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El breve destello de Susan Korda

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Soledad Miranda, en una escena de "Vampyros Lesbos"
Soledad Miranda, en una escena de “Vampyros Lesbos”

Soledad Rendón Bueno, más conocida en su país como Soledad Miranda e internacionalmente como “Susann Korda” o “Susan Korday”. Fue una reconocida actriz española que nació un día como hoy en Sevilla, España, en 1943.

Tenía una prometedora carrera en el mundo del cine. Sin embargo, cuando se encontraba en la cima del éxito, sus sueños se apagaron luego de que el 18 de agosto de 1970 falleciera a los 27 años en un fatal accidente de tráfico junto a su esposo en Portugal. Sufrió fracturas en el cráneo y en su columna vertebral y a las pocas horas murió, dejó a un hijo pequeño.

Era la quinta hija de una trabajadora en una fábrica de cerillas y de un supervisor de barcos. Por parte de su padre era sobrina de Paquita Rico, una reconocida cantante española.

Su entorno familiar era numeroso y humilde. Para contribuir económicamente a su hogar, Soledad comenzó a trabajar como bailarina y cantante de flamenco con tan solo ocho años en las ferias sevillanas, ingresó prematuramente al mundo del espectáculo.

Sus aspiraciones siempre estuvieron inclinadas hacia el cine, así que a los dieciséis años se trasladó a Madrid donde continuó bailando y comenzó sus estudios en arte, declamación e idiomas, con la pretensión de estar en la pantalla grande.

A los 17 años hizo su debut en papeles pequeños debido al apoyo del director Jesús Franco, que sin acreditarse le permitió hacer parte del elenco de “La Reina del Tabarín”, en 1960, en la que solamente se dedicó a bailar.

Lo anterior dio un impulso a la carrera de Soledad Miranda, al año siguiente hizo parte de rodajes importantes como “Ursus”, “La bella Mimí” en donde consiguió su primer papel protagonista en “Canción de Cuna”, una película basada en una obra teatral.

A partir de ese momento participó en una multiplicidad de filmes en los que mostró una singular versatilidad en películas dramáticas, comedias y de terror erótico.

Miranda no solo estaba destinada a brillar en la pantalla grande, sino también en la industria musical. En 1964 publicó su primer EP (extended play) de pop ye – yé, con “Lo que hace a las chicas llorar”, luego “el color del amor” y una de sus canciones más conocidas “la verdad”.

Logró la fama internacional gracias a su reencuentro con Jesús Franco, quien diez años después creyó que la belleza y sensualidad de esta mujer eran las apropiadas para protagonizar películas de terror, como “Conde Drácula”, basada en la novela de Bram Stocker, que protagonizó junto a Christopher Lee, considerado el actor que mejor interpretó a Drácula de todos los tiempos.

Poco antes del fatídico accidente, un productor de cine le había ofrecido un contrato que la impulsaría a un nivel de reconocimiento mayor. Luego de su fallecimiento se estrenaron películas como: “Eugenie de Sade” basada en el Marqués de Sade, “Vampiros Lesbos” y “El diablo vino de Akasawa”.

Soledad Miranda es considerada una leyenda por ser una de las actrices más extraordinarias de la historia del cine español, ya que lograba encarnar sus personajes de forma excepcional. Ver sus fotografías evoca al cine erótico y de terror de la década de los 60’s, que a hoy son filmes considerados piezas de culto por los buscadores.

Con todo, en su corta pero intensa carrera, el director más importante es Jesús Franco. Para el crítico Carlos Aguilar, “hasta ese momento, la mayor parte de sus papeles eran de heroína dulce, pero este cineasta supo ver su sensualidad, de modo que erotizó su imagen”. El fallecido director Jesús Franco no la consideraba un mito erótico ni siquiera actriz erótica, “era una chica que se entregaba a su trabajo y si el papel era dramático, como en El conde Drácula, lo hacía extraordinariamente”. De esta película su director recuerda que en un primer momento Christopher Lee se mostró escéptico con la elección de Soledad Miranda para el personaje de Lucy, pero en cuanto rodó con ella “dijo que el potencial de la actriz era asombroso”.

Para Carlos Aguilar, Jesús Franco “trató de fundir las dos personalidades de Bárbara Steel en La máscara del demonio, esto es, hacer de ella la expresión de la bondad y la maldad juntas. Le cambió además su imagen, el maquillaje, el peinado y el vestuario, así como su estilo de interpretación. Él la conocía muy bien y sabía perfectamente cuáles eran sus verdaderas posibilidades”. Sin embargo, Franco rechazaba su papel de pigmalión. “Tenía mucha personalidad y una intuición extraordinaria, yo me limité a conducirla como actriz, a dirigirla, que es en definitiva el trabajo de un director”.

En su opinión, Soledad Miranda era “una chica encantadora, muy sencilla, sin dobleces, muy simpática y con unas dotes personales extraordinarias. No era guapísima ni altísima, pero tenía algo especial que la convertía en un animal cinematográfico”.

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Retazos de carne y alma

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Es formidable lo que dio de sí lo que pasó entre los muros de la Villa Diodati (a orillas del lago Lemán, en Suiza) en aquellas veladas del “Año sin verano”  donde se juntaron —ante la imposibilidad de hacer nada más a causa del mal tiempo— Lord Byron y su médico personal: John William Polidori; Percy Shelley y su amante: Mary W. Godwin y la hermanastra de ésta, Claire Clairmont, que acabaría el verano embarazada de Byron. De aquella velada saldrían tres obras señeras del Romanticismo: el poema Oscuridad, de Lord Byron; el relato El vampiro de John William Polidori (donde se muestra por primera vez a un chupasangres atractivo y aristocrático) y la novela Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary W. Shelley. De las tres, sólo la última ha trascendido las barreras del tiempo para ubicarse en el imaginario colectivo y en muchas otras creaciones que, tras rascar un poco, resultan ser reflejos de la criatura nacida de la imaginación de Mary, a la que podemos atribuir el mayor mérito con el que puede soñar un escritor: la creación de un arquetipo universal
Es formidable lo que dio de sí lo que pasó entre los muros de la Villa Diodati (a orillas del lago Lemán, en Suiza) en aquellas veladas del “Año sin verano” donde se juntaron —ante la imposibilidad de hacer nada más a causa del mal tiempo— Lord Byron y su médico personal: John William Polidori; Percy Shelley y su amante: Mary W. Godwin y la hermanastra de ésta, Claire Clairmont, que acabaría el verano embarazada de Byron. De aquella velada saldrían tres obras señeras del Romanticismo: el poema Oscuridad, de Lord Byron; el relato El vampiro de John William Polidori (donde se muestra por primera vez a un chupasangres atractivo y aristocrático) y la novela Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary W. Shelley. De las tres, sólo la última ha trascendido las barreras del tiempo para ubicarse en el imaginario colectivo y en muchas otras creaciones que, tras rascar un poco, resultan ser reflejos de la criatura nacida de la imaginación de Mary, a la que podemos atribuir el mayor mérito con el que puede soñar un escritor: la creación de un arquetipo universal

Los detractores que tachan a Frankenstein de parábola anticientífica sostienen que su efecto más notorio ha sido el de nutrir los recelos del vulgo hacia los avances de una ciencia que le asusta y no comprende. Desde luego, ciertas versiones y secuelas contienen elementos que abonan esa lectura. ¿Y en los demás? ¿Y en el original aparecido hace dos siglos en Londres con el título de Frankenstein o el moderno Prometeo? ¿Era Mary Shelley una escritora tecnófoba?

Refresquemos el argumento de la novela de la que Ariel ha publicado una excelente versión revisada y corregida: Víctor Frankenstein, sabio ginebrino, aspira a descubrir el secreto de la vida y obsequiar a la humanidad con el don de la inmortalidad. Con trozos de cadáveres y de animales confecciona un ser animado. Horrorizado por su grotesca fealdad, lo rechaza y se niega a brindarle una compañera. La Criatura, viéndose expulsada de la fraternidad humana, mata a su novia y a otros de sus seres queridos. Víctor se lanza en su persecución y ambos mueren en el Ártico.

Al comparar a Víctor con Prometeo, el héroe mitológico que trajo el fuego a los mortales y por ello fue castigado por los dioses, la novela sugiere una interpretación trágica. Pero aquí no hay intervención divina ni agentes sobrenaturales; la desgracia sobreviene por causa de un experimento chapucero. Y aunque Víctor mezcla la alquimia con la electricidad y las matemáticas, no se maneja como un alquimista o un mago sino como el precursor de una biología en pañales.

Shelley estaba al corriente de la ciencia de su época, así como de la política radical preconizada por sus padres, el anarquista William Godwin y la feminista Mary Wollstonecraft, y su marido, el poeta Percy Shelley. Darko Suvin, estudioso de la ciencia ficción, la percibe desencantada con el utopismo de ilustrados y románticos y sus promesas de progreso social. No es casual que bosquejase su obra poco después de Waterloo, la batalla que cerró el ciclo abierto con la Revolución Francesa e inauguró un período reaccionario, para consternación de la intelectualidad progresista.

Su texto, conviene subrayar, ostenta el sello del romanticismo, al cual la autora pertenecía de cuerpo y alma. Contra la opinión extendida, dicho movimiento profesó enorme devoción por la investigación. A contrapelo del ilimitado optimismo de una ciencia entendida como dominio humano sobre la naturaleza, defendía su desarrollo en armonía con el entorno y oponía un enfoque holístico al mecanicismo de la Ilustración.

Fiel a ese espíritu, Mary Shelley atiza un correctivo a la búsqueda de conocimiento a cualquier precio; y de pasada ajusta cuentas con la soberbia romántica a través de la crítica a la conducta de Víctor, el héroe byroniano cuya ansia egocéntrica de gloria arrastra a los demás.

De la novela gótica a la ciencia ficción

Frankenstein, sostiene Suvin, echa los cimientos de la ciencia ficción, un género de la sociedad industrial señalado por su ambivalencia frente al avance científico-técnico. Y lo hace distanciándose del horror gótico, cuyos muertos al acecho de los vivos personifican el peso fatídico del pasado sobre el presente. La diferencia es visible en la criatura: en vez de presentarla a la manera gótica como la encarnación del Mal sacrílego, su soliloquio mete al lector en el pellejo de una creación científica capaz de aprender a hablar por su cuenta y educarse en soledad leyendo a Plutarco, Milton y Goethe.

La impronta gótica se circunscribe al atrezzo: las inmensidades aisladas por las que deambulan los personajes, los ambientes tenebrosos, las noches tormentosas y los cadáveres que suministran la materia prima de la Criatura. Su nudo dramático, en contraste, se ciñe a un experimento y sus derivaciones. No hay maldición ni predestinación. El pasado no controla la situación; la acción discurre en el presente y se abre al futuro.

Sin embargo, su mensaje fue abusivamente simplificado. La retórica conservadora se sirvió de la tragedia de Víctor para plasmar el miedo al cambio impulsado por individuos bien intencionados: si alguien proponía liberar a los esclavos de las colonias o conceder el derecho al sufragio a la clase trabajadora, se le acusaba de desencadenar monstruos destructivos. Más tarde, la izquierda repetiría la operación, pintando a Saddam Hussein como un Frankenstein engendrado por Estados Unidos y alzado contra su amo. Unos y otros adulteraron el sentido primigenio de la novela.

El monstruo, estrella del espectáculo

La otra tergiversación la perpetraron las adaptaciones teatrales sucedidas a lo largo del siglo XIX al exagerar el trasfondo gótico de la intriga. Aparte de cambiar escenarios y confundir nombres (el monstruo pasó a ser conocido por el apellido de su inventor), introducen al sirviente jorobado, describen al laboratorio como la cueva de un nigromante y enfatizan la maldad de la Criatura, buscando atraer al gran público, más ávido de estremecimientos fuertes que de angustiosas reflexiones sobre las fronteras del saber y la naturaleza humana.

Los historiadores han redescubierto a Mary Shelley como una de las principales figuras del romanticismo, creadora significativa por sus logros literarios y por su importancia política como mujer y militante liberal
Los historiadores han redescubierto a Mary Shelley como una de las principales figuras del romanticismo, creadora significativa por sus logros literarios y por su importancia política como mujer y militante liberal

La empatía con el monstruo desaparece; el ser curioso y sensible se transforma en una Cosa irremediablemente maligna. Estas versiones de probado tirón en la audiencia, consigna William St. Clair, fueron la fuente de inspiración de Hollywood en lugar del texto original. En el año 2007, el historiador del cine Thomas Leitch contabilizó 102 interpretaciones del monstruo en otras tantas adaptaciones fílmicas. Fue el séptimo arte, más que los montajes teatrales de la cartelera anglosajona, el responsable de su estatus mítico. Las primeras películas muestran a un gigante idiota surcado de costuras y con un tornillo en el cuello condenado por el cerebro del criminal ahorcado que le trasplantaron. Víctor, por su parte, es degradado a arquetipo del científico loco y pecador: “Ya sé lo que se siente al ser Dios”, exclama en el filme de James Whale.

Así y todo, con el correr del celuloide se observa cierta tendencia a humanizarlo. Un film de Serie B sorprende con un monstruo adolescente: I Was a Teenage Frankenstein (1957) y otro dirigida al público negro le pinta con piel oscura y peinado afro: The Black Frankenstein (1973). En los años 70, a tono con la liberación de las costumbres, irrumpen el lascivo Andy Warhol’s Frankenstein (1974) y el engendro transexual de The Rocky Horror Show (1975). Por fin, Mary Shelley’s Frankenstein (1994) restituye la inteligencia a la Criatura que Boris Karloff había igualado a un zombi.

Una parábola sobre la responsabilidad

Desde mediados del siglo XX, se ha tendido a leer Frankenstein como una advertencia sobre el impacto nocivo de las nuevas tecnologías. En 1945, el secretario de Guerra de Estados Unidos, Henry Stimson, dijo de la bomba atómica: “Puede ser Frankenstein o un medio para la paz”. Más tarde, los ecologistas acuñaron la etiqueta “Frankenfood” en su lucha contra los transgénicos. En un reciente telefilme británico, el monstruo es alumbrado por un ensayo con células madre. Frankie ha demostrado ser un contenedor multiuso de las ansiedades suscitadas por la técnica de moda.

En un ensayo incluido en la edición de Akal, Josephine Johnston defiende que el meollo de la novela no consiste en un supuesto alegato contra la ciencia; su eje pasa por la cuestión de la responsabilidad. “El error de Víctor radica en no pensar más a fondo en las repercusiones potenciales de su obra”. Para la ensayista, el devastador desenlace no ofrece dudas: “El entusiasmo científico sin control puede provocar un daño imprevisto”.

Del devastador desenlace se desprende el necesario compromiso del científico con su creación: velar por ella y cuidar de que no dañe a los demás. Las palabras de Víctor: “He sido derrotado en estas esperanzas; sin embargo, acaso otro triunfe”, nos indican que Shelley no se abandona a la tecnofobia ni pierde la esperanza en una ciencia con conciencia.

Frankenstein, su novia y su creador, en plena trifulca
Frankenstein, su novia y su creador, en plena trifulca

No todo el argumento conserva actualidad. El drama del científico a solas con su conciencia, verosímil en una época de inventores aficionados, ha quedado obsoleto. La investigación depende menos de individuos geniales que de intereses políticos y económicos consagrados a explotar sus frutos sin miramientos por la humanidad o el medio ambiente. Frankenstein no ayuda a captar la complejidad de la actividad científica en tiempos de la tecnociencia.

Si la Criatura que la escritora británica presentó en sociedad era una mezcolanza de restos animales y humanos, el monstruo de la cultura de masas es el producto de un bricolaje con versiones influenciadas por cada contexto. No es casual que hoy retornemos al texto original. La admonición de Mary Shelley sintoniza con nuestra disposición a no extender más cheques en blanco a los laboratorios. Y su mirada compasiva toca una fibra en nuestra sensibilidad posmoderna, capaz de conmoverse por la agonía de un replicante asesino o el flechazo de un solitario con un software.

Bacanal vampírica antes de Drácula

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La protagonista, Laura, narra cómo su vida pasa de plácida y tranquila a desconcertante y espantosa cuando aparece Carmilla, una joven hermosa y enigmática. Laura, la protagonista de la historia, es una joven que vive con su padre y unos criados en un antiguo castillo en las lejanías de Estiria (Austria). A menudo, recuerda cuando era una niña y estaba dormida en los brazos de una joven y se despertaba al sentir dos agujas en su cuello
La protagonista, Laura, narra cómo su vida pasa de plácida y tranquila a desconcertante y espantosa cuando aparece Carmilla, una joven hermosa y enigmática. Laura, la protagonista de la historia, es una joven que vive con su padre y unos criados en un antiguo castillo en las lejanías de Estiria (Austria). A menudo, recuerda cuando era una niña y estaba dormida en los brazos de una joven y se despertaba al sentir dos agujas en su cuello

“Carmilla” es una novela corta escrita por Sheridan Le Fanu en 1872. Fue publicada en la colección In a Glass Darkly. Se trata de una de las primeras historias de vampiros escritas, precursora de muchas obras de éxito, como es el caso de “Drácula” de Bram Stoker, escrita veinicinco años después, quien se basó en muchas características de Carmilla para escribir su obra.

Casi todos los relatos de vampiros tienen la estructura básica de Carmilla, empezando por la parte de “ataque” pasando a “muerte – resurrección” por parte del vampiro, y finalmente a la parte de “caza – destrucción” de la criatura.

Le Fanu se basó en la legendaria historia de la hermosa Condesa Elizabeth Báthory para crear a Carmilla.

La condesa Isabel Báthory de Ecsed (Nyírbátor, Hungría, 7 de agosto de 1560-Castillo de Čachtice, actual Trenčín, Eslovaquia, 21 de agosto de 1614), fue una aristócrata húngara, perteneciente a una de las familias más poderosas de Hungría. Ha pasado a la historia por haber sido acusada y condenada de ser responsable de una serie de crímenes motivados por su obsesión por la belleza que le han valido el sobrenombre de la Condesa Sangrienta. Erzsébet tiene el récord Guinness de la mujer que más ha asesinado en la historia de la humanidad con 650 muertes.

La historia de Carmilla muestra muchas características del terror gótico, y resalta el estereotipo popular del vampiro siendo precursora desconocida del género

La historia, es de carácter lésbico. Sheridan Le Fanu tomó ese tema, un tabú para la época, pero supo cómo plantearlo de tal forma que el lector de la época se fuera acercando al tema.

La protagonista, Laura, narra cómo su vida pasa de común a desconcertante cuando aparece Carmilla, que comienza a mostrar un comportamiento bastante romántico hacia la protagonista. Carmilla empieza a mostrar rarezas en su comportamiento, se despierta después de mediodía y se encierra en su cuarto, resultando ser una vampiresa.

El periodista Juan Carlos Rodríguez lo tiene claro: “Bram Stoker se llevó la fama, aunque en el origen de la vampirología moderna está indudablemente Le Fanu, que había publicado su novela corta en la revista The Dark Blue en 1871, dieciséis años que Stoker. De hecho, la que mucho consideran la novela de vampiros más famosa de la historia tiene bastante de la propia Carmilla, recopilada de inmediato en la colección de relatos ‘Las criaturas del espejo’ (1872), un año antes de su muerte”.

A juicio de Rodríguez, “el origen propio del vampirismo sucede mucho antes, con el benedictino francés Agustín Calmet (1672-1757), abad del monasterio de la orden de San Benito de Sénones, en Lorena. Gran erudito, autor de un monumental comentario bíblico (compilado en 23 tomos), se interesó pronto por el mundo de las apariciones. Además, “escribió dos volúmenes, reeditados por la Editorial Rey Lear, bajo el título de ‘Tratado sobre los vampiros'”.

El primer volumen, Calmet lo había llamado ‘Tratado de las apariciones de los ángeles, de los demonios y de las almas de los difuntos’. Y el segundo: ‘Disertación sobre los redivivos en cuerpo, los excomulgados, los upiros o vampiros y los brucolacos’. Ambos fueron publicados, por primera vez en 1746.

“Calmet definió al vampiro -es interesante, las replicas que a Calmet dan Voltaire y Feijoo-, según sintetizó más tarde el ‘Diccionario infernal’ (1818), de Collin Plancy”, sostiene Rodríguez, quien añade que “los revinientes de Hungría, o vampiros, […] son unos hombres muertos desde hace un tiempo considerable, más o menos largo, que salen de sus tumbas y vienen a inquietar a los vivos, les chupan la sangre, se les aparecen, provocan estrépito en sus puertas y en sus casas, y, en fin, a menudo les causan la muerte. Se les da el nombre de vampiros o de upiros, que significa en eslavo, según dicen, sanguijuela”.

“Sin la aportación de Calmet, Bram Stoker no habría podido escribir su célebre Drácula. Tampoco hubieran sido posibles ‘El vampiro’ (1819), escrito por John William Polidori, médico personal de Lord Byron, ni Carmilla”, afirma un vampirista reconocido como Luis Alberto de Cuenca. Aunque Le Fanu se inspiró sobre todo en un hecho real: la biografía de la condesa transilvana Isabel Báthory.

La Báthory -cuya vida noveló rigurosamente Javier García Sánchez en ‘Ella, Drácula’- ingresó en la historia con el alias de “la Condesa Sangrienta” debido a que, entre otras turbias aficiones, gustaba de beber la sangre de doncellas vírgenes para preservar su lozanía. Báthory mataba el aburrimiento torturando a sus víctimas, traídas por sus lacayos de todos los rincones de los Cárpatos con la promesa de servir a la nobleza.

En palabras de Rodríguez, “aunque si Calmet pudo enmarcar la temática vampiresca, fue realmente Le Fanu quien recogió el mito rescatado por el benedictino para darle naturaleza literaria e insertarlo en la tradición gótica. Y, a partir de ahí, prácticamente sigue siendo el referente inmediato. Como admite el sueco John Ajvide Lindqvist, el último gran autor vampírico. Le Fanu es, asimismo, el primer gran autor del género del terror. Y no sólo como creador del vampirismo, sino también de la llamada ‘ghost story'”.

Así, ‘Carmilla’, como casi todas sus obras desde ‘La habitación de el Dragón Volador’ génesis de la novela de fantasmas a ‘Schalken el pintor’, “posee un intensidad y una perfección literaria abrumadora; quizás apagada, escondida, por su perfil erótico y lésbico, de esa Carmilla prendida por Laura. Todo un tabú para el siglo XIX. Esa sexualidad será, reconvenida en atracción heterosexual por Francis Ford Coppola, por supuesto. De todos los mitos del terror, el vampiro es el más complejo, con su mezcla de erotismo y muerte, de Eros y Thanatos. Y se lo debemos a Le Fanu”, apunta.

Su estructura es aún inamovible: ataque, muerte/resurrección y destrucción. Casi todos los relatos de vampiros tienes esa misma introducción, desarrollo y desenlace. “También se incluyen la seducción de la víctima por parte del vampiro, la confusión entre sueño y realidad, el intento en vano de explicar hechos sobrenaturales en términos racionales, y los métodos del folklore para reconocer, capturar y matar vampiros”, opina Paco Quiles. Lo cual le da, entre otras cosas, no sólo una maestría innegable, sino también una actualidad imperecedera. “Le Fanu mantienen su capacidad hipnótica y aún suscitan algún escalofrío”, según Robert Saladrigas.

Ilustración de Michael Fitzgerald para la historia de Le Fanu "Carmilla" en The Dark Blue (enero de 1872)
Ilustración de Michael Fitzgerald para la historia de Le Fanu “Carmilla” en The Dark Blue (enero de 1872)

“Fue un caballero de aspecto grave, carácter retraído y estricta mentalidad victoriana. Pero las narraciones que le hicieron célebre eran macabras, barrocas, escalofriantes -sigue diciendo Saladrigas-. Se le considera el fundador de las historias terroríficas en inglés, muchas protagonizadas por criaturas de psicología marcada por una oscura culpa, víctimas de la crueldad que a su vez no dudan en infligir a otras. La obra de Le Fanu rebasa las fronteras del género porque refleja, a veces en forma de parábola, la tortuosidad de los irlandeses de su tiempo”.

“La obra de Sheridan Le Fanu -escribe Roberto Cueto- marca la transición de la corriente clásica de los Radcliffe y Maturin a la llamada novela sensacionalista de la era victoriana (…). Esa tensión entre el pasado terrorífico y el presente cotidiano será una de las claves para entender gran parte del fantástico posterior”. Marcó una época, desapareció y volvió a la primera línea de la literatura, a la que ahora, entre la moda vampírica, regresa paulatinamente de nuevo.

“Mi padre pertenecía a un grupo surrealista en que sólo tenían cabida dos libros de terror, ‘Drácula’, de Bram Stoker, y, por supuesto, ‘Carmilla’. Y la necesidad de escribir novelas surgió de sus lecturas a los 13 años de edad. Esas lecturas también hicieron que me guste jugar con lo fantástico y con la realidad”, afirma, por ejemplo, Fred Vargas, autora de novela negra que en su última novela cierra una vieja deuda introduciendo en su última novela, Un lugar incierto, una trama vampírica y gótica.

Según Juan Carlos Rodríguez, “el vampirismo, y ahí es donde Le Fanu cobra especial relieve, tiene un indudable origen femenino, pues no deja de ser una metáfora con faldas de las fuerzas irracionales, de la Tierra providente, madre nocturna y arbitraria, que llama a sus hijos desde la pasión, y no desde el pulcro raciocinio, desde el orden diurno e industrioso de los hijos del XIX anglosajón. Le Fanu regresa a la Edad Media, a las leyendas, al culto femenino”.

“El escritor irlandés hace la misma lectura, aunque literaria, que, por ejemplo, ensaya históricamente Jules Michelet en ‘La bruja’, cuando la contemporaneidad comienza a reflexionar sobre lo que apenas ha reflexionado nunca: sobre el género, o más aún: sobre la cárcel del género. ‘Carmilla’ y ‘La bruja’, en este sentido, supone un hito de tal importancia en la tradición cultural occidental, un intento de devolverle su raíz matricial”, explica.

Entre éxtasis, terror y perplejidad, Le Fanu sitúa su historia en la rural Styria, donde Laura, la heroína y narradora, vivía. Su padre, un funcionario austriaco retirado, había podido comprar un castillo abandonado a buen precio. Carmilla aparece por primera vez en la escena que abre la historia y lo hace metiéndose en la cama de Laura, una niña de 6 años. Laura se durmió en sus brazos hasta que se despertó de repente con la sensación de dos agujas clavándosele en el pecho.

Reaparece cuando Laura ya tiene 19 años. Y es en esa Carmilla en la que Laura reconoce a la Condesa Mircalla Karnstein, según un retrato de 1698. Y el General Spielsdorf a Millarca, la joven vampiro que ha dado muerte a su hija. Carmilla/Mircalla/Millarca tiene una fuerza sobrehumana y era capaz de adoptar diferentes formas, sobre todo de animales. Su transformación favorita era en gato, más incluso que en lobo o vampiro. Por supuesto, dormía en un ataúd.

“Y en fin, quiere decirse que el vampirismo, la pasión, la noche visceral y arcana, es un asunto femenino. Que hermoso es el Mal cuando es hermoso. Y siembra el ejemplo, no sólo en el Drácula que impondrá su machismo galopante, sino también en otras vampiresas como la de Paul Féval que asoló el París napoleónico. O las que Jan Potocki incluye en ‘El manuscrito’ encontrado en Zaragoza. Incluso la Olalla de Robert Louis Stevenson”, argumenta Rodríguez.

García Sánchez ha intentado convertirse en un Le Fanu contemporáneo, aunque sin sexo y con gran crudeza. Él, en vez de Carmilla, quiso recrear a Ersébet Báthory, de quien escribieron también Alejandra Pizarnik, Marguerite Yourcenar o Valentine Penrose. “Porque ella y sólo ella fue la verdadera Drácula”, dice García Sánchez. ‘El Empalador’, caballero cristiano ortodoxo, jamás osó tocar la sangre de su víctimas. Su exaltada fe se lo impedía. El personaje de Erzsebet es tan genuinamente diabólico que por esa razón nadie se ha atrevido a llevarlo en serio al cine. Como si prefiriésemos seguir pensando que fue todo una pesadilla, una ficción.

Hablamos de los orígenes de Le Fanu de los mitos que inspiran su novela, tan importantes como los rastros que le persiguen en el cine. Muy tempranamente, como lo hizo el genio danés Carl Theodor Dreyer. Saltó del cine mudo (época que cerró en 1928 con la prodigiosa ‘La pasión de Juana de Arco’) al sonoro en 1932 con Vampyr, basada libremente en el relato de Sheridan Le Fanu, afortunadamente restaurada en 1998 por la Filmoteca de Bologna y, desde el año pasado, disponible en DVD en España. Le sigue un amplio rastro, como la versión vacua de Roy Ward Baker en 1970 en ‘Las amantes del vampiro’.

Bram Stoker se llevó la fama, aunque en el origen de la vampirología moderna está indudablemente Le Fanu, que había publicado su novela corta en la revista The Dark Blue en 1871, dieciséis años que Stoker. De hecho, la que mucho consideran la novela de vampiros más famosa de la historia tiene bastante de la propia Carmilla, recopilada de inmediato en la colección de relatos ‘Las criaturas del espejo’ (1872), un año antes de su muerte.

El origen del “vampirismo”

Aunque el origen propio del “vampirismo” sucede mucho antes, con el benedictino francés Agustín Calmet (1672-1757), abad del monasterio de la orden de San Benito de Sénones, en Lorena. Gran erudito, autor de un monumental comentario bíblico (compilado en 23 tomos), se interesó pronto por el mundo de las apariciones. Y escribió dos volúmenes, reeditados hace poco por la Editorial Rey Lear, bajo el título de ‘Tratado sobre los vampiros’.

El primer volumen, Calmet lo había llamado ‘Tratado de las apariciones de los ángeles, de los demonios y de las almas de los difuntos’. Y el segundo: ‘Disertación sobre los redivivos en cuerpo, los excomulgados, los upiros o vampiros y los brucolacos’. Ambos fueron publicados, por primera vez en 1746.

Sanguijuelas

Calmet definió al vampiro -es interesante, las replicas que a Calmet dan Voltaire y Feijoo-, según sintetizó más tarde el ‘Diccionario infernal’ (1818), de Collin Plancy: “Los revinientes de Hungría, o vampiros, […] son unos hombres muertos desde hace un tiempo considerable, más o menos largo, que salen de sus tumbas y vienen a inquietar a los vivos, les chupan la sangre, se les aparecen, provocan estrépito en sus puertas y en sus casas, y, en fin, a menudo les causan la muerte. Se les da el nombre de vampiros o de upiros, que significa en eslavo, según dicen, sanguijuela”.

“Sin la aportación de Calmet, Bram Stoker no habría podido escribir su célebre Drácula. Tampoco hubieran sido posibles ‘El vampiro’ (1819), escrito por John William Polidori, médico personal de Lord Byron, ni Carmilla”, afirma un vampirista reconocido como Luis Alberto de Cuenca. Aunque Le Fanu se inspiró sobre todo en un hecho real: la biografía de la condesa transilvana Isabel Báthory.

La Báthory -cuya vida noveló rigurosamente Javier García Sánchez en ‘Ella, Drácula’- ingresó en la historia con el alias de “la Condesa Sangrienta” debido a que, entre otras turbias aficiones, gustaba de beber la sangre de doncellas vírgenes para preservar su lozanía. Báthory mataba el aburrimiento torturando a sus víctimas, traídas por sus lacayos de todos los rincones de los Cárpatos con la promesa de servir a la nobleza.

El mito y Le Fanu

Aunque si Calmet pudo enmarcar la temática vampiresca, fue realmente Le Fanu quien recogió el mito rescatado por el benedictino para darle naturaleza literaria e insertarlo en la tradición gótica. Y, a partir de ahí, prácticamente sigue siendo el referente inmediato. Como admite el sueco John Ajvide Lindqvist, el último gran autor vampírico. Le Fanu es, asimismo, el primer gran autor del género del terror. Y no sólo como creador del vampirismo, sino también de la llamada ‘ghost story’.

Sheridan Le Fanu
Sheridan Le Fanu

‘Carmilla’, como casi todas sus obras desde ‘La habitación de el Dragón Volador’ génesis de la novela de fantasmas a ‘Schalken el pintor’, posee un intensidad y una perfección literaria abrumadora; quizás apagada, escondida, por su perfil erótico y lésbico, de esa Carmilla prendida por Laura. Todo un tabú para el siglo XIX. Esa sexualidad será, reconvenida en atracción heterosexual por Francis Ford Coppola, por supuesto. De todos los mitos del terror, el vampiro es el más complejo, con su mezcla de erotismo y muerte, de Eros y Thanatos. Y se lo debemos a Le Fanu.

Su estructura es aún inamovible: ataque, muerte/resurrección y destrucción. Casi todos los relatos de vampiros tienes esa misma introducción, desarrollo y desenlace. “También se incluyen la seducción de la víctima por parte del vampiro, la confusión entre sueño y realidad, el intento en vano de explicar hechos sobrenaturales en términos racionales, y los métodos del folklore para reconocer, capturar y matar vampiros”, opina Paco Quiles. Lo cual le da, entre otras cosas, no sólo una maestría innegable, sino también una actualidad imperecedera. “Le Fanu mantienen su capacidad hipnótica y aún suscitan algún escalofrío”, según Robert Saladrigas.

“Fue un caballero de aspecto grave, carácter retraído y estricta mentalidad victoriana. Pero las narraciones que le hicieron célebre eran macabras, barrocas, escalofriantes -sigue diciendo Saladrigas-. Se le considera el fundador de las historias terroríficas en inglés, muchas protagonizadas por criaturas de psicología marcada por una oscura culpa, víctimas de la crueldad que a su vez no dudan en infligir a otras. La obra de Le Fanu rebasa las fronteras del género porque refleja, a veces en forma de parábola, la tortuosidad de los irlandeses de su tiempo”.

“La obra de Sheridan Le Fanu -escribe Roberto Cueto- marca la transición de la corriente clásica de los Radcliffe y Maturin a la llamada novela sensacionalista de la era victoriana (…). Esa tensión entre el pasado terrorífico y el presente cotidiano será una de las claves para entender gran parte del fantástico posterior”. Marcó una época, desapareció y volvió a la primera línea de la literatura, a la que ahora, entre la moda vampírica, regresa paulatinamente de nuevo.

“Mi padre pertenecía a un grupo surrealista en que sólo tenían cabida dos libros de terror, ‘Drácula’, de Bram Stoker, y, por supuesto, ‘Carmilla’. Y la necesidad de escribir novelas surgió de sus lecturas a los 13 años de edad. Esas lecturas también hicieron que me guste jugar con lo fantástico y con la realidad”, afirma, por ejemplo, Fred Vargas, autora de novela negra que en su última novela cierra una vieja deuda introduciendo en su última novela, Un lugar incierto, una trama vampírica y gótica.

Origen femenino
El vampirismo, y ahí es donde Le Fanu cobra especial relieve, tiene un indudable origen femenino, pues no deja de ser una metáfora con faldas de las fuerzas irracionales, de la Tierra providente, madre nocturna y arbitraria, que llama a sus hijos desde la pasión, y no desde el pulcro raciocinio, desde el orden diurno e industrioso de los hijos del XIX anglosajón. Le Fanu regresa a la Edad Media, a las leyendas, al culto femenino.

El escritor irlandés hace la misma lectura, aunque literaria, que, por ejemplo, ensaya históricamente Jules Michelet en ‘La bruja’, cuando la contemporaneidad comienza a reflexionar sobre lo que apenas ha reflexionado nunca: sobre el género, o más aún: sobre la cárcel del género. ‘Carmilla’ y ‘La bruja’, en este sentido, supone un hito de tal importancia en la tradición cultural occidental, un intento de devolverle su raíz matricial.

Éxtasis y terror

Entre éxtasis, terror y perplejidad, Le Fanu sitúa su historia en la rural Styria, donde Laura, la heroína y narradora, vivía. Su padre, un funcionario austriaco retirado, había podido comprar un castillo abandonado a buen precio. Carmilla aparece por primera vez en la escena que abre la historia y lo hace metiéndose en la cama de Laura, una niña de 6 años. Laura se durmió en sus brazos hasta que se despertó de repente con la sensación de dos agujas clavándosele en el pecho.

Reaparece cuando Laura ya tiene 19 años. Y es en esa Carmilla en la que Laura reconoce a la Condesa Mircalla Karnstein, según un retrato de 1698. Y el General Spielsdorf a Millarca, la joven vampiro que ha dado muerte a su hija. Carmilla/Mircalla/Millarca tiene una fuerza sobrehumana y era capaz de adoptar diferentes formas, sobre todo de animales. Su transformación favorita era en gato, más incluso que en lobo o vampiro. Por supuesto, dormía en un ataúd.

Y en fin, quiere decirse que el vampirismo, la pasión, la noche visceral y arcana, es un asunto femenino. Que hermoso es el Mal cuando es hermoso. Y siembra el ejemplo, no sólo en el Drácula que impondrá su machismo galopante, sino también en otras vampiresas como la de Paul Féval que asoló el París napoleónico. O las que Jan Potocki incluye en ‘El manuscrito’ encontrado en Zaragoza. Incluso la Olalla de Robert Louis Stevenson.

Un Le Fanu contemporáneo

García Sánchez ha intentado convertirse en un Le Fanu contemporáneo, aunque sin sexo y con gran crudeza. Él, en vez de Carmilla, quiso recrear a Ersébet Báthory, de quien escribieron también Alejandra Pizarnik, Marguerite Yourcenar o Valentine Penrose. “Porque ella y sólo ella fue la verdadera Drácula”, dice García Sánchez. ‘El Empalador’, caballero cristiano ortodoxo, jamás osó tocar la sangre de su víctimas. Su exaltada fe se lo impedía. El personaje de Erzsebet es tan genuinamente diabólico que por esa razón nadie se ha atrevido a llevarlo en serio al cine. Como si prefiriésemos seguir pensando que fue todo una pesadilla, una ficción.

Hablamos de los orígenes de Le Fanu de los mitos que inspiran su novela, tan importantes como los rastros que le persiguen en el cine. Muy tempranamente, como lo hizo el genio danés Carl Theodor Dreyer. Saltó del cine mudo (época que cerró en 1928 con la prodigiosa ‘La pasión de Juana de Arco’) al sonoro en 1932 con Vampyr, basada libremente en el relato de Sheridan Le Fanu, afortunadamente restaurada en 1998 por la Filmoteca de Bologna y, desde el año pasado, disponible en DVD en España. Le sigue un amplio rastro, como la versión vacua de Roy Ward Baker en 1970 en ‘Las amantes del vampiro’.

Drácula, el no muerto

Hasta cierto punto no podía ser de otro modo. Luego, la pintura, por ejemplo, ha reflejado el encanto de Carmilla. Sin ir más lejos, con cabellos rojizos, piel blanca, un gesto de seducción y agresión, una combinación de morbidez y sensualidad: así es la vampira que pintó Edward Munch y que se puede contemplar en el Metropolitan de Nueva York.

En 1897, el escritor irlandés Bram Stoker escribió Drácula, la novela de vampiros más famosa de la historia y un clásico de la literatura universal. Stoker había creado un personaje de ficción que, a partir de entonces, fascinaría al mundo. El final de la novela -“Fue como un milagro, pero ante nuestros propios ojos y casi en un abrir y cerrar de ojos, todo el cuerpo se convirtió en polvo, y desapareció”-, hacía sospechar a muchos que el autor planeaba continuarla. Así era.

Con su muerte, Stoker dejó unas notas, guardadas en familia hasta que su sobrino biznieto, Dacre, aceptó una oferta de 1,3 millones de euros de las editoriales Dutton (de Estados Unidos), HarperCollins (del Reino Unido) y Penguin (de Canadá) para darle cuerpo a esas notas: Drácula, el no muerto. Pero Carmilla tampoco ha muerto. Está escondida entre el machismo y en el desconocimiento reinante
Hasta cierto punto no podía ser de otro modo. Luego, la pintura, por ejemplo, ha reflejado el encanto de Carmilla. Sin ir más lejos, con cabellos rojizos, piel blanca, un gesto de seducción y agresión, una combinación de morbidez y sensualidad: así es la vampira que pintó Edward Munch y que se puede contemplar en el Metropolitan de Nueva York.

En 1897, el escritor irlandés Bram Stoker escribió Drácula, la novela de vampiros más famosa de la historia y un clásico de la literatura universal. Stoker había creado un personaje de ficción que, a partir de entonces, fascinaría al mundo. El final de la novela -“Fue como un milagro, pero ante nuestros propios ojos y casi en un abrir y cerrar de ojos, todo el cuerpo se convirtió en polvo, y desapareció”-, hacía sospechar a muchos que el autor planeaba continuarla. Así era.

Con su muerte, Stoker dejó unas notas, guardadas en familia hasta que su sobrino biznieto, Dacre, aceptó una oferta de 1,3 millones de euros de las editoriales Dutton (de Estados Unidos), HarperCollins (del Reino Unido) y Penguin (de Canadá) para darle cuerpo a esas notas: Drácula, el no muerto. Pero Carmilla tampoco ha muerto. Está escondida entre el machismo y en el desconocimiento reinante