tupelo bound

Tupelo Bound, el largo y polvoriento camino

Posted on Actualizado enn

De izquierda a derecha, Max Fernández (guitarra), Paco Báez (voz) y Juan Téllez (batería), quienes aderezan con música todo tipo de encuentros sociales y rescoldos para la audición solitaria. Se hacen llamar Tupelo Bound
De izquierda a derecha, Max Fernández (guitarra), Paco Báez (voz) y Juan Téllez (batería), quienes aderezan con música todo tipo de encuentros sociales y rescoldos para la audición solitaria. Se hacen llamar Tupelo Bound

En tiempos de incienso y peppermint, una barriada malagueña fue bautizada en honor del ministro franquista José Antonio Girón. En uno de los habitáculos de aquel núcleo de civilización se fraguó, entre el inagotable jolgorio de aquellos que jalean a la juventud, una etiqueta sórdida, la marca a fuego hiriente sobre un astado que rompe la baraja, levanta la pata y orina apuntando al maestro de faena. No, esta no es una historia de tauromaquia, ni un cuento sobre señores que huelen a Pachuli. Es una parábola sobre el atavismo y la bonhomía en la música, concretamente en esa manifestación que se dio a conocer como Blues y de la que han emanado rabiosos ritmos de actualidad y huidas más allá de la puerta verde.

Tres hombres encerrados en una pequeña habitación. Paco Báez, con los bolsillos llenos de pasión; Don Francisco de todos los aullidos; un cantante de voz de esparto; rasca, rasca, que sangrarás. Báez fue lead singer en The Blackberry Clouds. Sus desgarros iniciales evocaban a Ian Gilland, pero pronto le llamó el olor de la fosa séptica. Nada de saneamientos, directo al pozo ciego. No se sabe si por una genética ubicada en las profundidades de Granada o porque, simplemente, la futilidad del inexacto destino a todos nos envuelve, acabó por sentenciar por derecho en las mazmorras que recuerdan que una vez hubo invidentes en el Blues y cojos en el Flamenco.

Max Fernández procesionaba interiormente sus apetencias musicales, que navegaban desde el Rock sin ropa interior hacia el hiptótico vaivén de la Fiesta de los Verdiales, así como el ectoplásmico ‘quejío’ de Manuel Vallejo. Tuvo la suerte de aprehender de su hermana los doce pulgadas de la vanguardia musical de los primeros ochenta del pasado siglo. Han pasado casi 40 años de aquellas lisergias, más o menos el tiempo en que agotan su vida los más afortunados pululantes de Sierra Leona. En la pócima de Max entraron The Cure, Bauhaus, el balido de Chiswick Records y el Rock and Roll acelerado de los Sex Pistols. Algunos llamaron a estos últimos adalides del Punk, un cliché que alivió el tránsito hacia el adocenamiento de sus impostores y llenó de burbujas a toda una generación, dotando a la guitarra de Fernández del furor y el delirio derivados de tamaña mescolanza.

El tercer hombre en aquel instante era el baquetista y nada ‘baguettista’, Antonio J. Martín, un batería de manantial progresivo que se había impregnado del loco mundo psiquedélico. La pregunta del cónclave no fue encaminada hacia los discos que cualquiera de ellos hubiese escuchado en el fin de los tiempos, pero casi. Así que la talla 38 fue calzada por un pie del 40. Porque de Nick Cave a Charlie Patton dista un paso hacia atrás. Y de The Beasts of Bourbon a Juan Breva hay un fox-trot.

Y el triunvirato parió a Tupelo Bound.

Su llanto provenía de un reproductor de mp3 reconvertido a grabador, cuyos registros encajaban con la imagen borrosa de Blind Lemon Jefferson y Antonio Chacón. Mientras, la humanidad sentenciaba a muerte a la farsa de la música para adolescentes.

Desde entonces, estos peregrinos del desierto cuentan en su haber con varias maquetas y tres Long Plays. Los dos primeros son «The Two Barrels Appreciation Day» y «Hounds of Misery», flagrantes homenajes a pantalones sucios, sudor y cactus. En ambos, Paco Báez y Max Fernández están acompañados por Damian Howson, el intrépido segundo batería de la banda. Con esta alineación, los Tupelo se balancean con placentero desdén entre los Blues del pantano y el hematoma australiano que no cura y se gangrena como Rock.

Tras la marcha de Howson, Tupelo Bound andaban buscando a quien atizase la percusión. Y han hallado a Juan Téllez, un sendero encaminado a la selva. El actual batería del combo echó los dientes entre portadas presidiarias de Robert Gordon y Punk neoyorquino, y es capaz de encontrar la misma esencia en las grabaciones del sello Red Bird y en la Beatlemanía Flamenca de Emi Bonilla. Debido a que su espectro es tan amplio, no se amilana ante casi nada. Hay quien sube y baja, no es el caso de Juan Téllez y su sombra, Juanillo. Él busca la ola perfecta. Anduvo cerca de ella en «Buried Alive: Live at el Juglar», el tercer y hasta la fecha último registro de los malagueños.

A lo largo de los tres últimos años, Paco Báez, Max Fernández y Juan Téllez acumulan andanzas, vericuetos y requiebros. Han cantado al amor y a la ciénaga, y siguen entonando en su eterno homenaje a Elvis. Con todo este segmento recorrido, queda claro que estos pendencieros hablan el mismo lenguaje musical y miran al horizonte con escéptico hermanamiento. Es altamente improbable que Tupelo Bound alcancen los ‘charts’, dado lo arriesgado de su apuesta y la querencia de la jauría hacia modelos plausibles, si bien su camino es honesto y el caudal creativo que atesoran presagia una evolución ya palpable hacia la búsqueda de las tinieblas sin salir de ese arcén en el que tan cómodos se encuentran.