de taquilla, ayudado, eso sí, por el segundo y medio de desnudo frontal de María José Cantudo, el primero de la Transición.

O sus dos únicas incursiones en el terror, “Ceremonia sangrienta”, basada en la vida real de la Condesa Bathory, que se bañaba en sangre de vírgenes para conservar su juventud, y “No profanar el sueño de los muertos”, una de las primeras películas de zombis hechas en España.

Cuando se le pregunta el porqué de una carrera tan heterogénea, Grau responde con algo que le dijo hace muchos años a un amigo que le preguntó qué hacía él metido de ayudante en una película de romanos.

“Le dije: ‘Primero, tengo que seguir viviendo. Si tengo talento, lo demostraré de alguna manera y sino, seguiré haciendo lo que pueda’. Mi actitud siempre ha sido muy posibilista. Al escribir el libro es cuando me he dado cuenta de ha habido una cierta integridad en mi actuación”.

El título, “Confidencias de un director descatalogado” se le ocurrió un día en que preguntó en unos grandes almacenes por “Ginger y Fred” de Fellini y le dijeron que estaba descatalogada. “Pero, ¿cómo puede ser? -exclama-. Es como si en el Prado encierran Las Meninas porque son de hace 400 años”.

Acto seguido hizo la prueba con su propia película más popular, editada en países como Alemania, Inglaterra o Japón, “No profanar el sueño de los muertos”. La respuesta, es fácil de adivinar.

Silueta terroríficamente sensual

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Karen Black se convirtió en una de las grandes musas del Nuevo Cine Americano participando en films tan míticos como 'Easy Rider' (Dennis Hopper, 1967), 'Mi vida es mi vida' (Bob Rafelson, 1970), por la que obtuvo su única nominación al Oscar como secundaria, 'El Gran Duelo' (Lamont Johnson, 1971), 'El Gran Gatsby' (Jack Clayton, 1974), 'Nashville' (Robert Altman, 1975), 'Como plaga de langosta' (John Schlesinger, 1975) y 'Capricornio Uno' (Peter Hyams, 1977), entre otros muchos
Karen Black se convirtió en una de las grandes musas del Nuevo Cine Americano participando en films tan míticos como ‘Easy Rider’ (Dennis Hopper, 1969Karen Black), ‘Mi vida es mi vida’ (Bob Rafelson, 1970), por la que obtuvo su única nominación al Oscar como secundaria, ‘El Gran Duelo’ (Lamont Johnson, 1971), ‘El Gran Gatsby’ (Jack Clayton, 1974), ‘Nashville’ (Robert Altman, 1975), ‘Como plaga de langosta’ (John Schlesinger, 1975) y ‘Capricornio Uno’ (Peter Hyams, 1977), entre otros muchos

Belleza morena y enigmática, actriz de títulos significativos del nuevo cine estadounidense de los setenta como «Five Easy Pieces», de Bob Rafelson, o «Nashville», de Robert Altman, y última actriz fetiche de Hitchcock en «La trama», Karen Black fue la musa de la contracultura de los 60, la heroína del cine comercial de los 70 y el ídolo kitsch del cine de terror de los últimos años, cantante de country candidata a un Grammy cuando Robert Altman se lo pidió para Nashville o el nombre de esa banda de glam punk que decidió llamarse The Voluptuous Horror of Karen Black en su honor.

Actriz cultivada en el Actor’s Studio de Lee Strasberg o por siempre recordada como la azafata que salva el día en Aeropuerto 1975. Black hizo de todo y todo lo hizo bien, incluso cuando los papeles eran malos.

Nacida el 1 de julio de 1939 en Park Ridge (Illinois, Estados Unidos) y formada en la legendaria escuela de interpretación de Lee Strasberg, Karen Blanche Ziegler, su verdadero nombre, había enfocado su formación a los teatros de Broadway, donde debutó en 1966 con «The Playroom», pero pronto fue descubierta por los estudios de Hollywood.

La actriz hizo su primera aparición en un título tan clave como «Easy Rider», de Dennis Hopper, y allí conoció a Jack Nicholson, que se convirtió en su compañero en la cinta de su consagración. «Five Easy Pieces», de Bob Rafelson, le reportó su única nominación al Óscar en la categoría de mejor actriz secundaria y por la que ganó un Globo de Oro.

Con sangre checa y noruega, especializada en mujeres de vida disipada o trasfondo conflictivo y de una sensualidad felina pero frágil, Black tuvo en los setenta los mejores años de su carrera, pues participó en «The Great Gatsby» (1974) y sedujo al ya casi octogenario Alfred Hitchcock para el canto de cisne del maestro del suspense: «Family Plot» («La trama») (1976).

Pese a su cabello moreno, Hitch no pudo evitar adjudicarle en algunas secuencias, fiel a sus obsesiones, una peluca rubia en su papel de ladrona de diamantes.

Después de una filmografía poco destacable durante los ochenta y los noventa -con honrosas excepciones como «Come Back to the Five and Dime, Jimmy Dean, Jimmy Dean», de Robert Altman (con quien ya había trabajado en «Nasville»)-, Karen Black cayó en el olvido del gran público aunque nunca dejó de trabajar.

Además de talento, Black siempre tuvo ese aspecto diferente a las demás. Una sonrisa amplia de labios carnosos (antes incluso de que estuvieran de moda) y unos ojos demasiado juntos y profundamente oscuros mucho antes de que Amy Winehouse hubiera nacido. Como añadió Fonda, la actriz tenía “una monstruosa belleza”. Fonda, al igual que Dennis Hopper y Jack Nicholson fueron cruciales en la carrera de Black, quien saltó a la fama como reina de la contracultura gracias a ese viaje de LSD que protagonizó en Easy Rider. Más tarde volvería a repetir con Nicholson en el papel que la acercaría al Oscar, cuando consiguió una candidatura como mejor actriz secundaria por su papel en Mi vida es mi vida. En ella interpretó a esa camarera de pocas luces pero perdidamente enamorada de Nicholson. Un trabajo para el que Bob Rafelson no quería contratarla por considerarla demasiado lista para el papel. Alfred Hitchcock también admiró su talento cuando trabajó con ella en el que sería el último filme del maestro del suspense, La trama. De hecho los juegos de palabras que se trajeron actriz y director llevaron a la primera a regalarle un diccionario a Hitchcock, un volumen que tituló “DictionHarry”.

En la pantalla Black fue camarera, puta, asesina, ladrona, transexual o lo que le pidiera el papel siempre con la misma convicción. Así dio tantos bandazos como el cine de su época, ese que se movió entre el cine contracultural o las grandes películas de masas tipo Aeropuerto 1975. La actriz nacida en Park Ridge (Illinois, EEUU) y que adoptó como nombre artístico el apellido de casada de su primer matrimonio también interpretó a Myrtle Wilson en la versión de El Gran Gatsby de 1974, junto a Robert Redford y Mia Farrow, y fue la joven buscando fama en Como plaga de langosta.

Musa del terror

También musa del terror gracias a la serie de televisión «Trilogy of Terror» -llegó a dar nombre a la banda de glam-punk The Voluptuous Horror of Karen Black-, una de sus últimas apariciones notables en el cine fue, precisamente, en este género, con «House of 1.000 Corpses», de Rob Zombie, en la que asumía un rol digno del «grand guignol» y la serie B.

Black se casó en cuatro ocasiones (con Charles Black, del que tomó el apellido; con el actor Robert Burton, el guionista L.M.Kit Carson y su viudo, Stephen Eckelberry) y tuvo un hijo biológico, Hunter, y una hija adoptada, Céline.

El diablo alimentó al escritor

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La carrera cinematográfica de Blatty, nacido en Nueva York, comenzó a levantar el vuelo como coguionista de El nuevo caso del inspector Clouseau (1964), de Blake Edwards, y continuó con una revisión al guión de El último hombre... vivo (1971), adaptación de la novela de ciencia ficción Soy leyenda, escrita por Richard Matheson
La carrera cinematográfica de Blatty, nacido en Nueva York, comenzó a levantar el vuelo como coguionista de El nuevo caso del inspector Clouseau (1964), de Blake Edwards, y continuó con una revisión al guión de El último hombre… vivo (1971), adaptación de la novela de ciencia ficción Soy leyenda, escrita por Richard Matheson

Con el pasaje bíblico de Lucas VIII, 27-30, como cita referencial antes del prólogo, inicia una de las novelas más aterradoras del siglo pasado, “El Exorcista”. Dicho pasaje reseña el encuentro entre Jesús y un hombre poseído por demonios que al ser interrogado por su identidad responde: ¡Legión!

Antes de que la novela El exorcista se convirtiese en un best-seller en los años 70, su autor, el escritor estadounidense William Peter Blatty, se ganaba la vida como guionista de comedias a quien las oportunidades laborales se le iban de las manos debido al poco interés que Hollywood estaba prestando por ese género.

Peter Blatty había escrito guiones para films medianamente exitosos como “El nuevo caso del inspector Clouseau”, protagonizado por Peter Sellers, o “¿Qué hiciste en la guerra, papi?”, por ejemplo. Y así durante toda la década del 60. La decisión de cambiar rubro y escribir “algo serio” tuvo que ver inicialmente más con la necesidad de sobrevivir que con una epifanía espiritual.

William Peter Blatty nació en la ciudad de New York, en enero de 1928, en el seno de una familia de inmigrantes libaneses sumamente católicos. En los años 50 estudió en la Georgetown University donde desarrolló sincera admiración por sus tutores jesuitas. De ellos obtuvo las primeras versiones de la posesión demoniaca y posterior liberación de un muchacho de 14 años en Cottage City, Maryland.

Blatty y sus compañeros quedaron fascinados con el tema y discutieron sobre fenómenos paranormales en clase. Un artículo del Washington Post sobre la supuesta posesión terminó por cimentar la idea de una novela en la cabeza de Blatty. Pero no sería sino hasta dos décadas después que vería la luz el libro.

Cuando el autor le comunicó a su agente literario el tema de su novela recibió como respuesta una carcajada. Actitud que muchos replicaron. Blatty no encontraba a nadie que entendiera la historia y mucho menos que pagara por publicarla. Hasta que en un golpe de suerte se topó con Marc Jaffe, el editor de Bantam Books, quien apostó por el proyecto, no sin mediar meses de dudas antes de dar un adelanto económico y firmar el contrato.

El principal exorcista del supuesto caso original, el padre William Bowdern, pastor de la parroquia en Saint Louis – San Francisco, quiso ayudar a Blatty con la veracidad de la historia porque consideraba que el libro sería de ayuda al gran público para conocer la verdad sobre el diablo.

Bowdern buscó a la familia del adolescente “exorcizado” y le pidió autorización para difundir la historia. La respuesta de la familia fue negativa alegando obvias razones de privacidad. Fue entonces que Blatty decidió cambiar al personaje principal por una niña, Regan MacNeil, y a la madre por una actriz, Chris MacNeil.

El libro se publicó en 1971 y fue un éxito inmediato. Vendió 13 millones de ejemplares en los primeros años, fue número uno de ventas por varias meses y conllevó al rodaje de la película del mismo nombre.

El film fue dirigido por William Friedkin, y Blatty se encargó del guion por el que recibió un Oscar al mejor guion adaptado en 1973. En los 90, Blatty llevó al cine su novela Legion (1983) que apareció como El Exorcista III. Escribió otras novelas y más guiones pero siempre a la sombra de su mejor obra. En 2016 la cadena televisiva Fox produjo una decepcionante serie basada en El Exorcista.

Cada Halloween los medios buscaban a Blatty para condimentar sus notas sobre cine y terror. El director Friedkin y su amigo Blatty se reencontraron públicamente en 2015 para colocar una placa conmemorativa a las famosas escaleras por donde cae el padre Karras.

Blatty, católico convencido, aseguró en más de una oportunidad que escribió una historia de sacrificio y no de terror: “lo que pensé que estaba escribiendo era una novela de fe en el ropaje popular de una historia de detectives, lleno de suspense; en otras palabras, un sermón en el que nadie se durmiese. Sigo sin admitir la más mínima intención de asustar al lector”.

En la obra literaria, en un receso en el exorcismo de Regan MacNeil, un sereno padre Merrin le explica a un fatigado y desesperanzado padre Karras:

“Y, sin embargo, incluso de esto, del mal, vendrá el bien. De algún modo que nunca podremos entender, ni siquiera ver. -Merrin hizo una pausa-. Quizás el mal sea el crisol de la bondad -manifestó-. Y tal vez el propio Satán, a pesar de sí mismo, sirva de alguna manera para cumplir la voluntad de Dios.”

En la parte final del libro, Blatty agradece a los intelectuales de la Georgetown University por enseñarle a escribir y a los padres jesuitas por enseñarle a pensar.

El autor de una de las mejores novelas de terror de todos los tiempos murió en enero de 2017 a los 89 años, en un suburbio de Washington D.C., víctima de un mieloma múltiple que atacó su médula ósea. La noticia se dio a conocer al mundo el viernes 13.

Un detalle curioso a reseñar fue el asombro que el deceso de Blatty causó en muchos “fanáticos” del film, quienes creían que el autor de la novela y el director de la película habían muerto en trágicas circunstancias en los 70, todo gracias a la leyenda urbana que ayudó a mitificar el film.

En realidad Blatty y Friedkin (agnóstico confeso) tuvieron vidas tranquilas y plenas, sin impases sobrenaturales.

El buen hombre que daba vida a monstruos

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Boris Karloff, relajado, en un receso durante el rodaje de "El Doctor Frankenstein"
Boris Karloff, relajado, en un receso durante el rodaje de “El Doctor Frankenstein”

Su objetivo final era aterrorizar al personal e intentar inspirar odio entre los espectadores cada vez que se ponía delante de una cámara, pero con el tiempo Boris Karloff, “el monstruo de Frankestein”, se ha convertido en uno de los actores más queridos de la gran pantalla.

Bajo esta premisa, escribe el periodista Javier Cortijo “Boris Karloff, el aristócrata del terror” (T&B. Editores), la biografía que retrata toda la vida del actor británico William Henry Pratt, más tarde convertido en Boris Karloff.

Hijo de Edward John Pratt Jr y su tercera mujer Eliza Sarah Millard, nació en Londres aunque pasó su infancia en Enfield en el seno de una familia “cuasiaristócrata” como define Cortijo, emigró a Canadá en busca de una oportunidad en el mundo de la interpretación.

El libro relata las aventuras (y desventuras) en las que se vio envuelto mientras llegaba su ocasión, que llegó, y cómo sobrevivió gracias a trabajos temporales y mal pagados como estibador y camionero, entre otros, hasta que gracias a estar en el momento y lugar adecuado se convirtió en el actor que encarnaría al monstruo del “Doctor Frankestein”, el moderno Prometeo.

Cortijo descubre las experiencias del rodaje, las largas sesiones de maquillaje a las que el Karloff se tenía que someter, sus “desacuerdos” con el director y el por qué no asistió al estreno de la obra en Estados Unidos.

Tras “El doctor Frankestein” su popularidad subió como la espuma, y participó durante su “época dorada” en producciones cinematográficas como “El caserón de las sombras”, “La novia de Frankestein”, “La momia”, “La máscara de Fu Manchú”, “El cuervo” y “El ladrón de cadáveres”, entre otros títulos del género.

Karloff no sólo se limitó al cine, donde realmente alcanzó la popularidad, también se subió a los escenarios interpretando obras teatrales como “Arsénico por compasión”, “Peter Pan2 o “La alondra”, a través de las ondas radiofónicas interpretó “Inner Sanctum Mysteries”, y también se dejo ver en televisión con “Suspense!, Thriller”.

En el terreno personal, Javier Cortijo, nos descubre los detalles de sus cinco mujeres, “cinco comprobadas, mas una fantasma”, y de su única hija, que colabora con el periodista para la redacción de la biografía, Sara Jane Karloff.

“Mi padre fue la antítesis de los papeles que interpretaba en la pantalla, el hombre más bondadoso que he conocido” y añade que “todos los que le conocieron le adoraban y todos los que trabajaron con él, le admiraron” reconoce Sara Karloff.

En la biografía, además del lado profesional y sentimental, hay espacio para lo anecdótico, como cuando el actor con una de sus esposas, Doroth Shine, bibliotecaria de oficio, sortearon la ley seca de Estados Unidos, vigente entre 1920 y 1933, con una destilería clandestina, que a base de tinajas y bañeras, producían cerveza.

“Nos podíamos haber envenenado pero, ¿qué mas daba? éramos jóvenes y pobres y lo pasábamos condenadamente bien, eso era lo importante”, recuerda en el libro la que fue señora de Karloff.

El libro también cuenta con más de 50 páginas donde se recogen, a modo de apéndice, detalles técnicos y artísticos de su filmografía y apariciones en radio y televisión.

Terroríficos de alma romántica

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Cristopher Lee (izquierda) y Vincent Price (derecha)
Cristopher Lee (izquierda) y Vincent Price (derecha)

Dos leyendas del cine fantástico, Vincent Price y Christopher Lee, nacieron un 27 de mayo, pero es difícil decidir cuál ha sido más grande para el género. Por edad, el norteamericano Vincent Leonard Price Junior fue el primero en llegar al nacer en el Estado de Misuri en 1911, su padre dirigía una empresa de caramelos y debutó en la obra teatral Chicago en 1935.

Exactamente 11 años más tarde, en 1922, vino al mundo el británico Christopher Frank Carandini Lee en el exclusivo barrio londinense de Belgravia, su madre era una condesa de origen italiano perteneciente a una de las familias de más rancio abolengo de Europa y debutó en pequeñas producciones de ópera y teatro en 1947.

Ambos destacaron desde el comienzo de su carrera por un detalle particular: su voz, que les permitió acceder desde jóvenes al mundo de la radio.

Price protagonizó producciones como la adaptación radiofónica de las aventuras de Simon Templar, El Santo, cuyo papel interpretó durante ocho años, mientras Lee participaba en otras como una versión de Pedro y el Lobo bajo la dirección del músico Yehudi Menuhin.

La primera aparición cinematográfica de Price fue en Service de Luxe (1938) pero su desembarco en el género de terror sucedió al año siguiente, junto al gran maestro Boris Karloff en La Torre de Londres (1939).

Lee llegó por vez primera al cine diez años más tarde en Corridor of Mirrors y el Hamlet de Laurence Olivier, ambas rodadas en 1948, y no llegó al terror hasta 1957, aunque lo hizo a lo grande en La maldición de Frankenstein, encarnando a la criatura creada por Mary Shelley, y en 1958 también trabajaría con Karloff en Corridors of blood.

Price se volcó en el género fantástico tras protagonizar ‘Los crímenes del museo de cera’ (1953) y ‘La mosca’ (1959) y, sobre todo, con las adaptaciones de serie B que Roger Corman dirigió de los terroríficos cuentos de Edgar Allan Poe como ‘La caída de la casa Usher’ (1960) o ‘La máscara de la muerte roja’ (1964), entre otras.

Paralelamente, Lee se convirtió en una de las estrellas de la mítica Hammer Productions con éxitos similares, en especial encarnando a uno de sus principales personajes, el Conde Drácula, en cintas como ‘Drácula, príncipe de las tinieblas’ (1965) y ‘Drácula vuelve de la tumba’ (1968).

Price rodaría otros clásicos del género como El último hombre sobre la Tierra (1964), la primera adaptación cinematográfica de Soy Leyenda de Richard Matheson, o El abominable Dr. Phibes (1971), a medio camino entre el cine negro y el de terror.

Lee adoptó la piel del temible Fu Manchú en las cuatro películas rodadas por Hammer entre 1965 y 1969 y en El hombre de la pistola de oro (1974) se convirtió en Francisco Scaramanga, rival de James Bond, en un papel cómodo para él pues Ian Fleming, el autor de las novelas de 007, fue primo suyo.

En su última etapa, Price se distanció del cine y explotó de nuevo su voz en los medios audiovisuales y la música: intervino por ejemplo en Welcome to my nightmare (1975), primer álbum como solista de Alice Cooper, y en 1982 usó su portentosa dicción y su terrorífica carcajada para culminar la canción Thriller de Michael Jackson, cuyo videoclip se convirtió en el más visto de la historia.

Lee también fue muy aficionado a la música: tras colaborar con bandas de heavy metal como Manowar o Rhapsody of Fire, en 2010 puso en marcha su propio grupo, Christopher Lee Charlemagne.

Price vivió un ocaso tranquilo de su carrera: uno de sus últimos trabajos fue Eduardo Manostijeras (1990) de Tim Burton, director que siempre le tuvo en gran estima, igual que a Lee, a quien incluyó en películas como Charlie y la fábrica de Chocolate (2005)

Sin embargo, Lee disfrutó un espectacular fin de fiesta tras recibir en 2001 el encargo de interpretar al mago Saruman en la trilogía de El Señor de los Anillos de Peter Jackson, papel que repite ahora en la saga de El hobbit, así como el de Conde Dooku en la serie de Star Wars.

Price murió el 25 de octubre de 1993 a los 82 años de edad por culpa del cáncer de pulmón provocado por su adicción al tabaco mientras  Lee falleció en 2015 a los 93 años en un hospital de Chelsea a causa de un problema respiratorio

Price y Lee conocieron, respetaron y trabajaron con su colega Peter Cushing, quien curiosamente había nacido un día antes que ambos: el 26 de mayo.

Horror Virgen Extra y para acompañar, vino sangriento

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"La Torre de los Siete Jorobados", dirigida por Edgar Neville en 1944, es una muestra incipente del Cine de Terror español.
“La Torre de los Siete Jorobados”, dirigida por Edgar Neville en 1944, es una muestra incipente del Cine de Terror español.

Alrededor de 500 películas aparecen recogidas en el libro “Spanish Horror’, un repaso a la historia del cine de terror español, cuya principal característica es, a juicio de su autor, Víctor Matellano, “la truculencia mediterránea”.

“Lo que identifica al cine español de terror es la brutalidad. Es un terror algo menos fino. Aquí los hachazos, como botón de ejemplo, pueden contemplarse en toda regla”, ha explicado Matellano.

La publicación, editada por la firma T&D y el Ayuntamiento de Talamanca del Jarama, en cuya cartuja se han rodado una treintena de películas de ese género, recopila la historia española de este cine, entre títulos, directores, actores, localizaciones y anécdotas. La obra cuenta con los prólogos de Christopher Lee y Paul Naschy.

Matellano, aficionado al género “desde bien chiquito”, ha huido de compilaciones generales, pues ha excluido el cine fantástico, y centra su libro “de forma exclusiva al terror y al horror”, a pesar, según ha precisado, de que para él “ambos parámetros son lo mismo”.

Aunque ahora el cine de terror español “camina con identidad propia y con holgura” por todo el mundo, con títulos como “Los otros”, “El orfanato” o “REC”, en sus inicios, “allá por la década de los sesenta y setenta, quiso parecerse al horror inglés y americano”.

No sólo los personajes eran “los tradicionales e importados”, como ‘El hombre lobo’ o ‘Drácula’, sino que también se buscaban escenarios y situaciones parecidas a las que ofrecía la compañía británica Hammer Productions.

“Y eso que la Hammer fue fundada por dos españoles que emigraron al Reino Unido”, ha apuntado como anécdota.

Tal es así, explica Matellano, que directores y actores españoles optaban por cambiar sus nombres, como Jess Franco, Gene Martin o el propio Naschy, si bien buena parte de este “mimetismo” venía dado por las posibilidades de vender este producto en el mercado exterior.

Como ejemplo, el filme “Mil gritos tiene la noche”, de Juan Piquer Simón, se estrenó en 85 salas de cine de Estados Unidos.

Además, era habitual que el director rodara una versión con “la actriz vestida para el mercado español y desnuda para su venta al extranjero”.

El libro bucea por los entresijos del cine de terror en España, desde los antecedentes de “La torre de los siete jorobados” (1944, Edgar Neville) y “Gritos en la noche” (1961, Jesús Franco) y el inicio del género como tal, con “La marca del hombre lobo” (1967, Enrique Eguiluz), hasta los tiempos actuales con “REC” (2007, Jaume Balagueró/Paco Plaza) y “El orfanato” (2007, Juan A. Bayona).

En "El espanto surge de la tumba", María José Cantudo es una dulce zombi
En “El espanto surge de la tumba”, María José Cantudo es una dulce zombi

También se hace eco de los años setenta, con títulos como “La noche de Walpurgis” (1970, León Klimowsky) o “La residencia” (1969, Narciso Ibáñez Serrador).

Entre las anécdotas, según repasa Matellano, está la aparición de María José Cantudo “vestida de zombi” en la película “El espanto surge de la tumba”, del director Carlos Aured.

El autor no olvida en su libro que “España y la calidad de sus directores y actores también han sido tenidas en cuenta desde el exterior”.

De hecho, actores extranjeros como Robert Englund (“La lengua asesina”), Christopher Lee (“Pánico en el transiberiano”), Vincent Price, Boris Karloff (“El coleccionista de cadáveres”) o la propia Calista Flockhart (“Frágiles”) participaron en rodajes españoles.