«¿Eres tú, Epi?»

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epiPor Melanie Swinger

Fue el desenlace de un sueño que acabó por convertirse en truculento y sudoroso serial nocturno. Cerró los ojos y contó personajes de su infancia. Lo de contar ovejitas nunca le resultó apetitoso. Esa noche le tocó el turno a Epi, «vilmente acosado por Blas, merece ser recordado», pensó.

Un Epi, dos Epis, tres Epis…. Y así hasta 100. El telón se cerró y comenzó el folletín. A su lado vio una pequeña cama y pareció divisar una especie de peluche que movía su cabeza con aire cansino y cierto desdén. «Seguramente estaré dormida, esto forma parte del sueño», reflexionó. La lógica era abrumadora, pero tras un parpadeo la figura seguía materializada en su pequeño colchón.

Quizás la admiración que sentía hacia Epi le jugó una mala pasada. En cierto modo, se sentía como Epi muchas veces a lo largo del día. Siempre con la palabra correcta, sin alzar la voz, con amabilidad enfermiza y complaciente hasta la médula. Sus estallidos puntuales chocaban a quienes le acompañaban de uno u otro modo. Todos eran los «Blas» rutinarios y punzantes que daban mordiscos a su maltrecho orgullo. Ninguno entendía sus disparos verbales con silenciador y almohada. Así pasó su vida, entre cúmulos de desprecio, purgada por palabras estruendosas que se clavaban en su alma.

El muñeco enfrente suyo no fue, sin embargo, una aparición romántica ejecutada desde el vestíbulo de la mente. Aquella presencia de no más de un metro, según pudo calcular su hemisferio matemático, no solo estaba, sino que se manifestaba. Su cabeza giraba lentamente buscando una mirada cómplice… Había leído historias acerca de los íncubos y súcubos, demonios sexuales que accedían a nuestro mundo a través de los sueños. Si se trataba de una de esas criaturas, su irrupción provocó en ella más pavor que lujuria… ¿Y si era Epi, que a su manera quería agradecer el detalle de recordarle en enumeraciones nocturnas?

«¿Eres tú, Epi?». No hubo respuesta.

«Epi, ¿estás ahí?». Silencio y frío.

Respiró y un vaho profundo emanó de su boca. Se giró, aterrorizada, hacia el lado opuesto al que se encontraba aquel ser venido de no se sabía dónde para fustigarla con su diabólica presencia. En cualquier momento tendría que esfumarse, no hay mal que cien años dure, ni Epi que sea capaz de sostener la tensión del momento. «Es un muñeco, un personaje de mi infancia. Es bueno, de ojos abiertos y sonrisa bobalicona. El ténebre Blas nunca diezmó su esencia. Así que, ¿por qué temer a una criatura tan adorable?».

Finalmente decidida a desenmascarar aquella aparición, la presión de unos dedos sobre su garganta la inmovilizó. Pensó que llegó su hora y que en lugar de ver su vida como una película, iba a ver pasar capítulos de Barrio Sésamo. Cuando hallasen su cadáver pensarían que se autoinmoló con sus propias manos. Qué iban a sospechar sino de una madurita solitaria, asida al llanto, frustrada e incomprendida, ultrajada por la condición humana.

Mientras los dedos aumentaban la presión sobre su cuello decidió elegir su próxima vida. Sería un peluche. Resistente, eso sí, a la inquina de travesuras infantiles y caprichos de adulto.

Abrió los ojos y vió, difuminado, un rostro rodeado de tonalidades verdes. «¡Despierte!». No sabía dónde estaba, pero mientras recobraba la consciencia empezó a otear elementos de una sala de quirófano. Unas manos suaves rodeaban su cuello y acariciaban su frente, sudorosa. «Ha sido una intervención dura, pero está de vuelta, enhorabuena». Era su anestesista quien le hablaba. Tenía una mirada limpia y todo en él era cortesía. Cuando le sonrió, vio un diente de oro empastado. Bajó la mirada y en su bata, un pin de Epi. «¿Le gusta?», es mi personaje favorito de Barrio Sésamo. Nada de Peggy ni Coco, él sufría en silencio, todo un mártir», le dijo.

Aliviada, cerró el telón de aquella experiencia. Y el anestesista escribió el epitafio con su frase preferida: «Con drogas legales como esta, da gusto viajar».

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