Mujeres en la sopa de letras

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María Moliner siempre mostró interés por realizar un diccionario del español que superara las carencias que apreciaba en los diccionarios existentes. La circularidad de las definiciones, el lenguaje ya anticuado y en desuso, la falta de información sobre el uso de los términos o sobre las relaciones entre ellos eran características de los diccionarios del momento que consideraba conveniente mejorar
María Moliner siempre mostró interés por realizar un diccionario del español que superara las carencias que apreciaba en los diccionarios existentes. La circularidad de las definiciones, el lenguaje ya anticuado y en desuso, la falta de información sobre el uso de los términos o sobre las relaciones entre ellos eran características de los diccionarios del momento que consideraba conveniente mejorar

Desde que Antonio de Nebrija escribiese en 1492 la primera gramática castellana, la historia de la lingüística española ha estado escrita en masculino plural. La prueba es que la Real Academia Española (RAE) tardó 298 años en permitir que una mujer filóloga, Inés Fernández-Ordóñez, ocupase uno de sus sillones. Claro que la RAE tampoco aceptó en sus filas a María Moliner, cuyo diccionario han utilizado millones de personas en todo el mundo.

Esa falta de visibilidad y reconocimiento por parte de la ortodoxia académica no significa que las mujeres no se hayan ocupado del estudio del lenguaje. Al contrario. Solo en el caso español, entre el siglo XV y el XIX, fueron cientos las mujeres que ocuparon cátedras de lenguas clásicas, monjas de clausura que cultivaron la lengua vulgar castellana, mujeres traductoras, periodistas, filósofas, gramáticas…

Su obra, sin embargo, quedó oculta tras figuras como la de Nebrija en el siglo XV o el mismísimo Noam Chomsky en pleno siglo XX. Es lo que la catedrática de Lingüística de la Universidad de Córdoba María Luisa Calero llama “lingüística subterránea”. Hasta que un equipo internacional de investigadoras, coordinado por las profesoras de la Universidad de Cambrigde Wendy Ayres-Bennett y Helena Sanson y en el que participó la profesora Calero, recuperó e hizo visible las obras de las mujeres lingüistas a lo largo de la historia y en diferentes tradiciones, desde las lenguas clásicas o el castellano hasta las lenguas orientales.

Con ese objetivo, en 2016 tuvo lugar en la Royal Society de Londres un cónclave de investigadoras de más de veinte países en el congreso científico ‘Distant and neglected voices: women in the history of linguistics’, que repasó el papel de las mujeres en el estudio del latín y el castellano desde el siglo XV hasta el XIX. Un encuentro en el que se analizó la contribución de las mujeres en el estudio del lenguaje desde tradiciones tan diferentes como la occidental, la africana, la oriental o la árabe.

El objetivo, según explicaba Calero, es que “esta imponente herencia femenina se incorpore con toda naturalidad a la historiografía lingüística oficial, así como a los programas de enseñanza universitaria. Será un proceso largo, que seguramente encontrará las inevitables resistencias, pero esa incorporación de las voces de las mujeres lingüistas a la historia común será, a partir de la publicación de esta historia de las mujeres lingüistas, un hecho imparable”.

El lenguaje y la historia

Esta nueva línea de investigación no fue el primer intento de la profesora Calero de acercarse a un análisis histórico del estudio del lenguaje. Desde que en 1994 publicara el libro ‘Proyectos de lengua universal. La contribución española’, en el que repasaba los intentos españoles por crear lenguas artificiales, la catedrática de Lingüística de la Universidad de Córdoba siempre utilizó la perspectiva historiográfica para arrojar luz a la evolución del lenguaje.

En este sentido, Calero dictó un curso en la Universidad de Extremadura en el que presentó el ‘neocriollo’, una suerte de lengua mitad castellano mitad portugués que el pintor argentino Xul Solar imaginó como el idioma común para América Latina. Una idea que no prosperó pero que presenta un ejemplo más de los intentos por facilitar el entendimiento universal.

Entre las cientos de lenguas artificiales que se conocen, son muy escasas las que han llegado a prosperar como lenguas de comunicación real y efectiva. La más célebre entre ellas es el esperanto, creado en 1876 por el polaco L. Zamenhof y hoy hablada por más de dos millones de personas en el mundo, según explica Calero. Para la profesora, el esperanto es el ejemplo más claro de una de las muchas aportaciones que han hecho las lenguas artificiales a la comunicación en general.

Xul Solar
Xul Solar

También los inventores de lenguas artificiales han ayudado a crear nuevos códigos lingüísticos para encriptar mensajes, como fue el caso del español Juan Caramuel en el siglo XVII, entre otros. Algunos otros creadores de lenguas vieron la posibilidad de inventar nuevos lenguajes científicos para una más exacta denominación del ámbito de la botánica, la zoología, la química, la medicina, etc., como el Padre Sarmiento en el siglo XVIII.

“Todos estos casos sirven también para demostrar la aportación de las lenguas artificiales al lenguaje en particular, puesto que todos estos autores que se preocuparon por inventar nuevas lenguas de comunicación realizaron a la vez un gran esfuerzo de reflexión sobre las lenguas y el lenguaje, en su intento de hallar rasgos comunes a todas las lenguas para que esas nuevas lenguas inventadas fueran eficaces como medios de comunicación universal”, explica Calero.

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