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Terror en distancias cortas

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“Vampyres” supone el título más celebrado de la interseante pero difícilmente visible etapa británica de José Ramón Larraz, que articula con personalidad un discurso brutalizador del vampiro enfrentando su estética sucia y pringosa al tono de elegante sofisticación erótica que imponía la “Hammer”
“Vampyres” supone el título más celebrado de la interesante pero difícilmente visible etapa británica de José Ramón Larraz, que articula con personalidad un discurso brutalizador del vampiro enfrentando su estética sucia y pringosa al tono de elegante sofisticación erótica que imponía la “Hammer”

La extravagante trayectoria del artista barcelonés José Ramón Larraz discurrió entre el cómic y el cine erótico y de terror marcado por su “veneración a la mujer”, según él mismo señaló antes de su muerte, sobrevenida en Málaga, en 2013.

Las historietas, fotos y películas realizadas por Larraz durante medio siglo de carrera conocieron el éxito en Francia, Bélgica e Inglaterra pero “nunca tuvieron reconocimiento en España”, según el propio creador.

Larraz (Barcelona, 1929) comenzó a trabajar en su ciudad natal como dibujante de la célebre serie “El Coyote”, pero a mediados de los años 50 emigró a París en busca de mejores perspectivas profesionales y “cansado del franquismo y de la Iglesia Católica”, explicó en su momento.

Allí colocó sus historietas en publicaciones como L’Equipe, France Soir o L’Aurore bajo diferentes seudónimos, y más tarde se trasladó a Bélgica, donde conoció a algunos de los más reconocidos dibujantes del país como Péyo, Morris o Franquin, con los que compartió páginas en la revista Spirou.

Entre medias, trabajó como fotógrafo de moda y de prensa, y realizó adaptaciones a la fotonovela de “Ana Karenina” de Léon Tolstoi y de “Cumbres Borrascosas” de Emily Brontë, experiencias que le ayudarían en su transición entre el medio del cómic y el cinematográfico.

En 1969, Larraz decidió embarcarse en una nueva aventura creativa y emigró a Londres atraído por la escena del cine independiente y de terror, un género “respetado en Inglaterra pero despreciado en España”, según explicó.

Gracias a un primer “storyboard” tan elaborado “que hubiera podido publicarse como cómic”, Larraz obtuvo financiación para su ópera prima, “Whirpool”, descrita en su cartel promocional como “Más impactante que ‘Psicosis’, más sensual que ‘Repulsión’ y más que ‘Baby Jane'”, en alusión a otros clásicos de la época.

Luego llegarían Deviation (1971), realizada con capital sueco o La Muerte Incierta (1973), consiguiendo ya una especialización clara en el terror sin perder ese erotismo latente que inunda su universo como cineasta.

En 1974, Larraz logró hacerse un nombre con “Symptoms”, seleccionada para el Festival de Cannes de ese año, y con “Vampyres”, distribuida más tarde en España como “Las Hijas de Drácula” y catalogada “X” en Inglaterra por su contenido explícito y considerada un obra de culto del género de terror. El recuerdo de la película inspiraba la pieza de espíritu clásico que heredaba sin tapujos las corrientes del terror dominantes en la década anterior, con la explosión de la Hammer bajo historias de monstruos y terrores tradicionales así como las maravillosas obras góticas venidas de Italia de los Bava o Margheriti en las que bellas damiselas correteaban entre la línea divisoria de la vida y la muerte.

De vuelta a España en 1976, Larraz se especializaría en el cine de terror que alternaría con lo puramente erótico, ofreciendo propuestas tan dispares como El Mirón (1977), La Ocasión (1978) o El Periscopio (1979) entre otras, todas ellas títulos significativos del fenómeno del destape. Estigma (1980) y Los Ritos Sexuales del Diablo (1982) le consagrarían como figura esencial del terror patrio, antes de pasarse a la televisión con la mini-serie Goya (1985) en un medio que reincidiría en años posteriores. Descanse en Piezas (1987) y Al Filo del Hacha (1988), donde ya mostraba una etapa crepuscular de su talento en dos propuestas deudoras del popular cine de terror norteamericano de la década, siendo ambas co-producidas por Estados Unidos. Deadly Manor (1990) será su última aportación al género, para volver a la comedia con la infortunada Sevilla Connection (1992) al servicio de la comicidad del popular dúo “Los Morancos”. Aquí firmaría su retiro, que se saltaría temporalmente para rodar dos capítulos de Viento de pueblo: Miguel Hernández (2002), firmando su último trabajo como realizador.

En el año 2012 Larraz publica su autobiografía llamada Del cómic al cine, con mujeres de película y en estos momentos se encontraba trabajando junto al cineasta Víctor Matellano en un guión relacionado con su cinta más popular, la anteriormente citada Las Hijas de Drácula.

Cineasta autodidacta, Larraz apostó por incluir en sus películas erotismo y personajes vampíricos, lo que le llevó a ser catalogado dentro del subgénero “sexploitation” (explotación sexual), que conoció un auge en la década de los 70.

Aunque admitió que el predominio de “sexo, sangre y misterio” en sus cintas se debe a que son “los temas más atractivos para el espectador”, su filmografía “no retrata a la mujer como objeto, sino como un monumento sagrado y con una sutileza que no tiene nada que ver con la pornografía”, subrayaba el realizador.

“Soy un profeminista hasta la médula. Venero a la mujer, para mí es el centro y el origen del mundo”, afirmó Larraz, quien también se definía como “romántico” y “sentimental”.

De todos los medios en los que ha trabajado, Larraz se quedó siempre con el celuloide por la sencilla razón de que “es más fácil filmar a treinta jinetes y treinta caballos de carne y hueso que dibujarlos”, y pese a que consideró que el cine “no es un arte, sino una industria que se apoya en muchas otras artes”.

Bacanal vampírica antes de Drácula

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La protagonista, Laura, narra cómo su vida pasa de plácida y tranquila a desconcertante y espantosa cuando aparece Carmilla, una joven hermosa y enigmática. Laura, la protagonista de la historia, es una joven que vive con su padre y unos criados en un antiguo castillo en las lejanías de Estiria (Austria). A menudo, recuerda cuando era una niña y estaba dormida en los brazos de una joven y se despertaba al sentir dos agujas en su cuello
La protagonista, Laura, narra cómo su vida pasa de plácida y tranquila a desconcertante y espantosa cuando aparece Carmilla, una joven hermosa y enigmática. Laura, la protagonista de la historia, es una joven que vive con su padre y unos criados en un antiguo castillo en las lejanías de Estiria (Austria). A menudo, recuerda cuando era una niña y estaba dormida en los brazos de una joven y se despertaba al sentir dos agujas en su cuello

“Carmilla” es una novela corta escrita por Sheridan Le Fanu en 1872. Fue publicada en la colección In a Glass Darkly. Se trata de una de las primeras historias de vampiros escritas, precursora de muchas obras de éxito, como es el caso de “Drácula” de Bram Stoker, escrita veinicinco años después, quien se basó en muchas características de Carmilla para escribir su obra.

Casi todos los relatos de vampiros tienen la estructura básica de Carmilla, empezando por la parte de “ataque” pasando a “muerte – resurrección” por parte del vampiro, y finalmente a la parte de “caza – destrucción” de la criatura.

Le Fanu se basó en la legendaria historia de la hermosa Condesa Elizabeth Báthory para crear a Carmilla.

La condesa Isabel Báthory de Ecsed (Nyírbátor, Hungría, 7 de agosto de 1560-Castillo de Čachtice, actual Trenčín, Eslovaquia, 21 de agosto de 1614), fue una aristócrata húngara, perteneciente a una de las familias más poderosas de Hungría. Ha pasado a la historia por haber sido acusada y condenada de ser responsable de una serie de crímenes motivados por su obsesión por la belleza que le han valido el sobrenombre de la Condesa Sangrienta. Erzsébet tiene el récord Guinness de la mujer que más ha asesinado en la historia de la humanidad con 650 muertes.

La historia de Carmilla muestra muchas características del terror gótico, y resalta el estereotipo popular del vampiro siendo precursora desconocida del género

La historia, es de carácter lésbico. Sheridan Le Fanu tomó ese tema, un tabú para la época, pero supo cómo plantearlo de tal forma que el lector de la época se fuera acercando al tema.

La protagonista, Laura, narra cómo su vida pasa de común a desconcertante cuando aparece Carmilla, que comienza a mostrar un comportamiento bastante romántico hacia la protagonista. Carmilla empieza a mostrar rarezas en su comportamiento, se despierta después de mediodía y se encierra en su cuarto, resultando ser una vampiresa.

El periodista Juan Carlos Rodríguez lo tiene claro: “Bram Stoker se llevó la fama, aunque en el origen de la vampirología moderna está indudablemente Le Fanu, que había publicado su novela corta en la revista The Dark Blue en 1871, dieciséis años que Stoker. De hecho, la que mucho consideran la novela de vampiros más famosa de la historia tiene bastante de la propia Carmilla, recopilada de inmediato en la colección de relatos ‘Las criaturas del espejo’ (1872), un año antes de su muerte”.

A juicio de Rodríguez, “el origen propio del vampirismo sucede mucho antes, con el benedictino francés Agustín Calmet (1672-1757), abad del monasterio de la orden de San Benito de Sénones, en Lorena. Gran erudito, autor de un monumental comentario bíblico (compilado en 23 tomos), se interesó pronto por el mundo de las apariciones. Además, “escribió dos volúmenes, reeditados por la Editorial Rey Lear, bajo el título de ‘Tratado sobre los vampiros'”.

El primer volumen, Calmet lo había llamado ‘Tratado de las apariciones de los ángeles, de los demonios y de las almas de los difuntos’. Y el segundo: ‘Disertación sobre los redivivos en cuerpo, los excomulgados, los upiros o vampiros y los brucolacos’. Ambos fueron publicados, por primera vez en 1746.

“Calmet definió al vampiro -es interesante, las replicas que a Calmet dan Voltaire y Feijoo-, según sintetizó más tarde el ‘Diccionario infernal’ (1818), de Collin Plancy”, sostiene Rodríguez, quien añade que “los revinientes de Hungría, o vampiros, […] son unos hombres muertos desde hace un tiempo considerable, más o menos largo, que salen de sus tumbas y vienen a inquietar a los vivos, les chupan la sangre, se les aparecen, provocan estrépito en sus puertas y en sus casas, y, en fin, a menudo les causan la muerte. Se les da el nombre de vampiros o de upiros, que significa en eslavo, según dicen, sanguijuela”.

“Sin la aportación de Calmet, Bram Stoker no habría podido escribir su célebre Drácula. Tampoco hubieran sido posibles ‘El vampiro’ (1819), escrito por John William Polidori, médico personal de Lord Byron, ni Carmilla”, afirma un vampirista reconocido como Luis Alberto de Cuenca. Aunque Le Fanu se inspiró sobre todo en un hecho real: la biografía de la condesa transilvana Isabel Báthory.

La Báthory -cuya vida noveló rigurosamente Javier García Sánchez en ‘Ella, Drácula’- ingresó en la historia con el alias de “la Condesa Sangrienta” debido a que, entre otras turbias aficiones, gustaba de beber la sangre de doncellas vírgenes para preservar su lozanía. Báthory mataba el aburrimiento torturando a sus víctimas, traídas por sus lacayos de todos los rincones de los Cárpatos con la promesa de servir a la nobleza.

En palabras de Rodríguez, “aunque si Calmet pudo enmarcar la temática vampiresca, fue realmente Le Fanu quien recogió el mito rescatado por el benedictino para darle naturaleza literaria e insertarlo en la tradición gótica. Y, a partir de ahí, prácticamente sigue siendo el referente inmediato. Como admite el sueco John Ajvide Lindqvist, el último gran autor vampírico. Le Fanu es, asimismo, el primer gran autor del género del terror. Y no sólo como creador del vampirismo, sino también de la llamada ‘ghost story'”.

Así, ‘Carmilla’, como casi todas sus obras desde ‘La habitación de el Dragón Volador’ génesis de la novela de fantasmas a ‘Schalken el pintor’, “posee un intensidad y una perfección literaria abrumadora; quizás apagada, escondida, por su perfil erótico y lésbico, de esa Carmilla prendida por Laura. Todo un tabú para el siglo XIX. Esa sexualidad será, reconvenida en atracción heterosexual por Francis Ford Coppola, por supuesto. De todos los mitos del terror, el vampiro es el más complejo, con su mezcla de erotismo y muerte, de Eros y Thanatos. Y se lo debemos a Le Fanu”, apunta.

Su estructura es aún inamovible: ataque, muerte/resurrección y destrucción. Casi todos los relatos de vampiros tienes esa misma introducción, desarrollo y desenlace. “También se incluyen la seducción de la víctima por parte del vampiro, la confusión entre sueño y realidad, el intento en vano de explicar hechos sobrenaturales en términos racionales, y los métodos del folklore para reconocer, capturar y matar vampiros”, opina Paco Quiles. Lo cual le da, entre otras cosas, no sólo una maestría innegable, sino también una actualidad imperecedera. “Le Fanu mantienen su capacidad hipnótica y aún suscitan algún escalofrío”, según Robert Saladrigas.

Ilustración de Michael Fitzgerald para la historia de Le Fanu "Carmilla" en The Dark Blue (enero de 1872)
Ilustración de Michael Fitzgerald para la historia de Le Fanu “Carmilla” en The Dark Blue (enero de 1872)

“Fue un caballero de aspecto grave, carácter retraído y estricta mentalidad victoriana. Pero las narraciones que le hicieron célebre eran macabras, barrocas, escalofriantes -sigue diciendo Saladrigas-. Se le considera el fundador de las historias terroríficas en inglés, muchas protagonizadas por criaturas de psicología marcada por una oscura culpa, víctimas de la crueldad que a su vez no dudan en infligir a otras. La obra de Le Fanu rebasa las fronteras del género porque refleja, a veces en forma de parábola, la tortuosidad de los irlandeses de su tiempo”.

“La obra de Sheridan Le Fanu -escribe Roberto Cueto- marca la transición de la corriente clásica de los Radcliffe y Maturin a la llamada novela sensacionalista de la era victoriana (…). Esa tensión entre el pasado terrorífico y el presente cotidiano será una de las claves para entender gran parte del fantástico posterior”. Marcó una época, desapareció y volvió a la primera línea de la literatura, a la que ahora, entre la moda vampírica, regresa paulatinamente de nuevo.

“Mi padre pertenecía a un grupo surrealista en que sólo tenían cabida dos libros de terror, ‘Drácula’, de Bram Stoker, y, por supuesto, ‘Carmilla’. Y la necesidad de escribir novelas surgió de sus lecturas a los 13 años de edad. Esas lecturas también hicieron que me guste jugar con lo fantástico y con la realidad”, afirma, por ejemplo, Fred Vargas, autora de novela negra que en su última novela cierra una vieja deuda introduciendo en su última novela, Un lugar incierto, una trama vampírica y gótica.

Según Juan Carlos Rodríguez, “el vampirismo, y ahí es donde Le Fanu cobra especial relieve, tiene un indudable origen femenino, pues no deja de ser una metáfora con faldas de las fuerzas irracionales, de la Tierra providente, madre nocturna y arbitraria, que llama a sus hijos desde la pasión, y no desde el pulcro raciocinio, desde el orden diurno e industrioso de los hijos del XIX anglosajón. Le Fanu regresa a la Edad Media, a las leyendas, al culto femenino”.

“El escritor irlandés hace la misma lectura, aunque literaria, que, por ejemplo, ensaya históricamente Jules Michelet en ‘La bruja’, cuando la contemporaneidad comienza a reflexionar sobre lo que apenas ha reflexionado nunca: sobre el género, o más aún: sobre la cárcel del género. ‘Carmilla’ y ‘La bruja’, en este sentido, supone un hito de tal importancia en la tradición cultural occidental, un intento de devolverle su raíz matricial”, explica.

Entre éxtasis, terror y perplejidad, Le Fanu sitúa su historia en la rural Styria, donde Laura, la heroína y narradora, vivía. Su padre, un funcionario austriaco retirado, había podido comprar un castillo abandonado a buen precio. Carmilla aparece por primera vez en la escena que abre la historia y lo hace metiéndose en la cama de Laura, una niña de 6 años. Laura se durmió en sus brazos hasta que se despertó de repente con la sensación de dos agujas clavándosele en el pecho.

Reaparece cuando Laura ya tiene 19 años. Y es en esa Carmilla en la que Laura reconoce a la Condesa Mircalla Karnstein, según un retrato de 1698. Y el General Spielsdorf a Millarca, la joven vampiro que ha dado muerte a su hija. Carmilla/Mircalla/Millarca tiene una fuerza sobrehumana y era capaz de adoptar diferentes formas, sobre todo de animales. Su transformación favorita era en gato, más incluso que en lobo o vampiro. Por supuesto, dormía en un ataúd.

“Y en fin, quiere decirse que el vampirismo, la pasión, la noche visceral y arcana, es un asunto femenino. Que hermoso es el Mal cuando es hermoso. Y siembra el ejemplo, no sólo en el Drácula que impondrá su machismo galopante, sino también en otras vampiresas como la de Paul Féval que asoló el París napoleónico. O las que Jan Potocki incluye en ‘El manuscrito’ encontrado en Zaragoza. Incluso la Olalla de Robert Louis Stevenson”, argumenta Rodríguez.

García Sánchez ha intentado convertirse en un Le Fanu contemporáneo, aunque sin sexo y con gran crudeza. Él, en vez de Carmilla, quiso recrear a Ersébet Báthory, de quien escribieron también Alejandra Pizarnik, Marguerite Yourcenar o Valentine Penrose. “Porque ella y sólo ella fue la verdadera Drácula”, dice García Sánchez. ‘El Empalador’, caballero cristiano ortodoxo, jamás osó tocar la sangre de su víctimas. Su exaltada fe se lo impedía. El personaje de Erzsebet es tan genuinamente diabólico que por esa razón nadie se ha atrevido a llevarlo en serio al cine. Como si prefiriésemos seguir pensando que fue todo una pesadilla, una ficción.

Hablamos de los orígenes de Le Fanu de los mitos que inspiran su novela, tan importantes como los rastros que le persiguen en el cine. Muy tempranamente, como lo hizo el genio danés Carl Theodor Dreyer. Saltó del cine mudo (época que cerró en 1928 con la prodigiosa ‘La pasión de Juana de Arco’) al sonoro en 1932 con Vampyr, basada libremente en el relato de Sheridan Le Fanu, afortunadamente restaurada en 1998 por la Filmoteca de Bologna y, desde el año pasado, disponible en DVD en España. Le sigue un amplio rastro, como la versión vacua de Roy Ward Baker en 1970 en ‘Las amantes del vampiro’.

Bram Stoker se llevó la fama, aunque en el origen de la vampirología moderna está indudablemente Le Fanu, que había publicado su novela corta en la revista The Dark Blue en 1871, dieciséis años que Stoker. De hecho, la que mucho consideran la novela de vampiros más famosa de la historia tiene bastante de la propia Carmilla, recopilada de inmediato en la colección de relatos ‘Las criaturas del espejo’ (1872), un año antes de su muerte.

El origen del “vampirismo”

Aunque el origen propio del “vampirismo” sucede mucho antes, con el benedictino francés Agustín Calmet (1672-1757), abad del monasterio de la orden de San Benito de Sénones, en Lorena. Gran erudito, autor de un monumental comentario bíblico (compilado en 23 tomos), se interesó pronto por el mundo de las apariciones. Y escribió dos volúmenes, reeditados hace poco por la Editorial Rey Lear, bajo el título de ‘Tratado sobre los vampiros’.

El primer volumen, Calmet lo había llamado ‘Tratado de las apariciones de los ángeles, de los demonios y de las almas de los difuntos’. Y el segundo: ‘Disertación sobre los redivivos en cuerpo, los excomulgados, los upiros o vampiros y los brucolacos’. Ambos fueron publicados, por primera vez en 1746.

Sanguijuelas

Calmet definió al vampiro -es interesante, las replicas que a Calmet dan Voltaire y Feijoo-, según sintetizó más tarde el ‘Diccionario infernal’ (1818), de Collin Plancy: “Los revinientes de Hungría, o vampiros, […] son unos hombres muertos desde hace un tiempo considerable, más o menos largo, que salen de sus tumbas y vienen a inquietar a los vivos, les chupan la sangre, se les aparecen, provocan estrépito en sus puertas y en sus casas, y, en fin, a menudo les causan la muerte. Se les da el nombre de vampiros o de upiros, que significa en eslavo, según dicen, sanguijuela”.

“Sin la aportación de Calmet, Bram Stoker no habría podido escribir su célebre Drácula. Tampoco hubieran sido posibles ‘El vampiro’ (1819), escrito por John William Polidori, médico personal de Lord Byron, ni Carmilla”, afirma un vampirista reconocido como Luis Alberto de Cuenca. Aunque Le Fanu se inspiró sobre todo en un hecho real: la biografía de la condesa transilvana Isabel Báthory.

La Báthory -cuya vida noveló rigurosamente Javier García Sánchez en ‘Ella, Drácula’- ingresó en la historia con el alias de “la Condesa Sangrienta” debido a que, entre otras turbias aficiones, gustaba de beber la sangre de doncellas vírgenes para preservar su lozanía. Báthory mataba el aburrimiento torturando a sus víctimas, traídas por sus lacayos de todos los rincones de los Cárpatos con la promesa de servir a la nobleza.

El mito y Le Fanu

Aunque si Calmet pudo enmarcar la temática vampiresca, fue realmente Le Fanu quien recogió el mito rescatado por el benedictino para darle naturaleza literaria e insertarlo en la tradición gótica. Y, a partir de ahí, prácticamente sigue siendo el referente inmediato. Como admite el sueco John Ajvide Lindqvist, el último gran autor vampírico. Le Fanu es, asimismo, el primer gran autor del género del terror. Y no sólo como creador del vampirismo, sino también de la llamada ‘ghost story’.

Sheridan Le Fanu
Sheridan Le Fanu

‘Carmilla’, como casi todas sus obras desde ‘La habitación de el Dragón Volador’ génesis de la novela de fantasmas a ‘Schalken el pintor’, posee un intensidad y una perfección literaria abrumadora; quizás apagada, escondida, por su perfil erótico y lésbico, de esa Carmilla prendida por Laura. Todo un tabú para el siglo XIX. Esa sexualidad será, reconvenida en atracción heterosexual por Francis Ford Coppola, por supuesto. De todos los mitos del terror, el vampiro es el más complejo, con su mezcla de erotismo y muerte, de Eros y Thanatos. Y se lo debemos a Le Fanu.

Su estructura es aún inamovible: ataque, muerte/resurrección y destrucción. Casi todos los relatos de vampiros tienes esa misma introducción, desarrollo y desenlace. “También se incluyen la seducción de la víctima por parte del vampiro, la confusión entre sueño y realidad, el intento en vano de explicar hechos sobrenaturales en términos racionales, y los métodos del folklore para reconocer, capturar y matar vampiros”, opina Paco Quiles. Lo cual le da, entre otras cosas, no sólo una maestría innegable, sino también una actualidad imperecedera. “Le Fanu mantienen su capacidad hipnótica y aún suscitan algún escalofrío”, según Robert Saladrigas.

“Fue un caballero de aspecto grave, carácter retraído y estricta mentalidad victoriana. Pero las narraciones que le hicieron célebre eran macabras, barrocas, escalofriantes -sigue diciendo Saladrigas-. Se le considera el fundador de las historias terroríficas en inglés, muchas protagonizadas por criaturas de psicología marcada por una oscura culpa, víctimas de la crueldad que a su vez no dudan en infligir a otras. La obra de Le Fanu rebasa las fronteras del género porque refleja, a veces en forma de parábola, la tortuosidad de los irlandeses de su tiempo”.

“La obra de Sheridan Le Fanu -escribe Roberto Cueto- marca la transición de la corriente clásica de los Radcliffe y Maturin a la llamada novela sensacionalista de la era victoriana (…). Esa tensión entre el pasado terrorífico y el presente cotidiano será una de las claves para entender gran parte del fantástico posterior”. Marcó una época, desapareció y volvió a la primera línea de la literatura, a la que ahora, entre la moda vampírica, regresa paulatinamente de nuevo.

“Mi padre pertenecía a un grupo surrealista en que sólo tenían cabida dos libros de terror, ‘Drácula’, de Bram Stoker, y, por supuesto, ‘Carmilla’. Y la necesidad de escribir novelas surgió de sus lecturas a los 13 años de edad. Esas lecturas también hicieron que me guste jugar con lo fantástico y con la realidad”, afirma, por ejemplo, Fred Vargas, autora de novela negra que en su última novela cierra una vieja deuda introduciendo en su última novela, Un lugar incierto, una trama vampírica y gótica.

Origen femenino
El vampirismo, y ahí es donde Le Fanu cobra especial relieve, tiene un indudable origen femenino, pues no deja de ser una metáfora con faldas de las fuerzas irracionales, de la Tierra providente, madre nocturna y arbitraria, que llama a sus hijos desde la pasión, y no desde el pulcro raciocinio, desde el orden diurno e industrioso de los hijos del XIX anglosajón. Le Fanu regresa a la Edad Media, a las leyendas, al culto femenino.

El escritor irlandés hace la misma lectura, aunque literaria, que, por ejemplo, ensaya históricamente Jules Michelet en ‘La bruja’, cuando la contemporaneidad comienza a reflexionar sobre lo que apenas ha reflexionado nunca: sobre el género, o más aún: sobre la cárcel del género. ‘Carmilla’ y ‘La bruja’, en este sentido, supone un hito de tal importancia en la tradición cultural occidental, un intento de devolverle su raíz matricial.

Éxtasis y terror

Entre éxtasis, terror y perplejidad, Le Fanu sitúa su historia en la rural Styria, donde Laura, la heroína y narradora, vivía. Su padre, un funcionario austriaco retirado, había podido comprar un castillo abandonado a buen precio. Carmilla aparece por primera vez en la escena que abre la historia y lo hace metiéndose en la cama de Laura, una niña de 6 años. Laura se durmió en sus brazos hasta que se despertó de repente con la sensación de dos agujas clavándosele en el pecho.

Reaparece cuando Laura ya tiene 19 años. Y es en esa Carmilla en la que Laura reconoce a la Condesa Mircalla Karnstein, según un retrato de 1698. Y el General Spielsdorf a Millarca, la joven vampiro que ha dado muerte a su hija. Carmilla/Mircalla/Millarca tiene una fuerza sobrehumana y era capaz de adoptar diferentes formas, sobre todo de animales. Su transformación favorita era en gato, más incluso que en lobo o vampiro. Por supuesto, dormía en un ataúd.

Y en fin, quiere decirse que el vampirismo, la pasión, la noche visceral y arcana, es un asunto femenino. Que hermoso es el Mal cuando es hermoso. Y siembra el ejemplo, no sólo en el Drácula que impondrá su machismo galopante, sino también en otras vampiresas como la de Paul Féval que asoló el París napoleónico. O las que Jan Potocki incluye en ‘El manuscrito’ encontrado en Zaragoza. Incluso la Olalla de Robert Louis Stevenson.

Un Le Fanu contemporáneo

García Sánchez ha intentado convertirse en un Le Fanu contemporáneo, aunque sin sexo y con gran crudeza. Él, en vez de Carmilla, quiso recrear a Ersébet Báthory, de quien escribieron también Alejandra Pizarnik, Marguerite Yourcenar o Valentine Penrose. “Porque ella y sólo ella fue la verdadera Drácula”, dice García Sánchez. ‘El Empalador’, caballero cristiano ortodoxo, jamás osó tocar la sangre de su víctimas. Su exaltada fe se lo impedía. El personaje de Erzsebet es tan genuinamente diabólico que por esa razón nadie se ha atrevido a llevarlo en serio al cine. Como si prefiriésemos seguir pensando que fue todo una pesadilla, una ficción.

Hablamos de los orígenes de Le Fanu de los mitos que inspiran su novela, tan importantes como los rastros que le persiguen en el cine. Muy tempranamente, como lo hizo el genio danés Carl Theodor Dreyer. Saltó del cine mudo (época que cerró en 1928 con la prodigiosa ‘La pasión de Juana de Arco’) al sonoro en 1932 con Vampyr, basada libremente en el relato de Sheridan Le Fanu, afortunadamente restaurada en 1998 por la Filmoteca de Bologna y, desde el año pasado, disponible en DVD en España. Le sigue un amplio rastro, como la versión vacua de Roy Ward Baker en 1970 en ‘Las amantes del vampiro’.

Drácula, el no muerto

Hasta cierto punto no podía ser de otro modo. Luego, la pintura, por ejemplo, ha reflejado el encanto de Carmilla. Sin ir más lejos, con cabellos rojizos, piel blanca, un gesto de seducción y agresión, una combinación de morbidez y sensualidad: así es la vampira que pintó Edward Munch y que se puede contemplar en el Metropolitan de Nueva York.

En 1897, el escritor irlandés Bram Stoker escribió Drácula, la novela de vampiros más famosa de la historia y un clásico de la literatura universal. Stoker había creado un personaje de ficción que, a partir de entonces, fascinaría al mundo. El final de la novela -“Fue como un milagro, pero ante nuestros propios ojos y casi en un abrir y cerrar de ojos, todo el cuerpo se convirtió en polvo, y desapareció”-, hacía sospechar a muchos que el autor planeaba continuarla. Así era.

Con su muerte, Stoker dejó unas notas, guardadas en familia hasta que su sobrino biznieto, Dacre, aceptó una oferta de 1,3 millones de euros de las editoriales Dutton (de Estados Unidos), HarperCollins (del Reino Unido) y Penguin (de Canadá) para darle cuerpo a esas notas: Drácula, el no muerto. Pero Carmilla tampoco ha muerto. Está escondida entre el machismo y en el desconocimiento reinante
Hasta cierto punto no podía ser de otro modo. Luego, la pintura, por ejemplo, ha reflejado el encanto de Carmilla. Sin ir más lejos, con cabellos rojizos, piel blanca, un gesto de seducción y agresión, una combinación de morbidez y sensualidad: así es la vampira que pintó Edward Munch y que se puede contemplar en el Metropolitan de Nueva York.

En 1897, el escritor irlandés Bram Stoker escribió Drácula, la novela de vampiros más famosa de la historia y un clásico de la literatura universal. Stoker había creado un personaje de ficción que, a partir de entonces, fascinaría al mundo. El final de la novela -“Fue como un milagro, pero ante nuestros propios ojos y casi en un abrir y cerrar de ojos, todo el cuerpo se convirtió en polvo, y desapareció”-, hacía sospechar a muchos que el autor planeaba continuarla. Así era.

Con su muerte, Stoker dejó unas notas, guardadas en familia hasta que su sobrino biznieto, Dacre, aceptó una oferta de 1,3 millones de euros de las editoriales Dutton (de Estados Unidos), HarperCollins (del Reino Unido) y Penguin (de Canadá) para darle cuerpo a esas notas: Drácula, el no muerto. Pero Carmilla tampoco ha muerto. Está escondida entre el machismo y en el desconocimiento reinante