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Los ‘Mad Doctors’ del fascismo español

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Vallejo-Nájera contactó con el director de la clínica psiquiátrica de la prisión de mujeres de Málaga, Eduardo Martínez. Juntos analizaron a cincuenta reclusas, aunque renunciaron a las evaluaciones físicas al considerar que los contornos femeninos resultaban «impuros». Los resultados, que incluían detalles sobre la vida sexual de las presas, como la edad en que perdieron la virginidad, a lo que se referían como «desfloración», desvelaron que predominaban las reacciones temperamentales y primarias, algo que les permitió afirmar que las mujeres republicanas tenían «muchos puntos en común» con animales y niños. También localizaron comportamientos esquizoides, debilidad mental e introversión
Vallejo-Nájera contactó con el director de la clínica psiquiátrica de la prisión de mujeres de Málaga, Eduardo Martínez. Juntos analizaron a cincuenta reclusas, aunque renunciaron a las evaluaciones físicas al considerar que los contornos femeninos resultaban «impuros». Los resultados, que incluían detalles sobre la vida sexual de las presas, como la edad en que perdieron la virginidad, a lo que se referían como «desfloración», desvelaron que predominaban las reacciones temperamentales y primarias, algo que les permitió afirmar que las mujeres republicanas tenían «muchos puntos en común» con animales y niños. También localizaron comportamientos esquizoides, debilidad mental e introversión

El médico franquista Antonio Vallejo-Nájera, en plena guerra civil española, realizó experimentos con hombres y mujeres republicanos/as en los campos de concentración. Su intención, siguiendo órdenes de Franco, fue buscar las raíces biopsíquicas del marxismo, algo así como encontrar el maligno gen rojo.

La humillación social y la explotación de los vencidos se justificaban en términos religiosos como la expiación de sus pecados, pero también en términos socio-darwinianos. En este sentido, ante la creencia de que los vencidos/as eran personas degeneradas, se les quitaban los hijos a sus madres, de manera que en las prisiones y campos de concentración el lema era no sólo someter los cuerpos, sino destruir las mentes, anular las voluntades e infligir el máximo dolor.

Hay un acuerdo entre las personas expertas en asegurar que, si dura fue la represión del régimen franquista para los hombres, durísima fue para las mujeres republicanas, a las que había que añadir en su sufrimiento un plus misógino.

Efectivamente, la mentalidad de los sublevados veía como una doble traición el mayor protagonismo del que las mujeres españolas pudieron disfrutar durante los breves años de la Segunda República, que contravenía el estereotipo tradicional de sumisión y dependencia, tan querido por los sectores más conservadores de la sociedad española.

En este sentido, una de las prácticas que estas teorías justificaron fue el robo de niños y niñas a las prisioneras. Tales atrocidades, superiores en número a lo vivido en Argentina, por poner sólo un ejemplo, ni siquiera se practicaron en secreto, muy al contrario, contaron con la abierta y documentada colaboración de las autoridades penitenciarias y las congregaciones religiosas implicadas en el mantenimiento de las cárceles femeninas. Sin embargo, no se ha hecho una investigación rigurosa de estos hechos hasta fechas muy recientes. Vallejo-Nájera será el gran artífice de todos estos experimentos y, por tanto, responsable de todo el sufrimiento generado, todo ello bajo el paraguas de las teorías eugenésicas.

La eugenesia llega a España de la mano de Ignacio Valentí y Vivó, catedrático de Medicina Legal y Toxicología de la Universidad de Barcelona (que asiste como representante español al Primer Congreso Internacional de Eugenesia, organizado en Londres en 1912 por la Eugenics Education Society), y de Nicolás Amador, también médico y miembro de dicha sociedad. En 1928 se celebra el Primer Curso Eugénico Español, constituyéndose en la primera plataforma pública de discusión del eugenismo en nuestro país. La represión del régimen de Primo de Rivera, alegando la causa de pornografía y escándalo público, impidió la continuación de las actividades previstas.

Como una de las experiencias más tremendas ligadas a estos planteamientos no podemos olvidar el comportamiento de muchos médicos alemanes, cuyas ideas de higiene de la raza y eugenesia se fueron radicalizando hasta llegar al límite de utilizarse para respaldar «científicamente» el genocidio llevado a cabo por los nazis.

Pero no sólo fueron los alemanes quienes se entregaron a estas prácticas. En la España de Franco los experimentos con seres humanos también se llevaron a cabo y la obra de Vallejo-Nájera, que fue jefe de los Servicios Psiquiátricos Militares, es un buen ejemplo de ello. Influenciado por la visión biotipológica de la personalidad de Kretschmer, durante los años 30 del siglo pasado promovió un personal concepto de eugenesia. Así fue como se inclinó hacia una ugamia, es decir, política eugenésica implementada mediante el trabajo de orientación prematrimonial, basado en el diagnóstico biopsicológico de los contrayentes.

El régimen franquista hizo uso institucional de las teorías eugenésicas para denigrar y descalificar el bando perdedor en la guerra y para justificar la represión. En particular, los campos de concentración y las cárceles sirvieron para hacer pruebas y recoger información que demostraba «científicamente» que los republicanos, brigadistas, comunistas o anarquistas eran débiles mentales, o que las mujeres antifranquistas eran dementes ninfómanas genéticamente taradas.

Dos eran las hipótesis básicas que Vallejo quiso demostrar. Por un lado, la inferioridad mental de los partidarios de la igualdad social y política, también llamados desafectos (entendiendo como tales a toda persona fiel a la República y contraria al levantamiento franquista). Por otra parte, la perversión de los regimenes democráticos, que, al promover a los fracasados sociales con políticas públicas, favorecían el resentimiento, algo que no sucede con los regimenes aristocráticos donde sólo triunfan los socialmente mejores. Regimenes aristocráticos serían el III Reich y todas las dictaduras fascistas de la Europa de la época.

En agosto de 1938, Franco autorizó la creación del Gabinete de Investigaciones Psicológicas propuesto por Vallejo-Nájera, quien se convirtió en director de las investigaciones psicológicas de los campos de concentración. Centenares de presos y presas fueron analizados, con la colaboración de agentes de la Gestapo alemana.

Su primer trabajo se centró sobre dos grupos de detenidos: brigadistas internacionales y 50 presas antifascistas malagueñas.

Vallejo tituló sus estudios con el grupo de presas malagueñas Investigaciones psicológicas en marxistas femeninos delincuentes. El estudio lo realizó en la prisión de mujeres de Málaga y compartió su dirección con Eduardo M. Martínez, teniente médico, director de la clínica psiquiátrica de Málaga y jefe de los servicios sanitarios de la prisión.

Entre las detenidas malagueñas, 33 de ellas estaban condenadas a muerte, 10 a reclusión perpetua y siete a penas entre de 10 y 20 años. Vallejo diagnostica a «13 sujetos» que califica de «libertarias congénitas, revolucionarias natas, que impulsadas por sus tendencias biopsíquicas constitucionales desplegaron intensa actividad sumadas a la horda roja masculina».

Resulta innegable que la misoginia de Vallejo marca profundamente su análisis, veamos algunos ejemplos:

“Recuérdese para comprender la activísima participación del sexo femenino en la revolución marxista su característica debilidad del equilibrio mental, la menor resistencia a las influencias ambientales, la inseguridad del control sobre la personalidad (…) Cuando desaparecen los frenos que contienen socialmente a la mujer (…) entonces se despiertan en el sexo femenino el instinto de crueldad y rebasa todas las posibilidades imaginadas, precisamente por faltarle las inhibiciones inteligentes y lógicas, característica de la crueldad femenina que no queda satisfecha con la ejecución del crimen, sino que aumenta durante su comisión (…) Además, en las revueltas políticas tienen la ocasión de satisfacer sus apetencias sexuales latentes” .

Pero aún iban más allá. Vallejo y Martínez señalaban en sus conclusiones que en el caso de las mujeres no había realizado el estudio «antropológico del sujeto, necesario para establecer las relaciones entre la figura corporal y el temperamento, que en el sexo femenino carece de finalidad, por la impureza de sus contornos».

La falta de formación política que Vallejo detecta en las mujeres estudiadas le reafirma en las motivaciones no políticas de las mismas, por ello divide a su muestra en tres grupos:

1. Presas motivadas por sugerencias ambientales (38%), en el que se encontrarían tanto a mueres exaltadas como aquellas aprovechadas que ven en este activismo una forma de satisfacer sus ambiciones personales, materiales o sexuales.
2. Presas motivadas por su psicopatía antisocial (24%).
3. Presas libertarias congénitas (36%).

La contaminación con los estereotipos más burdos sobre el género femenino resulta tan dolorosamente evidente que casi no necesitaría comentario alguno. Sin embargo, de ninguna manera se puede olvidar que tales desvaríos ocasionaron un enorme dolor a miles de mujeres, condicionando cruelmente su presente y su futuro

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El lado ‘cool’ de la testosterona

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Kirk Douglas, en una escena de "El trompetista" ("Young man with a horn")
Kirk Douglas, en una escena de “El trompetista” (“Young man with a horn”)

Kirk Douglas ha sido una fuerza de la naturaleza, un actor de energía desbordada y un físico espectacular. De hecho, la primera imagen que evoca oír su nombre es la del esclavo sobrehumano “Espartaco”. Fue “el hombre duro”, que, curiosamente, se midió más veces en el cine con parejas masculinas que con femeninas.

Su implicación emocional con los atormentados e impulsivos personajes a los que dio vida le labraron a Douglas su fama de “duro”; es histórico su enfrentamiento (casi siempre, muerto de celos) con Burt Lancaster, con quien rodó siete cintas, las más memorables “Siete días de mayo” (1964) y “Duelo de Titanes” (1957).

Douglas, que reconocía ese complejo, escribió en su web tras la penúltima película rodada con el acróbata: “Por fin me he librado de Burt Lancaster. Mi suerte ha cambiado para mejor. Ahora trabajo con chicas guapas”.

Entre la primera, “Al volver a la vida” (1948), y la última, “Otra ciudad, otra ley” (1986) que rodaron juntos, ambos actores ensayaron una amistad, a decir de quienes les rodeaban, fingida, que sin embargo contribuyó a reforzar el mito.

A partir de “Duelo de Titanes”, un western en el que Lancaster era Wyatt Earp y Douglas Doc Holliday, el mujeriego, viril y arrogante Issur Danielovitch Demsky, hijo de inmigrantes judíos analfabetos (Douglas eligió este apellido artístico por su adorado Douglas Fairbanks), el actor comenzó a coleccionar “duelos” cinematográficos masculinos que ya han quedado para la historia.

El siguiente fue con Anthony Quinn en “El loco del pelo rojo”; con Tony Curtis se midió en “Los vikingos” (1958) y en 1959 hizo “El discípulo del diablo”, donde volvía a coincidir con Lancaster, aunque la escena más recordada es precisamente el juicio en el que Douglas se enfrenta, en un diálogo lleno de cinismo, a sir Laurence Olivier.

Al año siguiente, Douglas se emparejó con Kim Novak en “Un extraño en mi vida”, pero solo fue un respiro para su “duelo” definitivo, el más sólido, coral: el que marcaría el resto de su vida y su carrera.

En 1960, Douglas se convirtió en productor, actor y casi en director de “Espartaco”, una película que comenzó a rodar Anthony Mann, pero que pasó a manos de Stanley Kubrick, ante las presiones del “jefe”.

Kubrick, por entonces un joven treintañero, vio cómo el poderío de Douglas daba al traste con sus ambiciones cinematográficas: “Yo era el director -dijo, sobre el rodaje de “Espartaco”-, pero mi voz sólo era una de las que escuchaba Kirk”.

La película, que tuvo un presupuesto colosal (doce millones de dólares, equivalente a una producción actual de más de cien) era, aparentemente, un filme histórico, pero su mensaje progresista, que enfatizaba la sublevación del gladiador contra la Roma del año 73 a.C., hizo que Hollywood le mirase de otra manera.

De hecho, Douglas basó la cinta en una novela de un escritor comunista cuya adaptación corrió a cargo de Dalton Trumbo, una de las principales víctimas de la caza de brujas. Pero lo más notable fue la elección del reparto.

“Era una película hermosa. Además de a mí, la historia atrajo a Laurence Olivier, Charles Laughton, Peter Ustinov, Jean Simmons y Tony Curtis. Había una escena maravillosa con Laurence y Tony en la piscina, pero había un trasfondo de homosexualidad y no permitieron que la escena se exhibiera”, recordaba Douglas en su web.

Y siguió “Los valientes andan solos” (1962), el filme en el que años más tarde se inspiraría la película “Acorralado”, es decir, el personaje de Rambo.

El duelo, en este caso, era prácticamente consigo mismo, aunque tiene escenas memorables con el sheriff Walter Matthaw y con su amigo encarcelado Michael Kane.

Con John Wayne rodó “Primera victoria” (1965); la bélica “La sombra de un gigante” (1966), donde también coincidió con Frank Sinatra, y el western “Ataque al carro blindado” (1967).

En “¿Arde París?” (1967), la histórica cinta sobre la ocupación alemana de la capital francesa en 1944 sobre la novela de Larry Collins y Dominique Lapierre, que fue adaptada por los guionistas Francis Ford Coppola y Gore Vidal, Douglas mantiene el tipo frente a Orson Welles, Jean Paul Belmondo y Charles Boyer.

Ese mismo año rodó con Robert Mitchum y Richard Widmark “Camino de Oregón”, y, en 1970, “El día de los tramposos”, el único western dirigido por Joseph L. Mankiewicz, con el “malote” Douglas midiéndose al “modosito” Henry Fonda.

Después fueron Yul Brynner, “La luz del fin del mundo” (1971); Johnny Cash, “El gran duelo” (1971); Giuliano Gemma “Un hombre a respetar” (1972) John Cassavetes “La furia” (1978) y rozando los 80 (en este caso, una pareja para olvidar), con Arnold Schwarzenegger “Cactus Jack”.

Vinagre, negación y, pese a todo, genio

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La sexualidad de Thomas Bernhard ha suscitado sesudos estudios. En la época de su vida en que hubiera podido interesarse más por esas cosas, estaba demasiado enfermo. Y luego... siguió estando enfermo. Es muy probable que en toda la obra bernhardiana no haya más que un solo beso reflejado en sus texto
La sexualidad de Thomas Bernhard ha suscitado sesudos estudios. En la época de su vida en que hubiera podido interesarse más por esas cosas, estaba demasiado enfermo. Y luego… siguió estando enfermo. Es muy probable que en toda la obra bernhardiana no haya más que un solo beso reflejado en sus textos

El polémico escritor austríaco Thomas Bernhard (1931-1989) sigue flagelando conciencias después de su muerte con la publicación del inédito “Meine Preise” (Mis premios), un ajuste de cuentas íntimo de uno de los autores europeos más feroces de los últimos tiempos.

“Un premio sólo lo conceden los incompetentes”, dejó escrito en su obra “El sobrino de Wittgenstein”, un simple testimonio sobre su odio a los galardones, o mejor dicho, a la ceremonia, a la hipocresía y la arrogancia del mundo de la cultura.

Su fama de iracundo misántropo siempre le precedió, entonces: ¿Por qué aceptaba esos premios que tanto odiaba?. En el libro está la respuesta: por el dinero.

“Soy un avaricioso, no tengo carácter, yo mismo soy un cerdo”, se lee en el hasta ahora inédito libro de 139 paginas escrito con la prosa lírica cortada a navaja de Bernhard, que ha tenido una influencia clara en escritores como Peter Handke y Elfriede Jelinek.

“Todo era repugnante, pero lo que más asco me daba de todo era yo mismo”, escribe sobre su participación en esas escenificaciones “humillantes”, por las que se odiaba aún más al ver que eran capaces de corromperle.

En el libro pasa revista con su habitual humor salvaje y descarnado a nueve de los muchos premios que obtuvo, el primero de ellos en 1964, el Julius-Campe, con cuyo dinero se compró un automóvil deportivo Triumph Herald que estrelló poco después en Croacia.

Otro de los episodios lo dedica a su primer premio en Austria, en 1968, el Premio Estatal de Literatura, en el que ofreció un discurso que causó tal escándalo -llamó al Estado un artificio, a los austríacos los definió como apáticos, hipócritas y estúpidos- que desde entonces se convirtió en el modelo de intelectual furibundo.

El libro no es el mejor del autor, según los críticos, pero ofrece una nueva visión personal de Bernhard, en la que se puede apreciar que además de lanzar pullas contra todos también tenía un claro sentido autocrítico.

Eso sí, lamenta su afición por el dinero, pero siempre lo justifica en la necesidad: un traje nuevo, unos arreglos caseros, unos caprichos.

Estos premios serían una forma de “ponerse a prueba” para escribir, de retarse ante la página en blanco, según explicó a los medios austríacos el jefe de manuscritos de la editorial Suhrkamp, que lanza la obra, Raimund Fellinger.

El librito permite ver a un Bernhard desconocido, como cuando cuenta su vida desesperada, al borde de la pobreza y con una tuberculosis crónica antes de que su fortuna cambiase con su primera novela en 1963, “Helada”, que mostró su querencia por un lenguaje innovador y radical.

En los libros de Bernhard se suelen trazar situaciones aparentemente normales, cotidianas, aunque en ellas late un nido de tensiones que acaban por revelar un mundo sórdido en el que nada es lo que parece.

Esta mirada crítica de la realidad se ha expandido a numerosos escritores austríacos y también se puede rastrear en algunos de sus cineastas, como Michael Haneke y Ulrich Seidl.

Su relación crítica con Austria duró hasta su muerte, envuelta por el escándalo de su obra teatral Heldenplatz (La Plaza de los Héroes), encargada para el prestigioso Burgtheater vienés para conmemorar los 50 años de la anexión de Austria por el Tercer Reich.

Esa plaza es tristemente famosa porque en marzo de 1938, estaba abarrotada de austríacos que vitorearon al dictador nazi Adolf Hitler.

El estreno fue en noviembre de 1988 con un texto en el que acusó a los austríacos de ser igual de nazis que hacía medio siglo, levantando tal polvareda que le amargó los últimos tres meses de su vida y le llevó a prohibir en su testamento cualquier representación de sus textos en su país.

Una voluntad que no se cumplió ni con la representación del teatro ni con su obra: este inédito lo escribió Bernhard en 1980 y lo guardó en el cajón, casi como una reserva para cuando aflojase la creatividad.

“Estos relatos estaban destinados por Bernard para ser publicados, por lo que no nos sentimos obligados por el testamento”, argumentó Raimund Fellinger.

En busca de la verdad

La recopilación de artículos, entrevistas y discursos ‘En busca de la verdad’ (Alianza Editorial), de Thomas Bernhard, muestra a un escritor austríaco misántropo y enemigo de su país de origen, si bien los textos también profundizan en las intimidades de el autor de ‘Extinción’.

La relación de Bernhard con Austria fue muy controvertida y así lo explica el propio novelista en estas páginas. “Siempre, donde uno tiene su casa, lo conoce todo muy íntimamente y se ama. Al mismo tiempo, sin embargo, se odia también…como a esa famosa peste que nadie conoce”, señala Bernhard a un periodista al ser preguntado por Salszburgo.

Asimismo, sus declaraciones al respecto de las relaciones humanas dejan claro el desapego que sentía hacia otras personas. “El agradecimiento, como es bien sabido, es una estupidez” o “creo que todo el mundo debe recibir en la vida alguna patada” son ejemplos de la idea que tenía Bernhard de sus conciudadanos.

Además, las páginas de este trabajo recogen algunas polémicas de la época con el presidente de los Festivales de Teatro de Salszburgo (anunciando su renuncia a presentar más obras suyas) o una serie de respuestas irónicas tras ser galardonado con el Premio de Literatura de Bremen (“No he leído un solo libro publicado desde 1975”).

Miguel Sáenz, traductor habitual en español de Bernhard, remarca ese carácter difícil del escritor austríaco, reflejado en esta recopilación. “Empatizar con Bernhard no es fácil, sobre todo para los austríacos, que lo conocen bien. Pero a él la empatía le tenía más o menos sin cuidado: iba a lo suyo”, explica.

La depresión y el suicidio recorren esta obra donde Bernhard llega a afirmar que “hay estados en los que la vida le resulta a uno totalmente indiferente”. E incluso hay espacio para sus reflexiones respecto al sexo, prácticamente inexistente en la biografía del novelista.

“La sexualidad de Thomas Bernhard ha suscitado sesudos estudios. Yo creo que hay que creerle a él. En la época de su vida en que hubiera podido interesarse más por esas cosas, estaba demasiado enfermo. Y luego… siguió estando enfermo”, señala Sáenz.

De hecho, tal y como recuerda su traductor en España, es muy probable que en toda la obra bernhardiana no haya más que un solo beso reflejado en sus textos. “Yo sé donde está, pero dejo al bernhardiano fiel la tarea de encontrarlo”, bromea Sáenz.

Los periodistas, junto con los directores de festivales, eran algunas de las dianas preferidas de Bernhard, algo que se refleja en ‘En busca de la verdad’. “No nos engañemos, aborrecía a los periodistas y despreciaba a los directores, ya que los consideraba en general como gente inculta y muy poco de fiar”, asevera Sáenz.

En cualquier caso, a pesar de esta actitud, el traductor español considera que la obra de Bernhard ha trascendido y hoy en día resulta un autor “muy actual”. “En Austria se ha convertido en el escritor nacional a pesar de las barbaridades que escribió sobre su país y en América Latina es objeto de culto por escritores que admiran su manera peculiar de ‘llamar al pan pan y al vino, vino'”.

Sáenz reconoce que a pesar de la cantidad de obras traducidas de Bernhard todavía traducirlo “encierra sorpresas”. “Sin embargo, mi identificación con él nunca es total. A veces lo sorprendo interpretando el papel que él mismo se adjudicaba alegremente”, concluye.

Un susurro al borde del precipicio

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Se denomina efecto Papageno al fenómeno mediante el cual la exposición a modelos de conducta y a ejemplos de personas que inicialmente han pretendido quitarse la vida pero que finalmente han renunciado a dicha idea y superado las crisis, la angustia o las dificultades que se los provocaron genere en el espectador un efecto preventivo del suicidio.
Papageno es el personaje alegre que vende pájaros en la ópera de Mozart, La flauta mágica, del siglo XVIII. En un momento, teme que ha perdido su amor, y decide quitarse la vida. Pero tres muchachos aparecen, le muestran que hay otras alternativas, y evitan que Papageno se suicide

El efecto Papageno consiste en el cambio de opinión de un potencial suicida que quiere culminar el acto. Se consigue gracias a un correcto mensaje que alienta e informa bien a la persona. Un buen manejo de la información sobre el suicidio puede tener efectos positivos en la prevención y puede llegar a conseguir que aquellos con ideas suicidas desistan de sus intenciones.

El suicidio es la principal causa de muerte externa en España, que se cobra el doble de víctimas que los accidentes de tráfico. En 2016, últimos datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE), 3.569 personas murieron por suicidio frente a 1.890 personas murieron por accidente de tráfico. Una cifra que supone 80 veces más que la violencia de género y 12 veces más que por homicidio.

Según la OMS, en el mundo, se suicidan más de 800.000 personas al año. Además es la tercera causa de defunción en personas de entre 15 y 29 años. La mortalidad por suicidio es superior a la mortalidad causada por guerras y homicidios.

¿Qué es el efecto Papageno?

El “efecto Papageno” debe su nombre a un personaje de “La flauta mágica” de Mozart. Su suicidio planificado lo evitan tres espíritus infantiles que le recuerdan las alternativas a la muerte”, ilustra Gabriel González Ortiz, autor del libro “Hablemos del suicidio”.

Papageno, tras haber sido disuadido de suicidarse por tres niños, se reencuentra con su amada Papagena, con la que tendrá muchos hijos.

Andoni Anseán, presidente de la Sociedad Española de Suicidología, lo define así: “Una empatía con una persona que está en riesgo suicida, que tiene ideación o que ha realizado algún intento previamente. Lo que se consigue es en vez de rechazo o reprobación, es que haya una actitud y un sentimiento de empatía y de compasión con esa persona que sufre, para estar en disposición de ayudarla a que supere esa ideación o que no realice más intentos”.

El efecto Papageno es presentar la información de otra manera de tal modo que la persona que está en riesgo suicida recibe compasión y empatía. Y eso salva vidas. Dicho efecto, no solo se da en la persona que se va a suicidar, sino en la persona que le puede ayudar. Con información adecuada uno puede desistir de suicidarse y darse cuenta de que puede canalizar su sufrimiento con la ayuda adecuada.

“En los casos concretos, seguir las recomendaciones de la OMS que ya tienen 18 años y merecen una revisión porque estamos en los tiempos de internet, pero que todavía siguen muy vigentes para abordar cada noticia. Por ejemplo no debemos detallar el método. Hay que tener muchísimo cuidado con eso, porque puede tener incidencia en personas vulnerables”, dice el autor del libro.

Y añade: “Se consigue a través del tiempo, a través de dar información y de sensibilizar y de concienciar a las personas en general que al posible suicida no hay que hacerle reproches o estar juzgándole, sino que hay que ayudarle”.

Este efecto puede ayudar en cualquier fase previa al suicidio. Anseán afirma que sí. Y añade:”Lo que se consigue con el efecto es ayudar a la otra persona. De muchas maneras. Simplemente diciéndole que hable del problema, que hable con el médico de cabecera, que vaya al psicólogo. Con esto ya se están haciendo cosas para evitar ese suicidio. Y eso ha sido promovido por ese sentimiento de empatía”.

La chilena que perseveró: del efecto Werther al efecto Papageno

En su libro, González expone un caso paradigmático: Una niña chilena de 14 años con fibrosis quística colgó hace unos años un vídeo en Youtube en el que solicitaba a su gobierno el suicidio asistido. Esta chica reconoció que su reivindicación estaba inspirada en el caso de una mujer enferma terminal que realizó una campaña por la aplicación de la misma medida antes de terminar con su vida.

Pero la menor cambió de opinión cuando, al difundir los medios su caso, conoció a otro chico con su misma enfermedad, quien le transmitió un mensaje de esperanza y le animó a luchar contra la adversidad.

La información puede promover o puede prevenir

“Si en un periódico se lee una noticia mal enfocada, esta puede tener un efecto de imitación, el llamado efecto Werther. Si esa misma información tiene un enfoque distinto, de persona que sufre, de persona que puede necesitar ayuda, de persona de la que uno se puede compadecer, se puede estar consiguiendo un efecto Papageno”, afirma el periodista.

Ante la pregunta de si los medios lo están haciendo bien, González comenta: “Estoy viendo un cambio de tendencia. Veo que por un lado hay un tratamiento más sensacionalista que divulga todo tipo de detalles, y, por otro, cada vez con más frecuencia se empieza a abordar el fenómeno del suicidio como una problemática de salud general y cada vez está más presente en los medios”.

Existen unas orientaciones elaboradas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) que no terminan de cumplirse. A pesar de que aún son muy útiles, hace falta adaptarlas a los tiempos de internet. Según un estudio del Consejo Audiovisual de Cataluña, hoy con las redes sociales e internet, hay 1,8 millones de resultados en la red que son peligrosos para personas en riesgo suicida.

Gabriel González, opina que “ante cualquier noticia del suicidio hay que añadir cuáles son las señales de alarma ante las que hay que reaccionar, cuáles son los factores de riesgo, cómo hay que actuar, y los lugares en los que se puede pedir ayuda”.

Que los profesionales estrechen su trabajo: acercamiento al efecto

“A los periodistas les ha faltado información para llevar a cabo su función como agente de prevención. No han trabajado este tema como un problema endémico. Concienciar es una tarea de todos. Los periodistas solos no van a poder”, comenta el periodista.

Y añade: “El efecto se lograría antes y con más eficacia si los periodistas, que son los divulgadores de las noticias sobre este tema, estuvieran asesorados por psiquiatras y por los agentes que realmente conocen la prevención del suicidio. Trabajando de manera estrecha y colaborando se puede ayudar a que se consiga el efecto Papageno”.

Así se podría evitar, que las personas cercanas a un potencial suicida se conviertan en supervivientes. Según la Association of Psichology and Psichiatry for Adults & Children (APPAC), los supervivientes son aquellas personas que han perdido a un ser querido por suicidio. Se les llama así porque el nivel de estrés que viven es equivalente al que sufre alguien que ha estado en un campo de concentración o que ha vivido un conflicto.

Atronador silencio y luminosa oscuridad

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Abocado a la desesperación y al dolor, Suvorov reaccionó repentinamente tras oír un discurso en el que no se admitía la capacidad de ser íntegras a las personas con deficiencias graves. Hoy en día es doctor en Psicología y trabaja con niños sordociegos
Abocado a la desesperación y al dolor, Suvorov reaccionó repentinamente tras oír un discurso en el que no se admitía la capacidad de ser íntegras a las personas con deficiencias graves. Hoy en día es doctor en Psicología y trabaja con niños sordociegos

“Quien puede estudiar en una clase ‘normal’ del colegio, bienvenido sea. Pero no todos pueden, por eso tiene que haber una alternativa”, afirma el psicólogo ruso Alexander Suvorov. Sordociego desde la infancia, este profesional trabaja sobre la importancia de educar la imaginación en niños con discapacidad sensorial.

“Ingresé en la escuela especial de Zagorsk, cerca de Moscú”, recuerda Suvorov, “poco antes de que mi muerte espiritual fuera irremediable. Allí logré conservar la capacidad de hablar y aprendí la dactilología” (lenguaje basado en el contacto manual con un asistente). Al principio consideraba el ajedrez “como un mero entretenimiento”, pero después se convirtió “en una herramienta esencial para establecer relaciones amistosas con los niños”.

Alguis Arlauscas, amigo de Suvorov, fue director de una película protagonizada por éste que ganó tres premios internacionales. Tanto en el guión del filme como en la tesis doctoral, el autor se declara “irreconciliable con los métodos típicamente fascistas de quienes pretenden marginar para siempre a los sordomudos ciegos convirtiendo las escuelas en inclusas”.

Durante los años en que peleaba por salir de la desesperación, a finales de la década de los 80 del pasado siglo, Suvorov definía su vida, en una entrevista para el diario El País, como “un eterno pensamiento. A veces, recordaba antes de su periplo como psicólogo, bajaba al parque “a pasear o a esquiar mientras sigo pensando y hablo en voz alta. Así me relajo sin dejar de trabajar. Cuando llego a casa escribo todo lo que se me ha ocurrido”. Le gustaba provocar a la gente, porque era “la mejor manera para establecer comunicación”. “Suelo llevar un silbato en el bolsillo -rememoraba- y cuando me siento agobiado y empujado por la gente en las escaleras del metro pito muy fuerte; como mínimo habrá un policía que me hará caso”.

De nuevo en el tiempo presente, Suvorov entiende que “la educación inclusiva puede ser formativa o personalizada”. Él se considera autor de la teoría de la inclusión de la personalidad, fuera del sistema educativo. Esta consiste en la integración de niños minusválidos con otros sin problemas en entornos distintos del colegio; por ejemplo, en campamentos. Suvorov expone que se encuentra en una situación complicada: “Por un lado, siempre abogo por la educación inclusiva, pero estoy muy en contra de que se convierta en una imposición en detrimento de otros modelos”, sostiene. Por ese motivo no hay una solución única para todas las personas minusválidas, sino que se debe resolver su formación teniendo en cuenta a cada uno individualmente, sumando si es necesario la educación inclusiva con otra educación especializada.

Asimismo, Suvorov explica que no le gusta hablar de ‘discapacidad’ y de ‘personas con limitaciones físicas o psíquicas’. “¿Quién de vosotros no tiene capacidades limitadas? No sois ni dioses, ni superhéroes”, interpela. Aclara que, en cambio, emplea con tranquilidad el término ‘minusválido’ porque la etimología de la palabra en ruso (‘invalide’) significa ‘veterano de guerra’.

En esa misma línea, el ruso define la psicología como “la ciencia sobre la imaginación” y, a su vez, su concepto de imaginación en cuanto actividad orientativa. “Percibimos nuestra actividad a través de una serie de modelos de existencia, de comportamiento, que creamos continuamente”, añade. Así pues, señala que para él la imaginación implica la percepción subjetiva de la realidad, además de la creación mental de imágenes.

Por último, con la perspectiva de la experiencia, Suvorov ofrece una reflexión: “Sin la mutua humanidad, sin la acción compartida, es imposible que la personalidad crezca”. Todo, desde el objeto más cotidiano hasta la música más extraordinaria, permite la comprensión y el entendimiento mutuo. “La especialización de cada cual aporta matices a su personalidad, pero lo esencial para su crecimiento viene de la posibilidad de encuentro con otros en una cultura compartida”, concluye.

Hippies, hoces y martillos en USA

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Los Jardines de la Disidencia sigue la vida de tres generaciones de neoyorquinos que no responden al prototipo del patriota estadounidense, puesto que son comunistas, hippies y activistas políticos
Los Jardines de la Disidencia sigue la vida de tres generaciones de neoyorquinos que no responden al prototipo del patriota estadounidense, puesto que son comunistas, hippies y activistas políticos

Repleta de espíritus insatisfechos y latiendo al ritmo de complicadas pasiones políticas, “Los jardines de la disidencia”, de Jonathan Lethem, se adentra en el mundo de la contracultura y el comunismo norteamericano, un movimiento que, según ha explicado el autor, quedó olvidado y “muchos creen que nunca existió”.

Tres generaciones de comunistas, hippies e indignados manifestantes protagonizan “Los jardines de la disidencia”, una obra ambientada en Nueva York, que abarca desde el apogeo del estalinismo de mediados de los años 30 del pasado siglo, pasando por la multitud de movimientos a favor de los derechos civiles de la década de los 60, hasta el movimiento Ocupa Wall Street.

“Se trata de una novela sobre personas con convicciones políticas”, señala el escritor neoyorquino, quien describe la obra como una “ventana sucia” a través de la cual se observa no sólo los avatares de una época sino también las “contradicciones y tormentos” personales, que quedan marcados sobre la superficie del cristal.

En el centro de este ventanal se encuentra la matriarca, Rose Zimmer, una comunista con “un feroz enfoque de la vida” y unas opiniones “volcánicas”, inspirada en la abuela de Lethem, a quien conocemos tras ser expulsada del Partido Comunista estadounidense por su relación con un policía negro.

Su hija, Miriam, inspirada en la madre del escritor, tan obstinada y apasionada como Rose, huye de su influencia sofocante para unirse al movimiento contracultural de la Era de Acuario del Greenwich Village, donde conocerá a un cantante de folk con el que tendrán a Sergius, un joven idealista, aunque algo confundido, que se implicará a fondo con el movimiento Ocupa Wall Street.

“Yo soy parte de un país en el que el comunismo nunca fue probado en ningún ámbito social”, recuerda el escritor, nacido en 1964 y criado en una comuna de Brooklyn.

A su parecer, la idea del comunismo siempre ha sido una manera de “manifestar que la vida que te rodeaba no era suficiente”, por lo que entender el significado completo de esta palabra en Estados Unidos es hoy en día “una tarea bastante complicada”.

Pese a la trayectoria familiar, el escritor niega que se inscriba dentro del activismo político, aunque sí cree necesario poner en valor una historia “muchas veces deformada, descalificada” y también “olvidada”, pues, tal y como destaca Lethem, “muchos creen que el comunismo norteamericano nunca existió”.

“El libro -subraya- es a la vez una forma de revertir esta situación y dejar testimonio del paso del comunismo por Estados Unidos, lo que conforma una parte de la historia de la que se puede hablar y de la que no hay que sentirse avergonzado”.

Preguntado por la vigencia del legado comunista en su país, Lethem niega la existencia de “un comunismo puro”, pues “la versión más extendida de esta doctrina se encuentra en otros tipos de izquierda, como el movimiento Ocupa”.

Como todos los grupos de izquierda, el movimiento Ocupa, que se opone al poder y la influencia de las corporaciones financieras de EE.UU., también ha tenido que convivir con la “frustración propia de los grupos que propugnan una transformación”.

Algo que, según el autor, tiene mucho que ver con la “política dual” del presidente Barack Obama, que, a nivel simbólico, se ha convertido en la expresión de la revolución pero que, en el plano oficial, “no ha hecho más que seguir con las políticas de sus predecesores”, por lo que, en palabras del escritor, el expresidente Obama, por ejemplo, no hizo “más que recordar a la izquierda que siguen formando parte de la izquierda”.

“Los jardines de la disidencia”, publicado en castellano por Mondadori y en catalán por Angle, es una obra llena de referencias americanas, aunque puede describirse como un libro “muy europeo” porque los personajes descritos “viven dentro de la historia, a diferencia de la mayoría de los norteamericanos, que siempre pretenden alejarse de ella”.

Además de la pluralidad de voces propia de Philip Roth, en el retrato de la sociedad estadounidense de la obra de Lethem se nota la influencia de los escritores Christina Stead, Vivian Gornick o Anatole Paul Broyard, que han recreado el país en el que nació el autor, galardonado con el Premio Nacional de la Crítica de Estados Unidos.

Esta historia familiar de comunistas decepcionados en un país que los trata como un invisible anacronismo es, a la vez, una manera de gritar al mundo que la cuestión del comunismo norteamericano “no es un tema cerrado, sino parte de una historia en la que estamos viviendo”.

Escribir bien para pensar mejor

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El alma abre la puerta cuando se traslada el pensamiento a construcciones escritas
El alma abre la puerta cuando se traslada el pensamiento a construcciones escritas

Convencido de que escribir es una asignatura pendiente para el 95 % de las personas, el periodista y escritor colombiano Andres Hoyos se ha propuesto abrirles las puertas a “una relación afectuosa, incluso sentimental, con la escritura”.

Hoyos, en su “Manual de Escritura” (Libros-malpensante), regala un compendio de ideas y reglas sobre la escritura, amén de una aproximación al estilo literario, en solo 99 páginas.

Fundador de la revista cultural El Malpensante, de la cual fue director durante 12 años, y hoy en día uno de los articulistas más destacados de Colombia, confiesa que él mismo aprendió mucho al escribir el manual, pues debió sistematizar hábitos de escritura que ni siquiera era consciente de tener. “Había cosas que no tenía tan claras hasta que me puse a escribir”, dice Hoyos.

Esta clase de libros son más comunes en inglés que en español, recuerda el autor de “Manual de Escritura”, quien ha sido lector asiduo de obras como “The Elements of Style”, de E. B. White, la biblia de los manuales de escritura.

Después de dos novelas, un sinfín de cuentos y cientos de artículos para El Espectador y otros medios, Hoyos sabe que “uno no nace siendo escritor” y que “la escritura requiere un aprendizaje formal”.

Hay una gran incapacidad para expresarse por escrito, que en algunas personas a veces no se nota cuando hablan. Son personas que hablan de manera razonable, pero cuando se sientan a escribir se le traban los cables, explica.

El manual de Hoyos es el libro de alguien que está hablando de los instrumentos de su trabajo. “Me he encontrado con una cantidad de cosas que no había interiorizado como hábitos”, señala.

Según dice en la introducción del manual, solo se necesitan dos requisitos a la hora de sentarse a escribir: “hay que apreciar la lectura adquiriendo en ella habilidades por lo menos medianas y tener ganas. El resto corre por cuenta de un modelo pedagógico adecuado y de un buen manual de acompañamiento como ojalá lo sea este”.

El manual está pensando para que le sirva desde a un estudiante de bachillerato o a un universitario hasta un profesional con ganas de hacer más atractiva, clara y comprensible su escritura.

Hoyos considera fundamental “en todos los niveles de escolaridad que a la gente le enseñen a escribir”; es una forma de aprender a pensar y además la escritura ha hecho explosión con las nuevas tecnologías y cada vez es más necesario saberse expresar por escrito.

Hoy cualquiera, no solo los pudientes o poderosos, deben escribir a diario, aunque ya no sean cartas, memorias o documentos, sino mensajes de texto, correos electrónicos o trinos en Twitter.

Antes de escribir este manual Hoyos dictó talleres de escritura y mucho antes cuando era el director de El Malpensante debió leer infinidad de textos que les enviaban personas deseosas de publicar en una revista que siempre se ha preciado de dar a conocer nuevos escritores y relatos inéditos.

El error más común se da en la regla mas básica de todas: en español las frases se construyen con sujeto, verbo y predicado y no hay que poner signos de puntuación entre estos elementos, a no ser que haya oraciones subordinadas, afirma.

El manual de Hoyos es todo menos dogmático, presenta infinidad de ejemplos concretos y graciosos de frases con mala y buena redacción y tiene un toque humorístico que ayuda al lector a desarrollar el afecto por la escritura de que él hace gala.

No es que Hoyos incite a no respetar las reglas académicas. La filosofía del manual es “aprende bien y luego cuando te sientas seguro empieza actuar por tu cuenta”.

El “Manual de Escritura” es la segunda obra publicada por Libros-malpensante, una editorial independiente colombiana creada en torno a la revista homónima. El primero fue un libro de crónicas del escritor y periodista colombiano Alberto Salcedo y para los próximos el material saldrá seguramente de los nutridos archivos de la revista.

“Las grandes editoriales han dejado cosas sin cubrir y las intermedias han desaparecido, por lo que creo que hay un publico para las pequeñas e independientes”, señala Hoyos.

Uno de los consejos que da Hoyos a quienes se inician en la escritura lo tomó de Gustave Flaubert, el autor de “Madame Bovary”: “siempre hay que leer en voz alta los textos, porque las palabras tienen sonido y “el oído de la mente no basta”.