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Don Pío en las entrañas del arte

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Pío Baroja y Nessi nació en San Sebastián, en 1872.  Hermano del pintor y escritor Ricardo Baroja y tío del antropólogo Julio Caro Baroja y del director de cine y guionista Pío Caro Baroja. En su infancia y juventud, llevó una vida itinerante debido a la profesión de su padre, ingeniero de minas, lo que contribuyó a su desarraigo. En 1900 publicó su recopilación de cuentos titulada “Vidas sombrías”, muy bien recibida por Unamuno, Azorín y Perez Galdós. Siempre se declaró partidario de la “novela abierta”, lo que ha contribuido a su mala fama entre los puristas. Pasó sus últimos años en Madrid, donde reunía en su casa una tertulia que frecuentaba el por entonces joven novelista, Camilo José Cela. Murió en Madrid, en 1956
Pío Baroja y Nessi nació en San Sebastián, en 1872. Hermano del pintor y escritor Ricardo Baroja y tío del antropólogo Julio Caro Baroja y del director de cine y guionista Pío Caro Baroja. En su infancia y juventud, llevó una vida itinerante debido a la profesión de su padre, ingeniero de minas, lo que contribuyó a su desarraigo. En 1900 publicó su recopilación de cuentos titulada “Vidas sombrías”, muy bien recibida por Unamuno, Azorín y Perez Galdós. Siempre se declaró partidario de la “novela abierta”, lo que ha contribuido a su mala fama entre los puristas. Pasó sus últimos años en Madrid, donde reunía en su casa una tertulia que frecuentaba el por entonces joven novelista, Camilo José Cela. Murió en Madrid, en 1956

La figura taciturna, de boina calada y barba recortada, con que se recuerda a Pío Baroja asomó por primera vez en 1899 en París, ciudad que nunca dejó de buscar y que jamás logró conquistar, una experiencia que recupera una ruta literaria del Instituto Cervantes.

Inhóspita y atrayente desde el principio, París acogió al escritor vasco durante tres meses, la mitad de la duración prevista en principio por Baroja (1872-1956), que regresó con un billete de vuelta pagado por el Consulado de España en París.

Fue la primera de muchas visitas -no menos de 15- del francófilo Baroja, que consideraba que los escritores de provincia debían salir a Madrid para formarse, y más tarde, emprender camino hacia tierras foráneas.

En París, destino imprescindible de la intelectualidad castiza de principios del siglo pasado, conoció el novelista incipiente a los hermanos Antonio y Manuel Machado y al precursor del Modernismo en poesía, Rubén Darío.

“No sabía bien a qué iba, únicamente a probar fortuna”, escribiría años más tarde en sus prolijas memorias un Baroja que situó 27 de sus novelas en la ciudad de Víctor Hugo y de los autores realistas decimonónicos que tanto admiraba.

“Un caso excepcional en la literatura española, poco conocido del gran público”, señala el escritor José Manuel Pérez Carrera, autor de la reciente ruta que dedica el Instituto Cervantes de París al autor de “La busca”.

Carrera cita “Los últimos románticos” y “Las tragedias grotescas” como ejemplos más significativos del apego de Baroja por una urbe donde jamás consiguió esculpirse un nombre ni abrirse hueco entre los relumbrones de la cultura gala, para su gran desazón.

El itinerario traza la huella de Baroja en lugares como el Café de Flore, al que el literato solo pudo permitirse asistir en sus últimas y más pudientes temporadas en París, el Museo del Louvre, la Sorbona, el restaurante La Closerie des Lilas y el Colegio de España.

En la pinacoteca se entusiasmó con los lienzos de Botticelli, mientras que en la Sorbona dictó ante los estudiantes de español una conferencia sobre las claves de su propia obra que supuso uno de los pocos homenajes que recibió al otro lado de los Pirineos, donde no llegó a frecuentar a los prebostes de las letras galas.

“En la cena en su honor organizada en La Closerie des Lilas se congregaron treinta y tantas personalidades españolas e hispanoamericanas, pero ninguna primera figura francesa”, destaca Pérez Carrera.

El desinterés se extiende, según Pérez Carrera, a otros escritores patrios, ya que mientras el cineasta Luis Buñuel, el pintor Pablo Picasso o el músico Joaquín Rodrigo se dan a conocer en París, pocas plumas nacionales lo logran.

Algo debido en parte a su “provincianismo” literario, que les lleva a centrarse en preocupaciones propias de la sociedad española, razona Pérez Carrera, aunque un despechado Baroja argumentará que “los franceses son maestros en vender lo suyo y despreciar e ignorar lo demás”.

Tras huir en 1936 de la Guerra Civil, se instaló en el Colegio de España, el lugar de Francia donde más tiempo seguido permaneció y donde coincidió con el escritor Azorín, el filólogo Ramón Menéndez Pidal y el médico Gregorio Marañón.

Cerca de tres años que recoge en el volumen titulado “Aquí París” y en los que vivió acosado por las penurias, al contar únicamente con los trescientos francos que conseguía por un artículo mensual en el diario bonaerense “La Nación”.

En sus ratos libres, el asiduo paseante que era Baroja se convirtió en una presencia errante que se detenía con frecuencia en los puestos de libros a orillas del Sena.

Pero si su curiosidad le llevó a atravesar con sus pisadas el mapa completo de la ciudad, el territorio literario del autor queda acotado a la margen izquierda del río.

“Para él, más allá del Sena no había nada. Le interesaba sobre todo el Barrio Latino, porque era muy meticuloso con sus descripciones, y ese era el lugar que realmente conocía”, desgrana Carrera.

Y donde, después de su muerte, pueden seguir su pista los lectores contemporáneos.

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Pérez Solís y el baile ideológico de la Yenka

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Cuando Oscar Pérez Solís salió de la cárcel el 9 de agosto de 1927 era un hombre nuevo. Explicando a sus compañeros comunistas que necesitaba reponer su salud, se desplazó a Valladolid para retirarse temporalmente de la política. Aquel mismo otoño El Norte de Castilla se hacía eco del rumor de que Pérez Solís renegaba de su militancia a la vez que había aceptado un cargo directivo en una importante empresa de reciente creación
Cuando Oscar Pérez Solís salió de la cárcel el 9 de agosto de 1927 era un hombre nuevo. Explicando a sus compañeros comunistas que necesitaba reponer su salud, se desplazó a Valladolid para retirarse temporalmente de la política. Aquel mismo otoño El Norte de Castilla se hacía eco del rumor de que Pérez Solís renegaba de su militancia a la vez que había aceptado un cargo directivo en una importante empresa de reciente creación

El dirigente comunista asturiano Óscar Pérez Solís participó en 1924 en la Unión Soviética en el V Congreso de la Internacional Comunista y dos décadas más tarde se afilió a la Falange, un viaje ideológico del que se publica su testimonio.

“Un vocal español en la Komintern” es el título que, con el subtítulo “Y otros escritos sobre la Rusia Soviética”, ha puesto la editorial Renacimiento a los textos memorialísticos en los que el también periodista y escritor Óscar Pérez Solís dejó constancia de esta evolución política durante los años más convulsos del siglo XX.

Óscar Pérez Solís no fue un comunista cualquiera sino alguien que se entrevistó con Bujarin y con Stalin y que escribió una semblanza de Trotski de primera mano, ya que lo trató personalmente –“me recibió afabilísimamente”, cuenta en estas páginas– como también hizo con el dirigente soviético Zinoviev, además de haber sido amigo de Andreu Nin, quien le sirvió de intérprete en su entrevista con Stalin.

“Al cabo de mi estancia en la capital soviética llegué sentir el deseo de huir de allí cuanto antes”, escribe Pérez Solis en estas páginas, antes de confesar que durante aquel viaje no fue consciente del “terremoto espiritual que derrumbaba en lo hondo de mi consciencia los ídolos que (me) habían arrastrado a la peregrinación a Moscú”.

Tras su visita a la Rusia soviética “se deshacían en evidencias de fracasos las quimeras de aquella revolución ‘redentora’ que perdía todo su encanto vista desde cerca”, añade Pérez Solís al evocar su deserción de Moscú porque se sentía “incómodo” en la “capital del mundo” tal y como él mismo había definido a la capital soviética en un artículo que había publicado por aquellas fechas en el periódico francés “L’Humanité”, órgano de los comunistas franceses.

Para su viaje a Rusia, Pérez Solís viajo por media Europa con pasaporte falso y su regreso a España, a la que no deja de añorar según confiesa también en estas páginas, fue posible por la amnistía política decretada en el verano de 1924 por el general Primo de Rivera, a quien sólo dedica elogios, tal vez por el contraste con la dureza política y determinación sin fisuras que encontró en los líderes bolcheviques:

“Un buen día, nunca mejor dicho, se le ocurrió a aquel paternal dictador –paternal, y así le sacaron los ojos muchos de los cuervos que crió–, a aquel dictador bondadoso que fue D. Miguel Primo de Rivera, decretar una amplia amnistía para los delitos políticos. También D. Miguel era de esa especie candorosa de políticos ingenuos que se figuran que las ostras pueden abrirse por la persuasión”.

Y eso que Pérez Solís reconoce que la vida como invitado político en Rusia no era desagradable: “Aun cuando la generalidad de la población tuviera que afrontar en Rusia grandes privaciones, los capitostes revolucionarios –al menos los que estábamos allí en calidad de huéspedes de la ‘Komintern’– no lo pasábamos del todo mal, sin que nadáramos en la abundancia. Caramba: no podíamos quejarnos. Lo teníamos pagado todo, y por añadidura percibíamos, para gastos menudos, unos dos rublos diarios”.

Pérez Solís nació en Bello (Asturias) en 1882 y falleció en Valladolid en 1951, fue dirigente del PSOE en los años diez y se integró en las filas comunistas en los años veinte cuando fue designado como vocal español en Congreso de la Internacional Comunista, para en 1936 apoyar el levantamiento militar y luchar con el bando sublevado en Oviedo.

De esta edición se ha encargado el profesor italiano Steven Forti, especializado en la estudio sobre el tránsito de dirigentes políticos de la izquierda al fascismo y quien ha comparado el caso de Pérez Solís con el de Paul Marion, conocido en Francia, ya que pasó a ser director del departamento de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Francés a hacerse cargo de la secretaria general de Información y Propaganda del régimen de Vichy.

La evolución política de Marion también estuvo marcada por un viaje y una larga estancia en la Unión Soviética, donde permaneció entre 1927 y 1929 como invitado para asistir a los cursos de la Escuela Marxista-Leninista de Moscú.

Juana de Arco, ecos divinos o patologías terrenales

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Juana de Arco, aconsejada por el Arcángel Miguel
Juana de Arco, aconsejada por el Arcángel Miguel

En 1429, cuando Francia estaba sumida en la Guerra de los Cien Años y vivía los peores momentos de su lucha contra Inglaterra, una campesina inculta que veía ángeles y escuchaba voces logró acceder al rey de Francia. En pocos días le convenció de que ella podía levantar la moral de su debilitado ejército. Se trataba de Juana de Arco y aquellas voces que oía la convirtieron en una heroína militar en el siglo XV. Sus interlocutores eran san Miguel, santa Catalina y santa Margarita, patrones de la región del este francés de donde procedía Juana y ordenaron el asedio de Orleans o la campaña del Loira.

Casi 600 añ0s después, el neurólogo Guiseppe d’Orsi de la Universidad de Foggia y el profesor adjunto de Ciencias Biomédicas y Neuromotores, Paolo Tinuper, de la Universidad de Bolonia en Italia han sugerido que las voces misteriosas que oía Juana de Arco podían ser causadas por una forma de epilepsia, que influye en la parte del cerebro responsable por la capacidad auditiva.

La idea se les ocurrió cuando los científicos analizaban los documentos del proceso de Juana de Arco en el que sería acusada de herejía y brujería, siendo sentenciada a ser quemada en la hoguera en 1431. Varios síntomas de la francesa detallados en los registros históricos apoyan este diagnóstico.

Cuando una persona padece esta enfermedad, experimenta convulsiones recurrentes involuntarias. Son debidas a un desequilibrio en la actividad eléctrica de las neuronas en alguna zona del cerebro. Esto puede ocasionar que cuando una persona con epilepsia entra en este estado queda aturdido y confundido. Dependiendo cómo sean las convulsiones y a qué zona del cerebro afecten, la persona puede reaccionar de diversas formas (como oyendo voces que en realidad no están allí).

Según historiadores, Juana sellaba las cartas “con cera dejando la huella de su dedo y un pelo” para probar su identidad. Sin embargo, estas cartas no han sido encontradas y por ahora es complicado demostrar la hipótesis propuesta.

Las alucinaciones auditivas son una característica común de muchos trastornos psiquiátricos, como la psicosis, la esquizofrenia y el trastorno bipolar, pero también son experimentados por personas sin trastornos psiquiátricos. Se estima que entre el 5 y el 15 por ciento de los adultos experimentan alucinaciones auditivas durante su vida. La parapsicología también se ha aproximado a este extraño fenómeno que, ocasionalmente, revela información sorprendente para quien lo experimenta aunque no hay consenso entre si las voces son exógenas (espíritus o entidades) o endógenas (una creación de nuestra mente o yo interno que nos advierte y nos alerta).

La leyes de la probabilidad contra McCartney

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Paul McCartney y John Lennon en 1965, año de grabación de "In my life"
Paul McCartney y John Lennon en 1965, año de grabación de “In my life”

Han pasado 50 años y todavía perdura el misterio de quién fue el verdadero autor del tema “In my Life” de los Beatles. Como bien saben los seguidores de la banda, tanto Paul McCartney como John Lennon siempre se han disputado la autoría de la canción. Ni los expertos ni ellos mismos se han puesto nunca de acuerdo. Pero las matemáticas han decidido poner solución a este embrollo.

La Universidad de Harvard ha desarrollado un modelo matemático que cree tener la respuesta: la canción fue obra de Lennon. Y, ¿en qué se basan? “Descubrimos que el contenido musical era mucho, mucho más consistente con el estilo de John. De acuerdo con nuestro modelo, es muy probable que hubiera sido escrito por él. Lo que eso significa es que si comparas In My Life con canciones de Lennon de ese período y canciones de McCartney de ese período, es mucho más consistente con Lennon”, asegura el estadista Mark Glickman.

Pero, entonces, de haber sido así, ¿por qué McCartney estaría tan emperrado en hacerse suya la canción? ¿Qué sentido tendría eso? Bien, los investigadores creen también tener una respuesta para ello. Y es que, cuando los estudiosos separaron los versos del interludio de la canción –lo que Lennon solía llamar ‘los ocho compases del medio’– encontraron algo interesante. “Hubo algunas dudas sobre si McCartney escribió el interludio. Y resulta que hay cerca de un 50 por ciento de posibilidades de que esos ocho compases hayan sido escrito por él, y el resto probablemente haya sido escrito por John”.

En cierto modo, los dos tendrían razón. No obstante, el estilo global del tema sería fuertemente similar al de Lennon. “En el contexto del análisis textual, la forma en que esto funciona es que tenemos un grupo de documentos escritos por un autor y un grupo escrito por otro autor”, concluye en su estudio Glickman. Por ello, para decantarse por un autor u otro, prosigue explicando que la estrategia se basa en “examinar la frecuencia de ciertos tipos de palabras en esos documentos”. En el contexto de la composición, la forma en que lo hacemos es tratar las canciones como dos flujos paralelos de ‘texto’ para analizar la línea de melodía y los acordes o estructura armónica”, explica.

En este sentido, el experto señala que, cuando el equipo comenzó a buscar las características musicales que podrían sostener su análisis, lo que se destacó fueron los pares de notas y los pares de acordes. “Encontramos pares de notas melódicas y pares de acordes que eran particularmente distintivos. Por ejemplo, un par de acordes que tiende a ser mucho más comunes en una canción de Lennon que una canción de McCartney va del tónico al sexto menor, que es un motivo de rock bastante estándar: va del acorde tónico principal a su semejante menor”, sostiene.

La letra, con cine entra

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Escena de Los 400 golpes", de Truffaut
Escena de Los 400 golpes”, de Truffaut

El escritor canadiense David Gilmour propone una nueva educación sentimental a través del cine en el libro “Cineclub”, que cuenta la historia real y conmovedora de un padre que intenta acercarse a su hijo adolescente.

Gilmour admite que “Cineclub” (Mondadori en castellano, Empuries en catalán) puede constituir “un manual o guía de cómo tratar a adolescentes”, pero en realidad el mensaje que pretende transmitir el libro es que “es importante que cualquier chico pase tiempo con su padre”.

La mayoría de problemas que hay en Norteamérica con los chicos adolescentes, añade el autor, suceden por ser “jóvenes que no tienen en sus vidas la figura del padre”.

El punto de partida de la experiencia fueron las malas notas de su hijo Jesse, incapaz de acabar la secundaria y que comenzó a ausentarse del instituto.

Fue entonces cuando Gilmour planteó la disyuntiva a su hijo. “Podrás abandonar el instituto, no tienes que trabajar, no tienes que pagar alquiler, puedes dormir hasta las cinco todos los días y nada de drogas”, y lo único que le exigió fue ver juntos tres películas a la semana, elegidas por el padre.

“Es la única educación que vas a recibir”, le dijo Gilmour, quien mantuvo esta estratagema durante tres años, entre los 16 y los 19 años de Jesse.

En esos tres años vieron juntos filmes esenciales como “Los 400 golpes”, “La dolce vita”, “Desayuno con diamantes”, “El padrino”, “Annie Hall”, “Psicosis” o “Un tranvía llamado deseo” y otros menos relevantes pero interesantes para la conversación como “Alerta máxima”, “Showgirls” o “Corrupción en Miami”.

Sobre la validez de esta ‘educación cinematográfica’, Gilmour cree que “no es seguro que la gente podamos aprender algo del arte, pues aprendemos sobre la vida desde la vida misma, pero en nuestro caso las películas, el cine, nos sirvió para estar juntos y a partir de ahí entablar una conversación”.

Al respecto, “Cineclub” es “una biografía de la relación entre un padre y su hijo y, en definitiva, una carta de amor de un padre a un hijo”, algo poco habitual, porque normalmente los hombres “suelen escribir sobre lo mucho que se enamoran y aman a las mujeres, sobre el deporte que les gusta practicar, pero rara vez escriben sobre lo que quieren a sus hijos”.

Gilmour aclara que durante los tres años que duró el ‘experimento’ “jamás se me había pasado por la cabeza escribir un libro y, de hecho, fue Jesse quien me dio la idea”.

Consciente de que “Cineclub” ofrece sólo una visión de aquellos tres años de convivencia mutua con el séptimo arte, Gilmour aclara que “si mi hijo hace algo, no será un libro, sino una película, pues ahora está estudiando en la Escuela de Arte Dramático y ya ha escrito un guión, del que saldrá en su caso una historia radicalmente distinta, porque la experiencia vital de nuestros hijos es diferente de lo que nosotros nos imaginamos que es”.

Cree el escritor canadiense que “criar a los hijos es concatenar una serie de adioses: adiós a los pañales, a la niñez y finalmente a la casa”, pero como le ha recordado el cineasta canadiense David Cronenberg, “los hijos suelen volver”.

Aunque es cierto que vuelven, como ahora le ha pasado con Jesse después de estar un tiempo en Vietnam, “ya no es un retorno como hijos, sino como invitados”, aclara.

Gilmour, que fue crítico de cine durante quince años y llegó a dirigir el Festival de Cine de Toronto, trató de “sacar a Jesse del aburrimiento y del fracaso escolar y proporcionarle una experiencia placentera a través del cine, que era lo único que le gustaba, porque detestaba los libros y el teatro, y si había alguna rendija para introducir algún elemento educativo siempre lo aprovechaba”.

A Jesse, que acompañó a su padre en la promoción de “Cineclub” por EEUU, no acabó de agradarle el libro: “Es como un álbum con 250 fotos de mi hijo y evidentemente no todas las fotos le gustan, y por eso sólo lo ha leído una vez y, en cambio, mis novelas las lee una y otra vez”.

Por un sentimiento de culpa, para complacerle, Gilmour cedió a su hijo el 25% de los derechos generados por “Cineclub” y “cuando ha visto que se ha convertido en superventas en todos los sitios está más contento”.

Morriña en un nido de espías

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Joan Puyol y Araceli González, los Garbo
Joan Puyol y Araceli González, los Garbo

Araceli González, la esposa del espía español Juan Pujol García, alias “Garbo” -el más importante agente doble del Reino Unido en la segunda Guerra Mundial- casi levantó su tapadera, al no poder aguantar su vida en Inglaterra, revelan unos documentos oficiales desclasificados.

Estos informes, escritos por el servicio de contraespionaje británico MI5 y hechos públicos por los Archivos Nacionales de Kew, explican cómo en 1943 la joven esposa y madre amenazó con ir a la embajada española y revelar la identidad de su marido si no le permitían viajar a España para ver a su familia.

La pareja residía en la población de Harrow, cercana a Londres, desde donde él supuestamente gestionaba para los nazis una red de subagentes, que en realidad eran ficticios y ocultaba su trabajo para el MI5.

Los documentos desclasificados revelan que, para evitar ser reconocidos, Pujol mantenía a su esposa y a sus dos hijos encerrados en casa y controlados, lo que acabó hartando a Araceli, que amenazó con ir a la embajada española y contarlo todo.

“No quiero vivir ni cinco minutos más con mi esposo”, espetó la joven al oficial británico a cargo de “Garbo”, Tomas Harris, según los informes.

“Aunque me maten, me voy a la embajada”, añadió.

El MI5 no podía dejarla ir porque ello hubiera levantado la tapadera de Pujol, a quien había contratado en 1942, tras comprobar que se había ganado la confianza del régimen nazi, con el alias de “Garbo” y un supuesto empleo como traductor de la cadena pública BBC.

Para evitar una crisis, el agente Harris engañó a Araceli, diciéndole que su esposo había sido despedido por su actitud insensata.

Pujol fue aún más lejos, pues, para erradicar cualquier trazo de rebeldía, sugirió montar una trama para hacer creer a su esposa que había sido encarcelado al intentar defenderla -lo que la llevó a protagonizar un aparente intento de suicidio-.

Como parte de este montaje, los agentes del MI5 llevaron a Araceli a ver a su esposo al centro de detención donde supuestamente estaba preso, lo que hizo que ella prometiera portarse bien a cambio de que le dejaran en libertad.

Harris alaba en el documento la destreza de Pujol al urdir una farsa “que permitió salvar una situación que, de otra manera, hubiera sido intolerable”.

En otro documento difundido hoy, se revela que en 1945 Harris valoró infiltrar al espía español en los servicios secretos rusos, para que les sirviera de fuente en el Gobierno de Joseph Stalin de cara a la inminente Guerra Fría.

Esto al final no se llevó a cabo y el agente doble y su esposa se fueron a vivir a Venezuela, donde él murió en 1988, mientras que ella falleció en Madrid dos años después.

Portugal, paraíso de espías

Portugal fue un enclave estratégico de las redes de espionaje durante la II Guerra Mundial que dejaron a su paso historias de grandes agentes secretos como Garbo o Popov, aunque también de otros que abusaban de su picardía.

La neutralidad de la dictadura de António Salazar y el uso del país como punto de partida hacia América atrajeron a Portugal a los mejores espías de la época, que convivieron con otros que se hacían pasar por agentes secretos o vendían información falsa a cualquier bando.

El espía español Juan Pujol, alias 'Garbo', en uniforme republicano y caracterizado
El espía español Juan Pujol, alias ‘Garbo’, en uniforme republicano y caracterizado

El catalán Joan Pujol, “Garbo” para los británicos y uno de los grandes nombres del espionaje mundial, pasó dos veces por Portugal y se movía entre Lisboa y la costa de Estoril, un nido de espías, de grandes figuras políticas exiliadas y de refugiados de Europa que huían del desastre bélico.

Durante su estadía en el hotel Suiza Atlántico en el centro de la capital, el agente urdió parte de su estratagema para engañar al bando alemán y actuar como doble espía para los aliados.

“Los británicos escuchaban cómo (Pujol) engañaba a los alemanes y poco después lo reclutaron”, explica la historiadora Irene Pimentel, autora del libro “Espías en Portugal durante al II Guerra Mundial”, en el que relata este episodio.

“Garbo” fingía estar en Londres, que nunca había pisado y que describía con la ayuda de una guía de viajes comprada en Lisboa para hablar de las localizaciones y detalles de la ciudad.

Con su pericia y abnegación, iba enviando informaciones falsas a la dirección del espionaje de los alemanes en Madrid y su audacia fue pronto detectada por las escuchas de los británicos, a quienes les había ofrecido sus servicios pero aún no habían confiado en él.

Poco después, pasó a formar parte del Comité de la Doble Cruz británico que funcionó como sistema de contraespionaje durante la contienda y en el que el espía español fue clave al convencer a Adolf Hitler de que el desembarco iba a ser en el Paso de Calais (Francia) y no en Normandía, como finalmente ocurrió.

Con un perfil muy diferente, se movía por las calles de Lisboa el agente doble Dusko Popov de los aliados. Los informes del FBI enviados a los servicios ingleses afirmaban que el yugoslavo andaba con un “aire de play-boy”, una vida de lujo, coches caros, hoteles de primera y amantes que sucumbían a su carisma.

“Popov fue como Garbo, el otro gran espía que alejó a los alemanes del desembarco de Normandía. Consiguió mantener la confianza de los alemanes hasta el final de la guerra”, señala Pimentel.

Otro espía famoso en Portugal fue Ian Fleming, funcionario de la Inteligencia Naval Británica y director de la oficina ibérica del servicio de espionaje inglés.

El escritor de las novelas de James Bond se alojó en el Hotel Palacio de Estoril y, como la mayoría de espías, controlaba los movimientos marítimos del bando alemán en el Atlántico sur.

Compartía copas con agentes alemanes en los bares de la zona, que solían hospedarse en el vecino Hotel Parque, en el que años después se encontraron micrófonos ocultos bajo el suelo.

La genialidad de la inteligencia mundial convivió con la picardía de los ciudadanos de a pie que supieron aprovechar el ambiente de intriga, desconfianza y espionaje que gobernó aquella Lisboa cosmopolita.

Los portugueses se acercaban a los cafés y hoteles donde se hospedaban los espías y diplomáticos a la caza de informaciones, y funcionarios de aduanas, policías y estibadores participaban en aquel gran mercado de intercambio de secretos.

Hasta los alemanes tuvieron que desconfiar de las prostitutas del barrio de Cais de Sodré, cercano al puerto, que ayudaban a los aliados con las horas de salida y entrada de los barcos germanos gracias a sus clientes.

En general, los portugueses trabajaban como informadores de cualquiera de los bandos a cambio de dinero, alimentos o ropa, otros se hacían pasar por espías y los que de verdad lo eran tampoco tenían buena fama.

“No eran bien vistos. Según los ingleses, los portugueses rápidamente decían que eran espías y no guardaban bien los secretos. Y los alemanes decían que se inventaban la información cuando no tenían”, explica Pimentel.

Otros exigían pagos cada vez mayores de los que los alemanes se quejaban. Un funcionario que vigiló a los duques de Windsor exigía zapatos para toda la familia porque decía que todos habían ayudado en el seguimiento.

Aunque unos mejores que otros, con espías dobles y hasta algunos triples, Portugal siguió hasta el final de la guerra como punto de paso para el espionaje que Salazar gestionaba “con pinzas”, según Pimentel, y que solo prohibió a partir de 1943.

Sueños elevados al cuadrado

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Louis Armstrong, Paul Newman y Duke Ellington
Louis Armstrong, Paul Newman y Duke Ellington

Los antiguos griegos ya reconocían que las artes y las matemáticas estaban íntimamente relacionadas, y esa simbiosis ha continuado hasta nuestros días. Notices of the American Mathematical Society, la revista más leída por la comunidad matemática, ha dado cuenta varias veces de este tema. La música, la mímica y el propio arte de la naturaleza se relacionan con las matemáticas.

“En la dicotomía tradicional entre ciencia y arte, las matemáticas cautelosamente se sitúan entre las dos… y las une el intento humano de dar sentido al Universo”, comenta en el prólogo el matemático Michael Atiyah, profesor honorario de la Universidad de Edimburgo (Reino Unido) y ganador de una medalla Fields.

El veterano investigador considera que entre todas las artes la que mejor se puede comparar con las matemáticas es la arquitectura, en la que se pueden encontrar variedad de funciones (desde iglesias hasta estaciones de ferrocarril), materiales (del vidrio al ladrillo), y belleza en todos sus niveles. Las teorías matemáticas presentan una variedad parecida, pero su belleza es más difícil de apreciar.

Atiyah reconoce que explicar el concepto de belleza requeriría muchas páginas y mucho tiempo, “aunque esencialmente un resultado o razonamiento matemático bello es aquel que combina elegancia, profundidad, perspicacia, sorpresa y simplicidad, combinadas con complejidad y universalidad”. “La belleza se escapa a una definición precisa, pero uno la reconoce cuando la ve”, aprecia el profesor.

El matemático destaca que la disciplina que profesa puede ser arte, pero se queja de que muchas personas consideren las matemáticas como un “arte negro”, próximo a la magia y al misterio. “Pero afortunadamente hay muchas formas en que el arte y la belleza aparecen en las matemáticas, y algunas de ellas las puede apreciar el gran público”.

La infinita cuerda invisible

Los tres artículos del Notices van en esa línea. En uno de ellos Tim Chartier, profesor de matemáticas del Davidson College (EE UU) y también mimo formado con el legendario Marcel Marceau, plantea cómo las artes escénicas pueden ayudar a explicar y meditar sobre los conceptos matemáticos.

En una de sus representaciones Chartier consigue sorprender a la audiencia con el concepto de “infinito”. El mimo tropieza con lo que parece ser una cuerda invisible, la examina detenidamente y descubre que es de una longitud infinita por ambos extremos. Tras un cómico enredo con la soga, el actor decide cortarla. Un fragmento se pierde imaginariamente tras las butacas y el otro queda sujeto al brazo del mimo, que formula entonces la pregunta: ¿Cómo es de larga ahora esta cuerda?

Chartier confiesa que sus respuestas favoritas vienen de los niños y niñas: “muy larga”, “la mitad de larga”, y por supuesto también “infinitamente larga”. ¿Cómo puede ser, tras haberla cortado? El mimo deja ahí la reflexión sobre la naturaleza de lo infinito, pero pone más ejemplos para recordar que con la mímica, el teatro, los malabares, la danza u otras artes escénicas cualquiera se puede acercar a las matemáticas.

Espectrogramas y fractales

La música también se puede relacionar con esta disciplina, según demuestran en otro estudio Gary D. Don, profesor de música en la Universidad de Wisconsin-Eau Claire (EE UU), y tres colegas matemáticos de la misma institución y de la Universidad Estatal de Nueva York.

Los investigadores emplean unas funciones matemáticas denominadas “transformadas de Gabor” para analizar los sonidos y generar espectrogramas, gráficos que representan las variaciones de la señal en el tiempo. Además se pueden visualizar en vídeo.

La técnica permite valorar, por ejemplo, si la voz de Louis Armstrong suena como su trompeta. Y efectivamente, al analizar su interpretación de La Vie en Rose, los espectrogramas por separado del canto y del sonido de la trompeta reflejan que las vibraciones y los momentos álgidos son similares.

Del mismo modo se puede cuantificar lo que tienen en común Beethoven, Benny Goodman y Jimi Hendrix; o las disonancias que se aplican intencionadamente en la música rock, además de analizar el ritmo de las melodías e incluso crear composiciones musicales.

De forma casual, una de las formas de inventar música nueva de Don y sus colegas comienza con las imágenes fractales de Michael F. Barnsley, profesor del Instituto de Ciencias Matemáticas en la Universidad Nacional de Australia y autor del tercero de los artículos.

Barnsely establece un paralelismo entre las formas biológicas, como los helechos, y las formas matemáticas. El investigador emplea funciones iterativas o el juego del caos para generar imágenes fractales (compuestas por infinitos elementos cuyo aspecto no varía aunque cambie la escala). Algunas de ellas se han vendido en exposiciones de arte.

Estos trabajos científicos tan solo representan unos pocos ejemplos de hasta dónde puede llegar la creatividad en las matemáticas y su relación con el arte. Algunos de los profesionales de los números y la geometría, como Atiyah, incluso se atreven con la poesía:

“A plena luz del día los matemáticos revisan sus ecuaciones y sus pruebas, no dejando piedra sin levantar en su búsqueda del rigor. Pero por la noche, bajo la luna llena, ellos sueñan, flotan entre las estrellas y se preguntan sobre el milagro de los cielos. Se inspiran. Sin sueños no hay arte, no hay matemáticas, no hay vida”.